por Cazadoresdesombras » Lun Mar 01, 2010 1:32 pm
CAPÍTULO 10: TE DEBO UNA
Bastó un sólo empujón para que Hermione quedase tendida sobre el irregular terreno de tierra húmeda. El movimiento fue tan rápido y ágil que la castaña no se percató de que el chico la había alejado bruscamente de él hasta que éste no se halló de pie frente a ella. Los ojos de ambos chocaron produciendo una chispeante radiación entre ellos. Draco, altivo y arrogante, la miraba como si se tratase de un simple estorbo, como si fuese un obstáculo en su camino. Incluso Hermione llegó a creer que sería capaz de pasar por encima de ella sin mostrar ningún tipo de miramiento.
―¿Cómo…? ―intentó formular la frase, pero las palabras se le atragantaron.
Draco gruñó algo incomprensible por lo bajo ―algo similar a una maldición―, antes de extender el brazo hacia ella y mostrarle la palma de la mano desnuda.
La chica se fijó en cada uno de los diminutos huecos habidos entre la mugre de la mano del rubio. En algunas zonas podía verse con claridad la piel blanquecina oculta bajo un manto de tierra oscura. Mirar su mano era como observar el firmamento estrellado una noche libre de nubes.
Sin ser capaz de decir absolutamente nada, agarró con firmeza el apoyo que Draco le ofrecía para levantarse. Intentó pasar por alto que era él quien la había tirado al suelo mientras clavaba los pies en el suelo.
―De ser por ti estaría muerto―rumió el chico, soltándola.
Hermione quiso replicar, quiso hacerle saber todo lo que había tenido que pasar por su culpa, pero no fue capaz. Él tenía razón. Había fracasado en su “misión”. No había conseguido llegar a tiempo. No importaba cuántos obstáculos se habían interpuesto en su camino, eso no importaba. Un auror siempre llegaba a tiempo, pasase lo que pasase. No podía permitirse el lujo de perder tiempo, y ella lo había hecho. Había perdido demasiado tiempo con Kingsley, y lo había compensado haciéndoles una visita a Ron y Harry. Era una estúpida y lo sabía. Aun así no le gustaba que Draco le hiciese ver lo mal que había hecho su trabajo.
―¿Cómo lo has hecho? ―logró decir al fin.
El rubio la miró de refilón antes de emprender una exhaustiva inspección del lugar. El agujero en el que había yacido durante horas era más profundo de lo que había imaginado que sería. Debía tener una profundidad de unos tres metros aproximadamente, quizá unos centímetros más.
―Te mentí―admitió con total normalidad―. El hechizo no dejaba de surtir efecto a las doce y media. Tenía una hora más de duración.
Las manos de la castaña se convirtieron en prietos puños. ¿Cómo se había atrevido a mentirle de esa manera? ¿Es que no era consciente de lo mal que lo había pasado creyendo que no llegaría a tiempo? ¿Acaso no era capaz de sentir remordimientos?
―¡Eres un…un…! ¡Joder!
Para evitar girarle la cara de un puñetazo, pateó el piso. Necesitaba descargar energía antes de volver a dirigir la mirada hacia él. De haber tenido un cuchillo en mano lo hubiese apuñalado hasta que quedase tieso en el suelo suplicando que parase.
Inesperadamente, Draco se colocó frente a ella, agarrándole con firmeza ambas manos. Hermione perdió de manera tan rápida toda la furia que la había invadido que no supo cómo reaccionar. De repente se sentía indefensa, cómo si por el simple hecho de que él la mantuviese presa de manos ya no fuese capaz de combatir, cómo si el chico le hubiese hecho una llave marcial y la hubiese dejado inmovilizada entre sus brazos.
―¿Cómo te has hecho eso?
Al principio la castaña no supo a qué se refería, pero al seguir el trayecto de su mirada se percató de que el rubio miraba con atención sus manos. Éstas, llenas de sangre y cortes, presentaban un aspecto realmente asqueroso y preocupante a la vez.
―Intentando sacarte de la tumba―masculló ella entre dientes, desviando la vista hacia cualquier otro punto que no fuese ni Draco ni sus manos―. He perdido la varita mientras corría hacia aquí. Supongo que no puede estar muy lejos.
La presión habida sobre las manos heridas de Hermione se aflojó lentamente hasta quedar libres sobre sus costados. El chico, sin intercambiar palabra, escaló con gran destreza por la pila de tierra excavada ante la atenta mirada de la castaña. Ella reprimió un bufido, siguiéndole. Tardó un poco más que él en subir la pendiente, pero se sintió orgullosa por no necesitar que Malfoy le echase una mano. Más que nada porque, de haberla necesitado, no estaba segura de que él se la hubiese prestado.
―Toma―le cedió él al pisar tierra firme.
Hermione miró con sorpresa la alargada varita del color del mimbre que Draco mantenía agarrada con firmeza entre sus dedos.
―¿De dónde…?
―Vuelve a tapar la tumba―ordenó el chico, lanzándole la varita al aire.
El rubio observó con calma cómo Hermione cubría el hondo hueco con la tierra revuelta y, a continuación, emprendió la marcha hacia ningún lugar en concreto.
―¡¿Adónde vas?! ―le gritó ella, persiguiéndolo a paso veloz por el bosque.
―No lo sé―repuso Draco―. Tenemos que largarnos de aquí lo antes posible si no queremos que nos descubran.
La castaña paró de golpe cayendo en la cuenta de lo que él había dicho momentos antes. ¿Tenemos? Ella no se iba a ninguna parte, no con él, ni sin él…No podía marcharse, no existía esa opción para ella.
―Yo no voy contigo.
Malfoy, situado pocos metros en frente de ella, cesó de inmediato el paso y volteó el rostro para contemplarla. Su expresión iba desde la confusión hasta la incredulidad.
―¿Qué?
La castaña suspiró, parpadeando un par de veces antes de volver a hablar:
―No puedo irme―se mordió con fuerza la lengua a la vez que presionaba los párpados―, y mucho menos contigo―susurró, dando media vuelta.
Draco no tardó en alcanzarla, ya que ella no corría. No tenía por qué correr, no iba a huir ni de Kingsley ni de Malfoy. Un auror nunca huía.
―¿Estás loca? ―cuestionó él, sujetándola del brazo para impedir que siguiese avanzando.
Hermione cogió lentamente aire sin atreverse a plantarle cara.
―Malfoy, déjame en paz―murmuró ella―. Ya tienes lo que querías, no me necesitas para nada. Eres libre.
El chico quiso decir mil cosas, pero su expresión mostró todo lo contrario. Estaba tan acostumbrado a simular entereza que la mueca establecida en su rostro solía presentar un característico pasotismo que Hermione conocía bien. Era como nunca nada le perturbase, como si nada le importase lo más mínimo, como si no fuese capaz de sentir nada más que no fuese imperturbabilidad.
―¿Tienes algo más que decirme antes de que me marche? ―suspiró la castaña.
El rubio chasqueó la lengua desviando por primera vez la vista de Hermione, pero no la soltó. La mantenía fuertemente presa, como si así pudiese evitar que ella le dejase allí sólo y sus caminos se separasen una vez más y, esa vez, para siempre. Si ella se iba todo volvería a ser como antes. Volverían a ser enemigos, más no parecía que a la chica eso le importase en absoluto. Sin embargo, una parte de Draco le aconsejaba que no la dejase marchar, que la obligase a ir con él.
―Si vuelves estás muerta―intentó persuadirla.
La castaña se aproximó tanto a él que entre sus cuerpos apenas cabía la tenue ventisca que se había hecho dueña de la noche.
―No me importa―dijo ella, mirándole directamente a los ojos.
Draco infló los pulmones haciendo que el pecho se inflase hasta rozar el cuerpo de la muchacha.
―Tus amigos no te creerán si intentas convencerles de que Kingsley es corrupto. Jamás te perdonarán por haberme ayudado―aseguró él, intentando convencerla.
―No me importa.
El rubio, sin darse cuenta, presionó los dedos contra la piel de la castaña.
―¿Qué es lo que pretendes? ¿Vas a entregarte? ¿Vas a dejar que Kingsley se salga con la suya?
Hermione fijó las pupilas en las de él.
―No podrás llegar muy lejos sin un encantamiento desilusionador―dijo ella, entregándole su varita. Draco la cogió, confuso―, y aun así no podrás cruzar el linde del bosque si no desconecto las alarmas de vigilancia y consigo romper los hechizos de rastreamiento. Y eso sólo puedo hacerlo desde La Sala Centinela, en El Peón Blanco.
Por primera vez el chico comprendió cual era la razón por la que la muchacha estaba tan decidida a regresar poniendo su propia vida en peligro. Quería darle una oportunidad de escape.
―Huye―susurró ella junto a su oído izquierdo, antes de liberarse del agarre y retomar el paso.
Caminó los primeros metros sabiendo que él todavía podía verla. Sólo cuando estuvo completamente segura de que estaba fuera del alcance de vista de Draco empezó a correr. Corrió de la misma manera que lo había hecho al ir en ayuda de Malfoy, incluso tropezó un par de veces y estuvo a punto de estamparse contra el piso.
Con la respiración exaltada y unas ganas terribles de dejarse llevar por la impotencia, se reclinó contra uno de los múltiples árboles que la rodeaban. Tenía que llegar cuanto antes a El Peón Blanco y desconectar todas las alarmas, pero cada paso le costaba horrores, cómo si sus pies estuviesen hechos de plomo. No entendía a qué se debía el inexplicable hueco que sentía en el pecho, pero le molestaba casi tanto como las lágrimas que se agolpaban en sus ojos. Cada zancada que daba le alejaba más y más del rubio, aunque no entendía por qué eso debía importarle. Debería ser una liberación para ella desprenderse al fin de Malfoy, sin embrago se sentía vacía sin él, como si lo necesitase para seguir avanzando entre la espesura del bosque.
―¿Qué se supone que estás haciendo? ―la conocida voz la abstrajo de sus pensamientos devolviéndola a la realidad―. ¿No tendrías que estar desconectando no se qué trastos? Y en vez de eso te encuentro tomándote un descanso, cómo si tuvieses todo el tiempo del mundo. ¿No has aprendido nada?
El corazón de la chica se avivó al escucharle, aunque su semblante se desfiguró hasta crear una cara que mostraba una creíble desazón.
―¿Y tú que se supone que estás haciendo aquí? ―repitió ella―. ¿No tendrías que estar yendo en sentido contrario? Y en vez de eso te encuentro aquí, siguiéndome.
Draco torció los labios mostrando disgusto.
―No te sigo―aseguró―. Me apetecía dar un paseo. Conocer el terreno antes de irme. Ya sabes, por si algún día vuelvo por aquí―Hermione le miró directamente a los ojos, entre ilusionada y horrorizada―. Un mortífago siempre rastrea el lugar en el que se encuentra antes de abandonarlo.
La castaña se mordió el labio sin saber qué hacer o decir. Siempre resultaba tan difícil hablar con él…
―Tienes razón, debería estar ya en El Peón Blanco―farfulló ella, liberándose del apoyo que le ofrecía el árbol.
Ni siquiera llegó a dar un paso antes de que Malfoy la cogiese de la muñeca y la girase cara a él.
Hermione tragó dificultosamente saliva.
―¿Qué ocurre? ―preguntó en un liviano suspiro.
El chico pareció reacio a intercambiar palabra, como si le costase muchísimo lo que pretendía decir.
―Yo…quería…―barbulló con rapidez―…supongo que sin ti no hubiese podido...ya sabes.
―¿Me estás dando las gracias?
La chica alzó una ceja mostrando la incredulidad que sentía.
―No exactamente―rumió él con tosquedad―. Podríamos decir que te debo una.
Ella asintió esbozando una alargada sonrisa a la vez que susurraba un sonoro <<de acuerdo>>.
Un incómodo silencio se formó entre ellos. La tensión se palpaba en el ambiente casi tan bien cómo el agradecimiento que ambos sentían el uno por el otro.
―Entonces….nos vemos―dijo Hermione al fin, haciendo un vano esfuerzo por borrar la sonrisa dibujada en su rostro―. Suerte.
Sin esperar que el rubio dijese nada, se separó de él y emprendió una vez más el paso perdiéndose entre las sombras ante el atento escrutinio de unos ojos mercurio.