Hola a todas, vengo a dejaros el capitulo seis. De antemano os pido disculpas por no poder contestar vuestros post, me siento horrible, pero mi pc sigue ko y dispongo de poquito tiempo para utilizar el pc portatil de mi chico por eso no puedo contestaros como os merecéis
Aquellas que escribís y contestais post sabéis el tiempo que eso requiere y desgraciadamente yo no lo tengo, lo bueno es que no siempre será así, y pronto volveré a hacerlo como siempre...
Gracias por entenderlo, y gracias a Debi, Himmel (espero tu mail
), Mara, Neftis, Olga, Romina (gracias por llegar hasta aquí wapa, verte por mi fic siempre me hace mucha ilusión), Kat, Irene, V&7a... Potter (me gustó tus cavilaciones sobre el porqué Astoria firmó aquel contrato con Malfoy jajaj!! muy buenas todas. En cuanto a lo de la chica chilena, esta perfectamente, gracias por tu preocupación <3), chii_san, Gaby, Roo (adoré que me escribieras un post largo
), rochaa felton (Bienvenida, gracias por animarte a leer este fic, a pesar de ser un AU, sé que aun cuesta leer este tipo de historias, espero que te guste), Sango, ron-hermiy, mimi, CLIO27, Montse, sayuka, Yosi_potter_weasley (prometo pasarme algún día por tu fic, pero no sé cuando podré, no depende de mí, gracias por invitarme y por leer mi fic, besos), Nay (te eché de menos a ti y a tus teorías, pero ya sabes que lo primero es lo primero y haces muy bien linda, besotes), Lupe (gracias por volver a uno de mis fics, voy a resolver tu duda sobre Victoire: creo que has entendido mal mis otros fics entonces, Victoire siempre ha sido chica, es Dominique quien es un chico, o sea si hermano y fue en La novia de Charlie. Espero haber solucionado tu duda, besos), cristinah (bienvenida, gracias por leer este fic), Lolly, y Lisi (gracias por abrirme pagina nueva
) Ahora sí una vez mas, lo siento yo mas que nadie... Os dejo capitulo nuevo: 6. 19 de Septiembre
A veces, es increíble comprobar como una misma cosa afecta de forma diferente a las distintas personas. El tiempo, esa magnitud física con la que medimos la duración o separación de los acontecimientos, y que en ocasiones nos vuelve locos, no trascurre igual para todos. Desde su llegada a la universidad, para Victoire el tiempo había pasado muy rápidamente. Sin darse apenas cuenta ya tenía una nueva amiga y su adaptación a la gran ciudad era mucho mejor de lo esperado. Había conseguido en menos de dos semanas sentirse como una londinense más, llegando incluso a no echar de menos casi nada de lo que había dejado en Ottery. Por supuesto eso no incluía a su familia a la que añoraba cada día que pasaba lejos de ellos, y tal vez también a Lenny, aunque debía admitir que a medida de que trascurría el tiempo su imagen se iba empequeñeciendo dentro de su joven e inexperto corazón.
Sin embargo para Hermione aquellas dos semanas se habían convertido en interminables. No veía la hora de la llegada de la fiesta de Bagman y mucho menos el regreso de Cedric Diggory, que estaría a punto de producirse en solo unos días. Para colmo aquella mañana de miércoles había discutido con Cormac como algo casi habitual en ellos. El motivo de la disputa se debía una vez más a la intensa e inoportuna agenda de viajes de su querido novio…
El despertador sonó y de un brinco Hermione se puso en pie. Cormac ya no estaba en la cama y el grifo de la ducha se escuchaba dentro del cuarto de baño. Miró su reloj de mesa, tenía tiempo para todo si su hombre no se entretenía demasiado como era costumbre en él. Con parsimonia sacó de su vestidor el traje que luciría durante todo aquel día, y que era tan gris y austero como su estado de ánimo. Tres días únicamente faltaban para la esperada fiesta de Ludo Bagman y desde la desafortunada visita de Malfoy unas semanas antes, el estado de nervios de Hermione había empeorado. Si Bagman no quisiese renunciar a trabajar con Astoria todo se iría al garete y ni la presencia de Diggory lograría cambiar las cosas.
—Maldito seas Draco Malfoy—musitó mientras colocaba su traje sobre la cama revuelta.
¿Qué sucias artimañas habría utilizado aquella astuta serpiente para que Astoria accediese a firmar algo tan descabellado? Conocía a la joven en cuestión y no era ninguna ingenua, por ello sospechaba que había algo más detrás de toda aquella operación y no lograba entender que era. Pero aun habría otra cosa que lograría alterar con más intensidad el estado de ánimo de la estresada joven. Y la persona que iba a causar el desastre acababa de cerrar el grifo de la ducha.
—Buenos días mi amor—saludó animadamente Cormac al abandonar el baño y únicamente envuelto con una toalla.
—Eso espero, que sean buenos—replicó ella con apatía.
El hombre movió la cabeza de un lado a otro resignado y luego se atusó el cabello con la toalla que llevaba en una mano para secarlo un poco. Hermione pasó por su lado para recoger algunas prendas de vestir y dispuesta a meterse en la ducha cuando comentó de forma relajada.
—Querido recuerda que tenemos que ir a comprar tu traje negro para la fiesta de este sábado.
—¿Fiesta? ¿Qué fiesta?
Hermione frunció el ceño y apretó los labios mirando a su casi desnudo novio con recelo.
—La de Bagman, hace un mes que sabes que iremos.
—¿Y es este sábado?
—Así es—la desconfianza de Hermione aumentó.
—No recordaba que fuese tan pronto, Hermione. No podre ir—comentó él apartando la toalla de su cabello y dejándola caer sobra la cama.
—¿Cómo? No se trata de si puedes o no Cormac, se trata de que debes acompañarme. Es uno de los requisitos de Ludo… Ir con acompañante.
El rostro animado de Cormac se tornó serio. Una de las cosas que lo sacaban de quicio era que le impusiesen lo que debía hacer. Tomó aire sabiendo que se avecinaba tormenta. En realidad él sí recordaba que tenía un compromiso con Hermione para ir a la fiesta de aquel excéntrico tipo, pero no le apetecía, y por esa razón buscó una fórmula para librarse de ella.
—Tengo un congreso médico este fin de semana. Te lo dije—mintió.
—No, no me lo dijiste.
—Sí, lo hice—volvió a mentir—, pero tienes tantas cosas en la cabeza que tal vez no lo recuerdes.
Logró hacerla dudar un poco pero pronto regresó a la lucidez contestando tajantemente.
—Recordaría algo como eso. Esta fiesta es crucial para mi empresa. Anula tu estúpido congreso.
—¡No puedo hacer eso! ¡Es importante!
—¡Lo mío también lo es!—ambos habían subido el tono de voz.
—¡Es solo una fiesta!...
—¡Te equivocas! Para mí es mucho más que eso—replicó Hermione roja como un tomate y con la vena del cuello palpitándole sin control.
—Tú lo has dicho, para ti. Yo odio ese tipo de reuniones en las que nada tengo que ver. Me aburren.
Hermione miró desafiante al hombre que aun continuaba ataviado únicamente con una toalla alrededor de su cintura, y relajando el rostro pero sin perder el color añadió.
—Ya veo. Así que es eso. Tú no querías ir de ninguna de las maneras…
—Entiéndelo, no sabía que mi congreso coincidía con tu dichosa fiesta…
—Mientes, pero estoy acostumbrada y sabía que me harías algo así. Vete a tu estúpida reunión y si el lunes no regresas, tal vez sea lo mejor para los dos.
—Hermione… no seas terca, sé que dices eso porque estás enfadada...
Pero la joven no quiso escucharlo más y de un sonoro portazo se encerró en el cuarto de baño y dejó que el agua caliente de la ducha se llevase su mal humor. Aunque no esperaba conseguirlo…
Y de hecho no lo consiguió porque nada más llegar a GAC todos pudieron notar que era uno de los peores días de la mujer. Llegó sin saludar a nadie, pisando tan fuerte que sus tacones parecían que iban a quebrar el suelo y dando portazos con cada puerta que se encontraba. El último que dio lo hizo en su despacho. Parvati tragó saliva, no iba a ser un día fácil. Harry acaba de llegar a su mesa y la secretaria no perdió el tiempo en ponerlo en antecedente de todo.
—Voy a ver qué mosca le ha picado hoy—comentó él de forma desenfadada logrando sacar una sonrisa a Parvati.
El joven desapareció tras la puerta del despacho de Hermione. No esperaba otra imagen cuando entró que la que vio. Su amiga miraba ausente por los enormes ventanales de su oficina hacia el rio que dividía la ciudad y que parecía más en calma que nunca. Harry resopló, a veces pensaba donde había quedado aquella imagen más relajada y optimista de la Hermione que conoció en la universidad, y dudaba si alguna vez volvería a ser la misma chica de antaño. Con delicadeza se acercó a ella y dejó caer una mano sobre su hombro pero sin conseguir sacarla de su ensimismamiento.
—¿Qué ha pasado?—preguntó con suavidad.
—No tengo pareja para la fiesta de Bagman, Cormac no puede, mejor dicho, no quiere acompañarme—respondió ella con desgana y la voz casi temblándole.
—Oh, vamos Hermione, ¿eso es todo?
El tono de despreocupación de Harry consiguió que apartase sus ojos del cristal y lo mirase fijamente sin dar crédito.
—¿No has oído bien?, no tengo pareja Harry. Y ese es un requisito primordial para entrar en la maldita reunión.
—Consíguete otra pareja—propuso el hombre mientras se alejaba de ella y se sentaba en el sofá blanco—. Rolf, por ejemplo.
—Ni muerta… no quiero enfrentarme a los celos de su novia. No tengo tiempo para eso. Ya sabemos cómo se las gasta Susan. Enseguida comenzará a pensar cosas raras y sin razón, como le ocurre con Luna… Olvídalo Harry, Rolf está descartado—afirmó contundentemente la joven.
Harry se encogió de hombros y luego dejó caer la cabeza sobre el respaldo del sofá mirando al techo pensativo. Hermione se apartó de la ventana para ocupar su lugar de siempre frente a la pantalla de su sufrido ordenador. Resopló con fuerza, apenas si podía pensar con claridad, miró a Harry buscando una nueva idea y entonces en su rostro se dibujo una sonrisa.
—¡Tú!
—¿Yo qué?—exclamó Harry dejando de mirar al techo al vérselas venir.
—Tú me podrías acompañar a la fiesta—contestó animada Hermione.
Harry suspiró, sabía que tarde o temprano su amiga pensaría en él para sacarla del embrollo y lo hubiese hecho de buena gana si no fuese porque tenía motivos para no hacerlo.
—No es una buena idea Hermione—la mujer lo miró confundida, no era esa la respuesta que esperaba —. Ginny también ira y no irá sola.
—¡Oh Dios mío!—Hermione se pasó la mano por la frente.
—Se sabe que irá con Dean, y si yo también voy a esa fiesta parecerá que quiero espiarlos. No será una situación fácil para ninguno. Y quiero evitarlo…, además tengo que hacerme cargo de James este fin de semana. No puedo ayudarte esta vez Hermione, lo siento.
—Muy bien Harry, no te preocupes. No te haré pasar un mal rato, ni a Ginny tampoco… ¿Y ahora qué hago?
La pregunta quedó en el aire porque Ron había llamado a la puerta y traía consigo el desayuno de Hermione como cada mañana. El joven, dio unos tímidos ´buenos días´, dejó la bandeja sobre la mesa y luego saludó efusivamente a su amigo. Hermione mantenía la cabeza entre las manos, tratando de encontrar una solución a su nuevo problema mientras escuchaba de fondo las voces masculinas. Contaba solo con dos días para encontrar a alguien apropiado para hacer las veces de su acompañante y por más que se estrujaba el cerebro no conseguía que nadie acudiese a su mente. Pensó que tal vez después de tomarse su ansiado café matutino vería las cosas con más claridad. Así que con la apatía más presente que nunca acercó una mano a la bandeja, agarró la taza y llevó el líquido caliente a sus labios. En ese instante, entre el humo, pudo ver como Ron se despedía de Harry con un afable apretón de manos y fue entonces, justo entonces, cuando tal vez llevada por la desesperación, o por el efecto que el aroma del café producía en ella, creyó ver la solución. Y sonrió para sus adentros al saber que esa solución era lo más descabellado que podía hacer, pero si era la única forma de lograr sus objetivos, lo haría.
No era su día favorito de la semana. Nunca entendía porque existían los miércoles. A su juicio era un día absurdo, porque lo único que significaba era que la semana estaba en su ecuador, ni delante ni detrás, sino en el medio y no le gustaban las cosas que se quedaban en la mitad. Reflexionaba sobre su aversión hacia los miércoles mientras veía pasar las estaciones de metro por la ventanilla. Echaría de menos a Iris, pero la joven se encontraba sufriendo las consecuencias de un enorme constipado y ya era el segundo día consecutivo que no iría por la facultad. Victoire bajó al fin en la parada de metro que la llevaba a su destino. Las primeras tres clases se le hicieron interminables. Era uno de esos días soleados ya tan difíciles de ver por aquella fecha otoñal y le enfurecía desperdiciarlo encerrada en un aula. Pero antes de la devoción estaba la obligación, regla que su madre le había inculcado desde pequeña, y ella había acatado obedientemente, al menos en la mayoría de los casos. Por esa razón cuando supo que uno de sus profesores había sufrido un percance y no llegaría a tiempo para impartir la clase siguiente, agradeció enormemente lo sucedido ya que eso le permitiría disfrutar al menos durante algo más de una hora de aquel esplendido día soleado. Primero visito la cafetería, acompañada de algunos compañeros de clase con los que había entablado buena relación. El reloj marcaba las once de la mañana en medio de todo el alboroto que siempre reinaba en el local. Los estudiantes charlaban, reían, bromeaban e incluso algunos intentaban concentrarse en un libro mientras un café cargado decoraba su mesa junto a decenas de papeles mecanografiados con notas escritas a mano en los márgenes. Victoire pasó por entre la multitud y pidió al camarero que estaba tras la barra un zumo de piña y un emparedado de atún. Mientras preparaban su pedido, la joven recorrió con la mirada el lugar, entre todos los allí presentes pudo divisar a Teddy, que charlaba muy animadamente con un par de chicas. Los compañeros que habían entrado con ella se habían ido desperdigando por el local y pronto se quedó sola. Volvió a echar de menos a Iris y pensó que a su amiga le habría gustado disfrutar de aquel descanso sentada sobre la hierba bajo la luz del sol.
—¡Disculpa!—trató de llamar la atención del chico que servía detrás de la barra y que en ese momento sacaba su emparedado del microondas ya listo para comer—. ¿Puedes ponérmelo para llevar?
El muchacho asintió y metió el pedido de Victoire en una bolsa de papel. La chica sacó su monedero, abonó el importe y luego volvió a meterlo en la mochila que su abuela le había regalado. Agarró la bolsita con la comida y abandonó como pudo la cafetería del campus. Efectivamente era uno de los mejores días desde que había puesto un pie en Londres. Buscó un lugar tranquilo, lejos del bullicio de los estudiantes y lo encontró cerca de unos árboles. Y allí se sentó, dejando a un lado sus libros y sus apuntes, colocando el bolso que le había regalado su abuela en la hierba y utilizándolo a modo de almohada. Abrió la bolsita de papel, sacó el emparedado caliente y el zumo frio, y se tumbó sobre la hierba dejando que el sol diese de lleno sobre su tez pálida mientras degustaba su comida. El emparedado duró poco en sus manos porque Victoire casi lo engulló en dos bocados. Relajada, con el estómago lleno y dejándose llevar por las cálidas caricias que los rayos del sol provocaban sobre su piel, cerró los ojos notando la luz intensa del astro rey a través de sus parpados. Era así como le gustaba estar, sintiendo lo hermoso que la naturaleza le ofrecía, valorando lo realmente importante de la vida, aquello que sus padres y sus abuelos le habían inculcado durante su corta existencia, sentirse libre y satisfecha con uno mismo. Todos sus pensamientos se desvanecieron de golpe cuando algo se interpuso entre el sol ardiente y ella. Algo o alguien, que de repente le dio sombra. Fastidiada, abrió los ojos quedándose medio cegada por la claridad del día y se incorporó sobre los codos para ver a la persona que había interrumpido su mejor momento desde que llegó a la capital.
—Me parece que esto es tuyo.
Victoire no podía creerlo, se trataba de Teddy. Su cuerpo tapaba por completo el sol dejándola en penumbras. El muchacho la miraba fijamente con una sonrisa en los labios y algo en la mano que la hija de Bill Weasley reconoció al instante.
—¡Cielos! , no es posible—exclamó mirando el objeto que sostenía Teddy.
La sonrisa del muchacho aumentó y con un gesto aproximó el pequeño monedero de Victoire hacia la joven.
—Creo que es la segunda vez que lo extravías y también la segunda vez que llega a mis manos.
Victoire tragó saliva, ¿así que lo recordaba? Teddy se acordaba de ella y de su desafortunado despiste. Alargó la mano hacia él y agarró el pequeño objeto, notando como instintivamente se coloreaban sus mejillas. No supo que decir, y ella siempre tenía respuesta para todo, sin embargo en ese instante pasaban tantas cosas por su cabeza que no sabía donde habían emigrado sus palabras. No lo entendía, ¿por qué Teddy había ocultado que se acordaba de ella? El desconcierto se apoderó de Victoire hasta que volvió a escuchar la voz aterciopelada del muchacho.
—¿Puedo sentarme contigo?
No obtuvo una respuesta hablada simplemente un leve movimiento de asentimiento con la cabeza. Teddy volvió a sonreír y ocupó el lugar del césped que estaba junto a Victoire, tumbándose bocarriba sobre la hierba. Ambos se quedaron en silencio, mientras en la cabeza de la muchacha no dejaba de oírse a puro grito preguntas, dudas y especulaciones. Hasta que comenzó a parecer una olla exprés y no tuvo más remedio que romper su silencio.
—¿Por qué has estado ocultando todo este tiempo que me conocías?
Formuló la pregunta de una vez, con la voz firme y sin mirar al chico un solo instante. Teddy frunció en entrecejo, se incorporó un poco sobre los codos y la miró desconcertado.
—Yo no he ocultado nada, en realidad no te conozco.
Los claros ojos de Victoire se atrevieron por fin a mirar al joven clavándolos en su iris castaño.
—Pero, ¿si acabas de decir que es la segunda vez que…?
—Y así es, pero hasta que llegaste a la facultad no sabía siquiera como te llamabas. Coincidimos en un tren, eso no significa que te conozca.
—Cuando Iris nos presentó debiste haberle aclarado que nos habíamos visto antes, ¿no crees?—insistió Victoire con el gesto serio porque pensaba que el joven se estaba riendo de ella.
—No lo vi necesario, de todas formas tú tampoco dijiste nada al respecto.
Ahora sí que Teddy le había pillado con la guardia baja, esta vez tenía que darle la razón. Ella también le había ocultado a Iris que lo conocía. Aun así trato de defenderse ante la respuesta del muchacho, que no perdía la calma en ningún momento.
—Creí que no te acordabas de mí.
Teddy recuperó la sonrisa perdida unos segundos antes y se incorporó completamente quedando sentado. Incluso en esa posición se percibía que el joven era mucho más alto que ella.
—Es completamente imposible no acordase de ti.
Un grupo de chicos que se habían detenido al pasar por su lado llamaron a gritos a Teddy, el muchacho levantó una mano a modo de saludo mientras los otros le animaban a reunirse con ellos. Victoire aún trataba de encajar las últimas palabras del joven, y desde que las había oído su corazón latía violentamente y su cabeza parecía completamente vacía. Jamás le había ocurrido algo semejante. Nunca se había sentido tan absurda como en aquel momento, ella siempre tenía una respuesta para todo, no se amilanaba ante nada y de pronto creyó volverse vulnerable ante la frase de Teddy. El joven se había puesto en pie, mientras sus amigos continuaban insistiendo en que se fuese con ellos. Victoire ni siquiera se dio cuenta que Teddy se disponía a marcharse hasta que su voz la sacó una vez mas de sus pensamientos.
—Siento tener que dejarte, ahora que nuestra conversación se ponía interesante. Pero los chicos y yo habíamos quedado para jugar un partido de rugbi—Victoire alzó la vista hacia él aun sin saber que decir—. Nos veremos en otro momento, espero.
—Yo también.
No acertó a decir nada mas, Teddy le dedicó una más de sus sonrisas y dándose media vuelta se marchó con aquel impaciente grupo de chicos. Ella lo siguió con la mirada y por primera vez se fijó realmente en él. Era alto, pero no delgado, imaginaba que cada músculo más o menos desarrollado de aquel joven estaba donde debía estar, o al menos eso era lo que su ropa sugería. Sus castaños ojos a veces parecían verdes y su cabello despeinado y revuelto se agitaba con una simple ráfaga de viento. Pero lo mejor de aquel muchacho no era ninguna de esas cosas que Victoire acababa de descubrir, lo impresionante de Teddy era sin lugar a dudas su sonrisa. Porque siempre estaba presente en su rostro, cuando lo vio por primera vez en el tren, en su encuentro en la cafetería con Iris y durante su fugaz conversación sentados sobre la hierba del campus. Siempre estaba allí, reflejada en su rostro. Y era una sonrisa alegre y parecía sincera. Victoire vio como el muchacho se había perdido ya de vista, sin embargo ella continuaba reteniendo en sus pupilas aquel rostro surcado por una hermosa sonrisa, sintió enormes deseos de saber cuántos misterios se ocultaba tras aquella agradable mueca y solo había una persona capaz de desvelárselos todos, y esa era, Iris Walkoswki.
Aun no podía creer que se le hubiese ocurrido semejante estupidez, era obvio que él iba a decir que no. En otras circunstancias le hubiese dado igual pero en ese momento necesitaba desesperadamente que la respuesta de aquel hombre fuese afirmativa. Se acercaba la hora en que Ron, como cada día, regresase a su oficina para recoger la bandeja del desayuno, y a cada minuto que pasaba los nervios de Hermione se tensaban aun más. Quizás era mejor desechar su idea, y buscar a otra persona que pudiese sacarla del problema en que se veía envuelta, pero ¿quién? No existía esa persona después de que Harry hubiese rechazado ser su pareja, y ahora estaba dispuesta a pedirle al hermano de Ginny que la acompañase a la reunión de Bagman. Miró de soslayo los dos sobres que iban dirigidos a ella y a Ginny con sendas invitaciones para la fiesta en su interior. Resopló con fuerza, los segundos iban pasando, y Hermione se auto convencía cada vez más de que la respuesta de Ron seria un no rotundo y si así era después de todo lo entendería. Ella no había sido demasiado cortés con aquel chico desde el mismo día en que puso un pie en el edificio, y con su proposición tal vez le daría a Ron la oportunidad perfecta para poder vengarse, pero le traía sin cuidado que él utilizase eso para reírse o divertirse a su costa si al final lograba su objetivo. El fin justificaba los medios y en el caso del proyecto de Bagman, mucho más. Se oyó un par de golpes suaves en la puerta, el cuerpo de Hermione se estremeció unos instantes recobrando rápidamente la compostura. Debía mantener la cabeza fría, buscar las palabras apropiadas y esperar la ansiada respuesta. Con la voz mucho más dulce de lo acostumbrado, dijo.
—Pasa.
La siempre pelirroja cabeza de Ron asomó con parsimonia por el umbral dejando luego que el resto de su cuerpo pasase dentro de la habitación. El joven caminó con aire desenfadado hacia la mesa donde se encontraba la bandeja con los restos del desayuno. Hermione lo observó por primera vez detenidamente. Fijó sus castaños ojos en él llegando a la conclusión que si recortaba un poco más el cabello, si se deshacía de esa barba incipiente, y si cambiaba los tejanos y las camisetas por un buen traje negro de marca daría perfectamente el pego. Tal vez su estúpida idea no fuese tan estúpida después de todo. Ron comenzó a darse cuenta que algo raro sucedía en aquella habitación porque los ojos de Hermione llevaban demasiado tiempo observándolo. Comenzó a sentirse muy incómodo. y como el pelirrojo no era tipo de andarse con rodeos, inmediatamente preguntó.
—¿Qué ocurre?
Hermione salió de detrás de la mesa y se situó a su altura sin dejar de mirarlo. El rostro de Ron se contrajo, ella continuó sin hablar pero con la mirada fija en él.
—¿Puedo saber qué demonios te pasa hoy conmigo?
—¿Qué talla usas?—Indagó Hermione.
—¿Cómo?—Ron dejó de mostrase incomodo y pasó a estar desconcertado.
Hermione resopló, no estaba empezando con buen pie, así que retrocedería al principio. Le podía la desesperación y debía tranquilizarse, y explicarle a aquel desorientado joven que era lo que deseaba de él, o todo se iría al garete.
—Necesito que me hagas un favor.
—¿Un favor? ¿Yo, a ti?—exclamó Ron con algo de ironía en la voz, su desconcierto aumentaba por momentos.
—Así es Ron, un gran favor. No tienes porque saber que el sábado tengo una reunión muy importante, pero voy a decírtelo. Es una reunión que llevo meses esperando… ¿conoces a Ludovic Bagman?
—¿Bagman? Ese Bagman que fue hooker hacia finales de los ochenta en el famoso equipo de rugby Wimbourne Wasp, ¿el gran Ludo Bagman?
—Veo que sabes perfectamente de quien te hablo. Así que también tendrás conocimiento que terminó comprando el equipo cuando se retiró, y que a partir de ahí su popularidad creció hasta el límite de llegar a crear su propia marca de ropa y complementos deportivos.
—Sí, ¿qué ocurre con él?
—Ha sido nuestro mejor cliente, y me atrevo a augurar que aun lo seguirá siendo… ¿Recuerdas las dos personas que almorzaron con Ginny y conmigo en la sala de actos el otro día?—Ron torció el gesto—. Lo sé, son difíciles de olvidar. Ellos pretenden arrebatarnos a Bagman como cliente potencial, y llevar a cabo la campaña publicitaria de su próximo proyecto que será un perfume dirigido como es su costumbre al sexo masculino, llamado London. Todo se decidirá durante la reunión que te he mencionado, este sábado…
—Un momento—Ron la interrumpió alzando la palma de su mano—, ¿qué tengo yo que ver en todo esto que me estás contando?
—Mucho, déjame que continúe y lo entenderás.
Ron se encogió de hombros y con un leve pero impaciente movimiento de la misma mano que había alzado, la animó a seguir hablando.
—Gracias. Bagman es un tipo excéntrico, si has seguido su trayectoria lo sabrás. Es bien conocido por eso, y siempre pone requisitos absurdos para acudir a sus fiestas. Generalmente le gusta ver a todos sus invitados vestidos por igual, con los colores del Wimbourne Wasp, o de dos colores diferentes para emular dos equipos rivales. Bueno es algo que nunca entenderé, pero como nos conviene pues nos adaptamos a sus exigencias. Para la fiesta del sábado ha creado dos equipos, uno de mujeres, iremos de blanco y otro de hombres que vestirán de negro. Por esa razón todos debemos acudir con pareja y nadie será recibido en la fiesta si llega solo… ahí es donde entrarías tú.
—Sigo sin entender nada.
—Mi pareja ha fallado…
Ron abrió los ojos de par en par, Hermione se percató de que el hombre lo había entendido todo al fin.
—¿Estás insinuando que te acompañe a esa reunión?
—Sí.
El pelirrojo la miró con incredulidad. Todo le parecía una absurda broma, tan solo unos días antes lo había menospreciado insinuándole que no era suficiente para alguien como la chica del book, y ahora le pedía que fuese su pareja en una fiesta del hombre más importante en el universo deportivo londinense. El mundo se estaba volviendo loco, o esa chica adicta al trabajo había perdido finalmente por completo la cordura.
—¿Por qué yo?—eso era lo primero que deseaba saber.
Hermione resopló, tenía dos opciones; mentirle y decirle que deseaba darle la oportunidad de conocer algo distinto al mundo que siempre lo había rodeado, o confesarle la verdad. Optó por la segunda opción porque la mentira nunca se le había dado bien.
—Por eliminación. Rolf, no me acompañaría ni aunque se lo hubiese pedido, cuestiones personales. Y Harry se negó porque tu hermana acudirá con Dean y él no quiere tensar mas la relación que tiene con ella… esta mañana te vi hablando con él y pensé que tal vez serias una buena opción—se detuvo para observar el rostro de Ron y su reacción, pero el joven no dio muestras de ningún tipo de contrariedad o indignación, así que continuó para formularle al fin la gran pregunta—. ¿Qué dices, me harás el favor de ser mi acompañante el sábado?
Ron no contestó, aun se encontraba analizando todo lo que aquella mujer le estaba pidiendo. Acudir con ella a una fiesta en donde se serviría el mejor vino y la mejor comida, donde podría conocer a un ídolo de su infancia, el gran Bagman, y donde se daría la oportunidad de encontrarse con algo distinto a lo que siempre había estado acostumbrado. Todo era demasiado tentador, demasiado atractivo para darle un simple no, pero no olvidaba que Hermione lo había tratado con indiferencia desde que llego a aquella oficina, y que únicamente ahora que lo necesitaba, se comportaba amable con él. Iría a esa fiesta de postín, de eso estaba completamente seguro. No desperdiciaría una oportunidad como esa, tal vez única en su vida tan corriente, pero no se lo iba a poner fácil. Ella tendría que sufrir un poco más para conseguirlo, solo un poquito más.
—Dame una sola razón por la que deba aceptar tu proposición.
Hermione, que se había mantenido tensa hasta que Ron había pronunciado aquella frase, suspiró con alivio. El no rotundo aun no había llegado y la esperanza continuaba viva.
—Te pagaré, será como un trabajo extra—creyó que eso no fallaría.
Ron alzó una ceja y sonrió de forma socarrona.
—No voy a cobrarte por un favor, dejaría de serlo entonces, y lo que tú me estas pidiendo es un favor… dame otra razón que me convenza.
La mujer tragó saliva, Ron no se lo estaba poniendo fácil y su paciencia no iba a durar mucho más. Tomó aire y trató de serenarse intentando buscar las palabras que él deseaba escuchar. Creyó encontrarlas y dijo.
—Podrás conocer a Ludo, incluso conseguir que te firme un autógrafo.
—Con eso ya contaba… otra.
Hermione estaba a punto de perder por completo la poca paciencia que le quedaba, ¿acaso el pelirrojo pecoso trataba de desquiciarla con su absurdo jueguecito? Debió hacer caso a su primer instinto cuando pensó que era una mala idea. Ron solo trataba de reírse de ella para finalmente no aceptar. No iba a dejar que la humillase por más tiempo, así que le pediría que lo olvidase todo, y ya buscaría otra forma de solucionar el problema antes de la llegada del sábado. Maldijo a Cormac en su fuero interno por estar haciéndole pasar por aquel bochornoso momento, y juró que a su regreso no le volvería a dirigir la palabra, aunque ese juramento ya lo había formulado en más de una ocasión y finalmente nunca lo había logrado cumplir. Estaba dispuesta a acabar con aquella payasada de una vez por todas y olvidarse que Ron podría ser su salvador, cuando vio sobre su mesa un trozo del book de Astoria Greengrass sobresaliendo por debajo de unos documentos que Parvati aun no había ido a recoger. La bombilla que creía fundida en su cabeza se encendió de repente con una luz cegadora.
—Astoria Greengrass, ella estará allí… ¿Te convence eso? Podrás conocerla en persona.
Ron sonrió para sus adentros la percibir el tono de voz triunfante de Hermione. De acuerdo, eso lo motivaba aun mas para dar su sí definitivo, pero hubiese ido aun si esa chica exuberante no estuviese invitada a la fiesta. Decidió dejarle creer a Hermione que había ganado y dijo al fin lo que ella deseaba oír.
—Me has convencido, ¿Cómo lo hacemos?
—Deja eso en mis manos y en las de Ginny—contestó Hermione mostrando muy buen ánimo.
Y sí, estaba contenta. Había solucionado un gran problema de una vez por todas, y de la mano de quien menos hubiese imaginado.
—Supongo que ya puedo marcharme.
—Por supuesto Ron, siento haberte apartado de tu trabajo.
El pelirrojo se giró para agarrar la bandeja por la cual había llegado a la oficina y caminó hacia la salida con decisión mientras Hermione regresaba a su mesa, descolgaba el teléfono, y daba indicaciones a Parvati para que localizara a Ginny y le pidiese que fuese a su despacho.
La sorpresa de Ginny fue mayúscula cuando se enteró de que su hermano iba a ser el acompañante final de Hermione. Jamás lo había imaginado, sobre todo conociendo el carácter altivo de la joven, y eso le dejaba claro una de sus grandes teorías; que para conseguir lo que deseaba en la vida, Hermione no conocía límites. Por eso la admiraba, porque la dueña de GAC siempre agarraba al toro por los cuernos. Trasmitió a Ron los deseos de Hermione de que se cortase el cabello y dejase su rostro como el culito de un bebé. El pelirrojo puso algunas pegas a la primera opción, pero después de insistirle bastante, terminó cediendo. En cuanto a lo del traje negro que luciría en la famosa y esperadísima reunión, sería alguno de los que Cormac guardaba en el enorme vestidor de su apartamento. El cirujano plástico jamás habría repetido un traje y habría ido a buscar uno nuevo para la fiesta con absoluta seguridad. Pero nadie tenía porque saber que pertenecía a Cormac, por eso Hermione le mandó a través de Ginny uno de los mejores trajes de su novio; valorando que ambos tenían casi la misma constitución física y altura, y deseando que le quedase como anillo al dedo. Ginny pudo comprobar con sus propios ojos que Hermione no se había equivocado. Y de esa forma, entre idas y venidas a casa de su jefa, intentar que su hermano cumpliese todas sus recomendaciones y ocuparse finalmente de ella misma, llegaron al día de la víspera de la gran fiesta; viernes, diecinueve de septiembre.
Para la mayoría de la gente aquella fecha era una más en el calendario. Un día laborable que nada tenía de diferente al resto de no ser que al tratarse del último antes del fin de semana, se afrontaba de forma más positiva. Sin embargo para una persona en concreto aquel debía ser un día especial. Hermione se despertó aquella mañana completamente sola, Cormac se había marchado la tarde anterior a su importante congreso medico que duraría todo el fin de semana. Una vez que puso un pie fuera de la cama, se limitó a hacer lo mismo que el resto de los días; se duchó, se vistió con su siempre acostumbrado atuendo de mujer de negocios, y sin probar bocado se subió a su coche rumbo a la oficina. Todo igual que siempre, metida en su rutina diaria. Pero hubo un mensaje en el teléfono móvil que le recordó que aquel día no era igual que los demás del resto del año. El mensaje provenía desde Australia y lo había enviado su madre, decía algo así.
“Mi queridísima hija, cuanto desearíamos tu padre y yo poder compartir este día tan importante contigo, pero ya sabes lo enorme que es la distancia que nos separa en estos momentos. Deseo que pases este día lo mejor que puedas, solo se cumplen treinta años una vez en la vida. Sabes que te queremos mucho, feliz cumpleaños hija mía.”
—Sigue siendo un día mas—musitó mientras hacía desaparecer el mensaje de la pantalla.
Durante la jornada ella misma pudo comprobarlo, únicamente Harry y Parvati la felicitaron personalmente, el resto o no lo sabían, o no lo habían recordado. Cormac la llamó a eso de las tres de la tarde para felicitarla y le prometió un bonito regalo a su vuelta, pero aun así su conversación fue corta y fría. Hermione aun no le perdonaba que le hubiese fallado en el último momento. Metida en su trabajo, se dio cuenta que había pasado todo el día de su cumpleaños de reunión en reunión, ultimando todos los detalles del proyecto que presentaría a Bagman al día siguiente durante la fiesta.
Miró la hora en el reloj que se encontraba en la esquina inferior de la pantalla de su ordenador; eran las ocho de la tarde. Todo estaba en silencio, los empleados y demás directivos se habían marchado ya a sus respectivos hogares. Pero Hermione se había demorado y lo había hecho a conciencia. Volver a casa significaba terminar el día de su cumpleaños sola y por primera vez en toda la jornada, eso la hacía sentirse muy triste. Percibió como la puerta de su despacho se abría lentamente.
—¿No piensas irte a casa hoy?
Hermione sonrió a la persona que le había formulado la pregunta, y contestó con otra interrogación.
—¿Y tú?
—Me disponía a hacerlo. No queda nadie en la planta, Dean y yo ya dejamos todo listo para mañana. Tengo que darme prisa, debo preparar a James para que Harry venga a recogerlo. Deberías marcharte de una vez y descansar Hermione, no tienes buena cara.
—Creo que me quedaré un poco mas y luego me iré.
—Como quieras, nos vemos mañana en la fiesta... por cierto, feliz cumpleaños.
—Gracias Ginny.
La pelirroja le sonrió antes de marcharse y luego despareció tras la puerta, volviendo a quedar todo en silencio una vez más. Hermione apagó su ordenador quedándose unos segundos con la mirada perdida en la pantalla ahora oscura. Ginny parecía que también se había acordado. El día había pasado sin pena ni gloria, pero sobre todo había pasado sin tarta, sin vela y sin deseo. Sonrió para sí misma, ya estaba demasiado mayor para deseos. Se puso en pie y se dirigió hacia un pequeño mueble, lo abrió y sacó del él una botella de brandy y una copa enorme. Vertió un poco del contenido de la botella dentro de la copa y bebió un sorbo. El líquido irrumpió en su cuerpo como si fuese la lava de un volcán.
—Feliz cumpleaños—alzó la copa y añadió—, por ti Hermione.
Volvió a beber otro sorbo que quemó de igual forma, agarrando la botella, se dirigió al sofá blanco de su despacho dispuesta a celebrar ella sola la entrada a la tercera década de su vida.
Las nueve de la noche y Ron daba los últimos retoques con la fregona al suelo de la cafetería. Era un poco fastidioso estar cada viernes limpiando hasta última hora. Lavender había resultado ser más lista de lo que parecía en un principio. Terminó al fin, se pasó el antebrazo por la frente dejando a un lado el cubo con la fregona, dispuesto a no volver a saber nada de él hasta el lunes. Agarró la vieja chaqueta de cuero que su viajero hermano Charlie le había regalado el día que cumplió veintidós años. Era su bien más preciado porque tal vez era lo más valioso que poseía. Cerró con llaves la puerta de la cafetería y se despidió del guardia que se ocupaba de velar por la seguridad del edificio durante la noche. Refrescaba un poco, hacía varios días que no caía ni una gota de agua, pero la sensación de frio se había intensificado con la casi inminente llegada del otoño. Se puso la cazadora de cuero subiéndose hasta el cuello la cremallera y metió las manos en los bolsillos de sus pantalones, dispuesto a caminar hasta la entrada de metro más cercana. Miró a cielo, ni una estrella. Nunca se veían las estrellas en Londres, debían estar todas alumbrando el cielo de Ottery. Sonrió, las únicas luces que adornaban la ciudad provenían de los edificios y de las farolas. Antes de emprender su caminata, desvió la mirada de forma inconsciente hacia el lugar donde trabajaba diariamente y pudo comprobar que todo el edificio se encontraba a oscuras a excepción de una ventana en la segunda planta. Supo de inmediato que la luz provenía del despacho de Hermione. Consultó su viejo reloj de pulsera, eran las nueve y media de la noche. Esa mujer no tenía remedio, ¿es que nunca se cansaba de trabajar? Movió la cabeza con resignación, pero algo le impedía moverse de allí. Contempló una vez más la ventana iluminada de la segunda planta, probablemente estaría manteniendo una reunión con alguno de su colaboradores. Pero parecía que no quedaba nadie más en aquel piso, o al menos creía haberlos visto salir a todos. Comenzó a sentir una extraña preocupación, ¿y si le había sucedido algo? Parecía una chica débil y algo enfermiza, al menos su aspecto lo era. Tal vez había sufrido un desmayo y ninguno de ellos se había dado cuenta. La idea de verla tirada en el suelo sin que nadie pudiese auxiliarla se apoderó de su mente. Se giró repentinamente hacia el edificio volviendo a entrar en él. El jefe de seguridad lo saludó de nuevo mirándolo confuso, pero no lo detuvo. Ron no le explicó los motivos de su regreso, por si estaba equivocado y se formaba un revuelo para nada. Pulsó con impaciencia el botón del ascensor que lo llevo en pocos segundos hacia la segunda planta. Atravesó como un rayo el pasillo hasta llegar a la oficina de Hermione, y ni corto ni perezoso abrió la puerta y entró. Recorrió con sus azules ojos el lugar, sobre todo a nivel del suelo, ni rastro del cuerpo de la joven sobre la moqueta gris.
—¿Qué haces aquí?
Era la voz de Hermione, tan amable como de costumbre. Ron pudo cerciorarse que se encontraba bien, demasiado bien al ver lo que sostenía en su mano. Resopló con fuerza, llevado por el alivio y la resignación.
—Vi luz en tu ventana y vine a asegurarme que no la habías dejado encendida y te habías marchado sin apagarla—mintió. No le daría el gusto de que supiera que por un solo instante, por una fracción de segundo, se había preocupado por ella.
—Pues ya ves, sigo aquí—bebió un sorbo apurando el liquido que quedaba dentro de su copa y volvió a llenarla.
—Bebes sola. Eso no está bien.
—Ron, no tengo ganas de hablar con nadie, así que mejor vete—su voz sonó triste y apagada, llevando de nuevo la copa a sus labios.
El pelirrojo no se movió, volvía a preocuparse. Algo grave debía pasarle a esa chica para que decidiese acabar con todo el líquido de aquella botella ella solita.
—Si sigues bebiendo así, mañana tendrás una resaca horrible y no estarás al cien por cien para tu importante reunión con Ludo—le advirtió.
—Que más da—respondió con desdén.
Ron alzó una ceja. Ahora sí que estaba alarmado, lentamente cerró la puerta de la oficina y caminó unos pasos hasta llegar a la mesa de la joven sentándose sobre la tapa de madera.
—No piensas irte ¿verdad?—inquirió Hermione fulminándolo con la mirada.
—No, al menos hasta que sepa que te hace estar así.
—¿Y a ti que te importa?
—Nada, pero ya estoy aquí y si ahora me voy y te sucede algo, quedaría para siempre en mi conciencia. No quiero cargar con eso.
Hermione chasqueó la lengua fastidiada. Se puso en pie dirigiéndose hacia el mueble de donde había sacado la botella y extrajo de él otra copa de las mismas dimensiones que la suya.
—Si vas a quedarte al menos no me dejes beber sola.
Ron sonrió mientras observaba como Hermione llenaba la copa con brandy y se la ofrecía.
—¿Celebramos algo?—preguntó con ironía.
—Sí, mi cumpleaños.
El pelirrojo frunció el entrecejo contrariado, no había esperado semejante respuesta.
—No lo sabía.
—No tenías porqué conocer ese dato… ¿sabes cuanta gente me ha felicitado hoy?—Ron negó con la cabeza, Hermione continuó—. Cinco, solo cinco personas, ¿cuántas ves aquí?—el pelirrojo no contesto, únicamente trago saliva—. Ya sabes porque bebo sola.
Hermione le sonrió melancólicamente. Ron se sintió mal por ella. Es cierto que a veces era insufrible, mejor dicho en la mayoría de los casos, pero a nadie le gustaba celebrar su cumpleaños en soledad. Hermione había regresado al sofá y nuevamente sostenía la copa de brandy en su mano derecha, mirándola absorta.
—¿No has soplado la vela de tu tarta?—preguntó Ron acercándose al sofá y sentándose junto a ella.
—¿Qué tarta?—ironizó Hermione.
—Cielo santo, mi madre dice que un cumpleaños no es tal hasta que no soplas tu vela y pides un deseo.
—Bobadas, los deseos de los cumpleaños nunca se cumplen.
—Eso no es cierto—le rebatió Ron con el ceño fruncido—. Yo estoy en Londres.
La última frase logró arrancar la única sonrisa verdadera que Hermione había sentido en todo el día. De repente Ron dejó sobre la mesa su copa, a la que apenas le había dado un par de sorbos y se puso en pie.
—Espérame un momento, vuelvo enseguida. No te muevas de aquí.
—No pensaba hacerlo.
Pero Ron ya había salido de la habitación. Hermione no le dio la mas mínima importancia, es más si se marchaba a su casa era preferible porque ahora ella si necesitaba estar sola. Pero algo le decía que aquel pelirrojo entrometido regresaría para darle una charla que no le apetecía, o para mostrarle cualquier insignificancia que le traería sin cuidado. Sin embargo no tenía fuerzas para obligarlo a marcharse, lo único que deseaba era perder la noción de la realidad y únicamente aquella botella de buen brandy podría lograrlo. Nadie más, nada más que volver a llenar su copa hasta que no supiese realmente en que día se encontraba. Pasaron unos diez minutos desde que Ron había abandonado su despacho cuando se escucharon pasos por el pasillo, debía ser él. Hermione resopló con desgana al notar como los pasos se iban acercando cada vez más. De pronto el despacho quedó a oscuras, alguien había apagado la luz. Hermione dio un respingo y giró bruscamente la cabeza hacia la puerta de la oficina. Lo que vio la dejó sorprendida. Era Ron, o creía que se trataba de él porque su rostro se iluminaba tenuemente por una escuálida vela roja que había colocado sobre un muffin de chocolate.
—Es la única tarta que Rosmerta tenía en la cafetería, no imaginas cuanto me ha costado encontrar la dichosa velita.
Hermione no podía creerlo. Ron había bajado a la cafetería y en menos de nada había conseguido que ella tuviese su tarta de cumpleaños.
—Dios mío…
—Ya tienes tarta, y vela… solo falta que soples y pidas tu deseo, aunque creas que es una bobería.
Ron se acercó a la mesa baja donde se encontraba la botella de brandy y depositó sobre ella el platito con el muffin y la vela que comenzaba a consumirse. Hermione sintió una opresión en el pecho, era muy raro que alguien que no dejaba de ser apenas desconocido se preocupase porque ella pasase su cumpleaños como debía.
—Vamos, piensa en algo, y sopla antes de que el dulce quede cubierto de cera roja.
—De acuerdo.
Hermione se mordió el labio, cerró los ojos, pidió su deseo y luego sopló con fuerza dejando completamente a oscuras la habitación. Ron se puso en pie y le dio al interruptor volviendo a iluminar el despacho.
—Creo que puedo adivinar que has deseado, y tiene que ver con la fiesta de mañana—vaticinó el pelirrojo mientras regresaba al sofá, se sentaba y agarraba su copa de licor.
—Te equivocas, no tiene nada que ver.
Ron enarcó una ceja mirándolo intrigado.
—¿Ah no? Entonces no tengo ni idea… ¿puedo preguntarte que deseaste?
—No—rió—, si te lo digo no se cumplirá y quiero que se cumpla.
—Muy bien entonces hagamos un trato si alguna vez tu deseo se cumple debes decírmelo para que veas que mi madre siempre tiene razón.
Se produjo un silencio en el que Hermione se mantuvo por un instante mirando al joven que se encontraba sentado a su lado.
—¿Te has cortado el pelo?
—Vaya, tarde te das cuenta, ya veo lo que te fijas en mí—bromeó.
Nuevamente el silencio. Ron volvió a beber de la copa que ya se encontraba casi vacía. Hermione continuó sin apartar la mirada de él.
—Gracias Ron—dijo débilmente, apartando sus ojos del joven.
—No hay de qué. Pero no pienses que voy a estar haciéndote favores todo el tiempo a cambio de nada.
Hermione frunció el ceño y le dirigió una mirada de desconfianza.
—¿Qué quieres decir?
—Pues que llevo tres semanas en Londres, que hace una noche esplendida, que es tu cumpleaños, y que yo aun no he recorrido la ciudad de noche. He pensado que tal vez te gustaría ser mi guía durante un rato.
—¿Tu guía?
—Por supuesto—exclamo Ron entusiasmando—. Ginny no tiene tiempo de mostrarme la ciudad a estas horas, está demasiado ocupada con James. Y no me gusta hacer turismo yo solito, además creo que te hace falta un poco de aire fresco y si piensas seguir bebiendo toda la noche al menos hazlo fuera de estas paredes… Solo un rato, así yo conozco una nueva visión de esta ciudad y tú te despejas… ¿Qué te parece?
—¿Salir contigo?—Hermione no sabía que contestar.
—No, ser mi guía turístico. Vamos Hermione, yo mañana seré tu acompañante, se tú la mía hoy. Favor por favor.
Ron ya se había puesto en pie y le ofrecía su mano para que ella hiciese lo mismo. Hermione dudaba si era buena idea. Miró a su alrededor, la misma mesa, el mismo sillón de cuero, el mismo ordenador… las misma paredes. Ron tenía razón era su cumpleaños, o al menos lo sería durante unas horas más, ¿Por qué no aprovechar lo que queda del día especial? Alargó su mano hacia la de él y la agarró con fuerza dejando que el pelirrojo tirase de ella hasta que quedó de pie frente a él.
—¿Eso es un sí?—preguntó Ron mirándola a los ojos.
Hermione asintió con la cabeza. Soltó la mano del pelirrojo y su copa sobre la mesa. Agarró su chaqueta y su bolso, y salió con decisión del despacho pasando por delante de él. Ron le cedió el paso, y la siguió no sin antes volver a darle al interruptor que dejó a oscuras una vez más el despacho de Hermione. Sobre la pequeña mesa quedaron la botella de brandy, las dos copas vacías y el muffin con su velita medio consumida. Y flotando en el aire permaneció el deseo de Hermione, sin saber que tal vez no tardaría demasiado tiempo en cumplirse y que la persona que se encargaría de hacerlo realidad bajaba en ese instante en el mismo ascensor que ella, dispuesto a disfrutar del embrujo de una ciudad que, sin que ninguno de los dos lo sospechase, los iba a unir para siempre.
Espero que os haya gustado, gracias por seguir ahí a pesar de lo que tardo ahora en publicar 
Trataré de no tardar tanto en actualizar el proximo capitulo...
Besos,
María.
CAPITULO 7 Pulsa aquí