

Basé la historia un poco en la canción de Eric Clapton "Tears in Heaven"
y en los hechos descriptos por JKR sobre esta pareja. ¡Muchas gracias por leer! ♥
Disclaimer: Todo es de JKR. Menos este One.
Dedicado a todo aquél que haya tenido un amor de lluvia...♥ Besos.


¿Sabrías mi nombre si te viera en el cielo?
Una lluvia helada arrecia los terrenos de Hogwarts. No es un buen presagio.
Severus Snape está en el despacho del director. Ahora él es el director.
Tiene la cabeza apoyada entre sus dos largas y blanquecinas manos; a sus treinta y ocho años nunca creyó sentir el peso que siente ahora.
No quiere. No le gusta, pero no tiene alternativa. Debe bajar a reunirse con el Señor Oscuro.
Debe proteger a los alumnos.
Él debe…
Se levanta, camina hasta la puerta con su porte recio y parsimonioso y toma el pomo para abrirla. Algo sucede; cierra los ojos y presiente.
Sí, presiente algo que siempre supo, pero que esta vez está más claro que nunca.
Un susurro dulce le acaricia la mente. Una vorágine de placer le invade el corazón. Ella está ahí con él.
La lluvia golpea con fuerza las ventanas del despacho y lo despierta de su abrasador ensueño. Abre la puerta de un tirón y sale.
Su capa ondea y roza cada escalón al bajar, su respiración comienza a agitarse y su memoria también. Se detiene. Tiene que hacerlo. Sus piernas experimentan un impasible temblequeo que no lo deja seguir.
De repente tiene nuevamente dieciocho años. Era el último día de clases en Hogwarts y también el último día para los estudiantes de séptimo año. Todas las casas festejaban que ese día tendrían entre sus manos, el título que les permitiría proclamarse brujas y magos oficiales.
Ese día no había rivalidades, sólo orgullo y festejo.
Lilian Evans festejaba junto a sus amigos de Gryffindor, entre ellos James Potter.
Desde un rincón, Severus, con el rostro pálido y el cabello negro cayéndole como cortinas sobre el rostro, la observaba mientras ella reía a escasos metros de él.
Él también estaba acompañado por sus amigos, pero no ponía atención ni por un instante a lo que ellos decían, todo su ser estaba concentrado en una sola persona: Ella.
En ese momento, todos empezaban a entrar en el gran salón para la ceremonia en la que se entregarían los ansiados diplomas.
Una de las últimas en entrar era precisamente Lilian.
«¡Mírame, por Merlín!» rogaba silenciosamente él, como si tan sólo el deseo pudiera hacerle el milagro.
Ella iba muy concentrada hablando con su amiga Alice O´Brien, cuando ésta le hizo señas de que mirara hacia atrás.
La hermosa pelirroja se giró haciendo ondear su encendido cabello y vio apoyado en una columna a Severus observándola, él se enderezó velozmente cuando ella lo miró, y contuvo la respiración con la esperanza de que quizás así se notaran menos sus nervios.
En ese tiempo, ya llevaban dos años sin ser amigos, sin dirigirse la palabra ni para un «Hola». Pero ese día Lilian lo miró como si no recordara su pleito. Como si todo enojo hubiera sido borrado de su memoria y su corazón.
Le pidió a Alice que la esperara en el gran salón y caminó hasta Severus.
—¡Ho-hola! —lo saludó entrecortadamente.
—¡Hola! —susurró apenas él mirándola como si fuera lo más hermoso que había visto jamás.
—¡Felicitaciones! Nos hemos recibido al fin —comentó ella tratando de no mirarlo a los ojos, a esos ojos de carbón encendido que la hacían temblar.
—Lilian…¿podemos hablar afuera?—. Ella asintió.
Salieron; una llovizna ínfima comenzaba a mojar los patios del colegio. El lago parecía un espejo rompiéndose una y otra vez con cada gota que caía sobre él.
Caminaron sin mirarse hasta perderse. Y de pronto estaban frente a frente, ese sería el día que ya no volverían ni a verse ni a hablarse nunca más.
Los ojos atizonados de Severus se mezclaron con la lluvia, por su rostro caían gruesas gotas de lo que parecía que se iba a convertir en una tormenta cálida de principios de verano.
Lilian también estaba mojándose, pero no le importaba. Era la segunda vez que estaba tan cerca del rostro de Severus y ella sabía el peligro que eso significaba.
—Quiero volver a verte —murmuró él en un fallido intento de convencerla.
—No podemos… —replicó ella sin dejar de perderse en los ojos de él —. Ya no. Y entonces, en un arrebato de desesperación, la besó.
Tomó su rostro entre sus manos y acarició sus labios con los de él, luego inundó su boca con un beso asesino, la invadió como un veneno hecho de pasión y dolor.
Por un instante creyó que ella lo apartaría y le pediría explicaciones o lo golpearía, pero nada de eso sucedió. Ella correspondió a aquel beso y se lo bebió como si fuera agua en el desierto; como si deseara envenenarse de Severus y corromper su sangre y su aliento.
La lluvia ajustó las túnicas a sus cuerpos y ambos se acoplaron a sus formas. Las manos de Severus sostenían el rostro de Lily y sus labios moldeaban la despedida más dulce y más amarga de todas.
Unos minutos después, ambos volvieron a respirar el aire que les faltaba, sus miradas volvieron a chocar como un colapso en el universo y ya no hubo nada más que agregar.
Lilian se abrazó a Severus tan fuerte como le fue posible; él hubiera dado su vida porque no separasen jamás, pero fue inevitable.
La muchacha le acarició el rostro, le sonrió tiernamente y luego arrancó su cuerpo de él.
—Lilian… aunque ya no seamos amigos… siempre te protegeré —prometió él con un cándido fervor.
Ella le sonrió levemente y se dio vuelta para que no la viera llorar. La lluvia se hizo más inmensa y el dolor de perderla también.
¿Sería lo mismo si te viera en el cielo?
Despierta. Vuelve a estar parado en la escalera apoyado contra la pared. Vuelve a sus treinta y ocho años y al peso que carga desde hace años.
Apresura sus pasos y llega al final de la escalera. Pronuncia con voz sepulcral la contraseña y sale a un pasillo desierto y frío. Lo peor todavía no ha empezado.
Mueve sus pies trasladándose como un fantasma. Los relámpagos fusilan el cielo como una matanza irreversible y los truenos parecen anunciar el final.
Su mano izquierda se apoya estrepitosamente contra una pared. Vuelve a faltarle el aire, siente un ahogo inusual en sus pulmones y su boca exhala un jadeo aprensivo.
Su memoria se revuelve otra vez…
El sol entraba a raudales en el gran salón. Las pequeñas mesas que hace apenas unos quince minutos atrás habían servido para separar a los alumnos de quinto mientras tomaban sus exámenes de las MHB ya no estaban allí, en su lugar habían aparecido nuevamente las cuatro mesas de las cuatro casas.
Lilian Evans entró furiosa a este que se hallaba vacío, puesto que la mayoría de los alumnos se encontraba disfrutando del sol. Apenas unos diez minutos después, apareció detrás de ella un muchacho de cabellos negros y lacios, que caían sobre su rostro ocultándolo y haciéndolo ver algo misterioso. Tenía el rostro pálido, pero en ese momento, unas leves manchas rosadas se habían adueñado de sus lánguidas mejillas.
Llevaba una mochila oscura, deshilachada y llena de libros; su túnica estaba sucia y salpicada con sangre de James Potter, era evidente que después de que ella se fue ellos habían seguido discutiendo hasta terminar lastimándose más allá de los hechizos.
Lilian estaba harta de sus peleas, estaba cansada de ver como James y Sirius se jactaban de ser lo mejores y humillaban a Severus, pero esa tarde no esperaba que por salir a defenderlo iba a recibir una ofensa de él a cambio.
No lo miró. Estaba claro que estaba dolida por las palabras que él había dicho momentos atrás: «No necesito la ayuda de una sangre impura»
Y ¿ahora? ¿Qué hacía allí parado detrás de ella? ¿Pretendía disculparse?
«¡Estúpidos! ¡Todos los hombres son igual de estúpidos!» Murmuraba ella dándole la espalda.
Él se acercó para tratar de hablarle con tranquilidad, sabía que había cometido el peor error imaginado, pero así como momentos atrás había tenido el valor de decirlas, ahora no encontraba la valentía necesaria para disculparse.
Apenas abrió la boca para decir algo, Lilian imprevistamente se dio vuelta sin mirarlo y salió del gran salón rumbo a su sala común.
Severus apretó los dientes y sacudió la cabeza negativamente, tenía quince años y no sabía como tratar a una mujer, y mucho menos sabía cómo demonios se hacía para enfrentarlas y pedirles perdón.
Salió detrás de ella casi corriendo y la alcanzó a mitad de camino cerca del retrato de una bruja de aspecto bobalicón que estaba retratada en un paisaje rústico.
La tomó de un brazo y la apoyó contra una pared que había detrás, con una inesperada y excitante violencia.
—¡Espera! —le dijo. La miró con dificultad a los ojos, se ruborizó al notar que ella no apartó la mirada sino que la sostuvo con decisión. Estaba enojada, pero lo iba a escuchar—. ¡Soy un imbécil! ¡Ya lo sé! Pero yo… yo no soy yo cuando esos dos idiotas me atacan. No puedo contener mi rabia, mi ira… ellos son tan arrogantes, tan engreídos, se creen los mejores…Y ese Potter… Detesto a Potter, la forma en que te mira, la manera en la que se te insinúa juro que… que…
Severus bajó la mirada hasta sus pies, aún sostenía a Lilian contra la pared con una de sus manos sin darse cuenta. Su otra mano sostenía su mochila en su hombro izquierdo y sus pies parecían seguir siendo más interesantes que el rostro de Lilian.
No era así, pero ¿cómo hacía para enfrentarla sabiendo lo enojada que estaba ella?
El no quería enojarla, mucho menos lastimarla. El la amaba, ella era todos los motivos que él tenía para estar vivo, era su mejor secreto y sin ella ¿cuál era el sentido de existir?
Ella tomó su mentón con decisión, levantó su rostro hasta que volvió a mirarla a los ojos.
—Amo tus celos... —le susurró ella y sin agregar más palabras comenzó a besarlo, Snape dejó caer su mochila por la sorpresa, ésta hizo un ruido sordo al caer al suelo. Sus manos rodearon torpemente la cintura de la chica y trató de besarla lo mejor que pudo. Pero para cuando sus labios se empezaron a acostumbrar al sabor de los de Lilian, sintió un empujón hacia atrás
—Necesito que hablemos. Te veo a la tarde en la biblioteca —le dijo la pelirroja marchándose y dejándolo tan perplejo que no consiguió reaccionar hasta que ella ya se había desaparecido.
Cinco minutos después, Potter, Black, Lupin y Pettigrew, pasaron por su lado; James le dedicó una mirada burlona y una sonrisa de suficiencia.
Por la tarde volvió a reunirse en la biblioteca con Lilian y hablaron de lo que había sucedido por la mañana luego de las MHB, Severus comenzó a disculparse y ella le dijo que no quería sus disculpas sino que cambiara de amistades.
—¿Qué? Lilian no puedo dejar a mis amigos porque a ti no te gusten —replicó.
—No son tus amigos, Severus. Ellos no son buenas personas. Y es cierto, no me gustan, pero tú no te mereces manchar tu reputación por gente así. Eres excelente en tus estudios, llegarás a ser un gran mago algún día, pero con ellos…
—No puedo…
—Sí puedes, no quieres que es diferente —refutó la chica—. No voy a negarte que lo de esta mañana me molestó, y también me dolió… —una lluvia tibia comenzó a caer—, pero sé que es por las influencias que recibes de esos que llamas «amigos». Nosotros dos sí somos amigos y tu prometiste que lo seríamos siempre…—la lluvia golpeaba en las ventanas cada vez más fuerte—. ¿Cómo quieres que te crea si estás con personas que te hacen parecer algo que no eres?
—No puedo… —repitió él sin aliento.
—Entonces nuestra amistad se termina aquí, Severus. Nuestra amistad o todo aquello que pudo ser… —se detuvo sin
poder pronunciar más de lo que iba a decirle. Lily debió tener mucha fuerza en ese entonces para contener sus lágrimas frente a él. La lluvia pasó a ser una tormenta fuerte y tempestuosa—. Yo elegí mi camino y tú el tuyo. Eres…importante para mí…, pero no puedo estar contigo. No así.
Severus no dijo ni agregó palabra ni comentario alguno. Lilian se sintió dolida por aquella actitud y se levantó para irse de la biblioteca. Él no la retuvo, aunque hubiera querido hacerlo un millón de veces, simplemente la dejó ir.
Y a pesar de que ella pensara que a Severus ya no le importaba… a él se le paró el corazón en el mismo instante en que Lilian cruzó la puerta de la biblioteca.
¿Tomarías mi mano si te viera en el cielo?
¿Me ayudarías a resistir si te viera en el cielo?
Era difícil seguir avanzando. Su memoria y su corazón estaban quebrándose con cada recuerdo. Esos mismos que siempre la mantuvieron viva para él…
Viva, así debería estar ella, pero la crueldad, el destino o lo que sea que haya participado en su desgracia, se la quitaron para siempre.
Su respiración se volvió pesada como si en vez de aire ahora entrara barro en sus pulmones. Debió apoyarse en el tronco de una gran haya que estaba cerca de allí para no caerse de bruces al húmedo suelo.
Estaba parado cerca del lago, mojándose, recordando vagamente las imágenes de su último recuerdo revivido.
—¡Lilian! —susurró.
La lluvia parecía no querer cesar, como no lo hizo todas aquellas veces en las que estuvo con ella; quizás la lluvia era una premonición, quizás entre las gotas estaba escrito lo que sucedería, sólo que él no lo leyó.
Como esa noche de Octubre de 1981…
Otra lluvia, similar a la de ahora, golpeaba las calles de Londres. Pero esta era más triste, una lluvia sin la vehemencia del viento acompañándola.
Caía mojando las calles, las mismas por las que ahora transitaba un hombre de gran estatura, vestido con una túnica de grueso paño color azul oscuro con estrellas plateadas alrededor.
Este hombre llegó a las puertas de una casa en las afueras de Cokeworth, ubicada en la calle La Hilandera, golpeó sordamente tres veces y esperó.
Apenas unos segundos después, otro hombre, bastante más joven, abrió la puerta y lo dejó entrar.
Ese joven hombre era Severus Snape y lucía agotado a pesar de tener unos escasos veintiún años de edad, las ojeras debajo de sus ojos denotaban que no había dormido en varios días, su rostro cetrino se veía más pálido que nunca y sus ojos negros como el carbón, habían perdido todo brillo posible.
El otro hombre, quién había venido esa lluviosa noche, era Albus Dumbledore. Su rostro también mostraba cansancio, su torcida nariz sostenía con dificultad sus anteojos de media luna y sus plateados cabellos y barba, se veían esponjados por la lluvia.
—Severus… —habló Albus con dificultad.
—Dígame, Dumbledore, sé que no ha venido solamente a hacerme una visita a estas horas de la noche —terció el joven.
—Es cierto —confirmó Dumbledore con gravedad—. Esta noche… esta noche ha sucedido algo…
El joven lo miró con el entrecejo fruncido y comprendió a medias lo que quería decir.
—¿Volvió a atacar? ¿El señor de las Tinieblas volvió a lastimar muggles? —le preguntó con apremio.
—Sí y…no —contestó con la voz más ronca Dumbledore—. Esta noche se han quitado vidas, Severus, vidas que se lamentarán…demasiado.
—¿A qué se re-refiere, Albus? ¿Quién o quienes han mu-muerto esta vez? —preguntó balbuceando el joven empalideciendo un poco más, si eso fuera posible.
—Severus… yo sé que te prometí que la protegeríamos y…
—¿A qué se refiere? —lo interrumpió Snape con el corazón que le latía tan fuerte que le hacía doler la garganta—. ¿Quién ha muerto esta noche, Albus? ¡Dígame! —exigió al fin.
—Lilian… —susurró Dumbledore con voz ronca—. Lilian y James Potter —repitió luego más alto y más claro, mirando los ojos ennegrecidos de Severus que comenzaban a cristalizarse por las lágrimas.
—¡Por favor…! —rogó el joven con la voz rota—. ¡Se lo suplico, Albus! Miéntame, pero no me diga que ella… que ella… —El muchacho cayó al suelo de rodillas destrozado por la pena.
Levantó apenas su mirada y con un dejo de súplica miró a Dumbledore como esperando que le dijera que todo era una mentira, que era un engaño cruel; prefería incluso pensar que se despertaría de un momento a otro como si fuera una pesadilla y que se encontraría en su cama, cálida, durmiendo en una noche de lluvia y que Lilian seguiría allí en el Valle de Godric…viva.
Pero Albus no desapareció, ni aquello era una pesadilla. Tampoco le dijo que era mentira ni había engaño en su mirada. La lluvia seguía cayendo lenta como un pesado manto de cristal, era real, tan real como que Lilian ya no estaba.
—NO —gritó ahogadamente. Su voz ya no salía de su boca, la angustia, el dolor, la desesperación habían invadido todo su cuerpo—. Prometí protegerla…
Llevó sus dos manos a su cara y se la cubrió para llorar, su llanto era sincero, era insoportable, doloroso, profundo. Con tan sólo veintiún años, había perdido lo que más amaba y todo su mundo se había derrumbado como una débil pirámide de naipes.
Y siguió llorando en compañía de Albus. Sólo él fue testigo de su dolor y su pérdida y a él le prometió cuidar de Harry, el hijo de Lilian, a cambio de que nadie supiera jamás que lo hacía por el inmenso amor que le había tenido y le tendría siempre a Lilian.
Y Albus se lo prometió. La lluvia selló aquél pacto con su cruel música.
El tiempo puede abatirte, el tiempo puede doblar tus rodillas.
El tiempo puede romper tu corazón, hacerte suplicar por favor...
Estaba de rodillas en el césped. No había podido evitar caer. Aquel recuerdo era el más doloroso de todos, había intentado anularlo por completo.
Imposible… Nadie anula tanto dolor.
Sus lágrimas de ahora eran tan sinceras y desesperadas como las de aquella noche.
Luego de lograr sobreponerse, se volvió a poner en pie. Continuó su vía crucis.
Retomó su trayecto con la mirada perdida en la neblina que se había despertado con la lluvia y dirigió sus pesados pasos hasta el sauce boxeador. Iría por fin a reunirse con él.
La oscuridad del estrecho pasillo por que transitaba le trajo un último recuerdo. El más dulce quizás.
Aquel anochecer de Septiembre se veía espléndido desde los vagones del expreso en el que viajaban, la noche se presentaba vestida de estrellas y con una luna inmensa, aún así…
—Va a llover —pronosticó una niña pelirroja sentada en uno de los vagones de en medio.
—¿Cómo lo sabes? —le preguntó su único acompañante hasta el momento, un niño de su misma edad, Severus Snape.
—Porque mi madre siempre dice que cuando el cielo esta violeta antes del anochecer, la lluvia está cercana.
El niño la miró con una mezcla de sorpresa y admiración.
—Sev… ¿crees que nos pongan en la misma casa? —inquirió esta vez la niña con aire preocupado.
—Quizás. Es decir, eso espero.
—¿Y cuál crees que es la mejor?
—Slytherin. Eso decía siempre mi mamá.
—Mejor es Gryffindor. Allí van los valientes —intervino repentinamente la voz de un niño que acababa de entrar al vagón, tenía el cabello despeinado, anteojos y aire arrogante en la mirada—. ¡Hola! ¡Soy James Potter! —saludó el niño a Lily ignorando por completo a Severus.
—¿Prefieres Gryffindor? —indagó otro niño que entró detrás de él—. Entonces tú y yo nos llevaremos bien —aseveró—. Soy Sirius Black —se presentó dándole la mano a James y saludando elegantemente a Lilian.
Severus frunció le ceño y sus ojos se volvieron dos pequeñas rendijas al comprobar lo mal que ya le caían esos dos niños.
—Pues entonces creo que deberías ir a Gryffindor, Sev. Tú eres muy valiente y…especial —comentó la pequeña Lily con una sonrisa. A Severus se le llenó le pecho de orgullo y sonrió contento.
El viaje continuó y terminó tranquilo. Al llegar, enormes carruajes esperaban a los alumnos de segundo a séptimo año, ellos, como eran de primero, debían trasladarse en pequeñas barcas través del enorme lago que separaba la estación de Hogsmeade del Castillo de Hogwarts.
Lily se subió a una de las últimas junto con Severus, atravesaron el lago tomados de la mano y bajaron de ella de la misma forma.
El único momento en que se separaron fue cuando James y Sirius pasaron entre ellos con brusquedad. Los dos niños se rieron y continuaron caminando, mientras que Severus bufaba y refunfuñaba por lo bajo.
—No les hagas caso —le dijo con dulzura Lilian.
Las puertas de Hogwarts se alzaron inmensas ante los alumnos de primero, estos las miraban anonadados y fascinados. Avanzaron justo cuando comenzaba a lloviznar.
Lily y Severus se detuvieron un instante más que los demás y observaron en derredor el enorme castillo que se alzaba ante ellos.
—Es hermoso, ¿no crees? —preguntó la niña mirándolo con ojos brillantes, él niño asintió sin dejar de mirarla a ella. Las diminutas gotas de lluvia habían caído como un suave rocío sobre el rostro de la pequeña Lily y se veía preciosa.
Al entrar al castillo todo los deslumbró.
Luego se encontraron frente a una amplia escalera en donde los esperaba, parada al final, una mujer de aspecto severo: Minerva McGonagall.
—Suban dense prisa. Formen una fila delante de la puerta, en unos momentos entraran para la selección de la casa a la que irán —los apremió.
Los truenos comenzaron a sonar retumbando en las paredes del establecimiento.
James le guiñó un ojo a Lilian y esta lo miró con ceño fruncido.
Un segundo trueno resonó más fuerte que el anterior dentro del colegio y Lilian asustada se aferró fuertemente al brazo de Severus.
—No te preocupes Lily…yo te protegeré —le dijo él con dulzura y la tomó de la mano para entrar al gran salón.
Debo ser fuerte y seguir adelante.
Ya encontraré mi lugar a través de la noche.
Ya estoy cerca…
En la casa de los gritos el viento agitaba las maderas que cubrían las ventanas, el techo amenazaba con salir volando y el golpe sordo de algunas puertas indicaba que adentro no estaba mejor que afuera.
Severus Snape recorrió las escaleras rumbo al cuarto en donde se hallaba Lord Voldemort; él lo esperaba allí, frío como el metal e inmutable como una pared.
—No sirve —susurró con su aguda y fría voz.
—¿Qué es lo que no sirve, mi señor?
—La varita de sáuco. He cometido un grave error. Sólo puede ser dominada cuando pasa de la mano de su anterior dueño a la del nuevo, es decir, al del que asesinó a su dueño anterior. Y, como ambos sabemos, yo no lo maté.
La frialdad de la mirada del Señor oscuro hizo vislumbrar a Severus el destino que les esperaba. Guardó silencio y respiró.
Nunca había valorado tanto respirar como en ese momento.
—Yo necesito dominar esta varita, Severus. Pero no soy su dueño —prosiguió el señor oscuro—. Me temo que no tengo otra alternativa—. Al decir estas últimas palabras, detrás de él apareció la engrosada figura de Naguini.
Severus abrió sus ojos con sorpresa. Un frío aterrador recorrió su espalda y un sudor hirviente empezó a cubrir su frente.
—Señor…
—¿Sí, Severus?
—¿Qué significa esto?
—Ya te enterarás, Severus —respondió Voldemort con una sonrisa inexpresiva y sin darle tiempo a decir algo más, se dio media vuelta y salió de la habitación.
Severus miró con perplejidad a Voldemort marcharse y dejarlo allí solo con Naguini, apenas se giró para enfrentar a la serpiente, está se abalanzó sobre su cuello y le confinó una herida mortal. Irreversible.
Naguini se deslizó fuera del recinto y desapareció con su desagradable siseo y su arrastrado andar. Severus se empezó a desangrar en el suelo donde había caído. Ya no era el dueño de la varita de saúco, pero tampoco era dueño de nada más. Su vida se iba se esfumaba como la lluvia.
Harry, que había estado observando todo escondido, salió a su encuentro con absoluta desesperación.
—¿¡Profesor!? —exclamó casi al borde de las lágrimas.
Severus sintió los últimos golpeteos de su corazón dentro de su pecho, respiró sus últimos hilos de aire, escuchó derramarse la lluvia allá afuera y sonrió a pesar de todo. Por primera vez en años, sonrió.
Levantó su varita con dificultad y la llevó hasta una de sus sienes, comenzó a sacar unos hilos plateados que fue depositando en un pequeño frasco que tenía en uno de los bolsillos de su túnica. Uno a uno fueron cayendo dentro.
Se lo entregó a Harry y le sonrió levemente.
—¡Toma! Es todo lo que puedo dejarte —le dijo con voz entrecortada. Harry tomó el pequeño frasco y lo miró, quería ayudarlo, sacarlo de allí, hacer algo. Pero Severus simplemente se extinguía.
—¡Mírame! —le pidió en un último aliento. Harry se acercó más a él y lo miró a los ojos fijamente y, por primera vez, sin odio ni rencor—. Tienes los ojos de tu madre.
Severus volvió a sonreír, se perdió en el verde de los ojos de Harry, el mismo verde que alguna vez vio en la mirada de Lilian. Se esfumó.
Un susurró acarició sus oídos:
«Ahora yo te protegeré». Ella lo tomó de la mano y le sonrió. Severus cerró sus ojos; se fue con la lluvia y la última caricia de la mirada de Lilian Evans a través de los ojos de Harry.
Una lluvia helada arrecia los terrenos de Hogwarts. No es un buen presagio.
Severus Snape está en el despacho del director. Ahora él es el director.
Tiene la cabeza apoyada entre sus dos largas y blanquecinas manos; a sus treinta y ocho años nunca creyó sentir el peso que siente ahora.
No quiere. No le gusta, pero no tiene alternativa. Debe bajar a reunirse con el Señor Oscuro.
Debe proteger a los alumnos.
Él debe…
Se levanta, camina hasta la puerta con su porte recio y parsimonioso y toma el pomo para abrirla. Algo sucede; cierra los ojos y presiente.
Sí, presiente algo que siempre supo, pero que esta vez está más claro que nunca.
Un susurro dulce le acaricia la mente. Una vorágine de placer le invade el corazón. Ella está ahí con él.
La lluvia golpea con fuerza las ventanas del despacho y lo despierta de su abrasador ensueño. Abre la puerta de un tirón y sale.
Su capa ondea y roza cada escalón al bajar, su respiración comienza a agitarse y su memoria también. Se detiene. Tiene que hacerlo. Sus piernas experimentan un impasible temblequeo que no lo deja seguir.
De repente tiene nuevamente dieciocho años. Era el último día de clases en Hogwarts y también el último día para los estudiantes de séptimo año. Todas las casas festejaban que ese día tendrían entre sus manos, el título que les permitiría proclamarse brujas y magos oficiales.
Ese día no había rivalidades, sólo orgullo y festejo.
Lilian Evans festejaba junto a sus amigos de Gryffindor, entre ellos James Potter.
Desde un rincón, Severus, con el rostro pálido y el cabello negro cayéndole como cortinas sobre el rostro, la observaba mientras ella reía a escasos metros de él.
Él también estaba acompañado por sus amigos, pero no ponía atención ni por un instante a lo que ellos decían, todo su ser estaba concentrado en una sola persona: Ella.
En ese momento, todos empezaban a entrar en el gran salón para la ceremonia en la que se entregarían los ansiados diplomas.
Una de las últimas en entrar era precisamente Lilian.
«¡Mírame, por Merlín!» rogaba silenciosamente él, como si tan sólo el deseo pudiera hacerle el milagro.
Ella iba muy concentrada hablando con su amiga Alice O´Brien, cuando ésta le hizo señas de que mirara hacia atrás.
La hermosa pelirroja se giró haciendo ondear su encendido cabello y vio apoyado en una columna a Severus observándola, él se enderezó velozmente cuando ella lo miró, y contuvo la respiración con la esperanza de que quizás así se notaran menos sus nervios.
En ese tiempo, ya llevaban dos años sin ser amigos, sin dirigirse la palabra ni para un «Hola». Pero ese día Lilian lo miró como si no recordara su pleito. Como si todo enojo hubiera sido borrado de su memoria y su corazón.
Le pidió a Alice que la esperara en el gran salón y caminó hasta Severus.
—¡Ho-hola! —lo saludó entrecortadamente.
—¡Hola! —susurró apenas él mirándola como si fuera lo más hermoso que había visto jamás.
—¡Felicitaciones! Nos hemos recibido al fin —comentó ella tratando de no mirarlo a los ojos, a esos ojos de carbón encendido que la hacían temblar.
—Lilian…¿podemos hablar afuera?—. Ella asintió.
Salieron; una llovizna ínfima comenzaba a mojar los patios del colegio. El lago parecía un espejo rompiéndose una y otra vez con cada gota que caía sobre él.
Caminaron sin mirarse hasta perderse. Y de pronto estaban frente a frente, ese sería el día que ya no volverían ni a verse ni a hablarse nunca más.
Los ojos atizonados de Severus se mezclaron con la lluvia, por su rostro caían gruesas gotas de lo que parecía que se iba a convertir en una tormenta cálida de principios de verano.
Lilian también estaba mojándose, pero no le importaba. Era la segunda vez que estaba tan cerca del rostro de Severus y ella sabía el peligro que eso significaba.
—Quiero volver a verte —murmuró él en un fallido intento de convencerla.
—No podemos… —replicó ella sin dejar de perderse en los ojos de él —. Ya no. Y entonces, en un arrebato de desesperación, la besó.
Tomó su rostro entre sus manos y acarició sus labios con los de él, luego inundó su boca con un beso asesino, la invadió como un veneno hecho de pasión y dolor.
Por un instante creyó que ella lo apartaría y le pediría explicaciones o lo golpearía, pero nada de eso sucedió. Ella correspondió a aquel beso y se lo bebió como si fuera agua en el desierto; como si deseara envenenarse de Severus y corromper su sangre y su aliento.
La lluvia ajustó las túnicas a sus cuerpos y ambos se acoplaron a sus formas. Las manos de Severus sostenían el rostro de Lily y sus labios moldeaban la despedida más dulce y más amarga de todas.
Unos minutos después, ambos volvieron a respirar el aire que les faltaba, sus miradas volvieron a chocar como un colapso en el universo y ya no hubo nada más que agregar.
Lilian se abrazó a Severus tan fuerte como le fue posible; él hubiera dado su vida porque no separasen jamás, pero fue inevitable.
La muchacha le acarició el rostro, le sonrió tiernamente y luego arrancó su cuerpo de él.
—Lilian… aunque ya no seamos amigos… siempre te protegeré —prometió él con un cándido fervor.
Ella le sonrió levemente y se dio vuelta para que no la viera llorar. La lluvia se hizo más inmensa y el dolor de perderla también.
¿Sería lo mismo si te viera en el cielo?
Despierta. Vuelve a estar parado en la escalera apoyado contra la pared. Vuelve a sus treinta y ocho años y al peso que carga desde hace años.
Apresura sus pasos y llega al final de la escalera. Pronuncia con voz sepulcral la contraseña y sale a un pasillo desierto y frío. Lo peor todavía no ha empezado.
Mueve sus pies trasladándose como un fantasma. Los relámpagos fusilan el cielo como una matanza irreversible y los truenos parecen anunciar el final.
Su mano izquierda se apoya estrepitosamente contra una pared. Vuelve a faltarle el aire, siente un ahogo inusual en sus pulmones y su boca exhala un jadeo aprensivo.
Su memoria se revuelve otra vez…
El sol entraba a raudales en el gran salón. Las pequeñas mesas que hace apenas unos quince minutos atrás habían servido para separar a los alumnos de quinto mientras tomaban sus exámenes de las MHB ya no estaban allí, en su lugar habían aparecido nuevamente las cuatro mesas de las cuatro casas.
Lilian Evans entró furiosa a este que se hallaba vacío, puesto que la mayoría de los alumnos se encontraba disfrutando del sol. Apenas unos diez minutos después, apareció detrás de ella un muchacho de cabellos negros y lacios, que caían sobre su rostro ocultándolo y haciéndolo ver algo misterioso. Tenía el rostro pálido, pero en ese momento, unas leves manchas rosadas se habían adueñado de sus lánguidas mejillas.
Llevaba una mochila oscura, deshilachada y llena de libros; su túnica estaba sucia y salpicada con sangre de James Potter, era evidente que después de que ella se fue ellos habían seguido discutiendo hasta terminar lastimándose más allá de los hechizos.
Lilian estaba harta de sus peleas, estaba cansada de ver como James y Sirius se jactaban de ser lo mejores y humillaban a Severus, pero esa tarde no esperaba que por salir a defenderlo iba a recibir una ofensa de él a cambio.
No lo miró. Estaba claro que estaba dolida por las palabras que él había dicho momentos atrás: «No necesito la ayuda de una sangre impura»
Y ¿ahora? ¿Qué hacía allí parado detrás de ella? ¿Pretendía disculparse?
«¡Estúpidos! ¡Todos los hombres son igual de estúpidos!» Murmuraba ella dándole la espalda.
Él se acercó para tratar de hablarle con tranquilidad, sabía que había cometido el peor error imaginado, pero así como momentos atrás había tenido el valor de decirlas, ahora no encontraba la valentía necesaria para disculparse.
Apenas abrió la boca para decir algo, Lilian imprevistamente se dio vuelta sin mirarlo y salió del gran salón rumbo a su sala común.
Severus apretó los dientes y sacudió la cabeza negativamente, tenía quince años y no sabía como tratar a una mujer, y mucho menos sabía cómo demonios se hacía para enfrentarlas y pedirles perdón.
Salió detrás de ella casi corriendo y la alcanzó a mitad de camino cerca del retrato de una bruja de aspecto bobalicón que estaba retratada en un paisaje rústico.
La tomó de un brazo y la apoyó contra una pared que había detrás, con una inesperada y excitante violencia.
—¡Espera! —le dijo. La miró con dificultad a los ojos, se ruborizó al notar que ella no apartó la mirada sino que la sostuvo con decisión. Estaba enojada, pero lo iba a escuchar—. ¡Soy un imbécil! ¡Ya lo sé! Pero yo… yo no soy yo cuando esos dos idiotas me atacan. No puedo contener mi rabia, mi ira… ellos son tan arrogantes, tan engreídos, se creen los mejores…Y ese Potter… Detesto a Potter, la forma en que te mira, la manera en la que se te insinúa juro que… que…
Severus bajó la mirada hasta sus pies, aún sostenía a Lilian contra la pared con una de sus manos sin darse cuenta. Su otra mano sostenía su mochila en su hombro izquierdo y sus pies parecían seguir siendo más interesantes que el rostro de Lilian.
No era así, pero ¿cómo hacía para enfrentarla sabiendo lo enojada que estaba ella?
El no quería enojarla, mucho menos lastimarla. El la amaba, ella era todos los motivos que él tenía para estar vivo, era su mejor secreto y sin ella ¿cuál era el sentido de existir?
Ella tomó su mentón con decisión, levantó su rostro hasta que volvió a mirarla a los ojos.
—Amo tus celos... —le susurró ella y sin agregar más palabras comenzó a besarlo, Snape dejó caer su mochila por la sorpresa, ésta hizo un ruido sordo al caer al suelo. Sus manos rodearon torpemente la cintura de la chica y trató de besarla lo mejor que pudo. Pero para cuando sus labios se empezaron a acostumbrar al sabor de los de Lilian, sintió un empujón hacia atrás
—Necesito que hablemos. Te veo a la tarde en la biblioteca —le dijo la pelirroja marchándose y dejándolo tan perplejo que no consiguió reaccionar hasta que ella ya se había desaparecido.
Cinco minutos después, Potter, Black, Lupin y Pettigrew, pasaron por su lado; James le dedicó una mirada burlona y una sonrisa de suficiencia.
Por la tarde volvió a reunirse en la biblioteca con Lilian y hablaron de lo que había sucedido por la mañana luego de las MHB, Severus comenzó a disculparse y ella le dijo que no quería sus disculpas sino que cambiara de amistades.
—¿Qué? Lilian no puedo dejar a mis amigos porque a ti no te gusten —replicó.
—No son tus amigos, Severus. Ellos no son buenas personas. Y es cierto, no me gustan, pero tú no te mereces manchar tu reputación por gente así. Eres excelente en tus estudios, llegarás a ser un gran mago algún día, pero con ellos…
—No puedo…
—Sí puedes, no quieres que es diferente —refutó la chica—. No voy a negarte que lo de esta mañana me molestó, y también me dolió… —una lluvia tibia comenzó a caer—, pero sé que es por las influencias que recibes de esos que llamas «amigos». Nosotros dos sí somos amigos y tu prometiste que lo seríamos siempre…—la lluvia golpeaba en las ventanas cada vez más fuerte—. ¿Cómo quieres que te crea si estás con personas que te hacen parecer algo que no eres?
—No puedo… —repitió él sin aliento.
—Entonces nuestra amistad se termina aquí, Severus. Nuestra amistad o todo aquello que pudo ser… —se detuvo sin
poder pronunciar más de lo que iba a decirle. Lily debió tener mucha fuerza en ese entonces para contener sus lágrimas frente a él. La lluvia pasó a ser una tormenta fuerte y tempestuosa—. Yo elegí mi camino y tú el tuyo. Eres…importante para mí…, pero no puedo estar contigo. No así.
Severus no dijo ni agregó palabra ni comentario alguno. Lilian se sintió dolida por aquella actitud y se levantó para irse de la biblioteca. Él no la retuvo, aunque hubiera querido hacerlo un millón de veces, simplemente la dejó ir.
Y a pesar de que ella pensara que a Severus ya no le importaba… a él se le paró el corazón en el mismo instante en que Lilian cruzó la puerta de la biblioteca.
¿Tomarías mi mano si te viera en el cielo?
¿Me ayudarías a resistir si te viera en el cielo?
Era difícil seguir avanzando. Su memoria y su corazón estaban quebrándose con cada recuerdo. Esos mismos que siempre la mantuvieron viva para él…
Viva, así debería estar ella, pero la crueldad, el destino o lo que sea que haya participado en su desgracia, se la quitaron para siempre.
Su respiración se volvió pesada como si en vez de aire ahora entrara barro en sus pulmones. Debió apoyarse en el tronco de una gran haya que estaba cerca de allí para no caerse de bruces al húmedo suelo.
Estaba parado cerca del lago, mojándose, recordando vagamente las imágenes de su último recuerdo revivido.
—¡Lilian! —susurró.
La lluvia parecía no querer cesar, como no lo hizo todas aquellas veces en las que estuvo con ella; quizás la lluvia era una premonición, quizás entre las gotas estaba escrito lo que sucedería, sólo que él no lo leyó.
Como esa noche de Octubre de 1981…
Otra lluvia, similar a la de ahora, golpeaba las calles de Londres. Pero esta era más triste, una lluvia sin la vehemencia del viento acompañándola.
Caía mojando las calles, las mismas por las que ahora transitaba un hombre de gran estatura, vestido con una túnica de grueso paño color azul oscuro con estrellas plateadas alrededor.
Este hombre llegó a las puertas de una casa en las afueras de Cokeworth, ubicada en la calle La Hilandera, golpeó sordamente tres veces y esperó.
Apenas unos segundos después, otro hombre, bastante más joven, abrió la puerta y lo dejó entrar.
Ese joven hombre era Severus Snape y lucía agotado a pesar de tener unos escasos veintiún años de edad, las ojeras debajo de sus ojos denotaban que no había dormido en varios días, su rostro cetrino se veía más pálido que nunca y sus ojos negros como el carbón, habían perdido todo brillo posible.
El otro hombre, quién había venido esa lluviosa noche, era Albus Dumbledore. Su rostro también mostraba cansancio, su torcida nariz sostenía con dificultad sus anteojos de media luna y sus plateados cabellos y barba, se veían esponjados por la lluvia.
—Severus… —habló Albus con dificultad.
—Dígame, Dumbledore, sé que no ha venido solamente a hacerme una visita a estas horas de la noche —terció el joven.
—Es cierto —confirmó Dumbledore con gravedad—. Esta noche… esta noche ha sucedido algo…
El joven lo miró con el entrecejo fruncido y comprendió a medias lo que quería decir.
—¿Volvió a atacar? ¿El señor de las Tinieblas volvió a lastimar muggles? —le preguntó con apremio.
—Sí y…no —contestó con la voz más ronca Dumbledore—. Esta noche se han quitado vidas, Severus, vidas que se lamentarán…demasiado.
—¿A qué se re-refiere, Albus? ¿Quién o quienes han mu-muerto esta vez? —preguntó balbuceando el joven empalideciendo un poco más, si eso fuera posible.
—Severus… yo sé que te prometí que la protegeríamos y…
—¿A qué se refiere? —lo interrumpió Snape con el corazón que le latía tan fuerte que le hacía doler la garganta—. ¿Quién ha muerto esta noche, Albus? ¡Dígame! —exigió al fin.
—Lilian… —susurró Dumbledore con voz ronca—. Lilian y James Potter —repitió luego más alto y más claro, mirando los ojos ennegrecidos de Severus que comenzaban a cristalizarse por las lágrimas.
—¡Por favor…! —rogó el joven con la voz rota—. ¡Se lo suplico, Albus! Miéntame, pero no me diga que ella… que ella… —El muchacho cayó al suelo de rodillas destrozado por la pena.
Levantó apenas su mirada y con un dejo de súplica miró a Dumbledore como esperando que le dijera que todo era una mentira, que era un engaño cruel; prefería incluso pensar que se despertaría de un momento a otro como si fuera una pesadilla y que se encontraría en su cama, cálida, durmiendo en una noche de lluvia y que Lilian seguiría allí en el Valle de Godric…viva.
Pero Albus no desapareció, ni aquello era una pesadilla. Tampoco le dijo que era mentira ni había engaño en su mirada. La lluvia seguía cayendo lenta como un pesado manto de cristal, era real, tan real como que Lilian ya no estaba.
—NO —gritó ahogadamente. Su voz ya no salía de su boca, la angustia, el dolor, la desesperación habían invadido todo su cuerpo—. Prometí protegerla…
Llevó sus dos manos a su cara y se la cubrió para llorar, su llanto era sincero, era insoportable, doloroso, profundo. Con tan sólo veintiún años, había perdido lo que más amaba y todo su mundo se había derrumbado como una débil pirámide de naipes.
Y siguió llorando en compañía de Albus. Sólo él fue testigo de su dolor y su pérdida y a él le prometió cuidar de Harry, el hijo de Lilian, a cambio de que nadie supiera jamás que lo hacía por el inmenso amor que le había tenido y le tendría siempre a Lilian.
Y Albus se lo prometió. La lluvia selló aquél pacto con su cruel música.
El tiempo puede abatirte, el tiempo puede doblar tus rodillas.
El tiempo puede romper tu corazón, hacerte suplicar por favor...
Estaba de rodillas en el césped. No había podido evitar caer. Aquel recuerdo era el más doloroso de todos, había intentado anularlo por completo.
Imposible… Nadie anula tanto dolor.
Sus lágrimas de ahora eran tan sinceras y desesperadas como las de aquella noche.
Luego de lograr sobreponerse, se volvió a poner en pie. Continuó su vía crucis.
Retomó su trayecto con la mirada perdida en la neblina que se había despertado con la lluvia y dirigió sus pesados pasos hasta el sauce boxeador. Iría por fin a reunirse con él.
La oscuridad del estrecho pasillo por que transitaba le trajo un último recuerdo. El más dulce quizás.
Aquel anochecer de Septiembre se veía espléndido desde los vagones del expreso en el que viajaban, la noche se presentaba vestida de estrellas y con una luna inmensa, aún así…
—Va a llover —pronosticó una niña pelirroja sentada en uno de los vagones de en medio.
—¿Cómo lo sabes? —le preguntó su único acompañante hasta el momento, un niño de su misma edad, Severus Snape.
—Porque mi madre siempre dice que cuando el cielo esta violeta antes del anochecer, la lluvia está cercana.
El niño la miró con una mezcla de sorpresa y admiración.
—Sev… ¿crees que nos pongan en la misma casa? —inquirió esta vez la niña con aire preocupado.
—Quizás. Es decir, eso espero.
—¿Y cuál crees que es la mejor?
—Slytherin. Eso decía siempre mi mamá.
—Mejor es Gryffindor. Allí van los valientes —intervino repentinamente la voz de un niño que acababa de entrar al vagón, tenía el cabello despeinado, anteojos y aire arrogante en la mirada—. ¡Hola! ¡Soy James Potter! —saludó el niño a Lily ignorando por completo a Severus.
—¿Prefieres Gryffindor? —indagó otro niño que entró detrás de él—. Entonces tú y yo nos llevaremos bien —aseveró—. Soy Sirius Black —se presentó dándole la mano a James y saludando elegantemente a Lilian.
Severus frunció le ceño y sus ojos se volvieron dos pequeñas rendijas al comprobar lo mal que ya le caían esos dos niños.
—Pues entonces creo que deberías ir a Gryffindor, Sev. Tú eres muy valiente y…especial —comentó la pequeña Lily con una sonrisa. A Severus se le llenó le pecho de orgullo y sonrió contento.
El viaje continuó y terminó tranquilo. Al llegar, enormes carruajes esperaban a los alumnos de segundo a séptimo año, ellos, como eran de primero, debían trasladarse en pequeñas barcas través del enorme lago que separaba la estación de Hogsmeade del Castillo de Hogwarts.
Lily se subió a una de las últimas junto con Severus, atravesaron el lago tomados de la mano y bajaron de ella de la misma forma.
El único momento en que se separaron fue cuando James y Sirius pasaron entre ellos con brusquedad. Los dos niños se rieron y continuaron caminando, mientras que Severus bufaba y refunfuñaba por lo bajo.
—No les hagas caso —le dijo con dulzura Lilian.
Las puertas de Hogwarts se alzaron inmensas ante los alumnos de primero, estos las miraban anonadados y fascinados. Avanzaron justo cuando comenzaba a lloviznar.
Lily y Severus se detuvieron un instante más que los demás y observaron en derredor el enorme castillo que se alzaba ante ellos.
—Es hermoso, ¿no crees? —preguntó la niña mirándolo con ojos brillantes, él niño asintió sin dejar de mirarla a ella. Las diminutas gotas de lluvia habían caído como un suave rocío sobre el rostro de la pequeña Lily y se veía preciosa.
Al entrar al castillo todo los deslumbró.
Luego se encontraron frente a una amplia escalera en donde los esperaba, parada al final, una mujer de aspecto severo: Minerva McGonagall.
—Suban dense prisa. Formen una fila delante de la puerta, en unos momentos entraran para la selección de la casa a la que irán —los apremió.
Los truenos comenzaron a sonar retumbando en las paredes del establecimiento.
James le guiñó un ojo a Lilian y esta lo miró con ceño fruncido.
Un segundo trueno resonó más fuerte que el anterior dentro del colegio y Lilian asustada se aferró fuertemente al brazo de Severus.
—No te preocupes Lily…yo te protegeré —le dijo él con dulzura y la tomó de la mano para entrar al gran salón.
Debo ser fuerte y seguir adelante.
Ya encontraré mi lugar a través de la noche.
Ya estoy cerca…
En la casa de los gritos el viento agitaba las maderas que cubrían las ventanas, el techo amenazaba con salir volando y el golpe sordo de algunas puertas indicaba que adentro no estaba mejor que afuera.
Severus Snape recorrió las escaleras rumbo al cuarto en donde se hallaba Lord Voldemort; él lo esperaba allí, frío como el metal e inmutable como una pared.
—No sirve —susurró con su aguda y fría voz.
—¿Qué es lo que no sirve, mi señor?
—La varita de sáuco. He cometido un grave error. Sólo puede ser dominada cuando pasa de la mano de su anterior dueño a la del nuevo, es decir, al del que asesinó a su dueño anterior. Y, como ambos sabemos, yo no lo maté.
La frialdad de la mirada del Señor oscuro hizo vislumbrar a Severus el destino que les esperaba. Guardó silencio y respiró.
Nunca había valorado tanto respirar como en ese momento.
—Yo necesito dominar esta varita, Severus. Pero no soy su dueño —prosiguió el señor oscuro—. Me temo que no tengo otra alternativa—. Al decir estas últimas palabras, detrás de él apareció la engrosada figura de Naguini.
Severus abrió sus ojos con sorpresa. Un frío aterrador recorrió su espalda y un sudor hirviente empezó a cubrir su frente.
—Señor…
—¿Sí, Severus?
—¿Qué significa esto?
—Ya te enterarás, Severus —respondió Voldemort con una sonrisa inexpresiva y sin darle tiempo a decir algo más, se dio media vuelta y salió de la habitación.
Severus miró con perplejidad a Voldemort marcharse y dejarlo allí solo con Naguini, apenas se giró para enfrentar a la serpiente, está se abalanzó sobre su cuello y le confinó una herida mortal. Irreversible.
Naguini se deslizó fuera del recinto y desapareció con su desagradable siseo y su arrastrado andar. Severus se empezó a desangrar en el suelo donde había caído. Ya no era el dueño de la varita de saúco, pero tampoco era dueño de nada más. Su vida se iba se esfumaba como la lluvia.
Harry, que había estado observando todo escondido, salió a su encuentro con absoluta desesperación.
—¿¡Profesor!? —exclamó casi al borde de las lágrimas.
Severus sintió los últimos golpeteos de su corazón dentro de su pecho, respiró sus últimos hilos de aire, escuchó derramarse la lluvia allá afuera y sonrió a pesar de todo. Por primera vez en años, sonrió.
Levantó su varita con dificultad y la llevó hasta una de sus sienes, comenzó a sacar unos hilos plateados que fue depositando en un pequeño frasco que tenía en uno de los bolsillos de su túnica. Uno a uno fueron cayendo dentro.
Se lo entregó a Harry y le sonrió levemente.
—¡Toma! Es todo lo que puedo dejarte —le dijo con voz entrecortada. Harry tomó el pequeño frasco y lo miró, quería ayudarlo, sacarlo de allí, hacer algo. Pero Severus simplemente se extinguía.
—¡Mírame! —le pidió en un último aliento. Harry se acercó más a él y lo miró a los ojos fijamente y, por primera vez, sin odio ni rencor—. Tienes los ojos de tu madre.
Severus volvió a sonreír, se perdió en el verde de los ojos de Harry, el mismo verde que alguna vez vio en la mirada de Lilian. Se esfumó.
Un susurró acarició sus oídos:
«Ahora yo te protegeré». Ella lo tomó de la mano y le sonrió. Severus cerró sus ojos; se fue con la lluvia y la última caricia de la mirada de Lilian Evans a través de los ojos de Harry.
¿Sabrías mi nombre si te viera en el cielo?
¿Tomarías mi mano si te viera en el cielo?
¿Me ayudarías a resistir si te viera en el cielo?
Encontré mi camino a través de la noche.
Ahora sé que puedo estar aquí… junto a ti.
FIN
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• El culpable • No me arrepiento • Éxodo • Atardecer inolvidable •
• Todo para tí • Lugar usurpado • ¿Sí nunca...?
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«2 de abril - Día internacional por la integración de las personas con Autismo»































