Holaa, soy sasha y vengo con mi 2do escrito Draco-Herm ^^
En realidad, no lo releí mucho antes de publicarlo, asique mi arrebato de locura de anoche puede no haber dado tan buenos resultados. Solo me dispuse a tirar todas las inutilidades que habia en mi cuarto y encontré miles de recuerdos que eché a la basura llorando para despues sentarme acá a escribir xD
Bueno, no sigo con mi terrorífica vida personal y les dejo de una vez por todas el one! Un beso a todo el que se pase x acá y dos al que comente (?
Edito: Uff, siempre lo olvido al pobre disclaimer! Ahí va:
Disclaimer: Los pocos personajes y espacios de este escrito son propiedad de JK Rowling, ya quisiera yo que fuesen míos, JÁ!
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Gris
Esa noche no había nada que perder. Nada, en absoluto, que no estuviese perdido. No, no existía más que ella y su dolor. Por esa vez, dejaría que nada más importase…
Las lágrimas no paraban de brotar con violencia de sus ojos acaramelados, humedeciendo el parqué alfombrado de la habitación. Tuvo que arrastrarse por él, el cuerpo le pesaba y carecía de fuerza. Nada le satisfacía más que eso ahora. Hacerse daño, gritar, sufrir y regocijarse en su propia tortura.
Miró con demencia su baúl, lo amarró y llegó hasta él impulsándose con sus brazos. Lo abrió y comprobó que, al fondo, se encontraba la caja donde guardaba todo cuanto le recordaba a él. La tomó de un tirón, desperdigando por el suelo la ropa que yacía ordenada sobre ella, y, con algo de esfuerzo, se levantó con ésta entre sus manos.
Corrió deprisa y sin demasiado equilibrio, empujando todo lo que se interponía entre ella y su destino. Al bajar las escaleras en caracol y cruzar la sala común de su torre, muchos se preguntaron en voz alta qué le ocurría. Francamente, ya no importaban, le eran indiferentes y estaba fuera de toda realidad que ellos podían vivir en ese instante.
Corrió tan deprisa como pudo. Pasillos, escaleras, pasadizos. No tardó en llegar al horrible y sombrío baño de mujeres. Le producía repugnancia y angustia, pero esos sentimientos eran perfectos para la ocasión. Todo lo que le hiciese mal era lo que ella necesitaba ahora.
Se detuvo a un lado del cesto vacío dónde debería haber desperdicios, pero nadie entraba a ese frío cuarto de baño. Abrió la caja y observó su interior con una energía enfermiza. Se sentía caer en la locura. Sus ojos estaban cansados de despedir lágrimas, pero ella los forzaba a hacerlo, mientras una sonrisa cínica seguía permanente en su rostro.
Comenzó a deslizar con prisa los objetos que se hallaban dentro de esa horrible caja en el cesto. Los quería fuera, todos. Papeles, evaluaciones, retazos de periódicos, la rama de un árbol, botones. Quería todo eso fuera de su vida. Todo lo que lo representase y le hiciese recordar a él era basura para ella.
-¡Fuera! ¡Fuera de aquí! ¡FUERA!- le gritó a una ramita que se había quedado enganchada al empapelado de la caja- ¡Gracias por tus recuerdos, muy amable, Malfoy, pero no los quiero conmigo! ¡Llévatelos de aquí!
Sintió que se estaba vengando de él, haciéndole daño. Las lágrimas no paraban de salir de sus ojos y reía lúgubremente. Se lo merecía. Había huido sin ningún adiós, solo palabras garabateadas en un trozo de pergamino, dejándola sola en ese asqueroso mundo.
Ese mundo en el que habían coincidido creyendo que solo era una vieja película dramática en blanco y negro. Todo gris. Sufrimiento, crueldad, engaños, ambición, mentiras, violencia, egoísmo. Nada valía la pena.
La caja quedó vacía y la tiró con fuerza al suelo. No la saciaba, nada lo hacía. Se dejó caer, deslizándose de espaldas por la pared fría. La sonrisa se le borró del rostro y un llanto descontrolado se apoderó de ella. No, no le hacía bien nada de eso. No le hacía bien llorar, lastimarse, tirar sus recuerdos ni cualquier intento de odiarlo. Solo acompañaban sus lamentos.
Dejó pasar unos minutos y reposó las manos en su pecho. Sintió su corazón latir más lentamente. Su cuerpo ya era débil, insignificante ante la inmensidad del castillo. Yació como un bollito, como un pequeño bulto sobre el frío mármol un largo rato, y afrontó la realidad. Él no estaba y no volvería a ver jamás sus ojos fríos, sus labios finos, sus túnicas negras, sus pasos elegantes, su media sonrisa. No quedaba más que entenderlo y guardarse para sí misma su sufrimiento y el amor que más de una vez le había profesado sin necesitar palabra alguna. Era un amor secreto y se lo llevarían ambos a la tumba.
-Oh, Hermione, Hermione… Eres una pobre ilusa- se dijo con calma y rió amargamente.
Se levantó del suelo, ya empezaba a volver a sentir las sensaciones externas y el frío le estaba afectando. Se inclinó sobre el cesto, solo lleno de sus cosas y, con una sonrisa tranquila, comenzó a rellenar la vieja caja con ellas.
La evaluación teórica de transformaciones, con una enorme D en su esquina izquierda superior y, bajo ella, una innecesaria aclaración que rezaba “Desastroso”, realizada el día siguiente de haber sido besada por Draco la primera vez.
La rama del roble en el que habían reposado un día lluvioso, mientras todos se refugiaban dentro del castillo, ignorantes de que ellos se veían a escondidas.
Un retazo de “El Profeta”, anunciando que Lucius Malfoy había recibido el beso del dementor, que se había caído del bolsillo de los pantalones de Draco una vez. Esa había sido la única vez que escuchó su llanto.
Los botones de la camisa de Hermione que él había roto en un arrebato de lujuria, en medio de un pasillo vacío del sexto piso. Aquella había sido la última vez que le había hecho el amor.
Notas recibidas en la clase de pociones con escritos como “sabes que no soy muy expresivo”, “puerta de tu torre a la medianoche” y “me iré para siempre de este sitio”.
Hermione releyó la última nota. Él la había advertido miles de veces… Pero ella había preferido creer que él había cambiado de parecer, en vez de creer en sus palabras.
Tapó la caja y salió caminando del cuarto de baño con una calma jamás experimentada. Quizá era la tranquilidad de saber que ya estaba todo perdido, que no había nada más que hacer. Se sentía un fantasma, vagando por las aulas vacías del castillo en penumbras. ¿Cómo había llegado tan lejos el odio de Draco hacia todo lo terrenal? Estaba… Muerto. No, mejor dicho, era suicida.
Todo ese tiempo se había visto consumida, guardando el secreto de un amor correspondido, pero terminantemente prohibido. Alejada de todo lo que antes la rodeaba, incomprendida. Pero, ¿Cómo iban a comprenderla si nadie sabía que le ocurría? Quizá era tiempo de recuperar todo lo perdido. Excepto a Draco…
¿Cómo iba a saber que él, del otro lado del mundo, también hubiese hecho lo que fuere para sacársela de su cabeza? Jamás podría dejar ese mundo intencionalmente, jamás podría dejarla a ella. Estaba llevándola a un abismo, y no podía seguir viéndola balancearse en el límite entre la vida y la muerte. Ese era su lugar, no el de ella. No podía destinarla a vivir su vida.
Su pasado le pesaba a cada paso que daba, pero estaba condenado a vivir. Ella, en cambio, era fuerte, ya lo superaría. Arrepentirse… era tentador. Pero él, él tendría que aprender a ser fuerte también y alejarse de ella. Porque sabía que Hermione no era en lo que él la había convertido… Hermione no era gris.







