Quiero dedicarselo a Alex porque es hoy su cumpleaños, felicidades wapa!!!
Es difícil enumerar cuantas cosas interesante sucedieron en la vida de Victoire tres días después de su llegada a Londres. Quizás para cualquier londinense esas cosas ‘interesantes’ formaban parte de su rutinaria existencia en la gran ciudad, pero para aquella jovencita de dieciséis años todo resultaba fascinante. Nada mas llegar a la capital británica, recibió la llamada de su protector padre que le aleccionó una vez mas sobre los peligros de vivir en una gran urbe, y de cómo debía comportarse ante esos peligros. Victoire escuchó pacientemente todo lo que su cauteloso progenitor le decía, y que resultaba ser lo mismo que le había dicho una y otra vez desde que se enteró que su hija aceptaba la beca que le ofrecían en el Imperial Collage London para estudiar Geología. Luego, tras más de una hora de charla con su padre, y un breve saludo a su madre, ella misma llamó a Lenny, y su conversación no fue demasiado fluida…
“—Hola Lenny, llegué al fin.
—Me alegro Vic—La voz tímida del muchacho se oyó al otro lado del auricular telefónico.
—No imaginas lo grande que es esto, es fascinante. Ojalá pudieses estar aquí. Tía Ginny vive en un precioso adosado en Islington. Me encanta—Victoire no podía frenar su entusiasmo.
—Genial.
—La semana que viene comienzo las clases, estoy un poco nerviosa, pero estoy segura que me adaptaré pronto a todo. Ya sabes como soy—Hizo una pequeña pausa al darse cuenta que era ella quien lo hablaba todo—Lenny, ¿Sigues ahí?
—Por supuesto.
—¿Me echas de menos?—Preguntó la joven azorada.
—Mucho.
—Y yo a ti. Nos veremos en Navidad y hablaremos, te llevaré un regalo…
—Tú serás mi regalo—Afirmó él con voz dulce.
—¡Oh Lenny! Eres un encanto. Cuídate mucho…”
Y ese fue el fin de la conversación. Porque Lenny no era un chico de muchas palabras, y ella lo sabía. Realmente él no era lo que ella había soñado, pero tenía un carácter dulce y encantador, y ciertamente lo echaba de menos. Ni siquiera estaba segura de que su relación pudiese denominarse noviazgo. Todo lo referente a su beca y a su viaje había sido demasiado rápido, y por el contrario, Lenny resultó demasiado lento. El último día antes de embarcarse en su maravillosa primera aventura, él le dijo algo parecido a un te quiero, y ella no supo que contestar. Victoire fantaseaba con viajar por el mundo como su tío Charlie. Lenny por el contrario era un chico hogareño y adoraba Ottery, en más de una ocasión había mencionado su deseo de no abandonar el pueblo y vivir en él por siempre. No tenían nada en común. Salvo haber estudiado en la misma escuela y vivir en la misma zona, no había nada mas que los uniese. Sin embargo, ella lo añoraba y eso debía significar algo, porque no echaba en falta de igual forma al resto de sus amigos del pueblo. Tal vez Lenny con el tiempo podría cambiar de opinión y se decidiese a recorrer el mundo con a su lado, y tal vez, entonces, sólo entonces, Victoire podría decirle ese te quiero que no pudo salir de su garganta un instante antes de subir al tren, mientras los ojos pardos del joven se clavaban en los de ella. Porque Lenny le gustaba, pero no era lo que había soñado.
Para Ron el resto de la semana también había sido inmejorable. Superado el capítulo de las dichosas pastas de la insufrible jefaza del segundo piso, todo iba sobre ruedas. Se había adaptado con una facilidad sorprendente a su nuevo trabajo. Era cierto que su experiencia en puestos similares y anteriores le ayudó a ello. Pero también debía agradecérselo a Madam Rosmerta, y a Lavender, que siempre le tendían una mano en lo que necesitaba para salir de algún atolladero que generalmente él mismo creaba. Cada mañana subía las tazas de café a las ocupadas personas que llenaban de vida la segunda y tercera planta del edificio, y luego unas horas mas tarde, las regresaba a la cafetería, vacías. Y junto a las tazas siempre había un pequeño plato de porcelana blanco en el que únicamente quedaban unas migas esparcidas por su superficie. Era parte de su trabajo que un par de veces a la semana uno de ellos se quedase después de su horario habitual para limpiar la cafetería, la máquina de café y la pequeña cocina. Lavender lo hacía los martes y Ron acordó quedarse los viernes. Resultó ser un empleo sencillo, la gente era agradable con él. Había hecho buenas migas con Seamus, que visitaba la cafetería cada vez que tenía un hueco libre. Y Rosmerta parecía haber olvidado por completo el desafortunado comentario que Ron le hizo a Hermione aquella mañana cuando apenas llevaba veinticuatro horas en el puesto. No podía pedir más, porque simplemente no aspiraba a más. Aquello le hacía feliz, y libre, y esas eran sus mayores aspiraciones en la vida.
Era domingo, y en aquel adosado de la calle Bromfield en el distrito de Islington, comenzaba a respirarse algo de vida. Fue Ginny la primera en poner los pies fuera del colchón de su cama y se dirigió a la cocina con la intención de preparar el desayuno para su familia. Era reconfortante tener a Ron y a Victoire viviendo dentro de las paredes de su casa. Se sentía menos sola de esa forma, y le daban alegría a su triste existencia. James llenaba sus horas de felicidad pero también le recordaba demasiado aquello que le hacía infeliz. Sin embargo, su hermano y su sobrina conseguían que su mente estuviese más ocupada cuando se encontraba fuera del trabajo, logrando que Harry no se colase de improviso en sus horas bajas dentro de su terca y roja cabeza, como siempre solía suceder. Unos pequeños pasitos se oyeron bajar lentamente por la escalera. Ginny sonrió sin dejar de preparar el apetitoso desayuno, era James.
—Hola mami—Saludó con su vocecita infantil mientras se frotaba los ojitos.
—Hola mi amor.
Ginny dejó lo que estaba haciendo y abrazó a su hijo besándolo a continuación sobre su oscuro y despeinado cabello.
—Sabes que no debes bajar solo las escaleras. Puedes caerte y te harías mucho daño—Le regañó sin elevar el tono de voz, pero con el rostro muy serio.
James torció el gesto mientras se sentaba con dificultad sobre su elevada sillita de madera.
—¿Haces tortitas?—Inquirió con afán de desviar el enfado de su madre y evitar así que continuase con su regañina.
—Así es, a tu padrino le vuelven loco—Argumentó Ginny, intentando no sonreír, sabiendo cuales eran las intenciones que ocultaba la absurda pregunta de su hijo.
—A mí también—Afirmó el pequeño.
James adoraba a Ron, y éste daba su vida por aquel muchachito de tres años. Cuando Ginny y Harry le ofrecieron ser el padrino de su bebé, Ron casi lloró de la emoción y no dudó un solo instante en aceptar tan grato ofrecimiento. Desde ese día se creó un vínculo especial entre ambos, a pesar de la innegable diferencia de edad. James imitaba en todo a su tío, era su ejemplo a seguir, y Ginny siempre dudaba si era saludable para su pequeño que pretendiese copiar a su padrino constantemente. Porque aunque Ginny sentía debilidad por Ron, a pesar de que cuando eran niños siempre lograba sacarla de quicio, también debía admitir que los pequeños defectos de Ron superaban en número a sus grandes virtudes, y James imitaba de igual forma lo bueno y lo malo de su pelirrojo padrino. De todas formas, Ginny decidió no preocuparse aun por eso, James sólo tenía tres años y esperaba que cuando llegase a tener casi treinta como Ron, su cabeza estuviese un poco más amueblada que la de su terco e inseguro hermano.
Vertió un par de cucharadas de azúcar en el café recién hecho y se acercó a la ventana de su casita en Aldrige, en el cosmopolita distrito de Notting Hill, con la taza caliente en la mano. Pudo ver a través de los cristales como la gente caminaba por la acera y paseaba en bicicleta bajo la sombra de los olmos. Era un día inusualmente soleado y caluroso para estar en la segunda semana de Septiembre. Sus verdes ojos se quedaron fijos en una pequeña familia que pasaba justo frente a su ventana. Se sentía más solo que nunca. Aquella casa le venía grande, sobre todo cuando James no la llenaba con sus risas y sus continuos juegos. Harry necesitaba a ese niño cerca de él. El pequeño era el único capaz de hacerle olvidar lo vacío que encontraba desde que Ginny le pidió el divorcio. Y Harry no soportaba la soledad, porque esa sensación lo había acompañado toda su vida desde que con apenas un año quedó huérfano y fue a vivir a Surrey con sus tíos y su primo Dudley. Ninguno de ellos le dedicó el tiempo y el cariño que él necesitaba, y siempre se sintió sólo aun estando acompañado. Un poco antes de cumplir la mayoría de edad dejó para siempre el hogar de sus tíos, y ahora únicamente mantenía una relación cordial y casi amigable con su primo. Por aquel entonces, Harry necesitaba unas vacaciones en un lugar en donde nada pudiese recordarle a su anterior vida y pensar únicamente en lo nuevo que comenzaba a vivir...
Corría el mes de Junio, acababa de finalizar sus estudios en un instituto de Surrey y se dirigía a Londres para ingresar en la universidad. Una vez allí se quedaría en alguna residencia de estudiantes del campus y viviría de la pequeña herencia de sus padres y de lo que ganase con algún trabajo extra. Sin saber cómo ocurrió el destino quiso que el viejo coche de Harry se quedase sin gasolina cerca del pintoresco pueblo de Ottery, y no tuvo más remedio que acercarse a pie a la primera gasolinera que encontrase en su camino. No tardó en llegar, y fue allí donde vio un anuncio en el que una familia ofrecía una habitación para quien quisiera alquilarla. Harry no tenía intención de quedarse a pasar sus vacaciones en aquel pequeño pueblo, sin embargo pensó que el lugar quedaba muy cercano al mar y no iba a estar nada mal pasar los meses más calurosos del año allí. Ottery St Mary, más conocida simplemente como "Ottery" era una de las ciudades más antiguas e históricas de Inglaterra, protegida por colinas y rodeada de pintorescos pueblos. Se encontraba situada en el distrito de East Devon de Devon, cerca de un río, a unos diez kilómetros al este de Exeter y con una población que apenas sobrepasaba los siete mil habitantes, pero muy, muy cercana al mar. Así que esa fue razón suficiente para que Harry decidiese buscar la dirección de aquella familia. De esa forma conoció a los Weasley, a todos, y aquel verano se convirtió en la época más feliz de su vida. Se dio cuenta que era posible tener grandes amigos, como Ron con el que a pesar de ser completamente diferente congenió desde el primer día. Y esa amistad perduró aun cuando Harry dejó el hogar de los Weasley para instalarse en Londres. Solía visitarlos por navidad y durante las vacaciones de verano, y ellos lo trataban como a uno más de la familia. Sin embargo entre Ginny y él no hubo amor a primera vista, y fue únicamente al año siguiente en el momento en que la pelirroja se trasladó a Londres para ingresar en la universidad cuando Harry comenzó a notar que la chica no le era indiferente y que no le gustaba nada que saliese con otros muchachos, como Dean Thomas. Dean y Ginny se conocieron el primer año universitario de ella y comenzaron a salir juntos, su relación duró más de lo que Harry pudo soportar. Y un buen día, cuando Ginny se graduó, Harry le confesó lo que sentía por ella. Eso sembró en la joven un mar de dudas porque desde hacía algún tiempo sabía que su aprecio por el discreto joven de ojos verdes había aumentado considerablemente. Ginny puso fin a su relación con Dean, que no tuvo más que aceptarlo y resignarse. Unos meses después, Harry y Ginny se hicieron novios y tras un par de años de noviazgo, pusieron broche de oro a su relación casándose en la hermosa iglesia parroquial St Mary en Ottery. La culminación de su felicidad vino un año después cuando Ginny dio a luz al pequeño James Potter...
Harry continuaba con la mirada fija en la calle que se veía desde su ventana. La pequeña familia ya había desaparecido y su café comenzaba a enfriarse. ¿A dónde había ido a parar toda aquella felicidad que sintió una vez? Ya no quedaba nada de aquellos buenos momentos. Hacía más de un año que no tenía contacto con la familia de su ex mujer. No soportaría mirar a los ojos de Molly después haber hecho lo que hizo. Ni siquiera tenía la certeza de que su gran amistad con Ron aun continuase. Él deseaba saber su versión, pero su versión no estaba muy alejada de lo que probablemente Ginny le había contado a los Weasley. Se llevó la taza a los labios y bebió un sorbo escupiéndolo al instante. El café se había enfriado, igual que se había enfriado su amistad con Ron. O tal vez no. Debía averiguarlo, saber si su mejor amigo aun seguía siéndolo. Se apartó lentamente de la ventana con aire pensativo. Si Ron deseaba saber su versión de lo que sucedió, él se la daría. Y después sabría si esa amistad era tan fuerte como siempre había pensado que sería. Sin más preámbulos, dejó la taza fría sobre la encimera de la cocina y después de vestirse, abandonó su casita con el valor suficiente para hablar con el pelirrojo y aclarar al fin las cosas entre ellos. Sin embargo ese valor fue menguando a medida que avanzaba por las calles hacia el metro que lo llevaría a la zona donde vivía Ginny. Cruzaba en ese instante el distrito de Kensington y Chelsea. El sol le pegaba con fuerza en la cara. Ya no caminaba con tanta rapidez y decisión. Temía que Ron no reaccionase como él esperaba. Le daba pavor sentir que también lo perdía a él si este no aceptaba su explicación y no le perdonaba su fatídico error. Tragó saliva, ya no deseaba hablar con Ron. Sin proponérselo, Harry terminó en Pitt St, justo delante de la puerta del apartamento donde residía Hermione. No lo dudó y tocó suavemente en la puerta con los nudillos.
—Harry.
Cormac había abierto la puerta. Iba ataviado con ropa informal nada parecido a cómo solía ir vestido en un día no festivo. Llevaba puesta una camiseta gris de manga corta y un pantalón de chándal a juego. Por su atuendo parecía que iba a correr o a hacer ejercicio.
—Hola Cormac… ¿Ibais a salir?
—Yo sí, voy a hacer un poco de footing por el parque.
—¿Hermione no te acompaña?
—¿Hermione?—Rió sonoramente—Ese nombre y la palabra deporte no van unidas Harry. Pasa está en su despacho trabajando, como siempre.
Cormac dejó a Harry espacio para que pasara, y luego tras despedirse, salió de su casa silbando alegremente. El joven caminó lentamente por el pasillo del apartamento hacia el despacho de su amiga y pronto escuchó el monótono sonido que producía el teclado de Hermione. Para no asustarla golpeó suavemente con los nudillos antes de pasar, a pesar de que la puerta se encontraba abierta. Hermione contestó sin mirar a la persona que entraba.
—Pasa.
—No deberías trabajar tanto Hermione, pasas más de la mitad de tu vida frente a esa pantalla.
La joven dejó de mirar hacia su ordenador al percatarse que aquella voz de hombre no pertenecía al que compartía su vida con ella en aquella casa.
—¡Harry! Cielos que sorpresa ¿Qué haces por aquí?
—Aun no lo sé. Te mentiría si te dijese que he venido expresamente a visitarte. Salí de casa con una idea en la cabeza y la perdí por el camino.
Hermione frunció el ceño sin comprender ni una sola palabra. Dejó a un lado lo que estaba haciendo y se acercó a él pasándole una mano por el brazo obligándolo a seguirla.
—Vamos, sentémonos en el sofá y charlemos un poco.
Y así juntos llegaron al salón. Era un espacio amplio, como el resto de las habitaciones de la casa. Harry lo recorrió con la mirada, demasiado frío. Siempre había pensado que la casa de su mejor amiga no tenia ningún parecido con lo que él consideraba un verdadero hogar. No como lo que había conocido cuando vivió en casa de los Weasley, o cuando fundó su familia junto a Ginny. No había vida en aquella casa que pasaba solitaria la mayor parte de las horas del día. Harry no se sentó, estaba nervioso y no podía quedarse quieto. Se liberó del brazo de Hermione y comenzó a caminar un poco por la enorme estancia, parándose de vez en cuando frente a algún retrato y mirándolo abstraído sin verlo siquiera. Luego emitía un profundo suspiro y se alejaba de la imagen volviendo a caminar por la habitación. Hermione tampoco tomó asiento, se quedó de pie con los brazos cruzados sobre el pecho sin quitar el ojo del extraño recorrido que hacía su amigo. Harry estaba más triste que nunca y ella no sabía que hacer o que decir para aliviar un poco su pesar.
—¿Cuándo lo superarás?—Preguntó con voz suave sin apartar de él su mirada.
Harry se detuvo una vez mas y volvió a suspirar. Tragó saliva con dificultad y sus ojos se humedecieron. Hermione sintió que se le encogía el corazón.
—No soporto verla junto a Dean, otra vez.
—Ginny y Dean no están juntos. Si fuese así yo lo sabría.
Harry le sonrió con melancolía, entendiendo que Hermione trataba de darle ánimos sin saber que no iba a conseguirlo.
—Tengo que hablar con Ron—Musitó.
—¿Ron?... ¿Te refieres al camarero?—Inquirió la joven frunciendo el ceño.
—Sí, me refiero al hermano de Ginny. Quiere una explicación de lo que sucedió y yo debo dársela.
—¿Por qué? Harry te equivocas, tú no le debes nada a nadie—Añadió Hermione mientras se acercaba al joven.
—A él sí. A Ron mas que a nadie. Es mi mejor amigo, casi como un hermano. El padrino de James, al que tú adoras. Y no sé cual será su reacción.
—Ginny ya le habrá contado la verdad, y no varía mucho de la tuya…
—¡Pero él quiere oír la mía!—Harry subió inconscientemente el tono de voz.
—¿Para qué? No, no contestes, te lo diré yo. Para tener una excusa de poder insultarte a gusto y desquitarse así de lo que ocurrió con Ginny…
—¡No Hermione! ¡Te equivocas! Tú no lo conoces. Ron no es así, él quiere creerme. No desea juzgarme sin que yo me explique antes. Pero si mi explicación no le convence, entonces además de perder a mi esposa, habré perdido también a mi mejor amigo—Concluyó respirando con tanta violencia que casi le costaba hablar.
Hermione no supo que decir. Era asombroso el ímpetu con el que Harry defendía a ese pelirrojo entrometido y ella no podía rebatirle, ni impedir que fuese a hablar con él. Porque como Harry muy bien había dicho, ella no conocía a Ron absolutamente de nada. Pero no deseaba que nadie le hiciera daño. Harry estaba ya demasiado herido y algo le hacía desconfiar de Ron. Su experiencia con aquel joven pecoso no había sido muy buena y le tenía un poco de recelo. Temía que su mejor amigo saliese aun mas herido después de que mantuviese una conversación con el hermano de Ginny.
—¿Es tan importante para ti hablar con él?—Preguntó ella mientras se sentaba en el sofá. Harry asintió. Hermione tomó aire y luego lo expulsó lentamente—Entonces hazlo.
—Tengo que llamarlo antes. No puedo ir a casa de Ginny, lo sabes—Murmuró mientras sacaba del bolsillo de su pantalón su teléfono móvil y marcaba con dedos temblorosos un número.
Hermione seguía sin estar de acuerdo con aquella llamada. Solía fiarse mucho de la primera impresión que le causaba una persona al conocerla y su primera impresión sobre Ron Weasley no había sido precisamente buena. No entendía que podían tener en común dos personas tan dispares como esos dos hombres para considerarse tan buenos amigos. Era incapaz de razonar porque para Harry era tan importante la opinión de Ron en todo aquel asunto ¡Por el amor de Dios! Harry era idiota, se trataba del hermano de su ex esposa. Hermione no tenia dudas de a favor de quien inclinaría Ron su balanza y difícilmente sería a favor de Harry. Oyó como su amigo quedaba en un conocido restaurante cerca del Tamesis con el joven Weasley y como, a juzgar por el rostro aliviado de Harry, éste no ponía objeciones para la cita. Luego colgó, besó a Hermione en la mejilla y abandonó la casa cerrando con delicadeza el portón de la entrada. Hermione se pasó resignada la mano por el rostro y por el cabello, resopló y se hundió entre los suaves cojines del sofá sabiendo que al día siguiente, en la oficina, tendría que ser una vez más el hombro sobre el que Harry volvería a llorar.
Arrastraba las orejas olisqueando con desidia el asfalto de la conocida Halsmere Road en el barrio londinense de Lambeth. Era un Basset Hound blanco con enormes manchas de color canela. Sus cortas patas caminaban con paso lento, al lado de su desesperada dueña. Luna siempre pensó que aceptar aquel regalo de hocico húmedo y toneladas de piel había sido un grave error. Su padre lo hizo con muy buena intención para que su hija tuviese algo mas en que ocupar su mente que en el estresante trabajo al que se dedicaba. Y de esa forma, un día de Navidad de hacía tres años, Nargle llegó a su vida envuelto en un estrambótico lazo azul. Resultó ser obstinado, perezoso, y prefería comer y dormir a ejercitar su robusto cuerpo. Y nunca en ningún caso y bajo ningún concepto le obedecía, y ella continuaba sin acostumbrase a que aquel animal le llevase siempre la contraria. Siguieron caminado con lentitud por la misma calle. La gente pasaba por su lado y la saludaba alegremente. Lambeth era su barrio, el lugar donde compartía hogar con su padre, Xenophilius Lovegood y aquella su calle, donde se ubicaba su casa familiar. Vivir con su progenitor era prácticamente vivir sola. El señor Lovegood dirigía un periódico El quisquilloso, donde se publicaban noticias extravagantes y atrevidas. La publicación que nadie solía comprar, pero que paradójicamente, arrasaba en ventas. Y pasaba la mayor parte del día encerrado entre las cuatro paredes de su periódico. Eso, unido a la muerte de su madre cuando era una niña de apenas nueve años, había conseguido que Luna Lovegood creciese con un amplio concepto de lo que significaba ser una persona con ideas propias, independiente y autosuficiente. Tiró con fuerza de la correa del testarudo animal que había vuelto a detenerse, y la miraba con sus ojitos lagrimosos y melancólicos.
—¡Maldita sea Nargle, muévete de una vez!—Exclamó tirando del trozo de cuero con mas fuerza.
Pero el perro no se movió y dejó clavadas en el suelo sus cuatro patas recubiertas de piel colgante. Luna tiró una vez mas, refunfuñó, maldijo varias veces haciendo hincapié en el origen de la raza del animal para luego darse por vencida y sentarse en el escalón de la acera junto a Nargle, que continuaba mirándola de la misma forma.
—Tú ganas, bicho idiota.
Entonces Nargle ladró con fuerza y se oyeron risas detrás de su espalda. Luna torció el cuello para averiguar quienes se mofaban de ella y entonces se dio cuenta que tal vez no debió haberse girado.
—No lograrás sacar provecho de él si sigues hablándole de esa forma.
Era Rolf, su aterciopelada voz logró enfadarla aun más.
—Llegó el que todo lo sabe.
—No seas sarcástica conmigo Luna, sabes que no me molesta que lo hagas así que ahórratelo. ¡Ven Nargle, ven aquí muchacho!—Llamó al perro dándose unos golpecitos en las rodillas.
Como si no se tratase del mismo animal tozudo y desobediente, el perro salió disparado hacia el joven que comenzó a acariciarlo con ternura y vivacidad. Luna chasqueó la lengua y se cruzó de brazos sin levantar su trasero de la acera.
—¡Cielos Rolf! No dejes que ese animal te ensucie el pantalón con sus patas.
Las tripas de Luna se encogieron y comenzaron a retorcerse como si fuesen una serpiente mudando su escamosa piel. Era ella, Susan, la insoportable novia de Rolf.
—No pasa nada cariño—Dijo él sin dejar de acariciar al entusiasmado perro. Susan lo miró con un gesto de reprobación dibujado en su pecoso rostro, así que pronto cambió de opinión—De acuerdo, Nargle baja al suelo, vamos, vamos.
Luna no pudo aguantar por más tiempo sentada, y de un brinco se puso en pie. Vivir en Lambeth le gustaba, era un barrio bonito con las fachadas de las casas decoradas con ladrillos vistos y sus avenidas ensombrecidas por las enormes copas de los árboles que salpicaban los acerados. Era un ambiente encantador y melancólico. Le gustaba aquello, pero lo único que no soportaba de aquel hermoso lugar era simplemente que Susan y Rolf también vivían allí. No en su misma, pero si muy próximos a ella, y solía encontrárselos constantemente paseando juntos. Rolf era su amigo, lo había sido desde que comenzaron a trabajar juntos y él se mudo a Lambeth. Luna lo adoraba, era un chico tierno, fiel y sensato. Y siempre le había deseado lo mejor en la vida. Pero su deseo no se había cumplido porque un buen día Susan Bones se cruzó en su camino. Rolf era tan adorable y manejable que una personalidad así en manos de una mujer como Susan era peligroso. Ella lo anulaba por completo, Rolf no tenia mas opinión que la que tuviese su querida novia. Ella dirigía su vida y también la de él, y aquello molestaba sobremanera a Luna, que creía fervientemente que las personas podían enamorarse sin necesidad de subyugarse al otro. No, Luna no estaba enamorada de Rolf, pero era su amiga y deseaba que fuese feliz y algo dentro de ella le decía que a pesar de aparentarlo, él no era dichoso y que tal vez aun no se había percatado de ello, porque simplemente Susan no le había dado la oportunidad, el espacio, y el tiempo suficiente para que pudiese comprenderlo.
—Hola Rolf. No entiendo cómo eres capaz de lograr que este perro cabezota te haga caso. Eres el único que lo consigue—Comentó Luna mientras se acercaba a la pareja intentando no mirar demasiado a Susan.
—Con cariño Luna, todos lo necesitamos y los animales no son una excepción—Puntualizó el joven agarrando por un extremo la correa de cuero de Nargle y entregándosela a su amiga.
—¿Crees que no soy cariñosa con él?
Susan bufó y rodó los ojos como si la pregunta fuese absurda porque la respuesta era demasiado obvia. Luna frunció los labios y apretó con fuerza la tira de piel que tenía en las manos.
—Yo no he dicho eso, creo que no le tienes paciencia—Aclaró Rolf notando como se creaba una incómoda tensión entre las dos mujeres.
Luna sonrió, aceptando que el joven tenía mucha razón en su observación. Se produjo de repente un desagradable silencio entre los tres. La sensación de que alguien sobraba allí comenzó a apoderarse de Luna, pero tenía una cosa clara, ella no era la que estorbaba. Aun así, tiró de la correa de Nargle que sin comprender nada miraba a Rolf con excitación, deseoso de que el hombre volviese a permitirle subir a sus rodillas, por esa razón aunque notaba los insistentes tirones de su dueña no movía del lugar ni uno de los pliegues de su piel.
—Espero que disfrutéis del resto de vuestro paseo. Nos vemos mañana en la empresa Rolf… ¡Vamos Nargle! Es hora de irse.
El perro la miró unos segundos, y luego giró sus lagrimosos ojos hacia Rolf. El hombre le dio unos suaves golpecitos en la cabeza y añadió.
—Haz caso a tu dueña… vamos, muévete.
Nargle ladró y de repente comenzó a caminar. Luna miró agradecida a su compañero volviendo a su rutinario paseo dominical, intentando conseguir que el perro mantuviese el paso junto a ella.
—Ni siquiera se digna a saludarme. Me gustaría saber qué es lo que tiene contra mí. Tengo una vaga sospecha—Comentó Susan mirando a su novio de arriba abajo.
—Olvídalo porque no es lo que piensas ¿O acaso estás celosa?
—¿De Luna Lovegood? ¿Bromeas? Tú jamás te fijarías en alguien tan amargado como ella, pero eso no significa que ella no sienta algo más por ti.
Rolf rió a mandíbula batiente, su novia lo miró con incredulidad. No era un chiste lo que había pretendido decir, así que no entendía a qué venía aquella carcajada. Sin añadir nada más, Rolf pasó un brazo por los hombros de su pelirroja novia y la empujó levemente para que caminase junto a él. Pronto se perdieron por la esquina contraria por la que había desaparecido Luna y su testarudo Nargle.
Se había hecho un lío terrible con el metro y por eso llegaba casi media hora tarde. Esperaba fervientemente que su amigo no se hubiese marchado del restaurante pensando que él no había querido acudir a la cita. Por suerte no fue así, y cuando Ron cruzó la puerta del local, Harry aun seguía allí, sentado a la mesa con una copa de agua fría frente a él. Era un lugar sencillo muy cercano al Rio Tamesis. Predominaba la madera de roble en la decoración y la moqueta escarlata en el suelo. Harry levantó una mano para llamar la atención de su amigo. Estaba nervioso, y sentía como su corazón le palpitaba con rabia percibiendo cada latido en su cuello. Era extraña esa sensación, sobre todo con Ron, con el que las cosas siempre habían sido muy sencillas.
—Siento la tardanza. Aun me cuesta acostumbrarme a esta ciudad—Se disculpó el pelirrojo extendiéndole la mano a Harry—Me alegro que no te hayas marchado.
—No te preocupes, imaginé que te había ocurrido algo así… ¿Quieres tomar algo?
—Una cerveza, muy fría, estoy muerto de sed.
Harry chasqueó los dedos y el camarero llegó presto a la mesa, apuntó su pedido y se marchó inmediatamente. Ron dejó su chaqueta sobre el respaldo de la silla, y luego se sentó mirando con impaciencia el lugar por donde se había ido el camarero.
—¿Qué tal está Victoire?—Preguntó Harry para romper el hielo.
—Si la vieses no la reconocerías. Ha crecido mucho en este último año. Está tan bonita como su madre, por eso Bill casi ni puede dormir. No quería que viniese, sólo tiene dieciséis años, pero ya sabes lo cabezota que somos los Weasley y a pesar de su delicado aspecto francés, Victoire es casi más Weasley que cualquiera de nosotros.
Harry rió ante la observación de su amigo. Ron divisó al camarero que se acercaba con su jarra de cerveza helada. Casi no tuvo tiempo el hombre de dejarla sobre la mesa cuando el pelirrojo ya la engullía con avidez dejándola casi por la mitad.
—No imaginas lo que he corrido para intentar llegar lo menos tarde posible a esta cita.
—¿Sabes porque estamos aquí?—Inquirió Harry mirando a Ron fijamente a los ojos.
—Creo que sí. Supongo que para mantener una conversación pendiente entre nosotros.
—Así es… Y puedo asegurarte que no es nada fácil para mí…
—Lo sé…
—No, no lo sabes Ron. No puedes ni siquiera imaginarlo, pero debo hacerlo ¿Prefieres que comamos antes algo, o vamos directo al grano?
—Yo soy más comprensivo si tengo el buche lleno—Apuntó Ron con una media sonrisa.
Harry asintió y con un nuevo chasquido de dedos llamó la atención del camarero que no tardó ni medio segundo en regresar a la mesa. Anotó sus pedidos y en menos de media hora Ron ya hincaba el diente a su enorme filetón de buey asado. Harry por el contrario solo había pedido un poco de ensalada, y lo único que hacía era marear los tomates Cherry y las endivias de un lugar a otro del plato. Era incapaz de tragar nada porque el corazón hacía rato que se había instalado en la boca de su estómago. A pesar de no quitar las manos de su enorme filete, Ron tampoco apartaba la mirada de su abatido amigo. Entendía que para Harry aquella situación no era nada sencilla y por esa razón decidió no alargar más la agonía del que hasta hacía poco había pertenecido a su familia. En tres bocados terminó con su comida y dijo mientras apuraba el resto de la jarra de cerveza, y se limpiaba con una servilleta los labios.
—Muy bien Harry, soy todo oídos.
Harry, sobresaltado, dejó caer bruscamente el tenedor sobre el plato de ensalada. Tragó ruidosamente saliva, había llegado el momento de enfrentarse a aquello que no deseaba volver a revivir y mucho menos delante de Ron. Sin embargo necesitaba hacerlo, porque eso liberaría un poco mas la carga que guardaba en su interior. Con un suave movimiento empujó el plato de verduras alejándolo de él, colocó los codos sobre la mesa, entrelazando los dedos de las manos y frotándolas con ansiedad. Luego tomó aire, miró a Ron a los ojos y toda su verdad comenzó a visualizarse una vez más dentro de su martirizada mente…
“Nada indicaba que aquel once de Julio de hacia un año, iba a significar el principio del fin de su feliz existencia. Llevaban meses preparando aquella despedida de soltero. Neville se casaba con Hannah su novia de toda la vida desde que dejase el colegio. Llevaban tanto tiempo juntos sin concretar nada, que aquella fiesta debía ser sonada. Las chicas habían organizado la suya propia el mismo día que los chicos. El clima parecía estar de su lado porque había sido un día perfecto y la noche se presumía inmejorable. Ginny se despidió de Harry con un beso, agarró su bolso y después de llamar a la niñera para asegurarse que James ya dormía en casa de ésta, abandonó el hogar familiar y se subió al coche de Hermione, que impaciente había hecho sonar el claxon al menos cinco veces. Rolf, Dean y Seamus no tardaron en tocar al llamador de su puerta y los cuatro pusieron rumbo a la casa de Neville.
Cenaron en un restaurante muy conocido en la plaza de Piccadilly Circus en el distrito de Westminster. Aquel era un marco ideal para una celebración como la que aquellos hombres se disponían a llevar a cabo. El plan era sencillo, comer en un buen restaurante, tomar unas copas en un Pub de moda y terminar la noche en algún local de streeptess femenino, en donde poder reírse a gusto del mal trago que harían pasar al tímido de Neville cuando alguna de las chicas semi desnudas se sentase sobre sus rodillas. Y así lo hicieron, la cena fue todo un éxito, comieron, bebieron, cantaron y rieron a placer. Las copas en el Pub estuvieron aun mejor, incluso Neville se atrevió a bailar en el centro de la pista aunque los demás prefirieron no haber tenido que presenciar tal atrocidad. Para ese entonces todos iban más que alegres gracias a las elevadas dosis de alcohol, y al hecho de que no tomaron la misma bebida durante todo el tiempo y se dedicaron a mezclar diferentes tipos de licores. Para Seamus y Dean no fue muy traumático, ellos aguantaban bastante bien las copas, pero para Neville, Rolf y sobre todo para Harry que no acostumbraban a beber la cosa comenzaba a ser preocupante. Cuando abandonaron el Pub, Neville cantaba a pleno pulmón los grandes éxitos de los Beatles y Rolf le hacía la segunda voz, desgañitándose de igual forma. Dean no podía dejar de reír con semejante espectáculo y Seamus caminaba junto a Harry, que daba tumbos de un lugar a otro con las gafas torcidas y una sonrisa boba de oreja a oreja, tropezando constantemente.
La sala de streeptess estaba hasta la bandera de hombres que solían visitar ese tipo de lugares de forma rutinaria, o que como en el caso de nuestra pandilla de amigos, celebraban algo especial. El club mostraba varios espectáculos de chicas a la vez. Neville y los suyos ocuparon un lugar cerca de uno de los escenarios donde había una barra de metal y las stripers bailaban agarradas a ella, mostrando una habilidad sorprendente para el contorsionismo. Pidieron una ronda más de bebidas y sus estados de emociones habían aumentado considerablemente. Neville estaba fuera de sí, el alcohol le había hecho perder todo decoro posible y se estiraba como un chicle para meter en la tirita del tanga de la bailarina un hermoso billete de 50 £ que la chica le agradeció con un seductor guiño. Y entonces apareció lo que luego se convertiría en la pesadilla y el grave error de Harry. La sexy camarera que traía la ronda de bebidas que habían pedido. Llegó casi pasando desapercibida, los cinco pares de ojos masculinos estaban centrados en la chica que subía con destreza por la fría barra metálica. La joven fue depositando las bebidas sobre la mesa con pausa, la suficiente para que los chicos se percatasen de su presencia. Una vez cumplido su cometido la camarera se marchó agitando sugerentemente sus caderas hipnotizando con aquel contoneo a los cinco hombres.
—¡Eshte sitio me gushta!—Vociferó Neville en el oído de Dean y volvió a sacar otro billete de su bolsillo, esta vez un poco inferior introduciéndolo una vez mas en la ropa interior de la joven que bailaba.
Dean sonrió y miro de soslayo a Seamus que se mantenía casi tan sereno como él. Ambos rieron de forma cómplice al ver lo entusiasmado que se mostraba el homenajeado. Terminaron la ronda de bebidas, y Dean propuso pedir una más y marcharse a casa. Los relojes estaban a punto de marcar las tres de la mañana y el estado de sus compañeros no estaba ya para mucha más fiesta. Entonces regresó la misma camarera y anotó una vez más el pedido, el que sería el último de aquella fatídica noche...”
—Recuerdo que ella trajo las bebidas, recuerdo que hablamos… y luego, los gritos de Ginny me despertaron y… aquella camarera estaba tumbada junto a mí, en nuestra cama, desnuda.
Ron cerró los ojos y emitió un fuerte resoplido. Harry le había contado la misma versión que Ginny. Intentó calmarse, mantuvo el silencio durante unos segundos y luego inquirió con voz seca.
—¿Qué pasó en el espacio de tiempo desde que hablas con esa mujer y Ginny os encuentra juntos?
Harry se frotó con desesperación el rostro y luego el cabello. Ron tensaba la mandíbula y también los puños a espera de la respuesta de su amigo.
—No lo sé Ron, ojala pudiese recordarlo, pero por mas que lo intento ningún instante de esos momentos perdidos regresan a mi memoria… ¿Entiendes cómo me siento? Todo parece indicar que le fui infiel a Ginny, pero… me conoces Ron, sabes que sería incapaz de hacerle daño. Me torturo día a día pensando que tal vez no sucedió nada entre esa chica y yo, que todo fue un error, un malentendido que no llegamos a subsanar y si fue así, si perdí a Ginny por nada… No sé Ron, no se que lo haría.
—¿Y Neville, Dean, tal vez Seamus, pueden dar certeza de que abandonaste el club con ella?
—Ninguno de ellos me vio abandonar el local, cuando fueron a darse cuenta yo ya no estaba allí.
Ron se pasó pensativo y confuso la mano por su rojo cabello. Resopló con fuerza y luego añadió mirando fijamente a los llorosos ojos de su amigo.
—Quiero creer que no traicionaste a mi hermana Harry, pero nada está a tu favor. Amaneciste con aquella mujer en tu cama. Ginny la vio, fue testigo con sus propios ojos de tu supuesta, dejémoslo así, infidelidad...—Hizo una pausa, quedándose una vez mas envuelto en sus pensamientos y en su confusión. De repente, sus azules ojos se abrieron desmesuradamente y exclamó—¡La chica! La camarera esa. Ella debe saber bien que sucedió, Harry deberías buscarla. Ir al lugar donde trabajaba y preguntarle si…
—Cuando tu hermana nos descubrió la camarera huyó de mi casa despavorida—Harry no dejó que Ron siguiese hablando. El pelirrojo, lejos de molestarse por la interrupción de su amigo, puso interés en lo que éste iba a contarle—Y Ginny también se fue sin dejar que le diese ninguna explicación, de todas maneras no hubiese podido explicar algo que desconocía. Me olvidé por completo de la camarera. Mi única prioridad era tratar de alcanzar a Ginny y convencerla para que volviese a casa. Se había refugiado con James en el apartamento de Hermione, me costó días convencerla de que tal vez no había ocurrido nada entre aquella chica y yo, que no lo recordaba y que probablemente todo se debía a un mal entendido. Le rogué, le supliqué que me diese el beneficio de la duda, por nuestro matrimonio, por nuestro hijo. Al principio se negó, pero luego, gracias a la intervención y a los consejos de Hermione, el corazón de Ginny se fue ablandando y me dio la oportunidad de contarle lo que sucedió aquella noche. Ella misma sugirió que fuésemos a hablar con aquella mujer para que nos aclarase la verdad. Y así lo hicimos, fuimos a ese local, pero ella ya no estaba allí. Justamente el día después de lo sucedido en mi casa, había renunciado al trabajo. El dueño del lugar no supo darnos una pista concreta de su nuevo paradero y de esa forma, ni Ginny ni yo pudimos aclarar nunca lo que realmente sucedió. Ni siquiera soy capaz de recordar su rostro, creo que si me la cruzase por la calle, no podría saber que es ella. Ginny decidió darme una segunda oportunidad y durante los dos meses siguientes continuamos nuestra relación. Pero la duda seguía allí, haciendo mella entre nosotros, hasta que la situación se tornó insostenible. Ella perdió toda confianza en mí Ron, y sin confianza, no hay nada. Ginny me pidió el divorcio, lo demás ya lo sabes.
El pelirrojo se mantuvo callado y pensativo analizando cada una de las palabras que le había relatado su amigo. Harry notaba el corazón palpitándole en la garganta, Ron deseaba creerle, eso era buena señal, pero todo estaba en su contra y él no tenía forma de demostrar que no era un maldito traidor. El silencio de Ron comenzó a ser asfixiante para Harry.
—Disculpen ¿Van a tomar postre los señores?
La voz inoportuna del camarero logró que tanto Harry como Ron diesen un leve brinco en sus asientos.
—No gracias, yo no tomaré nada mas—Dijo Ron fríamente sin levantar la vista hacia el camarero.
—Yo tampoco—Añadió Harry sin apartar los ojos de su ex cuñado.
—Como gusten, ¿Desean la cuenta, entonces?
Ninguno de los dos habló, solo movieron levemente la cabeza en un gesto que el camarero entendió como un sí, por eso se retiró al instante.
—¡Maldita sea! ¡Diablos!¡Mierda!—Mascullaba Ron por lo bajo, dando pequeños golpes sobre la mesa.
Harry tragaba saliva con dificultad, su amigo comenzaba a cambiar de humor. Parecía muy enfadado. Tuvo la sensación de que Ron no iba a confiar en él y su amistad terminaría justo en la mesa del aquel restaurante a orillas del Tamesis. Ron dejó de farfullar maldiciones y blasfemias. Carraspeó un poco, el corazón de Harry se aceleró hasta sobrepasar los límites de lo permitido.
—Harry…
—¿Sí?—Le tembló la voz, todo estaba a punto de terminar, se quedaría aun más solo que antes.
—Ginny es mi hermana, mi única hermana. Todo lo que a ella le hace daño, también me lo hace a mí. Sabes que daría la vida por ella y por su felicidad. Ginny no es feliz, lo veo día a día. Y tú eres el único culpable de esa falta de dicha—Harry cerró los ojos y apretó la mandíbula, era terrible escuchar eso de los labios de Ron, era el fin—Sin embargo, soy incapaz de no confiar en ti Harry. Creo que no le fuiste infiel a mi hermana, porque simplemente eres la persona más fiel y sincera que conozco, y no sólo con ella sino conmigo y con mi familia. Estoy tan seguro de ello que te diría que yo te traicionaría a ti antes que tú a mí. A pesar de las apariencias, a pesar de que nada está a tu favor, yo voy a creer que no hiciste nada que te haga dejar de merecer mi amistad. Tengo dos opciones pensar mal de ti o bien, y he decidido pensar bien Harry, porque te conozco lo suficiente para poner mi mano en el fuego por ti. Puedes contar conmigo para el resto de tu vida, aunque sé que eso me traerá algún que otro problema con Ginny.
A medida que las palabras habían ido abandonando los labios de Ron, el rostro tenso y compungido de Harry había cambiado paulatinamente, hasta dejar ver en él una sonrisa de alivio y un rubor en sus pálidas mejillas.
—No imaginas lo que significa para mí este voto de confianza, gracias.
—Muy bien Harry, pero eso no quita de que de todas formas te merezcas que te de un buen puñetazo, por Ginny—Aclaró Ron con el rostro levemente ceñudo, pero una sincera sonrisa en los labios que le dio a entender a Harry que no iba a hacerlo, aunque no le faltasen ganas. Luego el pelirrojo murmuró para sí mismo—Sería perfecto que pudiésemos encontrar a esa chica.
—Aquí tienen la cuenta caballeros—El camarero había regresado.
Ron lo miró esta vez, clavando sus joviales ojos azules en el muchacho.
—¿Sabes Harry, creo que voy a tomar uno de esos postres tan deliciosos que tienen aquí?
El camarero frunció el ceño contrariado. Harry desvió sus ojos hacia el joven que ya había comenzado a retirar la cuenta de la mesa y añadió con una nota de ánimo en la voz.
—Creo que yo también tomaré uno, de pronto me ha vuelto el apetito.
Y eso es todo por ahora, espero que os haya gustado...
Nos vemos muy pronto...
Besos,
María.
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