por Laura Black Wilson » Sab Dic 20, 2008 8:19 pm
Hola. Me alegro de comunicaros que he terminado de escribir el segundo capítulo (y lo he revisado un montón de veces). Pero antes:
thalia: ¡Muchísimas gracias por tomarte el tiempo de leer mi fic! Me alegra que te haya gustado el capítulo. En cuanto a tu duda, te aclararé: la morena no es ni Bellatrix ni Alecto, de hecho, es un personaje de mi invención, aunque al principio (y parece que me has leído el pensamiento) pensé en poner a Alecto, pero después pensé que, si sigo con la historia, Narcissa ya no estaría en Hogwarts el siguiente curso, por lo que sería mejor que distribuyera con más amplitud a los personajes conocidos en la saga para hacer la historia más interesante. En el próximo capítulo verás un poco más de información acerca del curso al que van los personajes principales.
POLY POTTER: ¡Para nada me digas gracias por aclarar tus dudas! ¡Al contrario, gracias por plantearlas! ¡Me encanta explicar las dudas que tengáis! Y al ver que las expresas, estás mostrando estar muy interesada en la historia.
lily_ginny: ¡No me lo puedo creer! ¡Otra lectora más! ¡Muchas gracias, de verdad, por darle una oportunidad a este fic! En cuanto a la longitud de los capítulos, ya aclaré en el primero que era un poco corto porque era una especie de introducción a la historia. Así que no te preocupes; los próximos capítulos, cómo podrás comprobar en el que sigue a continuación, serán más largos.
Ahora sí, os dejo el segundo capítulo. Como ya os dije, éste es bastante más largo que el anterior. Espero que os guste.
Disclaimer: Muchos de los personajes y lugares pertenecen a J.K.Rowling (existen excepciones).
Capítulo 2: “La paz comienza con una sonrisa”.
- Estamos a punto de llegar a Hogwarts. Aviso para los alumnos de primer año: dejen su equipaje en el tren. Se lo llevarán al castillo por separado.
Isabel se sobresaltó al escuchar esa voz que no provenía de ninguna parte.
Las puertas de los compartimentos empezaron a abrirse, y los alumnos empezaron a amontonarse otra vez en el pasillo, aunque esta vez llevaban puesta la túnica de Hogwarts. Los alumnos que ya habían ido años anteriores a Hogwarts llevaban además la insignia de su casa en la pechera de la túnica.
Isabel se apresuró a abrir su baúl para sacar la túnica. Después del “agradable” encuentro que había tenido, había vuelto a quedarse sentada en el suelo, con la espalda apoyada en la pared, esperando que Narcissa y la tal Rochelle volvieran a pasar y la dieran motivos para llevarse mal con ellas. Aunque lo poco que había percibido de ellas no le había gustado ni un pelo, la actitud calmada de Narcissa le hacía sentirse menos libre para no dirigirlas la palabra.
Sin embargo, no volvieron a pasar por allí, o habían pasado mientras que ella dormía. Había luchado con todas sus fuerzas para que el sueño no la venciera, pero ya llevaba varias noches sin pegar ojo debido al nerviosismo que la provocaba la visión de ese nuevo mundo en el que estaba más sola que nunca.
Estiró la túnica y se la fue poniendo mientras que una horda de alumnos pasaba por su lado. Parecía una misión imposible controlar su equipaje para que los alumnos no lo derribaran, vigilar por si Narcissa y Rochelle volvían a aparecer y ponerse bien la túnica a la vez, pero al final lo consiguió. Se abrió paso a empujones entre los alumnos, metió su baúl en un compartimento y se unió a la masa de alumnos que salían al frío aire nocturno.
En cuanto Isabel puso un pie en el andén, empezó a tiritar. Parecía mentira que hiciera tanto frío allí, habiendo hecho tanto calor por la mañana. Se sintió tonta por no haber considerado que el castillo de Hogwarts estaba mucho más al norte que la estación de King Cross. Para algo que podía haber sabido por lógica hasta un muggle…
- Por aquí los de primer año, por favor.
Isabel, abrazándose a sí misma para darse calor, se giró hacia esa voz ronca y se dirigió hacia la luz que desprendía el farol que portaba la persona que había hablado. Figuras oscuras y desconocidas pasaban por su lado, pero ella no era capaz de distinguir sus rostros. Salvo la luz del farol, el andén estaba completamente a oscuras.
Casi había llegado hasta el hombre que sujetaba el farol cuando éste empezó a caminar hacia el final del andén. Isabel no fue la única en seguirle; muchos alumnos, la mayoría de los cuales parecían igual de nerviosos que Isabel, fueron detrás del hombre en procesión. Salieron del andén y siguieron por un pequeño camino. El musgo resbaloso hacía un poco más difícil caminar.
En cuanto puso los pies en el camino, Isabel se resbaló hacia atrás y aterrizó sobre el frío musgo. Al levantarse, notó como sus mejillas se sonrojaban, y no se atrevió a levantar la vista para evitar ver las risas y las burlas de los demás. Sin embargo, no hubo ni risas ni burlas.
Cuando por fin se atrevió a levantar la mirada, comprendió el porqué. Había varios alumnos más tirados sobre el musgo, tocándose las partes golpeadas y levantándose lentamente para no volver a caer. Al instante, Isabel notó un gran alivio en su interior; su caída no había resultado ser una excepción.
Siguieron resbalando hasta llegar a una curva del camino. De pronto, todos los alumnos se quedaron quietos como estatuas, observando con la boca abierta el panorama que se extendía ante ellos. El castillo de Hogwarts se alzaba delante de ellos con majestuosidad detrás de un enorme lago que parecía tener la superficie de cristal.
- Vamos, daos prisa, sólo cuatro por bote.
Todos los alumnos dejaron de mirar el imponente castillo y empezaron a subirse a los botes que había en la orilla, pero Isabel sentía que no podía apartar su mirada del que sería su segundo hogar, o tal vez el primero, durante siete años. Intentó caminar hacia los botes sin dejar de mirar el castillo, lo cual fue un error.
Sin haberse dado cuenta, Isabel había llegado a la orilla, y al no mirar por dónde iba, había empujado a un chico, el cual cayó al agua. Muchos alumnos se rieron por la ridícula escena, pero Isabel se quedó completamente inmóvil, sin saber qué hacer.
A sus oídos llegaron unas exageradas risas. Isabel se giró para ver su procedencia, pero sólo alcanzó a distinguir a tres muchachos que ya estaban en uno de los botes.
El hombre que llevaba el farol llegó adonde se había caído el muchacho en el mismo momento en que un largo tentáculo rompía la superficie del agua y depositaba al chico sobre la arena. Éste escupió un chorro de agua, se puso en pie y empezó a temblar de frío.
Isabel dio un paso hacia él para disculparse por su torpeza y asegurarse de que estaba bien, pero al ver la mirada que éste la dirigió, sintió que no podía moverse. Durante unos segundos, consideró la posibilidad de que el chico le hubiera echado alguna maldición para impedir que se moviera, pero entonces recordó que, si algo sabía acerca del mundo mágico, es que los magos necesitaban utilizar la varita para realizar encantamientos.
En cuanto recordó esto, recuperó la movilidad, pero no volvió a intentar acercarse al chico. La mezcla de sentimientos que había visto en sus ojos negros sólo la habrían animado a acercarse a él si su mayor deseo hubiera sido morir de una forma muy dolorosa.
- Sev, ¿te encuentras bien?
Una muchacha se había acercado al chico, quien cambió radicalmente su expresión de odio por otra muy diferente cuando miró a la chica.
- “Sev, ¿te encuentras bien?” – imitó de forma burlona uno de los chicos que se habían reído antes. – ¡Vaya, “Sev”, es una verdadera pena que se te haya mojado el pelo! ¡Ahora no podrás conseguir el récord del pelo más grasiento!
Dos chicos corearon al atrevido, y los demás alumnos rieron disimuladamente.
- ¡Vamos, a los botes! – repitió el hombre del farol.
Isabel buscó con la vista un bote que aún tuviera algún asiento libre, y pronto lo encontró. Dentro sólo tenía tres ocupantes. Isabel se subió con cuidado, con miedo de caerse ella también al agua, y se acomodó.
Dos alumnos de cada bote empezaron a remar. Cada vez veían el castillo más cerca. Isabel no paraba de mirar los iluminados ventanales, imaginándose a sí misma recorriendo el enorme castillo. Si había algo que le gustaba eran los misterios, y estaba segura de que ese castillo debía de tener muchos rincones secretos. Estaba dispuesta a averiguarlos todos; eso lo había tenido claro desde el principio.
Por fin, los botes llegaron a unas rocas. El hombre del farol, que parecía ser el guardabosque de aquel lugar, les advirtió que tuvieran cuidado con la cabeza y traspasaron una cascada, la cual dejó de verter agua en el resplandeciente lago mientras que pasaban. Llegaron a lo que parecía un muelle subterráneo, y se bajaron con cuidado de los botes.
Si el camino anterior había sido un caso único en cuanto a resbalones, el camino que tuvieron que seguir hasta salir a los jardines, pasando por rocas mojadas y muy pulidas, fue casi una misión imposible. Cuando salieron del muelle subterráneo, todos tenían las manos llenas de rasguños y la túnica húmeda y manchada de barro.
Isabel inspiró aire profundamente, como queriendo llenar sus pulmones de la magia que emanaba del lugar.
Subieron unos escalones de piedra y llegaron ante unas enormes puertas de roble. Delante de ellas había una mujer de cabello gris recogido en un moño y rostro severo. El guardabosque se perdió en la oscuridad, y la mujer les hizo entrar en el castillo y detenerse en un amplio vestíbulo.
Los murmullos y los susurros se apagaron y todos prestaron atención a la mujer.
- Bienvenidos al Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Soy la profesora McGonagall, subdirectora del colegio. En breve se llevará a cabo la Selección. Seréis seleccionados para una de las cuatro casas, que son Ravenclaw, Hufflepuff, Gryffindor y Slytherin. Cada casa será como vuestra familia. Vuestros logros conseguirán puntos para vuestra casa, mientras que vuestras faltas se los restarán. La Selección tendrá lugar ahora mismo en el Gran Comedor, delante del resto del colegio. Ahora, seguidme.
Los alumnos atravesaron el vestíbulo y entraron en una enorme estancia con cuatro largas mesas. Todos los alumnos que habían viajado en el Expreso de Hogwarts estaban allí reunidos, y se quedaron en silencio cuando les vieron entrar.
Isabel se puso a examinar cada rincón, cada detalle; no quería perderse nada. Se quedó sorprendida cuando miró hacia arriba, donde miles de estrellas titilaban.
Los alumnos de primer año se pusieron en fila delante de una tarima, en la cual había un taburete con un raído sombrero encima. La profesora McGonagall subió a la tarima y se puso al lado del sombrero.
El silencio se hizo aún más profundo, aunque Isabel no entendía por qué. Pegó un salto cuando el sombrero se movió y empezó a cantar. Con cada palabra que el sombrero decía, Isabel se sentía cada vez peor. El sombrero estaba enumerando en una canción las virtudes que exigía cada casa; Ravenclaw la inteligencia, Hufflepuff la justicia, Gryffindor la valentía y Slytherin la astucia. Isabel sentía que no tenía ninguna de esas cualidades. ¿Qué ocurriría si el sombrero no la encontraba lugar en ninguna de las casas?
Cuando el sombrero terminó de cantar, todo el comedor aplaudió. Después el silencio volvió a irrumpir en el Gran Comedor, y la profesora McGonagall desplegó un pergamino, levantó el sombrero y miró a los de primer año.
- Ahora, os iré nombrando. Vosotros subiréis aquí, os pondréis el sombrero y él os seleccionará a vuestra casa. Avery, Alexander.
Un muchacho castaño y de tez pálida subió a la tarima y se sentó en el taburete. El sombrero le quedaba muy grande y le tapaba los ojos.
Por primera vez en su vida, Isabel odió apellidarse Wilson. ¿Por qué su nombre tenía que empezar por “W”? Sabía perfectamente que cuanto más tiempo pasara hasta que supiera la elección del sombrero, más nerviosa se pondría.
- ¡SLYTHERIN!
El muchacho fue corriendo hacia la mesa de Slytherin. Los de su casa le recibieron con aplausos y apretones de mano, mientras que algunos de Gryffindor le abuchearon.
- Black, Sirius.
Uno de los muchachos que había ido en el mismo bote que Isabel subió a la tarima y se sentó en el taburete. La profesora McGonagall le puso el sombrero en la cabeza, y unos cinco segundos después, el sombrero ya tenía hecha su elección.
- ¡GRYFFINDOR!
El chico, que parecía muy aliviado, se quitó el sombrero y fue hacia la mesa de Gryffindor. Isabel vio de reojo a Narcissa levantarse de la mesa de Slytherin, con una expresión que era una mezcla de sorpresa y furia.
Preguntándose por qué Narcissa estaba tan nerviosa, Isabel volvió su atención a la selección. La profesora McGonagall siguió nombrando a más alumnos. Isabel comprobó que con algunos alumnos, el sombrero tardaba más en decidirse que con otros.
- Evans, Lily.
Una muchacha pelirroja, que Isabel reconoció como la chica que se había acercado antes al chico que “había caído” al lago, subió a la tarima con cara de nerviosismo. Diez segundos después de haberle puesto el sombrero, éste gritó su elección.
- ¡GRYFFINDOR!
La muchacha se bajó del taburete y fue a reunirse con los demás alumnos de Gryffindor. Isabel no paró de mirarla mientras que se sentaba en la mesa, y antes de que apartara la vista, la chica la devolvió la mirada. Al contrario que todo lo que Isabel había extraído de Narcissa por sus ojos, vio en los de Lily algo que la agradó. Sus ojos de color verde esmeralda tenían cierta calidez y transmitían tranquilidad y seguridad. Después de estar unos segundos evaluándose mutuamente, Lily la sonrió, e Isabel la devolvió la sonrisa.
Sintiéndose reconfortada por la paz que emanaba de los ojos de Lily, Isabel volvió su vista al taburete y al sombrero, que estaba seleccionando a otro alumno.
- ¡RAVENCLAW!
Los alumnos de la mesa de Ravenclaw aplaudieron cuando el nuevo Ravenclaw se sentó entre ellos.
La profesora McGonagall siguió nombrando a los alumnos de primer año, y pronto llegó a los apellidos que empezaban por “P”.
- Potter, James.
Un chico pasó como una exhalación por su lado y se sentó en el taburete. Isabel abrió los ojos como platos. ¿James Potter? ¿Había dicho James Potter? No podía ser; ése no podía ser James Potter.
El sombrero tardó muy pocos segundos en hacer su elección.
- ¡GRYFFINDOR!
La profesora McGonagall volvió a agarrar el sombrero, e Isabel pudo comprobar, con estupefacción, que, en efecto, ese chico era James Potter, el chico que había conocido esa misma mañana en el andén nueve y tres cuartos, pero ahora estaba irreconocible; su pelo, antes bien peinado, ahora estaba todo alborotado, dando la sensación de que se acababa de bajar de un coche de Fórmula 1.
James fue corriendo a la mesa de su casa y se sentó al lado del primer Gryffindor seleccionado ese año.
- Richardson, Emily.
Isabel notó como volvía a inquietarse. El efecto relajante de la mirada de Lily se estaba acabando. Deseó con todas sus fuerzas que el tiempo pasara un poco más rápido, que la nombraran de una vez, que pasara lo que tuviera que pasar y que terminara ese calvario, pero como ya estaba acostumbrada a comprobar, el tiempo parece pasar más lento cuanto más rápido quiere uno que pase.
- Snape, Severus.
El chico que Isabel había tirado al lago, aún tiritando y con la túnica empapada, subió a la tarima y se probó el sombrero. Al igual que con James, éste tardó muy poco en decidirse.
- ¡SLYTHERIN!
El chico le devolvió el sombrero a la profesora McGonagall y bajó de la tarima con mucha tranquilidad y aparentando alegría, aunque a Isabel no se le escapó que le había dirigido una mirada cargada de frustración y tristeza a la mesa de Gryffindor.
La Selección siguió transcurriendo, y cada vez la fila de alumnos de primer año era más corta. Cuando la profesora McGonagall nombró a Frederick Warrington, Isabel se quedó sola delante de la tarima. En ese momento, Isabel ya era un pleno manojo de nervios.
Finalmente, después de que el sombrero mandara a Warrington a Slytherin, ocurrió lo que Isabel llevaba deseando desde hacía varios minutos, aunque para ella el tiempo había transcurrido tan lento como si hubieran pasado varias horas desde que había entrado en el Gran Comedor.
- Wilson, Isabel.
Isabel subió a la tarima intentando aparentar calma, o al menos intentando parecer lo menos nerviosa posible. Sentía como todas las miradas estaban clavadas en ella, y por un momento pensó que la encantaría poder hacerse invisible.
Se sentó sobre el taburete, la profesora McGonagall la puso el sombrero y esperó.
- Mmm… una elección difícil. – le dijo una vocecita al oído. Después de haber oído al sombrero cantar, Isabel ni siquiera se asombró al saber que un sombrero le estaba hablando en susurros. – Cargada de lealtad, fidelidad a sus amigos y justicia. Tienes el perfil de un alumno modelo de Hufflepuff. Pero aún así…
“Aún así, ¿qué?”, pensó Isabel. Le había gustado oír todo lo que le había dicho el sombrero, pero ese “pero”…
- Aún así… también veo mucho valor y coraje. – siguió diciendo el sombrero. – Oh, sí, estás cargada de valentía.
Isabel abrió los ojos al máximo. Eso sí que no se lo esperaba. ¿Valentía? ¿Ella?
- Sí, valentía, muchacha. – siguió susurrando el sombrero, que había oído, o sentido, los pensamientos de Isabel. – Te subestimas demasiado, y eres muy modesta, pero eres muy valiente. Mmm… ¿dónde te pondré?
A Isabel, que la primera vez que había oído mencionar las casas había sido en la breve explicación de la profesora McGonagall, le daba igual la casa en la que la tocara. Sin embargo, y sin saber por qué, una determinada imagen se le vino a la mente, infundiéndola el deseo de pertenecer a…
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Besos
Laura