Al llegar a la cafetería literaria, Andro notó que aún habían clientes en las mesas en el interior. Sonrió, dejó su bicicleta estacionada en las afueras e ingreso saludando a medida que avanzaba. Subió al escenario con una nueva historia bajo el brazo, se sentó en el taburete, encendió un cigarrillo y acercó el micro a sus labios:
- Hola mis chicos,
Gracias por seguir viniendo aquí dándome energías y motivaciones para seguir escribiendo y leyéndoles las cosas que se me ocurren en esta cabecilla loca. Sé q he dejado este topic pero no lo he olvidado, siempre vendré a leer algo nuevo, de eso no hay duda. Hoy he venido con una historia q tenía en mente hace como dos meses. Es una historia de romance, sencillo y directo, con un tema delicado sobre cómo el destino a veces truca el destino de una persona exigiéndole seguir adelante de todas formas, pero en el camino siempre habrá quien lo empuje en el camino. Escribí esto con mucho respeto, así q espero q les guste.
Sin agregar nada más, Andro comenzó a relatar....
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La kinesióloga Hermione Jean Granger era una de las profesionales más comprometidas del Hospital de Stoke Mandeville en Aylesbury, a una hora de la ciudad de Londres. A sus cortos veintisiete años, ya había logrado gran parte de lo que se había propuesto para su vida por lo que se sentía bastante orgullosa de sus logros buscando muchos más de forma incansable. La joven de largo cabello castaño y honestos ojos ambarinos, estaba especializada en la rama de la rehabilitación física y había aprendido a apreciar los pequeños momentos y obviar los problemas absurdos gracias a los ejemplos de vida que veía cada día en sus sesiones de terapia. Ella junto a su equipo compuesto de otros tres facultativos, trabajaba arduamente en aras de sonsacar sonrisas de aquellos rostros sin esperanzas. Eso lo sabía muy bien Albus Dumbledore, director en jefe del hospital. Caminando aquella mañana junto a la joven doctora por los amplios pasillos del inmueble, le agradecía sin palabras su nivel de entrega en el trabajo y su pasión por el servicio público. Ella era capaz de postergarlo todo y vivir insomnios si no podía ayudar a un paciente, sin embargo, el director no podía negar que le gustaría verla dedicarse con la misma vehemencia en sus asuntos personales. Si bien estaba recién comprometida en matrimonio, él sabía que no estaba por completo enamorada ni tampoco invertía su tiempo en estarlo. La conocía tan bien que podía apostarlo a ojos cerrados.
- No entremos en ese tema, Albus, por favor- le atajó Hermione como respuesta a su plática- Sabe bien que estoy enamorada de mi profesión. Será mi único y verdadero amor. En cuanto a Cormac, lo quiero, y mucho. Sé que todo saldrá bien- el director, al escucharla, la miró por sobre el marco de sus anteojos en forma de medialuna notoriamente decepcionado.
- Espero que pronto te des cuenta que la vida ofrece mucho más. Me sorprende que siendo tan exigente te conformes a veces con tan poco- Hermione no dijo nada ante esa aseveración, sólo desvió su mirada hacia la entrada desde donde veía algunos pacientes ejercitando en sus muletas o sillas de ruedas. No quiso mostrarse pensativa o importunada por su comentario. Ella sabía muy bien cómo vivir su propia vida y si pensaba que no amaría a nadie con esa fuerza abrasadora que leía en novelas cursis, entonces así sería.
Una de las enfermeras cortó la incómoda plática entregándole a Hermione una carpeta en sus manos. En el interior, se agrupaban varios documentos descriptivos del nuevo paciente que llegaba dentro de poco rato al centro de rehabilitación. La castaña le agradeció a su colega y echó una ojeada a los antecedentes para conocer su gravedad. Se trataba de un muchacho londinense de su misma edad, graduado en Ciencias Sociales y fanático de la natación. Fue víctima de un accidente luego de realizar un malogrado clavado en un lago. Lamentó que las jugarretas muchas veces crueles del destino truncaran el futuro prometedor de una persona, sobretodo siendo tan joven. Leyó el caso atentamente, agradecida de tener un motivo para no mirar a Dumbledore a sus ojos examinadores, y se quedó con el estómago apretado. Sintió una especial aprensión al revisar los detalles de lo ocurrido. Preguntó a la enfermera a qué hora llegaría pero no tuvo que esperar por la respuesta. Frente al hospital, una van Hyundai de color blanco abría su puerta corrediza permitiendo visualizar desde el interior a un joven de cabello oscuro y revuelto en una silla de ruedas. Iba acompañado de varias personas que dedujo se tratarían de sus padres y amigos. Muchos pacientes necesitaban de compañía para sentirse seguros y fuertes al llegar allí por vez primera. Se excusó con el anciano y llamó a Luna Lovegood, miembro de su equipo de trabajo, para que ambas le dieran la bienvenida al recién llegado.
La distancia entre la calle y la entrada no era extensa y Hermione la caminó junto a su amiga con las manos metidas en su delantal blanco. El viento frío de ese septiembre iluminado barría las hojas y agitaba su cabello ondulado volviéndolo mucho más indomable. No supo si fue el otoñal escenario pero a medida que se acercaba al grupo que bajaba del vehículo al paciente, sintió una cierta angustia a mitad del pecho. Como si conociera a ese chico de toda la vida pero jamás lo había visto. Verlo sentado allí, con el rostro serio, endurecido por el dolor y los ojos perdidos, le robó las palabras que pensaba decir como introducción. Por primera vez se dejó invadir por los nervios.
- ¿Cómo se llama el paciente?- le preguntó la otra doctora de hermoso cabello rubio mientras caminaban. Hermione volvió a mirar las hojas principales en la carpeta.
- Harry James Potter.
Una vez con la silla reposada en el suelo y la puerta cerrada de la van aún en marcha, James Potter agradeció a los amigos de su hijo por la ayuda brindaba. El pelirrojo Ronald Weasley junto a su hermana menor Ginny, los acompañaban en todo momento que fuera necesario. Desde el accidente que le había quitado a Harry la posibilidad de caminar, ambos jóvenes trataban de subirle el ánimo, de no dejarlo solo en ese nuevo difícil comienzo. Lily, la madre del moreno, estaba a su lado, abrazada a sí misma como si temiera romperse en mil pedazos. Miraba a su único hijo sumido en un pesado silencio, sintiendo en sus propias extremidades la expectativa de un movimiento, aunque fuese ínfimo. No perdía la fe en que Harry volvería a ponerse de pie.
Uno de los pasatiempos preferidos de Harry era la natación. Después de su trabajo en la universidad de Westminster, el joven dedicaba horas en una piscina de dimensiones olímpicas cerca de su apartamento. Era el único lugar en donde encontraba paz de todo el caos rutinario de la semana. Aquel reciente verano, Harry y un grupo de amigos, entre ellos Ron, viajaron al norte de Inglaterra para disfrutar de los paisajes y sus hermosos lagos en donde cruzaban varios metros compitiendo a nado. Recorrieron la zona rural por toda una semana y al último día, a pocas horas de regresar a la capital, el moreno quiso lanzarse por última vez al agua antes de marcharse. Su zambullida tuvo consecuencias terribles. En la profundidad del lago, su cabeza se estrelló con una protuberancia rocosa difícil de distinguir a simple vista desde la superficie. Harry inmediatamente sintió el dolor del golpe y el entumecimiento de su cuerpo desde la cintura hacia abajo. Quedó flotando boca abajo, inconsciente. Ron se lanzó torpemente al ver lo ocurrido y lo sacó del agua gritando por ayuda. Al despertar en una camilla, Harry confirmó que sus piernas ya no le respondían. Muchos especialistas le diagnosticaron un trauma raquimedular que causaría su tetraplejia. Lo sometieron a una intervención quirúrgica evitando que su estado se agravara y se desencadenara una cuadriplejia, la inmovilización de todas sus extremidades. Harry, al pasar de los meses, trató de ser positivo, de seguir adelante obedeciendo cada orden médica pero al no ver resultados inmediatos, invadido por la impaciencia, mandó todo al carajo sin miramientos. James y Lily, en un intento de sacar a su hijo de la fosa en la cual se había enterrado, se comunicaron con el Centro de Rehabilitación del Hospital Stoke Mandeville sabiendo que allí trabajaban los mejores kinesiólogos del país. Al llegar esa mañana, una pareja de jóvenes doctoras salieron del inmueble para encontrarlos a mitad de camino. Saludaron amablemente al grupo y se dirigieron a Harry, sonrientes.
- Tú debes ser Harry. Mucho gusto en conocerte, soy la doctora Granger, pero puedes llamarme Hermione- dijo la castaña estirando su mano hacia el moreno. Éste la miró sin revelar ninguna expresión en su ceño. James, al ver que su hijo no decía una palabra, intervino rápidamente.
- Es un placer, doctora. Muchas gracias por recibirnos.
- Ella es mi compañera de equipo, Luna Lovegood- presentó a la rubia de pie a su lado- No se preocupe por nada, señor Potter, Harry estará en muy buenas manos.- Después de ese breve diálogo, las jóvenes empujaron al paciente al interior del hospital.
Los ejercicios de rehabilitación debían de efectuarse todos los días durante tres meses para ver la evolución en su musculatura y columna. A juzgar por las radiografías, Hermione sabía que se trataba de un caso muy delicado, pero como siempre se aferraba a su inalterable optimismo. Ya en una de las salas de ejercicios, Harry vio que estaba atestado de instrumentos, colchonetas sobre el suelo, enormes pelotas plásticas, juguetes y máquinas que nunca en su vida había visto. Varios pacientes trabajaban con un médico personalizado y advirtió que había casos mucho peores que el suyo, como una niña que apenas podía mover su cabeza. De pronto, sintió vergüenza de su propia desesperanza y permanente mal humor. Las amables doctoras que salieron a darle la bienvenida, le enseñaron todo el lugar indicándole para qué servía cada cosa y cómo ayudaría en su evolución. Observaba a la kinesióloga Hermione Granger mientras hablaba encontrándola fascinante. Tenía la seguridad y auto confianza que él también tuvo alguna vez. Le encantó su voz, el brillo de sus ojos ambarinos y el delicado baile de su cabello. La recorrió de pies a cabeza disimuladamente y a su punto de vista, nunca lució mejor un delantal blanco.
- Harry, quiero que conozcas a los doctores Nymphadora Tonks y Remus J. Lupin- dijo Hermione, acompañada por los últimos dos miembros de su equipo- Tonks es psicóloga y Remus es kinesiólogo de nuestra área deportiva. Ellos también formarán parte de este proceso y quiero que deposites tu confianza en sus habilidades, ¿de acuerdo?- el moreno equivocadamente sintió que le hablaba con excesivo cuidado y ternura. Apretó sus dientes azotado por una ola de disgusto.
- No me trate como a un niño, doctora Granger.- espetó causando que la castaña alzara sus cejas al escucharlo por primera vez y más encima bajo una connotación negativa- Yo sabré en quiénes depositaré mi confianza y en quiénes no. No necesito que usted me lo diga.
- Veo que tendremos un paciente muy simpático, colega- comentó Tonks mostrando una ancha sonrisa en sus labios. Hermione, en cambio, frunció el ceño hacia ese insolente. ¿Quién se creía que era? Ellos estaban allí para ayudarlo, no para perjudicarlo. Con su testarudez y mal genio característicos, la joven sólo asintió y se cruzó de brazos ordenando que trasladaran a Harry a una de las colchonetas para comenzar con los ejercicios.
Las primeras semanas no habían sido para nada sencillas. Las sesiones daban comienzo apenas Harry llegaba a primera hora de la mañana. Como siempre, su padre lo ayudaba a bajar de la van con sus amigos y lo dejaba en manos de la doctora Granger hasta entrada la noche cuando pasaban por él a recogerlo. Tanto James como Lily le preguntaban incesantemente cómo se estaba dando la evolución en su hijo y si había posibilidades de alguna mejora en el corto plazo. Hermione se guardaba unas cuantas opiniones. Harry estaba resultando más terco que una mula y tan orgulloso que provocaba cientos de discusiones entre ellos. Nunca antes un paciente se le había resistido de tal manera. Lo cuestionaba todo y obedecía las instrucciones cuando se le venía en ganas. Para dejar tranquilo al matrimonio, la joven siempre apuntaba a que los dolores físicos disminuían considerablemente en cada sesión. Los músculos de las piernas respondían a sus masajes aunque de sensibilidad era demasiado pronto y utópico de lograr. Lily, al escucharla con suma atención, asentía aferrada del brazo de su marido sin querer interrumpirla. Le daba las gracias por su trabajo y la excelente atención del cuerpo médico.
La actitud de Harry tenía un motivo más allá de su desprecio ante la lástima ajena y el nulo movimiento en sus extremidades inferiores. En el paso de los días, el joven había observado a Hermione con tanta profundidad que muchas veces la volvía inquieta y ruborizada. Se sentía atraído dolorosamente por ella, a un nivel que nunca imaginó posible. Cuando la castaña lo guiaba en los ejercicios y lo rozaba en la piel de sus brazos y espalda, creía que el corazón se le iba a salir por la boca. En ciertas instancias la tenía tan cerca que bien podía mover su rostro un centímetro y encontrarse con sus labios. La doctora trataba de obviar la tensión en el ambiente y enfocaba su concentración en masajear sus pies, mover sus tobillos y estirar sus rodillas atrofiadas. El intercambio de miradas entre ambos era tan elocuente que no necesitaban romper el silencio. Sin embargo, un día Harry reparó en el anillo de compromiso que Hermione por descuido dejó en su mano izquierda. El moreno cayó de regreso en la realidad de forma tan violenta que se odió irremediablemente. Por supuesto que una mujer como ella debía de estar con alguien, ¿qué tenía él para ofrecerle? Absolutamente nada. La desmoralización volvió a hacerlo su presa y se encerró en la negatividad de que ya nada tenía sentido.
- No te pongas así, camarada- le dijo Ron en una de sus tantas conversaciones hasta altas horas de la madrugada- El que estés inválido no ha detenido tu vida. No estás solo en esto, tienes a tu familia, a tus amigos… y ya encontrarás a alguien que te haga feliz a pesar de las circunstancias- el rostro de Harry se ensombreció de un segundo a otro, como si hubiera tocado la fibra principal de su estado anímico. El pelirrojo alzó sus cejas creyendo haber comprendido.- Ya entiendo… Te gusta la doctora Granger, ¿no es así?
- Da igual, no tiene importancia.
- ¿Por qué no?
- Mírame, Ron. ¿Por qué alguien habría de interesarse en un pobre diablo en silla de ruedas?
- El ser un pobre diablo no depende de la silla, sino de ti- fue lo único que le contestó dejando a Harry con sus palabras odiosas a la mitad de su garganta.
Una nueva semana daba comienzo y la doctora Hermione se sorprendió esperando ansiosa la llegada del moreno. Al pasar de los días, la personalidad intrigante y desafiante de aquel muchacho había despertado en ella una curiosidad inusitada, como si al conocerlo poco a poco descubriera en sí misma algo nuevo y diferente. La noche anterior estuvo leyendo todo su historial médico grabando en su memoria la razón de su parálisis y su pasatiempo antes del accidente. Harry era un excelente nadador y ya sabía cómo comenzar la nueva rutina con él basándose en ello. Al ver llegar la van Hyundai como todos los días, la castaña no pudo evitar la sonrisa que surcó sus labios y le iluminó el rostro. No entendió por qué. La relación con ese paciente no mejoraba mucho pero no podía evitar que le resultara un reto interesante. Desde la distancia, Luna y Tonks vieron a su amiga bajo un semblante diferente. Paseándose de un lado a otro mirando la hora con insistencia. En un principio, la castaña no disimulaba su antipatía y fastidio, ahora las cosas estaban cambiando sutilmente y se miraron la una a la otra pensando lo mismo. Hermione recibió a Harry como cada mañana y se dirigió con él hasta las instalaciones traseras del hospital en donde se ubicaba la alberca para los ejercicios en el agua. Al llegar, el moreno cambió su expresión a otra más drástica.
- ¿Qué hacemos aquí, doctora?
- Trabajaremos en el agua el día de hoy- informó la muchacha tratando de abrir los reposapiés de la silla.- Realizaremos flotación, fortalecimiento, estiramientos, corrección postural y relajación. Ya verás que será mucho más sencillo llevar a cabo la rutina en este contexto.- pero Harry se negó rotundamente. No quiso dejar su silla por ningún motivo. Hermione insistió en que era parte de la terapia pero el moreno retrocedió y condujo sus ruedas hacia la salida. La joven lo siguió apresurando el paso. Al verlo a mitad del pasillo, corrió para darle alcance deteniéndolo por los brazos de la silla, mirándolo de frente- ¿Qué sucede? ¿Por qué no me dejas ayudarte?
- ¿Qué caso tiene? ¿Para qué todo este trabajo?- Hermione seguía manteniendo fija su mirada ante esos ojos infinitamente verdes. Aquel hermoso color le atravesó el corazón como una espada bien afilada. Tuvo que alejarse de él o caería de rodillas.
- Todo este trabajo tiene como finalidad fortalecerte, desarrollar zonas de tu cuerpo que te ayudarán a desenvolverte mucho mejor, si tan sólo te esforzaras un poco más…
- No me interesa. Ya no quiero seguir con esto.
- Lo harás.
- ¡No!
- ¡Seguirás… lo quieras o no!- rebatió la muchacha alzando la voz dejando a Harry desprovisto de respuesta. Se midieron con la mirada buscando la debilitación del oponente pero ninguno bajó la guardia. Hermione, molesta y agraviada, dio media vuelta dirigiéndose hacia su oficina dando un portazo descomunal. Era la primera vez que perdía los estribos con un paciente. Caminó por el interior como león enjaulado, persiguiendo su serenidad y ésta huía de ella, despavorida. A los pocos minutos, Tonks golpeó la puerta e ingresó al despacho con cierta prevención. Hermione se sentó en el borde de su escritorio, resoplando su furia.
- ¿Qué sucedió?- preguntó la psicóloga.
- ¡Ese testarudo… cabeza dura y desconsiderado!- reclamó la castaña.- ¡No puedo creer que llevemos un mes y no consiga avances en su pésima actitud!- Tonks la observó en el movimiento exagerado de sus manos. Se veía a leguas que se estaba involucrando más de lo recomendado.
- Tranquila, mujer… quien te viera diría que de un momento a otro dejó de ser sólo un paciente para ti- Hermione la miró con los ojos desorbitados. No le gustaba que aplicara su puta psicología en ella. Frunció el ceño, cruzándose de brazos fuertemente contra el pecho.
- Es sólo un paciente, Tonks- dijo sin convencer a ninguna de las dos dentro de esa oficina.
En la nueva sesión, Harry llegó al hospital tan serio como siempre. Hermione nuevamente salió a encontrarlo como el primer día y se miraron sin decirse nada. Ninguno de los dos estaba dispuesto a disculparse. La joven saludó a los padres y a los amigos con la debida cortesía y tomó las manillas de la silla de Harry para llevarlo a la sala de ejercicios acostumbrada. El obstinado silencio de ambos hacía que el aire se espesara, como si empujaran la marea a medida que avanzaban. Hermione estacionó la silla frente a una colchoneta y procedió a mover los reposapiés, uno por uno bajo la atenta mirada de Harry, y con la ayuda de Luna, lo recostaron boca arriba. La castaña, sin hacer la introducción típica sobre lo que iban a hacer, inició la terapia masajeando sus piernas.
Los minutos pasaron y las palabras parecían haberse extinguido. Era una competencia descarada e infantil de quién soportaba más el silencio y por lo visto, ambos eran unos mudos profesionales. Hermione miraba sus ojos verdes encontrándolo cada día más deslumbrantes. Aquel muchacho tenía la facultad de hacerla sentir vulnerada y muchas veces descompasada en sus pulsaciones. Recordó lo leído en su historial médico y lamentó que un tropiezo del destino lo hubiera marcado para siempre. Trató de imaginarlo sano, de pie, caminando por las calles de Londres, por los pasillos de su universidad, de su casa, en sus paseos cotidianos. Su atractivo comenzaba a afectarla en el buen razonamiento. Se lo imaginó abrazándola, elevándola del suelo para reír de buena gana. Prefirió detener su fantasía absurda y se concentró solamente en lo que estaba haciendo.
- ¿Hace cuánto que está comprometida, doctora Granger?- la voz de Harry acabó con la pausa causando en la muchacha una demarcada sorpresa.- Disculpe si mi pregunta resulta impertinente, pero…
- No, no… descuida. ¿Cómo lo supiste?
- Vi que usaba su anillo el otro día- Hermione asintió. Había veces que olvidaba sacarse las joyas por precaución de no rasguñar o lastimar a un paciente con ellas. Se sonrojó antes de responder.
- Hoy se cumplen dos meses de compromiso.
- ¿Harán algo especial?
- Cenaremos- ante la respuesta, Harry volvió a ponerse serio y no le quitó la vista de encima. Hermione no supo qué más decir, volviendo a la tarea del ejercicio.- Necesito que respires profundo cuando eleve tu cadera, ¿de acuerdo?- el moreno asintió y obedeció por primera vez en días.
- Perdón por las discusiones y los berrinches estúpidos- dijo Harry bajo un tono de voz suave, casi como un susurro. La congoja esbozada en su ceño llevó a que la joven kinesióloga detuviera sus movimientos para mirarlo con atención.- No es fácil… todo por lo que estoy pasando.
- No, no lo es, y comportándote así tampoco lo mejora- contestó la muchacha sentándose a su lado. Consciente de que Luna la miraba a unas cuántas colchonetas de distancia, siguió con la conversación.- ¿Por qué no confías en mí?
- Muchos médicos quisieron ayudarme… no lograron nada.
- ¿Crees que no lograré nada contigo?- Harry la miró con cierta suspicacia. Hermione le aguantó el escrutinio sabiendo que su pregunta había sonado tan ambigua que hasta pudo predecir el nudo que ató su estómago y el rubor en sus mejillas.
- Puede hacerme cambiar de opinión- respondió el joven y la castaña le sonrió con gusto al ver que le guiñaba un ojo.
Aquel día fue provechoso. Harry y Hermione conversaron de todo lo que se podía abarcar de la vida. Haciendo honores a esa preciosa tarde de otoño, la pareja salió del hospital para recorrer los alrededores. Las calles estaban cubiertas por hojas secas estirando una gran alfombra de oro debajo de ellos. Hermione caminaba a un lado de la silla de ruedas que Harry impulsaba con sus brazos cada día más poderosos. No le gustaba que lo empujaran como si fuera una carriola y la castaña lo supo sin siquiera preguntarlo. Se detuvieron en un parque pequeño de bancas blancas. La joven doctora se sentó frente a su paciente y se observaron durante algunos segundos. El tiempo parecía haberse detenido. Envueltos en un extraño ambiente de familiaridad, no podían creer que luego de tantas discusiones, pudieran conversar de manera tan fácil y despreocupada. Hermione volvió a lamentar lo sucedido con Harry y odió la condición de sus piernas entumecidas. De pronto, para ella, el viento se hizo más frío y el aplauso de los árboles mucho más escandaloso. La mirada esmeralda de ese chico moreno la estremecía hasta los huesos. Sentía que lo conocía de años, que podía contarle cualquier cosa, sin embargo cuando él le preguntó por su prometido no pudo responder. Luego de casi cuatro horas ininterrumpidas de plática, el sonido de un nuevo mensaje en su celular distrajo a Hermione. Leyó el contenido dándose cuenta de lo tarde que era.
- Debemos volver- advirtió poniéndose de pie y consiguiendo la mirada decepcionada de Harry.
- ¿Por qué? ¿Sucedió algo?
- Terminamos la sesión. Además, tengo que irme.- dijo la muchacha de manera precipitada.
- Cierto, la gran cena con el prometido- comentó el ojiverde con bastante sarcasmo. Hermione frunció el ceño ligeramente sintiendo la comezón de la molestia en el centro del estómago. Rodeó la silla y lo cogió por las manillas para empujarlo hacia el hospital. Le importó un carajo que aquello le disgustara.
El restaurante
Galvin Bistrot De Luxe, estaba atestado de comensales. El aroma de los platillos llenaba el lugar. El exquisito orégano, mezclado con las cebollas, ajo y otros centenares de ingredientes armonizaban de manera tan perfecta que Hermione aspiró a todo pulmón despertando su apetito al instante. La joven había llegado primero al restaurante y mientras esperaba a Cormac, bebía de su copa de vino blanco con parsimonia, rodeada de conversaciones colaterales y distintas celebraciones. Había pasado cerca de media hora y ni señales de su prometido. Le había llamado a su celular para saber dónde diablos estaba hasta que lo vio llegar caminando entre las mesas con la típica elegancia que le conocía. El muchacho de reluciente cabello rubio y ondulado, saludó a su novia de un breve beso en los labios y le contó de todo lo que produjo su atraso. Cormac, apenas tomó asiento, comenzó a hablar sin detenerse. Como una metralleta de municiones inacabables, disparaba temas y reía de sus propios chistes que acompañaba con un trago de su whisky con soda. Hermione lo escuchaba con disimulado fastidio. Le desagradaba que su prometido cayera muchas veces en el egocentrismo.
- ¿Y cómo estuvo tu día?- le preguntó al fin terminando con su monólogo de golpe. Hermione, tomada por sorpresa ante la invitación de poder hablar, se enderezó en su asiento.
- Bien, excelente de hecho… hoy tuve un avance importante con un paciente que ha resultado muy complicado…
- ¿Te ha llamado mi madre?- le interrumpió Cormac- Recuerda que tienes que reunirte con ella para probarte el vestido de novia. No queremos que haya problemas con las medidas y…
- ¿¡Puedes escucharme un minuto!?- replicó la castaña con una firmeza tal en su voz que algunos clientes voltearon para mirarla. El joven se mostró incómodo y sonrió para mostrar a los demás que todo iba bien.
- ¿Qué pasa, cariño? Estamos conversando.
- ¡No, tú estás parloteando y yo sólo escuchándote!- el resto de la cena ocurrió bajo un silencio desagradable. Cormac no quiso decir nada más, ofendido ante la brusquedad de su novia, y Hermione por otro lado, comía camarones sin diferenciarlos con los espárragos que le sabían exactamente igual. Recordó la grandiosa conversación con Harry, totalmente diferente a esa en todo sentido. La química, sus risas, las anécdotas que contaron y las opiniones vertidas referentes a la actualidad mundial. Qué atrayente era ese muchacho tan testarudo. No podía obviar la hermosura de su mirada ni tampoco la rebeldía de su cabello oscuro. Hasta terminada la velada, Hermione se dedicó a planear en su cabeza la continuación de la terapia y se volvió impaciente por ello. Ya quería que amaneciera pronto para verlo.
En el centro de rehabilitación a la mañana siguiente, Hermione sonrió de nuevo como acto reflejo al ver llegar la van blanca frente al hospital. Harry fue extraído del interior por su padre y su mejor amigo Ron, saludando a la distancia a la castaña que ya caminaba hacia a ellos para encontrarlos. Sin embargo, el rostro del moreno no auguraba una sesión sencilla. Tenía su conocido gesto endurecido en el ceño y ella pudo sentir una presión singular en su pecho. Le dio los buenos días con cierto recelo y Harry sólo le alzó las cejas como respuesta. Hermione miró a Lily buscando una explicación y la mujer se encogió de hombros. Ingresaron al hospital, recorrieron el mismo pasillo tantas veces transitado y llegaron hasta la sala de ejercicios sin intercambiar demasiadas palabras. A todas las preguntas efectuadas por la castaña, Harry sólo las respondía con monosílabos que no invitaban una conversación extensa.
Hermione comenzó a ejercitar con él sobre la colchoneta realizando los mismos movimientos de rutina. Estiró sus músculos con cuidado, lo ayudó a desplazarse con la parte superior del cuerpo y masajeó sus pies logrando flexionar sus dedos paralizados. La joven kinesióloga estaba cambiando de manera evidente. Sus miradas hacia su paciente eran mucho más intensas, duraderas, trataba de actuar como si todo fuese parte de sus quehaceres pero ya no lo estaba consiguiendo. Al acercarse a él para ayudarlo a sentarse, sus rostros estaban a un palmo de distancia y respiró entrecortado por culpa de los nervios. Harry miró hacia otro lado.
- ¿Y cómo le fue en su cena, doctora Granger?- preguntó el joven por primera vez en todo el día. Hermione sintió un calor abrasivo en sus mejillas.
- En realidad… no muy bien- dijo murmurando- Me acordé mucho de ti…- Harry transformó su expresión a otra mucho más compleja e indefinida, una mezcla entre asombro, alegría y rabia. Apoyándose de sus manos, el ojiverde se alejó unos centímetros de ella, despacio. Hermione se quedó estática, sintiendo la distancia de Harry como una bofetada.
Toda esa semana, la castaña intentó una cercanía con su paciente pero éste mantenía una barrera entre los dos que no lograba entender, mucho menos eludir. Ya no podía pensar en nada más. Cada vez que volvía a su apartamento en el centro de Londres, pensaba más de lo debido en Harry. Leía sus antecedentes una y otra vez hasta casi aprendérselos de memoria. Lloró por su condición, lloró por el accidente que había sufrido y odió no haber estado allí para impedirle el último salto. ¿Qué estaba sucediendo con ella? ¿Por qué esas lágrimas? ¿Por qué el deseo incontenible de verlo cada día? Había faltado a la ética que con tanta rectitud mantenía, había dejado que los sentimientos nublaran su profesionalismo y ahora no sabía qué diablos hacer.
El tiempo comenzó a correr cumpliéndose dos meses de terapia y los avances logrados eran tan relativos como el estado de ánimo del moreno. Las discusiones se mantenían entre doctora y paciente teniendo que intervenir Tonks muchas veces con su ecuanimidad de psicóloga. Una tarde, al interior de su oficina, la profesional tuvo una cita médica con Harry en donde platicaron de sus inquietudes y sus expectativas respecto al tratamiento. El ojiverde no quiso profundizar mucho en el asunto porque de lo contrario terminaría desbordándose como una colmada represa. Tonks lo miró de manera inquisitiva. Sabía que algo le molestaba, algo le soplaba en la nuca y no lo dejaba progresar, y ya sospechaba lo que podría ser ese obstáculo.
- ¿Has sentido interés en alguien luego de tu accidente, Harry?- el aludido estrujó sus manos un segundo imaginándose desnudo frente a la inspección de aquella doctora de amigable sonrisa.
- Eso ya es irrelevante… no estoy a la altura de nadie.
- La discapacidad física no atrofia la capacidad de amar y ser amado- le comentó la psicóloga consiguiendo que el muchacho se sonrojara por un momento.
- Pero aun así… ¿Qué propósito tiene? No puedo hacer feliz a ninguna mujer.- Tonks agudizó la mirada hacia él apoyándose ligeramente en el escritorio.
- Hay miles de formas de hacer el amor… si es lo que te preocupa, Harry.
Al otro lado del hospital, Hermione caminaba con los dos amigos de su paciente, los hermanos Ron y Ginny Weasley. La castaña estaba interesada en enterarse de todo lo que rodeara al moreno y platicó con ellos para conocerlo mucho más. Ambos le contaron de cómo era Harry antes del accidente, de sus planes, de su energía y su deseo de convertir su pasatiempo de natación en algo mucho más serio. Ron le dijo a la joven kinesióloga que su mejor amigo tenía excelentes facultades para alcanzar ese sueño, tal vez de no haber sido por aquella tragedia, Harry lo hubiera conseguido. Hermione recordó inevitablemente aquel día en que ejercitarían en la piscina y él se opuso de manera tajante. Comprendió entonces la razón de su exabrupto.
Ginny, por su parte, interpretaba el semblante interesado de la doctora como una señal de algo más allá que sólo profesional. Tenía la peculiar luz en sus ojos de quien se alegraba al oír el nombre de alguien importante. Esperaba no equivocarse en sus conjeturas. Harry necesitaba de una persona que lo amara, que estuviera con él en esa tempestad que estaba ocurriendo en su vida y luchar juntos contra las adversidades. Durante todas esas semanas transcurridas, Lily estaba encantada con la kinesióloga al igual que la pelirroja. Había depositado en ella la esperanza de devolverle a su hijo la fuerza de seguir adelante. Toda esa presión ponía nerviosa a la castaña recordando el anillo de brillantes que guardaba en su casillero.
Una mañana cotidiana, después del recibimiento de Harry y el comienzo de los ejercicios practicados, Hermione recibió por medio de una de las enfermeras la notificación de una llamada telefónica urgente. Cuando le preguntó de quién se trataba, la joven le advirtió que era Cormac McLaggen, su prometido. Harry trató de no rodar los ojos al conocer su nombre. La castaña se mostró importunada pidiéndole que le dijera que le devolvería la llamada más tarde. El muchacho, al escucharla invadida de fastidio, no pudo fingir la sorpresa en su ceño alzado. Hermione estaba hecha una maraña de emociones, a Harry no le había costado mucho meterse bajo su piel removiendo todas sus seguridades como si fuesen piezas de ajedrez. Su atracción había pasado atropelladamente a un sentimiento profundo. Su pulso sufría variaciones al estar cerca de él y eso era suficiente prueba para su punto de vista científico. Ahora, le dolía como pedradas que el moreno no quisiera tocarla, ni siquiera la llamaba por su nombre de pila siendo una estrategia para mantener el protocolo. Sabía que Harry sentía algo más que el típico respeto de paciente a médico, lo sabía, sentía muy dentro de ella que también estaba cayendo en esas redes tan inciertas pero se alejaba por miedo a ser amado en su condición y no ser suficiente.
- Sabes lo que todo esto significa, ¿verdad, Hermione? Estás cruzando una línea muy delicada y por lo tanto, no tiene vuelta atrás.- le comentó Luna mientras platicaban sobre su relación con Harry en el interior de un bar cerca del hospital. La castaña asintió con su mirada fija en los diseños del mantel y vaso de cerveza. Tonks, quien también estaba presente junto a Remus Lupin, la miraban como si fuesen sus padres. La psicóloga intervino.
- Si es lo que en verdad deseas, debes tomar cartas en el asunto. No ha sido un paciente accesible y lo sabes. Tal vez reniegue ante tus nuevos sentimientos porque creerá no merecerlos y tendrás que perseverar.
- Lo sé… - dijo en un hilo de voz.
- Pero primero, te aconsejo que hables con Cormac y acabes con el compromiso- opinó Lupin para completar la tanda de consejos- Porque sólo los que aman bien, se lanzan al vacío sin redes de seguridad. Esta confusión tarde o temprano terminará por aclarar tu cabeza- Hermione no pudo reaccionar ante su afirmación. Tenía toda la razón del mundo.
Siete días, siete días pasaron y Hermione había logrado un avance increíble con Harry. Luego de ganar un poco más de su confianza, la joven kinesióloga llevó al moreno hasta las instalaciones de la alberca y se quedaron detenidos en la orilla viendo la tranquilidad del agua en su interior. Hermione se acercó a su paciente quien miraba el fondo con un deseo tan manifiesto que se obligaba a no lanzarse de un momento a otro. Ella le preguntó si estaba listo para intentarlo nuevamente y el ojiverde asintió consiguiendo con eso la amplia sonrisa de la muchacha. Se prepararon, Remus ayudó a Harry en lo que necesitara y Hermione se cambió para vestir su pieza de traje de baño azul para sumergirse con él. Al reencontrarse en la piscina, Harry creyó que había perdido la saliva de su boca. La castaña se veía tan bien que tuvo que desviar la mirada o se delataría en el inmenso deseo de acariciarla. Lo ayudaron a bajar y el ser tomado por Hermione a la altura de su cintura lo hizo olvidar todo. El agua estaba temperada, deliciosa. Doctora y paciente jugaron por horas hasta tener la piel arrugada en los dedos. La kinesióloga se movía despacio llevando con ella al moreno sin romper el contacto visual tan exquisito entre ambos. Hermione se acercaba peligrosamente pero Harry se lo impedía sujetándola por los brazos.
¿Por qué?, se preguntaba él,
¿Por qué ahora? ¿Por qué ella? ¿Por qué yo?, se repetía incesantemente en su cabeza. No quería enamorarse de ella, mucho menos ella de él, no tenía sentido alguno. Después de unos minutos de aproximarse a la profundidad, con el agua casi hasta los hombros, Hermione dejó de luchar consigo misma y fue hacia esos labios que no dejaban de tentarla desde hacía días. Harry la evadió sintiendo un ardor abrasivo en toda su piel.
- No… no lo hagas.- le pidió con la voz entrecortada. La castaña lo miró con sus ojos llenos de lágrimas. Temblaba.
- ¿Por qué no?
- Porque no está bien. Ve con tu prometido, él puede darte todo lo que necesitas.- aseguró Harry hallando la orilla tan lejana que se vio vulnerable.- Volvamos, por favor. Quiero salir.
- Tal vez él no tenga todo lo que necesito… tal vez lo que necesito está justo aquí, enfrente de mí- las palabras de Hermione se oyeron tan determinadas y suplicantes a la vez, que el moreno creyó estar tragando el cloro de la piscina. El brillo del agua a su alrededor parecía millones de diamantes reflejando la luz del sol que se colaba por los postigos de las ventanas, era como un hermoso sueño con sus destellos. Hermione dejó que las lágrimas corrieran por su rostro mojado. Se había enamorado y ya no podía disimularlo. Obvió lo dicho por Harry y volvió a acercarse a él para besarlo por todo su rostro, primero en su frente, luego en sus párpados, mejillas, nariz, hasta alcanzar su boca en una caricia suave y temerosa. Se besaron lento, en una sincronía que rayaba a perfección y delicadeza. La castaña se perdió entre sus labios experimentando lo que era su lengua en contacto con la suya. Los sonidos se silenciaron de un momento a otro, sólo la respiración de cada uno y el agua que se removía entre ellos era todo lo que oían… bueno, casi todo.
- Hermione… ¿Qué estás haciendo?- la voz de Cormac McLaggen resonó en el interior con eco haciéndolos separarse de golpe, como si recibieran un chispazo de corriente. Los jóvenes salieron de la alberca, extraídos con brusquedad de su mundo privado. La castaña ayudó a Harry a sentarse de regreso en su silla y luego se envolvió en una toalla para salir seguida de su prometido, quien no desperdició la ocasión de echarle una mirada asesina al moreno. Cormac fue al encuentro de Hermione hasta su casillero pidiendo explicaciones. - ¿Qué se supone que hacías? ¿Desde cuándo me engañas con un inválido?
- Su nombre es Harry.
- Me da igual… respóndeme.- la joven se abrazó a sí misma tratando de juntar la fortaleza que se le estaba desgastando con el paciente que le hacía perder el sueño. Respiró hondo.
- Ya no puedo casarme contigo, Cormac. En verdad lo lamento.- le arrojó sin introducciones ni rodeos que no servían de nada. El aludido frunció el ceño creyendo que se trataba de un mal chiste. Hermione prosiguió- Han pasado muchas cosas estos últimos dos meses, cosas que ni siquiera puedo explicar, y creo… que me he enamorado de alguien más…
- ¿De ese inválido? ¿Me estás diciendo que me cambiarás por ese maldito paralítico? ¿Estás bromeando?- ante esa despectiva calificación de su parte, Hermione le propinó una bofetada tal que le desencajó la mandíbula. La mirada ambarina de la joven estaba encendida de un fuego terrible. Con tan sólo escucharlo en su comentario, supo al instante que el discapacitado era otro.
- Él es mil veces mejor que tú, Cormac. Lo acabas de comprobar. Ahora, vete de mi hospital o llamaré a seguridad.- tras decir eso, se volvió hacia su casillero, extrajo la cajita con el anillo de compromiso en su interior y se lo devolvió. El rubio no dijo nada. Recibió la joya, guardándola en el bolsillo de su pantalón en un gesto mecánico. Era tanta la rabia que veía en ella que no se atrevió a contestarle ni contradecirle. La cara le ardía en la zona que lo había golpeado y se dio media vuelta para marcharse. Una vez sola, Hermione corrió hasta la sala de la alberca para hablar con Harry y decirle que todo estaba bien, sin embargo no lo halló por ninguna parte…
Al día siguiente, se iniciaba el tercer mes de rehabilitación y Hermione esperaba ansiosa la van Hyundai estacionada en las afueras del inmueble. Esperó por algunos minutos hasta completarse una hora de retraso. Harry no llegó aquel día para su rutina de ejercicios, ni tampoco al siguiente. La impaciencia de la joven la tenía convertida en una neurótica. No quería ni imaginar qué pasaría con ella si no volvía a verlo, si la sacaba de su vida con tanta facilidad dejándola sin aire en los pulmones. Necesitaba hablar con él.
- ¿Tu prometido los sorprendió besándose?- preguntó Tonks al oírle a Hermione lo sucedido. La aludida se paseaba por la oficina de la psicóloga como si no pudiera respirar.
- Sí.
- ¿Y lo llamó “maldito paralítico”?- la castaña volvió a asentir. Tonks resopló como un toro- Qué hijo de puta… qué bueno que lo mandaste a volar… ¿Y Harry?- Hermione no pudo contestarle más allá de encogerse de hombros, negar con la cabeza y ponerse a llorar. La emoción y la incertidumbre la sobrepasaron por completo. Tonks rodeó su escritorio para abrazarla. Nunca la había visto tan vulnerable.- Tranquila… todo estará bien. Ven, salgamos de aquí.
La psicóloga sabía que su amiga necesitaba respirar, distraerse, alejar los pensamientos de ese paciente que le había robado el corazón. Por eso la llevó hasta el bar que frecuentaban y estaba lleno de gente. El humo, la música desde la rockola y la plática que prevalecía en el local ayudaba a dejar fuera los problemas, no obstante, a medida que avanzaban, en una de las mesas al final del lugar, un moreno de revuelto cabello bebía con la cabeza a gacha, claramente borracho. Era Harry, algo totalmente inesperado. Hermione se quedó estática, su estómago pareció subir hasta su garganta encontrándose con el nudo permanente en ella. Al verlo de nuevo y de la forma en que lo extrañó, le pareció que habían pasado años. Caminó hacia él reparando que el cantinero se veía algo preocupado en la barra. El muchacho bebía sin ninguna restricción. Hermione tomó asiento a su lado en una de las sillas vacías.
- ¿Harry?- el moreno alzó la vista despacio, tenía los ojos somnolientos y perdidos. Al reconocerla entre la bruma de su ebriedad trató de alejarse.
- No… no… vete, déjame…
- ¿Qué haces? ¿Por qué estás bebiendo de esta manera?- ella en un intento de alejar la copa rozó su mano y Harry la quitó en el acto.- ¿Por qué te alejas de mí?
- No soy lo que mereces…
- Eso lo decido yo- respondió la joven kinesióloga viendo que Harry detuvo un momento su vista perdida en ella. Tenía una expresión de profunda angustia. El moreno alzó su cuerpo de la silla de ruedas con los brazos y trató de ponerse infructuosamente de pie. Cayó de bruces antes de que Hermione o Tonks pudieran atajarlo.
Aprovechando su ligera inconsciencia, las jóvenes académicas introdujeron a Harry en el auto de la castaña, quien condujo hasta su apartamento en el centro de Londres. Durante la hora de trayecto, ninguna de las dos cruzó palabra. Estaban irremediablemente sumergidas en la reciente escena y Tonks, con su percepción desarrollada gracias a la psicología, sabía muy bien que algo así sucedería tarde o temprano. Al llegar al edificio, ambas bajaron al joven con cuidado, subieron y lo recostaron en la cama de Hermione para que despejara la borrachera. Rendida, la castaña se dejó caer en su sofá mientras que Tonks preparaba café. Le pesaba el corazón como si tuviera una piedra enorme en el pecho y no sabía cómo aliviarlo. Su vida se había sacudido en tan poco tiempo que aún sentía los embistes en su piel.
- Ten, ¿Estás bien?- Hermione recibió la taza de café y asintió.
- Sólo tengo miedo.
- ¿De qué?
- De que no me deje amarlo.
Después de un par de horas luego de que Tonks se fuera a su propio apartamento, Hermione llamó a los padres de Harry para informarles donde estaba, se dirigió a la alcoba y se detuvo en el umbral de la puerta mientras llegaban para recogerlo. De seguro estarían preocupados. Allí estaba él, su más difícil paciente, durmiendo profundamente. Se acercó a la cama para sentarse a su lado. Tenerlo bajo su techo parecía surrealista, le acarició el cabello oscuro, su fina barba en el mentón y la línea de sus labios. El tiempo al interior de la habitación parecía detenido. Cuando ya se había memorizado cada facción de ese rostro honesto, joven y limpio, Harry abrió sus ojos para mirarla. Al saberla tan cerca, su pulso se aceleró.
- ¿Dónde estoy?- preguntó frotándose los párpados.
- En mi apartamento… no podía dejarte en el bar en ese estado.
- Lo siento, no suelo beber así.- dijo y se sentó en la cama con cuidado. Un gesto de dolor en su rostro delató que la caída había dejado consecuencias.
- Trataste de ponerte de pie y te caíste- le recordó la joven y Harry torció los labios al sentir su muñeca resentida- ¿Por qué lo hiciste?- al no conseguir respuesta, la muchacha agregó:- ¿Por qué no has ido a las últimas sesiones? ¿Quieres renunciar?
- Quiero renunciar a usted…- dijo el moreno y eso fue una estocada certeza que atravesó a Hermione. Tragó saliva con dificultad.- Está comprometida en matrimonio, tiene su vida resuelta… no quiero interponerme en ello, mucho menos en mi condición. No soy más que un inválido estorboso.
- No vuelvas a decir eso… jamás.- le regañó la joven doctora y Harry bajo la mirada, ella no se lo permitió tomándolo por una de sus mejillas- Escúchame, no quiero que renuncies a mí, por favor… me he enamorado de ti.- fue justamente lo que el moreno no quería escuchar. Negó con la cabeza.
- ¿Por qué? ¿Qué puedo ofrecerle yo? Míreme… no puedo hacerla feliz- Hermione lo observó con las cejas levemente enarcadas. Sonrió.
- Podemos trabajar en ello, cuando sea el momento- señaló de forma sugerente y Harry se sonrojó.- Bésame…- le pidió ella en voz baja. El joven se tornó nervioso.- Bésame.- la segunda vez sonó más a una súplica que pudo rasgar hasta las cortinas. Harry se acercó y apoyó sus labios en los suyos. El beso fue igual de perfecto que el compartido en la piscina. El juego de sus lenguas era suave al principio para tornarse intenso y acaparador. El moreno nunca había besado a alguien así, hasta perder su ubicación en la geografía y ser un extraviado del mundo. El hecho de que ella lo amara como él a ella parecía un sueño hecho realidad contra todo pronóstico. De pronto, el sonido del timbre en la puerta detuvo la caricia. Se quedaron mirando a un palmo de distancia sintiendo sus labios sensibles, palpitantes. Hermione rompió la pausa- ¿Mañana en la clínica a la misma hora?- Harry no respondió, volvió a adoptar esa pesimista expresión que tan bien le conocía y odiaba la kinesióloga. Ella frunció el ceño ante su silencio. Molesta, se incorporó rumiando de la cama para atender la puerta. Los padres de su paciente la saludaron cordialmente, ayudaron a su hijo hasta el elevador y abordaron la camioneta bajo la enfurecida mirada de Hermione desde la ventana.
La mañana estaba despejada, el cielo se mostraba diáfano, tan impecable que parecía un escenario azul reluciente. El movimiento en la clínica de rehabilitación comenzó como cualquier otro día, los pacientes llegaban en sus respectivos horarios, la cafetería preparaba desayunos, el paseos por los pasillos se incrementaban a cada minuto y los trabajos físicos llenaron las salas de terapia, sin embargo, era una mañana diferente para Hermione, quien con toda la esperanza del mundo miraba por la ventana del inmueble hacia la calle en donde siempre veía llegar la van Hyundai de la familia Potter. Miró la hora en su reloj y sólo faltaban cinco minutos para cumplirse la cita médica. Sus nervios la hacían moverse de un lado a otro con sus brazos cruzados al pecho.
De repente, ya habían pasado quince minutos, quince malditos minutos y ni luces de Harry. Aquello la descontroló, ¿cómo podía ser tan cobarde y no presentarse luego de confesarle que lo amaba sin importarle nada? La rabia viajó por la telaraña de sus venas recorriendo cada recodo de su cuerpo. Ni siquiera escuchó a su colega Luna Lovegood entrar a su despacho. La rubia, al reparar en su cara de pocos amigos optó por bajar la tensión de ese lugar. La invitó a caminar por la clínica.
- ¡No puedo creer que no haya venido!- reclamó sin importarle generar un poco de eco por el pasillo.
- Amiga, debes aprender a no presionar a las personas para que actúen como tú. No todos tienen la misma fortaleza y determinación.
- Pensé que podía ayudarlo. No entiende que lo amo y que quiero sacar lo mejor de él- Luna se conmovió girando hacia una de las salas de ejercicios. Al cruzar el umbral, Hermione detuvo sus pasos en seco creyendo que había recibido el choque de un camión de frente. En las barras paralelas, el moreno en persona estaba haciendo el esfuerzo de avanzar paso a paso apoyado en ellas. Cuando Harry la vio, tan bella con su delantal blanco, le entregó la más hermosa de las sonrisas. Luna empujó a la castaña levemente por la espalda para que reaccionara.
- Puedes ser muy persuasiva cuando te lo propones- le dijo la rubia- Llegó más temprano de lo programado para comenzar la rutina. Ve, su doctora tiene que estar con él.- Hermione se ruborizó y corrió hacia su paciente para abrazarlo. Harry tuvo que hacer su esfuerzo extra para no soltar los barrotes. La efusividad de ella tenía la fuerza de un vendaval.
- ¿Te das cuenta de lo que causas?- le preguntó Harry dejando por fin el protocolo atrás.
- Juntos saldremos adelante. Eso puedes apostarlo- aquella respuesta lo llenó de energía.
- Entonces… demos el primer paso- dijo seguido por un guiño de sus hermosos ojos verdes. Los jóvenes se besaron olvidando por unos segundos las complicaciones, el futuro incierto que los esperaba y el hecho de que varios pacientes los observaban sonrientes.
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