Hello, honeys.
Esto es como un capricho que tenía, porque quería escribir de ellos, y del arcoiris xD Y porque, caramba, tenía ganas de escribir aunque el tiempo no esté para soportarlo. Ok, espero que les guste y me lo hagan saber, por fa. En serio que un comentario vieran como hacen sonreír, y son gratis.
Ah, por cierto, este fic me recuerda mucho a una canción que amo, aquí se las digo por si quieren escucharla, está linda. I'm Only When I'm With You, de Taylor Swift.
Disclaimer: Nada mío, todo de JKR.
Arco Iris, De Verdad.
In a field behind your yard,
you and I are paintin' pictures in the sky.
And sometimes we don't say a thing
Ya son demasiadas las horas en las que se encuentra encarcelada su libertad junto con él, dentro de aquellas cuatro paredes, y es irónico, porque a esa habitación —ésta en especial— , le tiene un cierto aprecio, porque ha vivido muchos momentos dentro de ella que son memorables para recordar, pero ahora ya no le es tan satisfactorio estar allí, solo, únicamente contemplando las gotas de lluvia, o tormenta según se le mire, chocar contra la ventana que está frente a él, oliendo el regaliz que Ron se come con mucha paciencia, que no le cree, porque su amigo no disfruta de uno de sus dulces favoritos con esa monotonía, el pelirrojo sabe comerlos apresuradamente, pero no le quiere preguntar qué es lo que pasa, Harry hace mucho con lidiar con su propia impaciencia, que crece cada segundo y parece no empequeñecer aunque sea sólo un poquito, no, sólo aumenta.
Mira las fotos que están sobre una repisa, algo vieja, algo oxidada, las observa detenidamente, para desaburrirse, pronto logran captar su atención, y es que en ellas hay tanta historia para contar, y Harry disfruta observándolas, especialmente una. Esa en la que está Ron con un conejo blanco de peluche, que lo sostiene de las orejas, y que se ve tan gracioso sacando la lengua, y el pelinegro dirige su mirada hacia el otro lado de la imagen para saber cual es la parte de la historia que falta que le cuente, para ver qué es lo que Ginny hace, aunque ya se lo sabe de memoria, ella está observando a su hermano con una mirada un poco fiera, un poco asesina, pero se ve tan linda con esa pose.
Pasan varios minutos, y sabe que no es normal que se embobe mirando una foto, una sola, así que deja de observarla y vuelve al sillón donde minutos antes estaba sentado. Lo molesta, si. Porque es muy molesto ver a Ron comer la misma golosina, con la misma paciencia, con la misma monotonía, y con el mismo disfrute. Lo molesta y no sabe disimular, porque no es justo que su amigo tenga esa paciencia y él no, porque ya lo aburrió verlo hacer eso desde la media hora pasada y no ve ningún cambio, porque su cabeza está a punto de ponerse totalmente roja, si no es que ya lo está, porque no aguanta el coraje, no aguanta el aburrimiento, no aguanta el peso de los segundos y minutos que lleva a cuestas, ya no los soporta, se vuelven pesados cada vez más, y lo que más no aguanta es no saber el porqué siente todo eso.
Él cree que es porque hace más de tres horas que está lloviendo sobre los campos de La Madriguera, y tuvo que suspender el partido de Quidditch que estaba jugando con los hermanos Weasley, porque la maldita tormenta parece no terminar sino aumentar su fuerza cada hora que pasa, o quizá por el estúpido calor que hace, y eso lo pone de muy malas pulgas, pero la verdad es que el aburrimiento le carcome la alegría porque la casa es demasiado grande, y aunque disimuladamente le dijo a Ron que iría al baño, que mejor iba a la cocina por un vaso de jugo de mandarina, que iba a ver para qué lo quería Charlie y quien sabe cuantas excusas del tamaño de la Torre de Astronomía se tuvo que inventar para no levantar sospechas e ir a buscar a Ginny, y no la encontró por ningún lugar. Y eso fue, ciertamente, lo que le puso el genio a todo lo que es capaz de soportar, no haberla visto desde el mendigo partido de Quidditch cancelado, porque se le perdió de vista por allí en cuanto las primeras gotas le mojaron su cabellera pelirroja, y por más búsquedas frustradas que hizo no la pudo hallar.
Y allí sigue, sentado sobre un mullido sillón con la esquina descocida y la felpa saliéndosele , tamborileando los dedos sobre la mesita de centro, observando a Ron unos poquitos segundos y oliendo la menta del regaliz, a veces parándose para volver a ver la foto de una niña pelirroja y con mil pecas salpicadas por el rostro observando retadoramente a su hermano, otras para girarse y mirar el cielo de agosto encapotado seguir desahogando su agua sobre él … y los demás, algunas más para ver la escalera con las ganas de que Ginny salga corriendo, pero que es George el que sale riéndose con Fred.
Ya van pasando los minutos de nuevo y él quiere un motivo para desaburrirse, para poder sonreír, porque Ron es demasiado tedioso en ese momento, con su varita de regaliz, con Hermione a unos cuantos kilómetros de distancia y sin saber de ella desde la última carta de la semana pasada y con Ginevra perdida por allí.
Ya se va evaporando el calor de a poquito a poco, sin pasos agigantados, con el aire fresco de las cinco de la tarde y con la humedad de la lluvia recién caída, ya las gotas han cesado de chocar contra las ventanas y el sol parece querer asomarse, pero no lo hace. Harry observa todo a su alrededor y el mutismo en el que instantes antes parecía haberse sumergido, ha desaparecido. Quien sabe en donde estén los señores Weasley, pero parece que sus hijos ya dejan escuchar sus risas dentro de la cocina y el comedor, Ron va en camino a unírseles, y sigue siendo Ginny la que ni sus narices asoma al resquicio de la escalera.
El pelinegro sabe que Ron hace dos minutos que dejó de comer su dulce y ahora ya se encuentra con sus hermanos, en la cocina, su amigo lo invita a que valla con él, pero Harry no quiere, él mejor va a dar una vuelta por ahí.
Va saliendo de la puerta trasera de la casa y la verbena, con el púrpura de sus pétalos le inunda la nariz, y la vida. No sabe que fue Ginny la que plantó la primavera pasada una pizquita de ellas, allí donde él está parado, porque le parece una hierba que da unas flores muy lindas y hacen que el jardín luzca más bonito, más si con tan agradable aroma son capaces de alegrar una tarde de verano.
Allí sigue parado, contemplando el cielo a medio nublar, con algodones de nubes grises esparciéndose por todo el lugar, el sol sigue con que quiere —y no— salir, tan perezoso como el clima, tan letargoso con la temperatura, que hace que el viento meza las copas de los árboles y una agradable brisa empiece a soplar.
Camina con paso lento, queriendo sentir el aire calar sus huesos, muy merecido después de haber permanecido más de tres horas encerrado dentro de la casa, con un calor infernal y sin hacer nada más que compañía a Ron.
La Madriguera se va empequeñeciendo con cada paso que él da, camina hacia el campo que tiene enfrente, donde los matorrales y el trigo se doblan al compás del viento sin pesar. Un puntito a lo lejos, allá cerca de las nubes, comienza a tomar forma, tanto que Harry bien puede jurar que es Ginny la traviesa que vuela en escoba, con tanta rapidez, con el viento halando sus cabellos rebeldes, con la adrenalina zumbándole por las venas.
Se detiene y se pone a observar, detenidamente, sin perder detalle del cielo y su visitante. Si. Después de mirar durante algunos segundos se da cuenta de que no es su imaginación engañándolo, sino Ginny la que vuela en su escoba por los aires, con tanta euforia y sin darse cuenta de que alguien allá abajo la observa con tanta devoción.
Harry no duda en gastar el tiempo y la tarde que le queda por delante con tal de seguir admirándola, con esa liviandad, con tanta libertad, con esa emoción que siente al volar, porque él sabe que Ginny disfruta volar. Y si la sigue observando de esa forma siente que la puede desgastar. Sabe que es única, perfecta.
La pelirroja ya intuyó que alguien la observa, así que ella va a aprovechar para lucirse, porque sabe que esas oportunidades no se dan dos veces. No todos los días Harry la va a estar observando con esa parsimonia y con esa admiración. No hace mucho, sólo un par de vueltas, una sacudida de pelo y empieza a descender hasta quedar frente a él.
Él parece que desde hace rato la está esperando y eso le gusta. Ginny salta de su escoba y se para a su lado. Con una mano la sostiene y con la otra se acomoda un pelo rebelde que le da de lleno en la cara. Se quedan observando mutuamente durante un tiempo hasta que es él el que se decide a hablar.
—No sabía donde estabas—
«Y de seguro viniste a buscarme» Piensa ella mientras le arquea una ceja. Lo observa detenidamente, sin quitarle los ojos de encima, de una forma en la que no suele mirarlo, una manera burlona. Y ve que eso lo pone fuera de lugar. Le divierte ponerlo nervioso. Antes era ella a la que ponía nerviosa, pero las cartas han cambiado, y es justo. Tiene que darle una sopa de su propio chocolate, porque Harry siempre la convertía en una mantequilla de maní que con la primera mirada se derretía. Pero claro, él era tan inocente que hacía eso sin saberlo, sin preverlo, sin malas intenciones, pero ella es contraria. Ginny lo hace con todas —las malas— intenciones de hacerlo tambalear aunque sea un poquito, y parece funcionarle.
—Me gusta volar sobre mi escoba después de una lluvia. Es agradable. —
Irónico. Por fin el sol comienza a salir detrás de una nube. Los alumbra con los últimos rayos de luz, dándoles tonos más cálidos, más fuertes a la pradera. De pronto, el verde es más verde, y el azul del cielo es más azul. Harry se queda observando el atardecer, y ahora es él que se va a desgastar por tantas miradas. Ginny no le despega sus almendras y siente un cosquilleo allí, dentro de él, algo que nunca ha sentido, pero que de cierta forma le agrada. Voltea a verla y los dos se escrutan sin convencionalismos. Ella lo toma de la mano, y el siente que sus pies se están despegando del suelo.
—Ven conmigo—
No hace falta que diga más. Él la sigue a donde quiera que ella valla, y lo hace con alegría y con toda la confianza. Ginny se sube a su escoba y lo invita a que también lo haga. Ahora es él el que la mira de forma burlona, y le encanta ver como las motitas naranjas de sus mejillas se intensifican a causa del sonrojo, es justo que él también se la cobre después de haberlo apenado hace rato.
Comienzan a tomar velocidad los dos juntos en la escoba, ella delante de él, encerrada entre los brazos de él, con la calidez de su sonrisa y los colores saliéndole del alma. Harry le apunta con el dedo hacia la derecha, hacia donde van y Ginny ve que el sol, por más perezoso que haya querido ser, también había hecho que el arco iris salga.
Harry sabe que si, después de una lluvia puede salir el sol, y del sol puede salir un arco iris, o al revés, sabe que tiene magníficos colores, que son hermosos, y que sólo salen después de que una tormenta deje de caer, pero prefiere imaginar que lo colores no salen de algún punto entre las montañas sino de la sonrisa de la joven que tiene al lado, la que le gusta, la que hace que sienta calidez en su corazón. Y Ginny sigue creyendo en el cuento de que al final del arco iris hay un tesoro, y a la velocidad que van, con los campos debajo de ellos, pronto irán a llegar. Quien sabe, quizá no necesiten llegar hasta allá, porque presienten que su tesoro ya lo han encontrado, lo tienen junto a ellos. Harry tiene el arco iris en la sonrisa de ella, y Ginny lo tiene en la mirada de él.


