por edwardismine » Jue Feb 19, 2009 12:56 am
Ahí estaba yo. Apoyada sobre un roble en medio del mudo bosque cuyo sueño era solo interrumpido por mis temblores a causa del dolor embriagante que me invadía en aquel momento. No supe como pero solo estaba ahí. El bosque me daba soporte, su mutismo me hacia pensar que se debía a un cierto grado de respeto por mi sufrimiento. A veces la naturaleza es más comprensiva. No exige explicaciones a las lágrimas solo escucha, espera y te consuela por el solo hecho de estar ahí. Suena raro. Podía entender a los árboles. Aparentaban ser tan duros, tan fuertes. Sin embargo detrás de toda esa apariencia frondosa e impenetrable no existía más que una semilla que ha logrado sobrevivir a la adversidad y que ha logrado crecer por sobre todo lo que pasase; el fuerte viento, las grandes lluvias, los temblores y terremotos, los alaridos de la tierra. Aun así aquel frondoso roble que sostenía pacientemente mi tembloroso cuerpo seguía vivo, fuerte, duro, impenetrable e implacable. A pesar todo lo que trato de acabar con su existencia siguió adelante, continuo creciendo, continuo viviendo. ¿Por qué no podía ser como aquel maravilloso árbol? ¿Por qué debía derrumbarme a la primera? ¿Por qué estaba aterrorizada? ¿Por qué debía ser tan… DEBIL?
Mis lágrimas seguían corriendo, aun con más fuerza. Me sostuve febrilmente a mis piernas mientras enlazaba ambos brazos en mis rodillas y apretaba fuertemente los puños y los dientes haciendo que estos rechinaran en señal de protesta. El dolor me carcomía de a pocos, ardía y helaba a la vez quería morir pero todo aquello era demasiado real como para estar siquiera un poco cerca de la caprichosa muerte. Seguí empapando mis mangas, ahora con más ahínco pues ya no era solo sufrimiento sino ira también. Me odiaba. Como había podido haber sido tan tonta, tan estúpida. Había caído en su juego como una colegiala. No podía más. Quería odiarlo, gritarle con todas mis fuerzas que ya no ocupaba un solo rincón en mi corazón y que su existencia ahora no significaba nada para mi, tal como el había hecho conmigo al dejarme sola y abandonarme de manera tan cruda, despiadada e insensible. Sin embargo, no podía, por mas que tratase aquello era un anhelo que jamás se cumpliría. Me alma había sido sedada por su existencia, mi corazón a pesar de ser destruido por sus propias manos de manera cruel y traicionera lo seguía amando. Cada pedazo, cada minúsculo fragmento seguía gritando su nombre a voz de cuello, reclamándolo, suplicándolo. Se había vuelto mi mundo y yo un satélite girando a su alrededor. Era algo inevitable, el había puesto boca abajo mi vida, mis acciones, mi manera de pensar y todo lo que conocía hasta el momento y que creía era lo correcto o lo más sensato. Seguí tiritando, esta vez sin ningún tapujo, de alguna manera me merecía aquel sufrimiento, aquel dolor. Eso era lo único que me quedaría de ahora en adelante para recordar a Draco. Eso y la marca de fuego que dejo indeleblemente en mi piel aquella fría y oscura noche de luna llena, en aquel mismo bosque apoyados sobre el mismo árbol en el que estaba llorando como una niña pequeña. Aquel árbol había sido testigo del momento mas bello y placentero de mi joven vida, escuchando nuestros suspiros, nuestros gemidos, nuestros nombres en la boca del otro anhelantes de un poco mas de goce. La lujuria. Ahora también era testigo de mi derrumbe, de mi desdicha y de mi llanto desgarrador. Señal irrefutable de que aquel rubio de mirada gris no volvería jamás a volver a hacerme suya en su presencia. Todo había acabado y aquel antiguo y frondoso roble lo sabía. El crepúsculo anunciaba el término del más fatídico día de mi vida, cuando el sol volviese a asomar su mirada luminosa por el este ya no seria la misma, habría cambiado eso lo sabia, desde la traición de Draco el proceso había empezado y estaba casi segura de que no habría vuelta atrás. Para mi todo estaba consumado. Moriría la Hermione que suspiro y grito el nombre de Draco entre sueños y renacería una nueva, mas experimentada, más fuerte. O al menos eso creía, no me percate de una ágil y alta figura se acercaba con paso grácil hacia mí. No me di cuenta, estaba demasiado inmersa en mi propia agonía y hundiéndome cada vez mas en mi propia mierda hasta que sentí una mano gentil y calida posándose en mi hombro. Alcé la mirada y ahí estaba el. Tan bello como un ángel o quizás mas aun, su mirada melancólica habría hecho llorar hasta al propio demonio en persona. Mi corazón empezó a palpitar más fuerte de lo normal al sentir que su mirada se perdía en la mía en busca de algún posible rastro de perdón o reivindicación. No necesitaba más. Lo atraje hacia mí dulcemente y me abrace de su cuello con una mano mientras que con la otra acaricie su rostro plateado a luz de la luna en armonía con sus bellos ojos, casi entrecerrados al tacto de mi caricia. No pude más. Lo bese, primero con ternura y luego con pasión desenfrenada. Caímos al mullido césped y nuestros cabellos se enredaron alegremente mientras rodábamos sin despegar nuestros labios unidos como si fuéramos una misma persona. Cuando nos detuvimos quedando yo sobre el y dejamos de besarnos para respirar, el articuló solo dos palabras: “Te amo”. No necesitaba oír más. Lo atrape con mis brazos y le tape la boca con un beso exultante y mucho más exigente que el anterior, explorando su boca y saboreando su aliento cual fino y exótico manjar del oriente.
-No me vuelvas a dejar-murmure con dificultad
-Jamás-respondió en un susurro lleno de sinceridad
Sonreí levente mientras me hacia girar de manera que el quedaba sobre mi. El bosque silencioso presenció una vez mas como me hacia suya mientras la luna llena brillaba en lo alto mas bella que nunca. No éramos los únicos amantes enamorados que se entregaban el uno al otro en el planeta tierra sin embargo para mi éramos el ultimo y la ultima mujer del universo.