La historia es un Ron/Ginny bueno, son tres drabbles; tenía ganas de volver a crear algo de esta pareja, así que, aquí está.
Espero que os guste
Disclaimer: los personajes de esta historia pertenecen a J.K. Rowling
El cobertizo
El calor era sofocante, pues el verano apretaba con fuerza, con toda la que puede hacerlo en aquella zona. La oscuridad era total. El ambiente estaba cargado, olía a gasolina y el aire viciado contribuía a que todavía le fuera más complicado respirar. Abrió los ojos y parpadeó varias veces, pero la negrura no se disipó cuando lo hizo y se dio cuenta de que le habían vendado los ojos.
Un dolor punzante en la cabeza lo hizo emitir un quejido que sonó amortiguado debido a que lo habían amordazado, e instintivamente intentó alzar la mano hacia su cráneo, pero sus manos estaban atadas a alguna especie de palo, y al que al tenerlas detrás de su espalda y a la dichosa venda le era imposible siquiera adivinar donde estaba. Le dolían las extremidades, y a juzgar por los pinchazos que emitían sus piernas, había estado varias horas en la misma postura.
Lo primero que pensó Ron era que lo habían secuestrado; si habían pedido un rescate por él, no sobreviviría, pues dudaba de que sus padres pudieran pagarlo. Privado del sentido de la vista y sin poder gritar, aguzó el oído para intentar adivinar dónde se encontraba: le llegaron sonidos de gallinas cacareando, seguramente se hallara en el campo. Sin embargo no recordaba cómo habría podido llegar hasta allí, porque lo que él recordaba era estar en su habitación, y después de eso, nada más.
Agitó su cuerpo tratando de desembarazarse de todo aquello que lo aprisionaba, pero fue inútil. Las piernas cada vez le dolían más, así que, no sin esfuerzo, las dobló y se sentó cual indio. Mucho mejor.
Se poyó en el palo donde estaba atado y respiró hondo, al tiempo que intentaba calmarse. Oyó pisadas que se dirigían a él, y comenzó a moverse de nuevo con una mezcla de pánico y esperanza, pues no sabía si la persona que se aproximaba sería su secuestrador o un alma caritativa que acudía en su rescate. El sonido de las pisadas cesó y una mano retiró la mordaza de sus labios al tiempo que besaba estos con ternura, un beso cálido que Ronald respondió.
La mano también apartó la venda de sus ojos, y el pelirrojo casi muere de espanto.
―¿Qué haces aquí? ―fue lo primero que se le ocurrió a Ron, a pesar de que tenía varias preguntas mejores y más urgentes que hacer. Observó su alrededor: estaba en el cobertizo de su casa, maniatado a un palo, sentado en el suelo, su hermana acababa de besarlo y su familia permanecía ajena a todo. ¿Era él o aquella situación cada vez tenía menos sentido?
―Quizás te gustaría saber qué haces tú aquí ―. La chica se había levantado y se paseaba tranquilamente de un lado a otro. Finalmente, se apoyó en el Ford Anglia azul, motivo por el cual el olor a gasolina era ya insoportable.
―La verdad es que sí ―Ron se atrevió a hacer una de las ansiadas preguntas―, pero, ¿por qué diablos me has besado?
El chico puso cara de asco, pero el hecho de que sus labios y los de Ginny se juntaran no le parecía repugnante en absoluto.
―Bueno, supuse que no te sería desagradable ―la chica, lejos de intimidarse por la actitud de Ron, sonreía. Realmente, se estaba divirtiendo con todo aquello― .Hablando de cómo llegaste hasta aquí, te diré que mientras estabas en tu cuarto haciendo el vago para no variar, entré y te golpeé con una botella. Luego te traje hasta aquí y lo preparé todo. Por cierto, pesas demasiado, deberías adelgazar.
Ron no encontraba aquello nada divertido, al contrario que su hermana, que había empezado a reírse a carcajada limpia.
―Veo que has aprovechado que están todos en el Callejón Diagon para hacer esto, pero, ¿se puede saber por qué? Si es por lo que le hice a tu escoba…
―La escoba no me importa. Pero hay algo que debemos zanjar, y se hará hoy mismo―. Ginny se acercó a su hermano, se puso de cuclillas para estar a su altura y lo miró a los ojos fijamente. Aquel acto hizo que Ron se sonrojara y que, para deleite de su hermana que esbozaba una media sonrisa de satisfacción, comenzara a ponerse nervioso― Te gusto, ¿verdad?
―Co… ¿cómo puedes decir eso? –balbuceó. Sí, le gustaba, y mucho. Demasiado. Pero tenía que disimularlo a toda costa―. Eso sería de lo más extraño.
―Venga, no te quedes conmigo. He visto cómo me miras, te observo porque, vivimos juntos por si no te has dado cuenta. Y sé que te morirías por besarme de nuevo―. Ginny acercó sus labios a los de Ron por segunda vez, y este no pudo resistir la tentación, pero ella se retiró riendo de nuevo.
Ginny tenía la situación en sus manos, y Ron estaba cada vez más excitado. El hecho de que Ginny fuera la dominante le proporcionaba un extraño placer, y sólo quería que lo desatase para que ambos pudieran hacer el amor hasta quedar agotados. Le importaba un rábano que fueran hermanos, estaba cegado por el deseo irrefrenable, no veía nada más allá de eso, y la obcecación se adueñó de su mente.
―Por favor, suéltame Ginny― le rogó, y la cara de la chica se tornó algo sombría, sin duda, por el sentimiento de culpabilidad de la inundaba―. Sí, me gustas, lo sabes. No necesitabas hacer todo esto para que yo confesara.
―Oh, lo siento Ronald, de veras. Sobre todo por pegarte en la cabeza.
Ginny se apresuró a desatar a su hermano; sus manos se rozaron cuando ella se agachó a retirar la cuerda de las manos de Ron, y una vez desatado, él agarró las manos de ella, acariciándolas con dulzura. Se dio la vuelta para quedar enfrente de ella y de aquel palo, y ambos se tumbaron en el suelo, llenándose de arena mientras se besaban con intensidad.
Mientras Ron besaba el cuello de Ginny, esta tuvo una idea.
―Vamos al coche― propuso. Lo agarró de la mano y, ambos llenos de arena, entraron en el viejo automóvil.
Sin mucha dilación, Ron se sentó en uno de los desvencijados asientos y su hermana se colocó sobre él, y se desvistieron rápidamente, pues el ardor que sentían era más que suficiente para darse toda la prisa que pudieran, antes de que alguien llegara y tuviera la genial idea de ir al cobertizo. La excitación de ambos era pasmosa, lo que hizo que la penetración fuera de lo más suave, algo tan placentero que era casi divino. Ginny miraba a su hermano a los ojos sin parar de besarlo y agarrarle el cabello con las manos, y él acariciaba su suave piel por cada recoveco de su cuerpo.
El coche no paraba de crujir y moverse al ritmo de aquel bamboleo. Estaban totalmente extasiados, no paraban de observarse como si jamás se hubieran visto antes. Sin embargo, Ron sintió un picotazo en la nuca de aquello que llaman conciencia, y dejó de moverse mirando fijamente a los ojos de su hermana.
―Lo siento―. Se limitó a decir. Cogió toda su ropa y, ante la cara de estupefacción de Ginny, que estaba roja por el esfuerzo realizado y cuyo pelo ya estaba enmarañado, salió del coche y se vistió con más rapidez de la que había empleado en desvestirse, y se apresuró hacia la puerta del cobertizo. Ella salió del coche y se apoyó en su techo para hablarle.
―¿Te doy miedo o qué?
Ron tuvo que hacer un gran esfuerzo por no lanzarse a los brazos de la chica al ver su esbelta figura, y tragó saliva varias veces para intentar calmarse.
―Demasiado.
UNO
El calor era sofocante, pues el verano apretaba con fuerza, con toda la que puede hacerlo en aquella zona. La oscuridad era total. El ambiente estaba cargado, olía a gasolina y el aire viciado contribuía a que todavía le fuera más complicado respirar. Abrió los ojos y parpadeó varias veces, pero la negrura no se disipó cuando lo hizo y se dio cuenta de que le habían vendado los ojos.
Un dolor punzante en la cabeza lo hizo emitir un quejido que sonó amortiguado debido a que lo habían amordazado, e instintivamente intentó alzar la mano hacia su cráneo, pero sus manos estaban atadas a alguna especie de palo, y al que al tenerlas detrás de su espalda y a la dichosa venda le era imposible siquiera adivinar donde estaba. Le dolían las extremidades, y a juzgar por los pinchazos que emitían sus piernas, había estado varias horas en la misma postura.
Lo primero que pensó Ron era que lo habían secuestrado; si habían pedido un rescate por él, no sobreviviría, pues dudaba de que sus padres pudieran pagarlo. Privado del sentido de la vista y sin poder gritar, aguzó el oído para intentar adivinar dónde se encontraba: le llegaron sonidos de gallinas cacareando, seguramente se hallara en el campo. Sin embargo no recordaba cómo habría podido llegar hasta allí, porque lo que él recordaba era estar en su habitación, y después de eso, nada más.
Agitó su cuerpo tratando de desembarazarse de todo aquello que lo aprisionaba, pero fue inútil. Las piernas cada vez le dolían más, así que, no sin esfuerzo, las dobló y se sentó cual indio. Mucho mejor.
Se poyó en el palo donde estaba atado y respiró hondo, al tiempo que intentaba calmarse. Oyó pisadas que se dirigían a él, y comenzó a moverse de nuevo con una mezcla de pánico y esperanza, pues no sabía si la persona que se aproximaba sería su secuestrador o un alma caritativa que acudía en su rescate. El sonido de las pisadas cesó y una mano retiró la mordaza de sus labios al tiempo que besaba estos con ternura, un beso cálido que Ronald respondió.
La mano también apartó la venda de sus ojos, y el pelirrojo casi muere de espanto.
DOS
―¿Qué haces aquí? ―fue lo primero que se le ocurrió a Ron, a pesar de que tenía varias preguntas mejores y más urgentes que hacer. Observó su alrededor: estaba en el cobertizo de su casa, maniatado a un palo, sentado en el suelo, su hermana acababa de besarlo y su familia permanecía ajena a todo. ¿Era él o aquella situación cada vez tenía menos sentido?
―Quizás te gustaría saber qué haces tú aquí ―. La chica se había levantado y se paseaba tranquilamente de un lado a otro. Finalmente, se apoyó en el Ford Anglia azul, motivo por el cual el olor a gasolina era ya insoportable.
―La verdad es que sí ―Ron se atrevió a hacer una de las ansiadas preguntas―, pero, ¿por qué diablos me has besado?
El chico puso cara de asco, pero el hecho de que sus labios y los de Ginny se juntaran no le parecía repugnante en absoluto.
―Bueno, supuse que no te sería desagradable ―la chica, lejos de intimidarse por la actitud de Ron, sonreía. Realmente, se estaba divirtiendo con todo aquello― .Hablando de cómo llegaste hasta aquí, te diré que mientras estabas en tu cuarto haciendo el vago para no variar, entré y te golpeé con una botella. Luego te traje hasta aquí y lo preparé todo. Por cierto, pesas demasiado, deberías adelgazar.
Ron no encontraba aquello nada divertido, al contrario que su hermana, que había empezado a reírse a carcajada limpia.
―Veo que has aprovechado que están todos en el Callejón Diagon para hacer esto, pero, ¿se puede saber por qué? Si es por lo que le hice a tu escoba…
―La escoba no me importa. Pero hay algo que debemos zanjar, y se hará hoy mismo―. Ginny se acercó a su hermano, se puso de cuclillas para estar a su altura y lo miró a los ojos fijamente. Aquel acto hizo que Ron se sonrojara y que, para deleite de su hermana que esbozaba una media sonrisa de satisfacción, comenzara a ponerse nervioso― Te gusto, ¿verdad?
―Co… ¿cómo puedes decir eso? –balbuceó. Sí, le gustaba, y mucho. Demasiado. Pero tenía que disimularlo a toda costa―. Eso sería de lo más extraño.
―Venga, no te quedes conmigo. He visto cómo me miras, te observo porque, vivimos juntos por si no te has dado cuenta. Y sé que te morirías por besarme de nuevo―. Ginny acercó sus labios a los de Ron por segunda vez, y este no pudo resistir la tentación, pero ella se retiró riendo de nuevo.
TRES
Ginny tenía la situación en sus manos, y Ron estaba cada vez más excitado. El hecho de que Ginny fuera la dominante le proporcionaba un extraño placer, y sólo quería que lo desatase para que ambos pudieran hacer el amor hasta quedar agotados. Le importaba un rábano que fueran hermanos, estaba cegado por el deseo irrefrenable, no veía nada más allá de eso, y la obcecación se adueñó de su mente.
―Por favor, suéltame Ginny― le rogó, y la cara de la chica se tornó algo sombría, sin duda, por el sentimiento de culpabilidad de la inundaba―. Sí, me gustas, lo sabes. No necesitabas hacer todo esto para que yo confesara.
―Oh, lo siento Ronald, de veras. Sobre todo por pegarte en la cabeza.
Ginny se apresuró a desatar a su hermano; sus manos se rozaron cuando ella se agachó a retirar la cuerda de las manos de Ron, y una vez desatado, él agarró las manos de ella, acariciándolas con dulzura. Se dio la vuelta para quedar enfrente de ella y de aquel palo, y ambos se tumbaron en el suelo, llenándose de arena mientras se besaban con intensidad.
Mientras Ron besaba el cuello de Ginny, esta tuvo una idea.
―Vamos al coche― propuso. Lo agarró de la mano y, ambos llenos de arena, entraron en el viejo automóvil.
Sin mucha dilación, Ron se sentó en uno de los desvencijados asientos y su hermana se colocó sobre él, y se desvistieron rápidamente, pues el ardor que sentían era más que suficiente para darse toda la prisa que pudieran, antes de que alguien llegara y tuviera la genial idea de ir al cobertizo. La excitación de ambos era pasmosa, lo que hizo que la penetración fuera de lo más suave, algo tan placentero que era casi divino. Ginny miraba a su hermano a los ojos sin parar de besarlo y agarrarle el cabello con las manos, y él acariciaba su suave piel por cada recoveco de su cuerpo.
El coche no paraba de crujir y moverse al ritmo de aquel bamboleo. Estaban totalmente extasiados, no paraban de observarse como si jamás se hubieran visto antes. Sin embargo, Ron sintió un picotazo en la nuca de aquello que llaman conciencia, y dejó de moverse mirando fijamente a los ojos de su hermana.
―Lo siento―. Se limitó a decir. Cogió toda su ropa y, ante la cara de estupefacción de Ginny, que estaba roja por el esfuerzo realizado y cuyo pelo ya estaba enmarañado, salió del coche y se vistió con más rapidez de la que había empleado en desvestirse, y se apresuró hacia la puerta del cobertizo. Ella salió del coche y se apoyó en su techo para hablarle.
―¿Te doy miedo o qué?
Ron tuvo que hacer un gran esfuerzo por no lanzarse a los brazos de la chica al ver su esbelta figura, y tragó saliva varias veces para intentar calmarse.
―Demasiado.




