por Cazadoresdesombras » Lun Mar 15, 2010 2:14 pm
CAPÍTULO 11: LA INTRUSA
Desconectar las alarmas de seguridad muggles fue pan comido. La dificultad llegó cuando se percató de que no disponía de varita para hacerse cargo de los hechizos de rastreamiento dispuestos a casi un kilómetro a la redonda de El Peón Blanco. Con ellos en perfecto funcionamiento, Malfoy no conseguiría cruzar los 100 primeros metros establecidos entre la base ―dónde ella se encontraba― y la terminación del bosque. La frondosidad y la nocturnidad impedirían que los hechizos operasen al límite de su capacidad, por lo que al chico le sería mucho más fácil no ser visto bajo el encantamiento desilusionador. Pero nada le ocultaría cuando éste hubiese cruzado el límite del bosque, dónde el terreno se aplanaba y perdía toda su espesura.
Mientras se dirigía sin un rumbo fijo por los pasillos de la base se maldecía a sí misma por no haber caído antes en ese pequeño detalle. No le quedaba otra opción. Debía hacerse con una varita cuanto antes, fuese como fuese.
―¿Qué haces a éstas horas levantada?
La voz proveniente de su espalda la alertó. Por un segundo la mente le gritó que saliese corriendo y que rezase porque la persona que había tras ella no la hubiese reconocido. Después pensó en golpearse repetidamente la cabeza contra la pared al caer en su propia estupidez.
Lentamente, cambiando el gesto de pánico establecido en su rostro, volteó el cuerpo en dirección contraria. De no haber estado tan nerviosa, Hermione habría reconocido al instante a la portadora de esa familiar voz.
―Ginny―suspiró, aliviada.
La muchacha de largo pelo pelirrojo la observó astutamente fijándose en cada detalle que sus ojos marrones podían captar entre la oscuridad de la noche. Hermione no soportaba que hiciese eso. Se sentía totalmente indefensa cuando Ginny la analizaba de aquella manera, cosa que había aprendido en su tercer año de estudio como auror.
Si la castaña no recordaba mal, estaba dentro de El Manual del Auror, doceava parte, regla 3.269: “Profundizar en cada minucioso detalle facial, corporal y espiritual del contrincante antes de atacar es labor ineludible, pues ésta nos revelará por sí sola más de lo que mediante la lucha cuerpo a cuerpo podremos averiguar del enemigo.”
Sin duda era una de las reglas más necesarias y válidas habidas en El Manual, pero la pelirroja la había llevado casi hasta el límite al hacer uso de ella en todo momento sin importar quién fuese la persona que se cruzase en su camino.
―¿Cuántas veces he de repetirte que dejes de hacer eso? ―rumió, bastante más relajada.
―Sólo intento averiguar qué haces despierta recorriendo a oscuras como un fantasma los pasillos…―Ginny miró de refilón su reloj de muñeca―, a las tres y dos minutos de la madrugada.
Por la expresión de la muchacha Hermione intuyó que no estaba de muy buen humor. Genial, ahora no sólo tendría que hacerse con una varita, romper los encantamientos de búsqueda e intentar que Malfoy lograse huir de una sola pieza, sino que además debería acarrear con el berrinche de su compañera sin que se notase que ardía en deseos de dejar la conversación y escapar lo más lejos posible de ella.
―Acabarías antes preguntándomelo.
Hermione se arrepintió inmediatamente de lo dicho. ¿Qué iba a responderle si le hacía tal pregunta?
Por un instante Ginny pareció dispuesta a dejar su juego de miradas e ir directa al grano, sin embargo ―y por suerte para la castaña― no lo hizo. A la pequeña de los Weasley no le gustaba que le pusiesen las cosas tan fáciles. Le gustaba hacer uso de las reglas auroreas en un vano intento por meterse en la mente de las personas hasta sonsacar lo que necesitaba de ellas, aunque muy pocas acertaba con sus indagaciones, y eso le irritaba.
―Por Dios, Ginebra―clamó Hermione, volteando teatralmente los ojos. Y de repente se le ocurrió una excusa que no incluía mentira alguna y que quizá pudiese sacarla del embrollo en el que se había metido―. No encuentro a Crookshanks―reveló al fin, haciendo que la pelirroja resoplase como si acabase de desvelarle una gran sorpresa.
Si verdad no era, mentira tampoco. Llevaba casi todo el día sin ver a esa bola peluda que tenía por mascota. Lo más seguro es que estuviese en la Lechucería volviendo locas a las pobres aves, persiguiendo ratones de campo, o durmiendo en su cuarto bajo la cama ―acurrucado entre varios almohadones que ella misma le había colocado para que no pasase frío ahora que empezaba a refrescar por las noches―.
―Seguro que está en la cocina―dijo la pelirroja―. Los elfos están preparando un delicioso guiso con patatas para mañana. La planta baja apesta a pescado.
Hermione reprimió las ganas de discutir la situación inhumana en la que se encontraban los elfos. ¿Cómo podían seguir trabajando a esas horas? ¿Es que a nadie le importaba lo más mínimo?
―Iré a ver―murmuró en un tono de voz arisco que Ginny ya esperaba.
―Te acompaño.
La castaña quiso inventarse cualquier excusa para impedir que la pelirroja la acompañase, pues no había tenido intención en ningún momento de ir a la cocina a ver cómo los pobres elfos se esforzaban en prepararle una comida que ella misma podría haber cocinado, pero tardó tanto en encontrar una que sabía de antemano que ya no le serviría de nada.
―¿Cómo es que no estás con Harry? ―cuestionó mientras caminaba junto a su amiga en dirección a la planta baja.
Ginny se encogió de hombros.
―Últimamente estoy teniendo algunos desordenes alimenticios―Hermione captó en su voz una pizca de abochornamiento―. Harry cree que se debe a la presión que siento por la precipitada boda de Ron con la insulsa de Spinnet. Llevo dos semanas despertándome en mitad de la noche hambrienta. Me voy a poner como una ballena…, ni siquiera me va a caber el vestido que me he comprado para el feliz enlace.
―Ginny…
―No me importa lo que digas. No soporto a esa mujer, me pone de los nervios.
―Es la que tu hermano ha elegido―intentó hacerle razonar.
―Sólo porque tú le diste calabazas―farfulló sin cesar el paso―. No me interpretes mal, respeto tu decisión a pesar de que todo sería mucho más fácil si sintieses algo por Ron. Estás en tu derecho de decirle que no tantas veces como quieras, pero su actitud… ¡Se está comportando como un crío! Se siente despechado y por eso hace estas locuras.
Hermione miró ansiosamente el pasillo temiendo que los bramidos de la pelirroja hubiesen alertado a los que dormían plácidamente en sus cuartos.
―Gin, baja la voz. Es muy tarde―mientras lo decía cayó de nuevo en la cuenta de que no había finalizado su cometido y de que no contaba con todo el tiempo del mundo para poder malgastarlo hablando de un tema que, la verdad, le agradaba tan poco como a su compañera.
Entonces sus ojos rastrearon en una rápida mirada el vestuario de la pelirroja. Levaba el pijama envuelto en un grueso batín rosa con grandes bolsillos laterales. La pequeña de los Weasley nunca iba a ningún sitio sin su varita ―regla 906 de El Manual―. Quizá todavía quedase esperanza para ella...
―Ginny, necesito ir al baño. Ve yendo a la cocina, enseguida voy―anunció fingiendo urgencia.
―De acuerdo, pero no tardes.
Hermione asintió antes de dar media vuelta y correr un par de metros. De repente se paró en seco, como si acabase de acordarse de algo, se giró y elevó la voz para que su compañera la escuchase.
―Ginny, me he dejado la varita en la habitación―le dijo entre dientes cruzando las piernas como si estuviese a punto de estallar―. No llevarás encima la tuya, ¿verdad?
La pelirroja bufó colocando los brazos en forma de jarra, como solía hacer Molly cuando se enfurruñaba.
―¿No sabes que llevar la varita encima es una de las reglas más importantes…?
―Gin, no puedo aguantar más. Por Merlín, ¿quieres dejarme tu varita?
La muchacha se mordió el labio inferior con recelo mientras extraía del bolsillo izquierdo del albornoz rosa el arma que Hermione tanto había anhelado encontrar.
―Date prisa―la apremió, ofreciéndosela.
Tan sólo los dedos de Hermione hubiesen cogido con firmeza el arma, ésta desapareció cual bala entre la negrura del infinito pasillo ante la reprochante mirada de su mejor amiga. Disponía de una media de cinco minutos para llevar a cabo su cometido antes de que Ginny fuese en su busca reclamando su varita. A veces la castaña se sorprendía de lo recelosa que ésta era en lo referente a las normas. Y pensar que en el pasado las tornas habían sido totalmente diferentes…Ahora era ella quien corría desesperadamente dispuesta a romper el mundo que creía conocer por salvar la vida de un mortífago al que no podía dejar morir. Ya había creído perderle una vez, y no iba a consentir que nadie se entrometiese en esa ocasión en su camino. Malfoy escaparía de la línea enemiga sin un solo rasguño.
Si no recordaba mal, La Sala Centinela se encontraba en el extremo este de la base, lo suficientemente cerca de los baños para recurrir a ellos si el tiempo se le venía encima. Los pasillos estaban tan solitarios que incluso daba grima recorrerlos sin compañía. Por primera vez parecía que la suerte estaba de su parte.
Llegó frente al grueso muro de piedra que daba acceso a La Sala Centinela treinta y nueve segundos después de haberse despedido de Ginny. Iba bien de tiempo.
―Hermione Jean Granger―susurró frente al firme muro.
Muy pocos allí conocían la existencia de tal sala, la cual contaba con diversos sistemas de seguridad que impedían el acceso a todos aquellos que no tuviesen permiso directo de El Ministerio para entrar.
A continuación, colocó la palma de la mano abierta sobre el segundo azulejo de piedra situado a la derecha del diminuto grabado que decoraba uno de los múltiples azulejos que constituían la pared y esperó pacientemente a que éste se iluminase tenuemente mostrando el color que a ella le correspondía: el rojo. Y por último, una vez la piedra hubiese recobrado su color natural, siseó la contraseña apuntando con la varita el emblema dibujado en el muro:
―Ego sum lux mundi.
Y el muro se abrió haciendo que cada azulejo se incrustase en el subsiguiente hasta formarse una fina ranura por la que poder ingresar.
Con el corazón en la boca, Hermione no vaciló a la hora de hundirse en la sala cuya penumbra era bastante más profunda que la habida en el pasillo.
―Lumus―musitó justo antes de que la abertura se cerrase dejándola presa.
De no haber conocido a la perfección el funcionamiento de la sala en ese instante se encontraría golpeando inútilmente un muro de veinticinco centímetros de grosor.
―Vale, Hermione, tienes tres minutos para encontrar el maldito rastreador―se dijo en voz alta, alzando la varita sobre su cabeza para intentar atinar algo entre la oscuridad―. ¿Cómo se encendían las luces? ¿Lumus nux? ¿Lumus…? Lumus fair, guiard, poux, suth…―dijo de carrerilla sin ser capaz de recordar la combinación―. ¡Mierda! ―y de repente le vino a la mente como caída del cielo―. ¡Lumus miervus!
La luz mágica de la habitación la cegó durante una fracción de segundo antes de que fuese capaz de visualizar el rastreador general oculto tras dos altas pilas de libros y pergaminos.
Dos minutos, se recordó mentalmente.
Corrió hacia el pesado objeto de oro añejo y miró por él esperando que éste no hubiese captado la presencia de Malfoy. Para su alivio, no había ningún indicio de alarma. Sin esperar que el aparato hiciese su trabajo, colocó la varita en el interior de la vasija central del rastreador, hundiéndola en el grisáceo líquido interior.
―Draco Malfoy Black, aliado.
El líquido hirvió formando en su interior el nombre del susodicho a partir de finas líneas negras como el carbón hasta ir destiñéndolas lentamente en el mismo color que el fluido. Ahora, si el rastreador lo localizaba, no mostraría ningún cambio que pudiese alertar a El Ministerio.
Hermione suspiró extrayendo la varita de la vasija. Lo único que le quedaba por hacer era salir de allí antes de que alguien pudiese pillarla con las manos en la masa.
―Dinum Xul Mus Oge―la grieta volvió a formarse en la pared mostrándole la salida―. Finite Incantatem―y la luz se apagó.
De vuelta en el pasillo respiró hondamente sintiéndose libre. Se había quitado un gran peso de encima. Por fin podía relajarse y descansar un poco antes de que el sol asomase tras las montañas y le fastidiase las pocas horas de sueño que le quedaban por delante.
―¡Hermione Granger! ―el susto la dejó completamente paralizada en su sitio, frente a la ventana―. Llevo esperándote un buen rato. Te he dicho que no tardaras.
La castaña recobró el habla de inmediato al cerciorarse de que quién le hablaba desde la distancia era Ginny. Por un instante había temido que la hubiesen cazado.
―Sólo han pasado cinco minutos.
―Siete―le rectificó la pelirroja, mostrándole la muñeca para que pudiese ver la hora―. ¿Cuántos siglos necesitas para hacer tus necesidades?
Hermione sonrió ante la exageración de su amiga.
―¿Hacer mis necesidades? No soy un perro, Gin.
―Perdóname por querer ser fina―respondió la muchacha, pasándose los dedos entre sus rojizos cabellos rizados―. ¿Qué estabas mirando?
Antes de que la castaña pudiese contestarle, ésta ya se encontraba junto a ella fisgoneando con interés el paisaje exterior. Hermione observó por el rabillo del ojo cómo su compañera fruncía ligeramente los labios a la vez que entrecerraba los párpados.
―No se ve absolutamente nada. No hace falta que te esfuerces―dijo la castaña, iniciando de nuevo el paso para que Ginny la siguiese―. Sólo miraba el cielo. Mañana lloverá.
La pelirroja corrió a su lado elaborando una macabra sonrisa.
―¿En qué estás pensando? ―inquirió Hermione sabiendo que algo se cocía en esa cabecita loca.
―En que ojalá llueva el día de la boda―la castaña resopló con sonoridad―. ¿Te imaginas? Alicia se pondría hecha una furia…
―Ginny, ¿has pensado por un momento que ese será el día más feliz en la vida de tu hermano?
―Eso no te lo crees ni tú.
Y no, la verdad es que ni ella misma se lo creía. A Hermione todavía le costaba aceptar que Ron hubiese iniciado una relación con la chica más desaborida de todo el regimiento, no obstante el casamiento…eso ya rozaba la demencia absoluta.
―Vale, admito que no es la chica con la que hubiese esperado que Ronald se casase, pero es la que él ha elegido libremente.
Ginny murmuró algo por lo bajo que no llegó a captar, sin embargo lo prefería. Nunca se sabía qué clase de barbarie podía escapar de los labios de la pelirroja.
De repente un fuerte olor a pescado se introdujo en sus fosas nasales provocándole nauseas transitorias. ¿Cómo podía hacer esa peste?
―Imagínate cómo debe oler la cocina―murmuró Ginny, tapándose la nariz con los dedos.
―¿Todavía no has entrado? ―preguntó Hermione, extrañada―. Creía que tenías hambre.
―Y tengo―repuso ella―, ¿pero cómo iba a entrar en la cocina si tú tienes mi varita? ―la castaña, que ya había olvidado por completo que el arma que llevaba no era la suya, se la cedió a Ginny a la vez que esbozaba una tímida sonrisa como agradecimiento―. No hay de qué―suspiró la pelirroja―. Sigo sin entender a qué vienen tantas medidas de seguridad. Una ya no puede ir al cuarto de baño tranquilamente sin que la taladren a preguntas. El Ministerio se toma demasiado en serio el chismorreo de ese viejo borracho.
Hermione le habría golpeado de no ser porque conocía perfectamente la ignorancia de su compañera ante tal asunto.
―¿De verdad crees que El Ministerio se tragaría las habladurías de un simple borracho? ―cuestionó con mordacidad.
Ginny tardó varios segundos en reaccionar. Parecía algo aturdida y muy intrigada.
―¿Insinúas que ese viejo loco…?
―Yo no insinúo nada―la cortó Hermione―. Sólo digo que El Ministerio nunca se hubiese tomado tantas molestias en obligarnos a llevar a cabo tantas medidas de seguridad de no tener buenos motivos para hacerlo, ¿no crees? ¿Piensas que un simple borracho cuya cordura resulta más que dudosa puede ser una amenaza para El Ministerio? Porque yo no lo creo.
La pelirroja guardó silencio maquinando miles de preguntas en su fuero interno, preguntas que jamás hubiese planteado de no haber tenido en frente a quién tenía:
―¿Crees que se trata de Dumbledore? ―susurró.
La expresión de la castaña delató el temor que la invadía. ¿Y si alguien las escuchaba?
―¿Estás loca? ―Hermione hizo un esfuerzo increíble por no gritar―. ¿Cómo se te ocurre nombrarle?
―Yo sólo…
―Está prohibido―le recordó con brusquedad mirando a ambos lados del pasillo.
El corazón volvía a latir con fuerza bajo su torso de la misma forma en que lo había hecho al infiltrarse en La Sala Centinela. Tanto estrés no podía ser bueno.
Ginny, por el contrario, parecía calmada, como si aquello no fuese con ella.
―Harry cree que sigue vivo.
―Sé perfectamente lo que opina Harry al respecto―aseguró Hermione sin dejar de inspeccionar la oscuridad―. Deberíamos volver a nuestras habitaciones.
―¿Y Crookshanks?
Hermione se fregó la frente mostrando por primera vez cansancio. La verdad es que estaba agotada.
―Lo buscaré por la mañana―farfulló caminando hacia el piso superior.
Ginny apenas tardó medio segundo en alcanzarla de lo lenta que iba. Hermione arrastraba los pies cómo si éstos le pesasen lo incalculable, y es que así era. Empezaba a notar el cansancio de un día plagado de tensiones. Lo único que deseaba en ese instante era descansar, dormir largo y tendido sin preocuparse por el mañana.
―Por cierto, casi lo olvido―dijo la pelirroja interrumpiendo el agradable silencio―. Harry me ha pedido que te recordase que mañana le pases el informe de los Carrow. Me lo ha dicho ésta mañana, pero como no te he visto en todo el día…
Una indescriptible sensación de desespero se apoderó de Hermione. Había olvidado por completo el caso de triple asesinato.
―Por supuesto. Dile que mañana a primera hora lo tendrá.
Fantástico. Ginny acaba de arruinar su maravillosa noche y ni siquiera era consciente de ello. Tendría que pasársela en vela buscando detalles escabrosos en el nítido expediente de los Carrow y analizando una a una las pruebas encontradas en la escena del crimen.
El resto del camino lo recorrieron en un mutismo impropio en ellas. Ninguna de las dos era propicia a permanecer callada más de un minuto seguido, sin embargo en esa ocasión era diferente. Ambas tenían demasiado en qué pensar, demasiado que preparar y demasiado por lo que preocuparse.
―¿Crees que se trata de mortífagos? ―indagó la pequeña de las Weasley una vez llegaron a la bifurcación del pasillo―. Harry no para de darle vueltas al asunto. Supongo que es normal que esté alterado.
Hermione suspiró masajeándose la sien. El simple nombramiento de los mortífagos le había recordado Malfoy. ¿Habría logrado atravesar por fin el límite? ¿Estaría a salvo? La verdad es que resultaba increíble que estuviese pensando en el bienestar de su enemigo cuando ella misma estaba en la cuerda floja.
―Espero que no, Ginny―respondió―. De verdad que espero que no.
