Espero que muy atareados, buscando presentes, limpiando la casa y preparando ya los pellos pasteles de navidad *O*
Eso es buena señal, es señal que tendrán casa llena y no estarán solos.
Bueno, aqui les dejo una pequeña idea que me surgio para el One de Navidad.
Para empezar, esto no es un One ... sino un Mini Fic que creo que no tendra más que 3 capitulos.
Debido a problemas tecnicos no pude publicar el capitulo ayer...lo siento. Pero ... antes tarde que nunca no?? jajaja
Disclaimer: Todos los personages pertencen a JKR y a la Warner Bros (?), execepto una o dos personages que las puedo considerar mias.
Observaciones: Este Mini es totalmente dedicado a la APHH
Agradecimientos: Sam, gracias por betearme es realmente un gusto enorme tenerte de nuevo por acá
Ahora, sin perder más tiempo, el fic (:
"Enseñame a quererte"
Capitulo I
“El Profeta, 20 de Diciembre 2009”
Diciembre. El peor mes del año. ¿Paz, amor y cariño? ¡Ja! ¿Sería bueno no? Todo esto no pasa de una simple mentira. El Santa Claus que trae regalos a los niños, los renos voladores, la estrella…Todo esto no pasa de una mentira. Ser niño es querer la Navidad. Querer a la nieve, querer a los regalos, reír con los hermanos y los primos, dejar que nuestros ojos brillen de alegría al abrir los hermosos regalos de la familia. La cena con la familia completa…El sueño de los niños.
Es toda una tristeza sentir que todo esto se pierde con el pasar de los años. Todo aquello que sentíamos en niños deja de surtir cualquier efecto mientras nos hacemos “grandes”. La inocencia se pierde, los sueños se desvanecen. ¿Qué queda? Simple. Nos queda la familia. Y nos queda el amor. ¿Amor? Alce la mano quien pasa la Navidad amando verdaderamente, riendo como una niña y sintiéndose realmente bien al mirar los rostros de los demás y veo en ellos una sonrisa de pura felicidad.
Alcen la mano, aquellos, que no volverán a pasar otra Navidad en la oscuridad de sus vidas solitarias y rutinarias.
Espero con mucha sinceridad, que mucha gente haya alzado la mano y probé que estoy equivocada.
Hermione Jane Granger
Se levantó despacio de la silla, tomando en sus manos el plato sucio del desayuno, soltando un largo suspiro. Ella tenía razón. De nuevo pasaría solo otra Navidad en aquel pequeño departamento.
Desde niño que la Navidad no pasaba de un día más en el año. Nunca había conocido ninguna de estas fantasías de niño que su “amiga” mencionaba en su columna de ‘El Profeta’. ¿Amiga? ¿Ahora resuelta que siente nostalgia? No, eso no puede ser. Hasta sus once años vivió como esclavo de una soledad que lo atormentaba, bajo de una frialdad de ver sonrisas rasgadas en el rostro de sus tíos y su primo y él no poder siquiera esbozar cualquier señal de alegría. ¿Santa Claus? Por de la magia que en niño no sabía controlar, su tío había quedado en boxers en el medio de la sala de estar en Privet Drive, sin mencionar la barba blanca en el suelo y el ruidoso llanto de su primo Dudley al descubrir que, al final, no existía ningún Santa Claus. Era un simple disfraz de su padre.
No había Navidad que no quedara castigado en su pequeño cubículo, mismo sin haber echo nada. No había Navidad que no lamentara en silencio no tener amigos, no recibir un regalo o un simple “Feliz Navidad, Harry” de parte de sus padres. No había Navidad que no llorara por no tener sus padres consigo.
Todos estos deseos era simples sueños hasta entrar por primera vez en el Colegio de Magia y Hechicería de Hogwarts.
En ese castillo, que pudo llamar casa por siete años, pudo conocer por primera vez la amistad, el amor y hasta mismo la verdadera magia. Haría todo para volver atrás. Volver a tener once años y entrar por primera vez por los portones de la escuela. Volver a colocar el Sombrero Seleccionador y escuchar gritar ‘¡Griffindor!’. Volver a sentir la alegría y la felicidad que no sentía hace tiempo.
Tenía la conciencia en lo que se había tornado. Un hombre solitario y alejado del mundo, alejado de toda la magia, viviendo solo, en un pequeño departamento en el medio de Londres. Un hombre frío y dolido. Se había tornado en todo aquello que no quería ser, todo aquello que en Hogwarts no era.
La batalla y la muerte de algunos de sus amigos lo había dejado de rastros. Ni su novia de esos tiempo, Ginny, pudo levantarle los ánimos. Vio como, poco a poco, su novia y su mejor amigo se alejaban de él siguiendo un camino totalmente distinto al suyo. Vio como su mejor amiga se alejaba de él y hasta de sus estudios, por motivos que nunca fue capaz de entender, motivos eses que desconocía completamente. Ahora, era un Auror solitario, que viaja solo a cada lugar, que no tiene amigos y que puede decir sin mentirle a nadie, que nunca en su vida conoció el amor.
Lo único que sabía en esos momentos era que su mejor amigo, Ron, trabajaba en la tienda con George Weasley, uno de los gemelos Weasley y que estaba junto con Luna. De su ex novia, Ginny, no sabía absolutamente nada, si seguía viva o ya no. Y Hermione, bueno, de ella sabía que trabajaba para ‘El profeta’, escribiendo cronicas y algunos reportajes. ¿Por qué no había seguido con el curso de medicina?
No sabía, ni le importaba en lo más minino. Su presencia era el daño de medio mundo, así que más le valía alejarse de todo y todos, vivir solo como vivía cuando era un niño, sin amigos y sin amor alguno.
No era verdad. ¡Tenía un amigo! Rusti era su amigo, su mejor amigo. Sonreío cuando el perro de pelo negro y orejas grandes y descaídas se acercó a él. Estaba siendo injusto con Rusti, él era su amigo y su compañero. Siempre le hacía una fiesta enorme cuando llegaba del trabajo, lamiéndole el rostro y saltando como un loco. Lo había encontrado un día por acaso en una noche de lluvia. Era tan pequeño y tan indefenso.
Colocó el plato sobre la bancada blanca y se coloco de rodillas para acariciarle las orejas y hacerle fiestas en su dorso. Era su único amigo, y le bastaba.
- ¿Quieres ir a la calle? – le preguntó mientras se levantaba de novo.
El perro corrió en dirección a la puerta de la entrada de la casa y se sentó delante de ella, agitado con la lengua de fuera de su boca.
- Lo tomaré como un sí. Pero te advierto que está frío y está nevando, así que tendrás que aguantarte. ¿Estás preparado?
El perro no se movió un centímetro de su lugar, limitándose a rodar un poco la cabeza y a mirarlo con sus grandes ojos azules y sus orejas en pie. Era adorable, aunque fuera un poco torpe y testarudo. Pero no podía censurarlo por ello, así lo quería.
Con un gesto de su varita, dejó el plato lavándose solo, junto con la taza de comida de Rusti. Se encaminó hacía la puerta y su puso su bufanda de invierno mientras el perro empezaba a saltar como loco a su lado. Tomó la correa y la colocó en el perro. No podía arriesgarse a salir de nuevo sin ella, no quería tener que correr de nuevo detrás de Rusti y del idiota del gato que se les apareció en el camino. El perro casi lo mata y él casi se cae al suelo de tantas veces tropezarse en piedras sueltas de la calle. Era mejor prevenirse antes que sucediera lo mismo.
Camino despacio mirando las calles a su alredor. Todas iluminadas con luces de Navidad y gente apurada caminando, intentando desesperadamente escaparse de ese frío insoportable de la calle. Pero él no, caminaba despacio, con una mano en el bolsillo y la otra agarrando la correa de su perro.
Observó las personas dentro de las tiendas, unas comprando regalos de ultima hora, otras escogiendo con sumo cuidado los regalos y mirando cada cosa en las tiendas, buscando el regalo ideal para alguien. Miró una librería apiñada de gente. Pensó que, en ese momento, su amiga estaría escogiendo en alguna librería como aquella, algún libro para regalar a alguien o mismo para ella misma leer.
Limpió la nieve de uno de los bancos delante de la librería y se sentó ahí y su perro se sentó a su lado en el suelo, mirando detenidamente cada persona que pasaba por ellos. A pesar de haber cambiado tan drásticamente, se sentía muy solo. Por veces, su corazón aun desea que llegue alguien que quiera quedarse a su lado, no por ser Harry Potter, el chico que derrotó Lord Voldemort, que ahora se hizo un hombre, un Auror conocido por si talento, sino simplemente alguien que lo viera como Harry, el chico tierno y dulce que ya no existía mas.
Agarró su cartera y la abrió con cuidado. Tenía apenas dos fotos adentro de ella. Una en la cual estaban sus padres con él, poco antes de haber muerto y la otra, en Hogwarts, poco tiempo después de la batalla donde es encuentra él con Hermione. Era la persona que más extrañaba de todo el colegio, aunque no le hacia falta su presencia. Nunca había dejado de pensar en su amiga, ni de cuestionarse porque se había ido sin decir nada. Pero no se perdonaría nunca de haberla visto llorar y no haber logrado saber que pasaba con ella.
Lo único que guardaba de ella, era un numero de un celular de su departamento donde supuestamente ella vivía. Su orgullo y su frialdad no lo habían permitido llamarla, así que seguía sin saber que pasaba con ella.
Se levantó de repente del banco y se dispuso a caminar en dirección a su casa. El frío empezaba a congelarle los huesos y quería dejar de pensar en su amiga. No tenía sentido alguno pensar en ella ahora.
Comenzó a correr con Rusti, intentando calentarse. Corrió sin mirar atrás, simplemente miraba su camino, sin importarle lo que pasaba a su alrededor. No le importó ni los padres que caminaban por la mano con sus hijos, ni con las parejas que se abrazaban, intentando apagar el frío. No se dio cuanta de escuchar su perro ladrar, ni de que estaba pasando en una calle.
Todo se apagó cuando se percató que las luces del coche estaban ya demasiado cerca.
**
No sabía cuanto tiempo había pasado, había perdido la noción de todo. Sentía sus sienes palpitar con fuerza, le dolía demasiado la cabeza para pensar. Intentó abrir despacio sus ojos, en van. Cuanto más esfuerzo hacía para salir de aquél transe en que estaba, peor se sentía. Se percató que no solo su cabeza le dolía, sino todo su cuerpo.
Abrió despacio sus ojos, intentando por todo no marearse. ¿Qué le había pasado? No se acordaba de nada…solo una luces y… ¡Rusti! Se acordó de su perro y se percató que no estaba allí con él. Después de haber forzado totalmente su mirada, miró a su alredor. Reconoció las paredes blancas del hogar y el olor tan característico a éter. Estaba en S. Mungo.
- Señor Potter, ah despierto finalmente – dijo una de mujer. - ¿Cómo se siente?
El ojiverde se voltea hacía donde venía la voz. Si alguna vez tuvo dudas sobre donde estaba, se las había perdido. Una enfermera rubia se encontraba a los pies de su cama. Desafortunadamente conocía aquél rostro. Había sido una de sus conquistas que no duró más que tres semanas y de las cuales, como tantas otras, no se acordaba el nombre.
- Perfectamente – mintió el pelinegro - ¿Qué pasó? ¿Por qué estoy aquí? ¿Dónde está Rusti?
- Una pregunta por vez, ¿quieres? – dijo la mujer, acercándose a él. Se sentó en el borde de su cama y lo miró fijamente con sus enormes ojos negros. Harry se percató de la leve sonrisa que ella tenía dibujada en su rostro y se sintió terriblemente molesto por ello. Había sido él quien había terminado con ella, pero le molestaba que alguna de sus novias se riese a su costa. Mucho más una cualquiera, que no se acordaba el nombre y que no habían estado juntos mucho tiempo.
- Lo que pasó fue que nunca le han enseñado que se debe mirar para los dos lados de la calle antes de cruzar. Estás aquí porque el coche que chocó con usted travó antes de pasarle completamente por encima. – dijo la chica con altivez en su voz – Y su perro está bien. Por lo visto aprendió a cruzar.
- Que graciosa tú. ¿Cuándo puedo irme?
- Cuando llegue tu niñera.
- ¿Qué? ¿Qué niñera? – preguntó el ojiverde confundido. No sabía si se había perdido verdaderamente la memoria o si la tipa estaba realmente burlándose de él. Estaba realmente confundido y le dolía demasiado el cuerpo.
- Nunca pensé que el señor soledad tuviera un numero de celular en su cartera…
- Hermione… - dijo Harry bajito
- Si pues, lo importante es que esa tal “Jane” quedara cuidándote. Creo que usted tendrá una más con que divertirse. – dijo de nuevo la rubia levantándose de su cama – Que mejore
Harry la observó saliendo por la puerta de su habitación. Se reprochó a si mismo por haber estado con una enfermera…y se reprochó aun más por haber dejado el numero en su cartera. Parecía que el destino se estaba burlando de él. ¿Por qué tenía ahora que estar con Hermione? ¿Ella vendría? Una parte de si deseaba con toda la fuerza que no, no quería verla, no quería estar con ella, no la necesitaba. Sabía cuidarse solo, lo hizo por casi seis años. Pero una pequeña parte de si ansiaba por compañía, por cariño y por compañía. Era esa pequeña parte que el pelinegro intentaba ocultar de todo y todos.
La puerta se abrió de nuevo y esta vez Harry estaba preparado para contestar a su ex, pero mordió la lengua para no hablar en tiempo de percatarse de era el Dr. Pat, su médico de la academia de Aurors quien entraba. El hombre le sonrío, alegre por saber que su paciente ya se encontraba mejor.
- Harry, Harry, solo tu para intentar el suicidio días antes de la Navidad. ¿Cómo te sientes?
- No intenté suicidarme Marcus, sabes bien de eso. Solo fue un descuido - respondió el ojiverde intentando defenderse. – Escucha, no necesito compañía alguna, estoy bien, solo déjame ir a mi casa sabes bien que…
Se levantó con esfuerzo de la cama del hospital. Si que le dolía cada muslo de su cuerpo, en especial sus hombros. Tendría que aguantarse si quería escaparse de este problema.
- No – dijo el doctor, costando la palabra al ojiverde – ni lo sueñes chico. Ya sé que tienes veinte y cuatro años y que puedes cuidarte. Golpeaste con fuerza la cabeza y estas en riesgo de sufrir de un traumatismo craniano. Puedes elegir, o quedas aquí hasta que yo este seguro que todo esta bien y tendrás que aguantar la Loraine o vas con tu ‘amiga’. Es tu decisión.
¿Loraine? Así se llamaba la rubia.
- Marcus por favor…no me hagas esto.
- Ya lo hice. Tu amiga esta ahí afuera, esperando que le de permiso para entrar y encaminarte a su casa. – dijo de nuevo el hombre de bata blanca. – La chica vino luego que la llamamos y parecía preocupada.
Harry soltó un suspiro. Peor que pasar la Navidad solo, era pasársela solo en S. Mungo. Y peor que eso, era tener que enfrentar la castaña. ¿Preocupada? ¡Por dios! Hace casi seis años que no se hablaban. ¿Por qué iba ella a preocuparse por él?
- Deja solo vestirme…después ella que entre. ¿Dónde está Rusti?
- No te preocupes, seguro ya está en el coche de la chica esperándote. Que mejores Harry, Feliz Navidad – le dijo el doctor acercándose a la puerta
- Gracias, igualmente. Saludos a tu mujer. – dijo Harry.
El hombre salio de la habitación dejando el pelinegro solo. Se sentía enojado consigo mismo por ni siquiera haber insistido tanto en no tener acompañante para los próximos días. Golpeó la pared con su puño, arrependiendose en seguida al sentir como el dolor se alastraba por su brazo hasta llegar a su hombro y hacerse más fuerte en su cabeza ya dolida. No estaba para nada bien. Se sentía cansado, solo tenía ganas de dormir.
Después de encontrar su varita sobre una mesa y sus gafas, trató de vestirse como pudo, sacándose la bata verde-lima del hospital. Con un Accio de su varita, una pequeña maleta con algunas ropas aparecieron delante de si.
Escuchó que alguien tocaba a la puerta y esta se abría de par en par. Por momentos se sintió mareado al no reconocer la persona que se asomaba por la puerta. Estaba distinta. La recordaba como una adolescente aun desarrollando su cuerpo, pero esa no era la imagen que tenía delante de si. Era una mujer, hermosa. Una mujer con un cuerpo totalmente desarrollado, unos pechos firmes y unas caderas de hacer celos a cualquiera. Su pelo seguía igual, castaño y con unos rizos bien definidos, pero sus ojos estaban distintos. No tenían aquél brillo que solían tener cuando su amiga era más joven. Se recordaba de ver tristeza en aquellos ojos llorosos y por los vistos el brillo que él tanto amaba en los ojos de la que fue su mejor amigo, nunca había vuelto.
- ¿Hermione? – dijo aun sin creer en los que sus ojos veían.
- Hola Harry.
Nunca había creído que Hermione fuera fea ni nada por el estilo. Varias veces se había percatado de los cambios que sufría su cuerpo mientras se desarrollaba, pero nunca imaginó que llegara donde esta ahora. Estaba realmente atractiva y especialmente hermosa.
- ¿Cómo te sientes? – le preguntó la castaña sin acercarse a él. Para ella, el hombre que tenía delante de si no era Harry. Era una persona que ya casi no conocía, una persona que había cambiado demasiado su forma de ser debido a las casualidades del destino. Solo deseaba con todo su ser que hubiese algo del viejo Harry que conocía en aquél hombre y que no se arrepintiera con lo sucedido.
- Genial. Me siento genial – dijo el ojiverde con el sarcasmo bastante presente en su voz
Hermione soltó un largo suspiro y se acercó al ojiverde, para tomar la maleta posada en el suelo. Lo miró a los ojos estudiándolo por momentos. Por momentos perdió toda su esperanza.
Harry se percató del semblante de su amiga. Había sido demasiado frío con ella. A pesar del tiempo que había pasado ella estaba allí para ayudarlo. Se había olvidado completamente del frágil que era su amiga y como ella tomaba las cosas que le decían. Siempre tuvo que tener cuidado con lo que decía para no hacerle daño y por los vistos eso no había cambiado.
- Lo siento Hermione yo…Tú no tienes que hacer esto. Simplemente déjame en mi casa y aquí queda terminada la cuestión. – dijo Harry intentando convencerla.
Ella se limitó a tocarle con las yemas de sus dedos en el rostro blanco del ojiverde, pasando su mano por su corte en la mejilla. Tantas veces lo había visto mal, como que caminando hacía la muerte, pero nunca podría acostumbrarse a ello. Su corazón siempre se encogía al verlo mal, esa era una de las características de ella que nunca habían cambiado.
- No. No puedo arriesgarme a que empeores. – dijo la ojimiel con firmeza – Vendrás conmigo hasta que recuperes completamente. Lo que hagas después es contigo.
- Hermione no. Quiero estar solo.
- No hagas berrinches como si fueras un bebé pequeño. Podrás estar solo cuando quieras, pero ahora estás bajo mi responsabilidad, así que vámonos.
Caminó despacio detrás de su castaña amiga hasta llegar afuera de las puertas del hospital. No se sentía en condiciones de caminar mucho más, su cuerpo seguía doliéndole.
- ¿Aguantarás Aparecerte? – le pregunta la castaña tomándolo del brazo.
- Si claro. Soy un Auror, ¿tú que crees?
Hermione volvió a soltar otro suspiro y encerró sus ojos, concentrándose en ver en su mente, la sala de de su casa. Todo empezó a girar en su vuelta y no pudo dejar se sentir su estomago revolverse en su barriga. Nunca se había acostumbrado a la sensación de transportarse de esa forma y creía que nunca lo haría. Sostuvo a Harry del brazo intentando que él no cayera, pero su esfuerzo fue en vano. El ojiverde no aguantó las vueltas que el mundo deba y terminó perdiendo el equilibrio, cayendo sobre un sofá rojo y la castaña perdió el equilibrio con él, terminando por caerse sobre él.
Harry de espaldas en el sofá y Hermione sobre él, con sus manos posadas en su pecho.
Su sangre corrió luego en dirección a sus mejillas, haciéndolas teñirse de un rojo vivo, cosa que él ojiverde no dejó escapar. Se levantó con tanta rapidez con la que su cuerpo pudo y ayudó el moreno a incorporarse, ayudándolo a sentarse en el sofá.
- ¿Estás bien? – preguntó la castaña bastante avergonzada por lo sucedido. Nunca le pasó algo así desde que había aprendido a Aparecerse.
- Estaría mejor si no te tiraras en cima de mí. Termino de llegar del hospital, sigo adolorido…tenerte encima no es propiamente algo que me ayude a recuperar.
Las palabras quedaron prendidas en la garganta de la castaña y sus mejillas se hicieron aun más rojas que lo que ya estaba. Se sentía completamente avergonzada por lo sucedido y más aún si Harry insinuaba algo así. ¿Después de tanto tiempo sin verse, ella se caía sobre él? Que cosa tan fea y tan fácilmente malinterpretada.
- No necesitas quedar tan nerviosa – dijo Harry sonriendo de satisfacción. Tomó Hermione de la mano y la acercó a si, haciéndola sentarse en el sofá a su lado. Sintió una enorme necesidad de abrazarla y dejarse quedar así por tiempo indefinido, pero se contuvo. Hacerlo sería admitir que la extrañaba y eso era una completa mentira. O por lo menos eso creía. Recostó su cabeza en el pecho de la chica, sin soltar su mano y dejo que ella le acariciara la cabeza, exactamente en el lugar donde más le dolía. Sus caricias lo hicieron relajarse y el dolor de cabeza empezó a diminuirse. Cerró sus ojos y dejó que los cariños de su amiga lo relajasen completamente. Perdió el enojo y la noción del tiempo, hasta que, despacio, Hermione empezó a levantarse.
- Necesitas descansar un rato. Duerme un poco mientras te preparo la habitación – le dijo la castaña al ojiverde, entregándole una almohada.
Mientras el chico se acostaba y se acomodaba con la almohada, Hermione encendía la chimenea que estaba delante del sofá. Colocó una manta sobre el chico y le besó suavemente la frente.
Harry sentía que el cansacio empezaba a dominarlo totalmente. Observó su amiga encaminarse hacía la cocina, moviéndose despacio y balanceando sus caderas. Cerró sus ojos y su mente empezó a divagar por hogares escondidos. Recuerdos que había perdido, empezó a encontrarlos uno a uno. Cada segundo que había pasado con sus amigos era como un tesoro que tenía guardado en su corazón. Sin querer, empezó a percatarse que necesitaba a su amiga. No podía estar solo.
**
- No perrito, no podemos hacer ruido. No podemos despertar él señor.
Los ruidos estaban destorcidos y su mirada la tenía demasiado borrosa. Se había dormido profundamente y ahora que despertaba, el dolor de cabeza y en su cuerpo volvieron a atacarlo como si fueron dementors sedientos de felicidad.
- ¡Mira que hicimos! ¡Lo estamos despertando perrito! ¿Y ahora? – escuchó susurrar una voz. Era una voz de niña, bastante suave y al mismo alegre.
Espera… ¿una voz de niña?
Abrió los ojos y buscó sus gafas, terminando por recibirlas de la mano de alguien. Las colocó de una forma torpe, casi espetándoselos en los ojos y se sentó en el sofá de forma brusca. Su cabeza empezó a andar de roda cuando lo hizo. Tenía que ser mas cuidadoso, no fuera caerse de nuevo.
- ¿Se encuentra bien?
Harry volteó su mirada hacía donde provenía la hermosa voz y sus ojos se posaron sobre unos grandes ojos castaños miel. Su corazón dejó de latir y el dolor de su cuerpo pareció desaparecer todo de su cuerpo, para centrarse en su corazón. Era una niña. Una niña pequeña de ojos castaños miel y pelo castaño, preso en dos trenzas que le caían sobre los hombros.
- Sí – respondió cuando pudo nuevamente racionar. ¿Quién era aquella niña? ¿Qué hacía en el departamento de Hermione? No, no podía ser. ¿O si? Se parecía demasiado a Hermione. Los mismos ojos, el pelo bastante idéntico… ¿Hermione tenía una hija?
- ¿Mer, que estás haciendo? – preguntó Hermione bajando unas escaleras – te dije que no despertaras a Harry.
- No fue con intención. Disculpa – dijo la niña bajando la mirada.
- No te preocupes niña. ¿Qué horas son? – preguntó el ojiverde intentando cambiar el tema.
- Es casi hora de la cena – contestó Hermione acercándose a Harry y a la pequeña.
- ¿Señor, puedo ir a jugar con su perro? – preguntó la niña rogándole con la mirada. Era Hermione pero en un tamaño más pequeño y con mucho menos edad. No había otra hipótesis, la niña era hija de su amiga.
- Si, claro. – contestó el ojiverde mirando al suelo. Solo en ese momento se había percatado que Rusti estaba en aquella casa.
En el rostro de la niña se rasgó una sonrisa enorme y empezó a correr con Rusti detrás, subiendo las escaleras por donde Hermione había bajado. ¿Por qué le importaba tanto que la castaña tuviera una hija? ¿Por qué sentía su corazón estremecerse y apretarse en solo pensar en esa posibilidad?
- Ya conoces a Meredith – dijo Hermione sacándolo de sus pensamientos – ¿Estás bien?
- ¿Es tu hija? – le preguntó él ojiverde sin medir el ton sus palabras.
Hermione esbozó una sonrisa y se sentó a su lado. Se percató del dolor en la voz del ojiverde y de la forma como este miraba el suelo. No quería que él se enojara con ella, mucho menos ahora que estaba nuevamente con él, y por los motivos equivocados.
- No Harry. Meredith es mi hermana.
El ojiverde la levantó su mirada del suelo para mirarla de ceño fruncido. ¿Hermana? Esa no se la esperaba. Su corazón empezó a latir con fuerza y las mariposas qe había nacido en su estomago desaparecieron casi por completo.
- Dejé el curso de medicina porque mis padres iban a separarse y me percaté que Meredith era una bruja – empezó la castaña – Me quedé con ella por unos tiempos cuando aun era bebé, esperando que mis padres se decidiesen con quien quedaría ella. Pero por culpa de pequeños accidentes con magia, ninguno de ellos quiso arriesgarse a perder su nueva pareja. Meredith está en mi custodia.
- ¿Cómo? – preguntó el ojiverde sin creer en las palabras de su amiga - ¿Has abdicado de tus estudios por tu hermana?
- ¡Claro! ¿Por quien me tomas? No podría dejarla sola.
Parecía una escena salida de una novela. ¿Cómo era posible que el egoísmo de sus propios padres le hubiese dejado a su amiga desistir de todo? Ella no tenía nunca porque cuidar aquella crianza, no había sido ella quien se la había echo. Esta pagando por algo al que era completamente inocente. Por culpa de sus padres, estaba trabajando como periodista y no había concluido el curso que quería tener. Cuidaba una niña desde que tenía dieciocho y ahora, con tan solo veinte y cuatro años se podría confundir la unión de hermanas con el amor de una madre.
- ¿Por qué nunca habías dicho nada? – preguntó el ojiverde.
- Porque no. Ron estaba demasiado ocupado con los entrenamientos de Quiddich y tú, demasiado ocupado en martirizarte y cambiar totalmente tu personalidad.
Aquello había sido como un balde de agua helada. ¡Nunca nadie le había dicho algo así! Él no había estado martirizándose ni tratando de cambiar, todo había sucedido sin que él lo previera. No podía cambiar el facto de tanta gente haber muerto por su culpa cuando él era el único que merecía la muerte en aquella batalla. ¿Aquellas palabras era lo que la gente pensaba?
- Eso no es verdad.
- Lo es, y lo sabes Harry. Eres una persona fría y solitaria, algo que nunca serías en Hogwarts. Dejaste todos tus amigos y te centraste solo en ti mismo – empezó de nuevo la castaña – Perdóname por decirte esto de esta forma.
La castaña lo tomó de la mano al percatarse de su cambio de semblante. Era algo que le dolía demasiado, ese cambio tan drástico de su mejor amigo. Y más aún le dolía saber que había perdido el único apoyo que tenía para ser feliz. O por lo menos eso creía.
Harry volvió a mirarla a los ojos y pasó su brazo sobre los hombros de su amiga, sintiendo su corazón latir con más fuerza. Había tiempo que no se sentaba calmamente en algún sofá delante de cualquier chimenea con su amiga. Esa era quizás lo que más extrañaba de estar en Hogwarts. Empezaba a sentir que al final, no todo era lo que sentía en estos últimos seis años. Le besó suavemente la frente y dejó que ella posara la cabeza sobre sus hombros, cubriéndose a los dos como podía con la manta que la castaña le había dejado.
Meredith subía y bajaba las escaleras, corriendo por toda la casa, seguida por Rusti, gritando y cantando, divirtiéndose como había tiempo no lo hacía. Pero en las mentes del moreno y de la ojimiel toda la casa estaba sumergida en el completo silencio y en toda la calma y paz del mundo. Nada podría arruinar ese momento, ni mismo el frío de la tarde los hacía estremecerse o querer volver a la realidad.
En aquél momento, solo existían ellos dos.
Espero que les haya gustado
Saludos!
Caro.

















