Nuestra canción2.La lucha___________________________
Pansy suspiró, no sabía hacía donde mirar, seguía a Astoria que llevaba de la mano al pequeño, este tarareaba una canción infantil. Atravesaban el enorme jardín por un camino de piedra que llevaba hasta la entrada principal. El lugar era precioso, estaba muy cambiado desde la última vez que había ido, la última reunión de mortífagos.
Parecía que habían pasado mil años.
La casa ya no era sombría aunque seguía teniendo esa elegancia que la caracterizaba. La entrada blanca rodeada de piedra verde le impuso respeto.
Se sentía tan ajena a todo aquello.
Los recuerdos de lo veranos que había pasado allí, las cenas, las fiestas… le golpearon.
Cuando Astoria abrió la puerta Pansy se sintió mareada.
Esta se giró y la miró con la barbilla ligeramente levantada. Era la señora Malfoy, la señora de todo aquello, cada poro de su piel parecía querer dar cuenta de ello.
-Pasa – dijo con educación. Pansy pudo notar como sobreactuaba. Se conocían demasiado y la tensión se podía notar entre ellas. Astoria no le hubiera tocado un pelo aunque Pansy le hubiera provocado, Astoria no tenía ninguna cuenta con ella, no le debía nada,
no le había quitado nada que le perteneciera.Aunque Pansy no lo viera así.
Las dos mujeres entraron en la casa seguidas por Scorpius que aunque hubiera sido más mayor no podría haber entendido lo que sucedía en ese momento. Habían pasado demasiadas cosas.
Subieron por una escalinata de mármol negra hacía el piso de arriba, llegaron hasta una gran puerta gris en la que una placa rezaba en letras doradas “Estudio del Sr. Malfoy”. No recordaba aquella sala, parecía que habían realizado algunas reformas.
Astoria se acercó a la morena que miraba hacía todos lados con recelo.
-Puedo llamar a una sirvienta si quieres ver la casa…
-No, no hace falta – solo quería salir de allí, no estaba preparada para afrontar aquello, nunca lo estaría.
Scorpius salió corriendo.
-¡No corras cariño! – gritó Astoria, a Pansy le revolvió el estomago aquel tono maternal – En fin… le avisaré de que estás aquí…
Pansy tragó saliva y permaneció inmóvil. No, no.
No. Quería gritar, decirle que no abriera la puerta. Astoria se acercó a la puerta y entró cerrando tras de si.
Pansy sentía mucho calor. No recordaba como respirar, se asfixiaba.
Se sentía mareada. Aterrada.
Observó el lugar, debía irse.
Tenía que marcharse.
Sintió que se iba a desmayar.
Avanzó hacía el pasillo y se dirigió a las escaleras pero cuando bajó el primer escalón escuchó un gemido. Scorpius se encontraba en el suelo con sus manos rodeando su pequeña rodilla derecha.
Pansy se quedó estática, observando la escena.
Miraba las escaleras, luego al niño y así repetidas veces. En cuanto él fijó sus ojos grises, tristes, piadosos, en ella, tardó dos segundos en llegar a su lado.
-¿Qué te ha pasado? – le preguntó nerviosa.
Scorpius le sonrió.
-Me he caído cuando corría y ahora me duele – Pansy se agachó y observó su pierna, tenía una pequeña herida seguramente le saldría un moretón. Se levantó y le tendió la mano. Scorpius la agarró con fuerza y se puso de pie. Se sentaron en un banco dorado y Pansy curó a Scorpius con un sencillo movimiento de varita e hizo aparecer un pastelito. Scorpius se sentó en sus piernas y rió. Pansy no se lo podía creer pero sin darse cuenta se le escapó una sonrisa. No recordaba la última vez que sonrió.
-Tu pelo huele a flores
-¿A flores?
-Si, como las del jardín
Pansy le revolvió el pelo rubio. Entonces escuchó unas voces.
Era Astoria.
Y él…
Discutían.
Scorpius observaba la puerta resentido.
-¿Qué pasa pequeño?
-Odio cuando hacen eso…
-¿Lo hacen a menudo?
Scorpius fijó sus ojos grises en ella. Sabía que no debía responder.
-Cuando pasa… papa da miedo…
Entonces cesaron las voces y la puerta se abrió de par en par. Primero salió Astoria con un rictus serio. Miró la escena que tenía delante suyo y observó con recelo como Scorpius jugueteaba con un dulce sentado encima de las rodillas de Pansy. Se acercó y lo agarró de la mano.
-Hasta luego Parkinson, espero que todo te vaya.. bien. – dijo con tono mordaz. No, no lo esperaba, ni quería hacerlo. Solo quería que se marchara de su hogar, que todo volviera a la normalidad. Entonces desapareció por las escaleras.
Pansy se giró hacía la puerta.
Él la observaba desde el quicio de la puerta.
Su corazón parecía querer salírsele del pecho e irse con él. Se hundió en aquellos ojos grises de tormenta, y quiso esconderse allí. Aquellos ojos que tenían el mismo brillo metálico de siempre pero que la observaban con arrogancia.
Toda ella se había perdido en él.
Solo era un cuerpo.
Un cuerpo lleno de recuerdos y dolor.
Draco suspiró.
-Hola – dijo con un tono suave.
Pero era un tono que ella conocía muy bien, lo usaba cuando no estaba a gusto con algo.
Él no quería que ella estuviera allí.
Pansy se encogió por el dolor que le produjo aquella idea.
Pero aquel dolor merecía la pena por haber escuchado su voz, después de tanto tiempo.
-¿Vas a quedarte ahí todo el rato?
Entonces Pansy se levantó, se dirigió hacía él, le mantuvo la mirada durante unos instantes que a ella le parecían eternos y luego entró en la sala. Pansy se movía como un autómata, no tenía control sobre su cuerpo ni sobre sus ideas. Draco cerró la puerta.
Pansy se encontraba en medio de la enorme sala, quieta, observando con recelo.
Draco la observó por detrás.
Ella seguía conservando aquella elegancia. Llevaba el pelo igual que cuando eran jóvenes y del mismo tono carbón.
-Toma asiento
Pansy se sentó en un sillón verde de cuero que se encontraba en la esquina de la sala. Las cortinas trasparentes hacían que el sol se filtrara y la luz blanquecina contrarrestaba con las paredes de mármol negras. Draco se sirvió una copa del minibar y se quedó de pie, inmóvil a unos metros de donde estaba sentada ella.
Dio un sorbo.
-Ponte cómoda
Pansy observaba el suelo, se deshizo de la gabardina gris.
-¿Quieres algo?
Ella negó con la cabeza sin atreverse a levantar la mirada.
-Bueno… ¿a que se debe tu visita?
Hubo un silencio largo, tanto que Draco empezó a incomodarse. Resopló.
-No es que no disfrute con tu compañía – dijo con un tono que a Pansy le supo amargo – pero podrías dirigirme la palabra
Ella trago saliva y sacó las pocas fuerzas que le quedaban
-
No lo sé – Draco se sintió extraño cuando escuchó su voz.
Era menos dulce de lo que recordaba. -¿No sabes qué?
Pansy fijó sus ojos oscuros en él. Parecían querer devorarlo.
-No sé que hago aquí… contigo – Draco tuvo que apartar la mirada o aquellos ojos acabarían con él. Se sentó al otro lado del sofá, lo más lejos que pudo.
-Pues no pretenderás que yo lo sepa – dijo recuperando la sobriedad propia de él
-Ha pasado mucho tiempo
-La verdad es que sí… ¿Cómo te ha ido? – Pansy lo miró de una manera que lo hizo arrepentirse de haber preguntado. Sus ojos estaban llenos de reproche.
-Bien – mintió – a ti parece que te ha ido genial…
-Bueno, Scorpius es lo mejor de mí, es lo más importante que he conseguido. Lo único bueno que he logrado.
Pansy le dedicó una sonrisa, falsa. Nunca había podido ver aquel lado de él, solo unas pocas veces, ahora sus ojos reflejaban felicidad.
-Se te parece mucho…
-Sí, pero tiene muchas cosas de su madre
Aquello hizo que Pansy se encogiera. Intentó parecer relajada pero Draco percibió su mirada turbia. Cambió de tema.
-Parece que te llevas muy bien con él.
-Es muy dulce – dijo ella
-Pareces sorprendida
-Bueno, está claro que no lo ha sacado de ti…
Aunque parecía un intento de broma aquello molestó a Draco.
-Si, En eso se parece a Astoria.
Lo dijo con un tono mordaz, como si aquellas palabras fueran cuchillas puesto que él estaba con Astoria. Era su mujer, la madre de su hijo. No era ella. Ella estaba fuera de todo aquello, no significaba nada.
Pansy frunció el ceño.
Las cosas no iban bien. Aunque ¿Qué esperaba sacar de todo aquello? ¿Unas risas y adiós muy buenas?
La morena se armó de valor, no aguantaba más.
-Claro, claro, la dulce Astoria. ¡La mujer perfecta!
-¿Perdona? ¿Qué quieres decir con eso?
-Demasiadas cosas, pero siempre he sido muy educada como para usar las palabras que tengo en mente
-¿Educada? Siempre te lo has tragado todo que no es lo mismo
-¿YO? Si siempre me ha costado la vida saber lo que pensabas o querías
-¡Y tú siempre has sido una maldita orgullosa!
-¿QUÉ? ¡Maldita sea Draco!
-Es la verdad..
-¿Y tú qué? ¡No tienes nada que echarme en cara!
-¡No siempre puedes echarme la culpa de todo! ¿Sabes?
-Deberías de darte cuenta de lo que estás diciendo, todos los problemas que tuvimos…
-OH, venga ya, ¿desde cuando te has vuelto tan poco realista? Tú no es que fueras una santa
-Claro que no, pero al menos intentaba hacer las cosas bien
-¿Qué pasa, que yo no?
-Yo siempre estaba ahí para ti…
-Quizás ese fuera el problema
Ella cerró los ojos con fuerza
-Cabrón…
Habían acabado de pie, uno enfrente del otro. Solo les separaban unos pocos metros. Pansy tenía los ojos en llamas y Draco encogía los hombros.
Eran unos extraños, que se habían conocido en otra vida, cuando eran personas diferentes, cuando sentían cosas distintas.
Bueno, uno los dos no había cambiado lo que sentía...