Después de esta aclaración pequeña e ínfima -ay, quien te pillara, Draco Malfoy-, he de aclarar otros dos puntos. El primero que espero no meter demasiado la pata aquí. Soy medio novata, porque he permanecido en secreto, en las sombras, leyendo fantásticos fics mucho tiempo. Y ahora, sin saber muy bien por qué, he decidido darme a conocer. A mí y a mi historia. Y aquí llegamos al segundo punto. Este fic no es una gran historia. No. Y lo sé. Simplemente lo publico por la vanidad de que alguien lo lea, porque para mí escribir es como para otros respirar. Lo necesito. Pero que me sea inprescindible no significa, por desgracia, que mi pluma sea comparable a la de grandes literatos. Escribo para disfrutar, para relajarme. Y "La Duquesa" será una historia bastante sencillita. Que se sucederá en un hipotético séptimo año en el que Voldemort aún no ha alcanzado sus cotas de poder maligno. Digamos que el poder de nuestro querido Lord sería el equivalente al que tendría en el tercer libro de nuestra JotaKá. En cuanto si habrá spoilers grandiosos, no lo sé. Tengo los siete libros muy frescos en la memoria, y no sé si se me escapará algún gazapo. De todas maneras, aún no ha muerto nadie en este fic. Dumbledore, Sirius, Remus, Tonks, Dobby,... siguen vivos.
¿Lioso? Pues esperen a que empiece a escribir. Y sin más dilación, el prólogo. ¡Gracias por aguantarme -sin decir realmente nada- hasta ahora!
Índice
- Prólogo: Una Ceremonia de Selección particular.
El bullicio del Gran Comedor parecía no parar nunca. La lluvia de fuera que azotaba sin piedad a los muros del Castillo, y que había calado hasta los huesos a los alumnos de primero no había logrado apagar su excitación. Los murmullos se entremezclaban con los jadeos de emoción, los chillidos con los gritos apenas contenidos, y por cada seis pipiolos exultantes, un séptimo mantenía la vista al frente, pálido, sudoroso, demasiado nervioso incluso como para poder hablar. Si lo hubiera hecho, probablemente, la voz se le habría cortado en el acto. Y es que la situación imponía.
Ya no se trataba solamente de estar entrando en uno de los sitios más mágicos de toda Gran Bretaña, ni de que en esa sala se encontrara la flor y nata de la sociedad mágica inglesa, ni siquiera que ése era el lugar al que todos (sangre limpias, sangre mestizas, sangre sucias) estaban destinados a ir, y aunque pudiera parecerlo, tampoco era la presencia de El Niño Que Sobrevivió, ni del Mago más Grande de todos los tiempos -con permiso de Merlín, por supuesto-. Probablemente fuera una mezcla de todo aquello, del destino ineludible que avanzaba hacia ti con sus blancos dedos cuando la Profesora McGonagall pronunciaba tu nombre, o el de alguno de tus compañeros. El momento de la espera, los vítores que arrancaba el Sombrero Seleccionador cuando te enviaba a una Casa, y los que a partir de ese momento serían tus compañeros te aplaudían sin que tú realmente hubieras hecho nada. Aún.
Y finalmente, la laxitud, la relajación inmediata cuando dejabas que tu cuerpo, consumido por los nervios y en ese instante ajeno a ti, se deslizara en una banca, frente a una espléndida mesa, rodeado de caras sonrientes que se esforzaban en estrecharte la mano y en darte la enhorabuena más sincera, mientras se presentaban a sí mismos, y tú les devolvías la sonrisa, pensando para tus adentros que era totalmente imposible, inalcanzable, impepinable que recordaras todos esos nombres.
Y cuando el último de la lista era recolocado, los últimos aplausos se extinguían y Dumbledore, perdón, el Director Dumbledore, soltaba su discurso dispar, estrambótico y totalmente inesperado, las ensaladeras, los cuencos, todos los platos y las jarras mostraban todo su explendor. Comida, comida y comida, allá donde posaras tu mirada. Y en ese momento, empezaban las risas. Empezaba el Banquete de Bienvenida. E incluso los más tímidos susurraban sus primeras palabras como alumnos de hecho.
Esa era la teoría.
Pero ya se sabe. La teoría no es infalible. Siempre hay un vivo que consigue darle la vuelta a todo, siempre se puede desajustar la rutina. Y cuando las puertas del Gran Comedor se abrieron de par en par, justo en el momento en el que la Profesora McGonagall cogía entre sus brazos el taburete de tres patas -tan añejo casi como el Sombrero-, quedó patente que este curso no iba a ser, ni mucho menos, como el anterior. Y el silencio repentino que acompañó al movimiento de apertura de las puertas, estalló de pronto, convirtiéndose en algarabía. Todos comentaban que eso ya había pasado un año. ¿Volvería el Profesor Moody a dar clases? Por cierto,... ¿quién era el que daba DCLAO este curso? ¿Seguía el puesto tan gafado como antes?
No obstante, cuando una figura delgada, con cuerpo de bailarina, pelo rubio y mojado por la tormenta, vestida impecablemente con el uniforme reglamentario de Hogwarts apareció en el umbral, todo ruido posible se desvaneció en el acto. ¿Una alumna? ¡Pero si no era de Primero! Debía tener, a ojo de buen cubero, entre los quince y los dieciocho, pero entre que la capa del colegio emborronaba todas sus posibles formas o curvas y que el pelo, liso como un espejo y largo hasta la tercera costilla, le tapaba ligeramente el rostro, era difícil precisarlo. Lo que sí se podía dar por supuesto era que era una muchacha que, ajena al espectáculo que había montado, avanzaba imperturbable por el pasillo central. Finalmente, cuando estaba casi a la altura de la Mesa de los Profesores su voz, con un ligero deje de acento mediterráneo en su inglés casi perfecto, irrumpió en el vacío, como una copa del más delicado, fino y caro cristal que cae al suelo inexorablemente.
-Buenas Noches. Lamento la tardanza. Las conexiones con el Continente tienen la mala costumbre de fallar, y dado que no se puede uno aparecer en Hogwarts... -su voz se desvaneció, suavemente, pero en esta ocasión el silencio no fue tan largo. Dumbledore, con una sonrisa afable, se incorporó levemente, asintiendo con la cabeza.
-No se preocupe, Señorita Benerice, la esperábamos. Minerva, ¿si es tan amable?
Fue apenas un gesto vago con la mano y la Profesora McGonagall, sin salir de su estupor, se acercó de nuevo y sin molestarse en soltar el taburete, se limitó a colocarle el Sombrero Seleccionador en la cabeza. Apenas unos segundos después, la abertura que hacía las veces de boca se abría, gritándole al Gran Comedor que "Benerice, Elvira" debía ir sin más dilación a "¡SLYTHERIN!". El asombro general fue mayúsculo. No podían recordar un alumno que fuera admitido fuera de plazo, ni una Selección sin Taburete. Con todo y con eso, hubo unos aplausos aislados, que Benerice, Elvira, agradeció con un gesto de cabeza, más insinuado que hecho, elegante y discreto, antes de caminar sin prisas, como si tuviera todo el tiempo del mundo, hacia la Mesa Plateada, y sentarse como si tal cosa en el primer sitio que vio libre, al lado de un sonriente Zabinni y una interrogante Parkinson.





