Hola, después de algunos incidentes y problemillas de salud, regresé...
Gracias por la paciencia y por seguir ahí...
Dedicado a Eva Mª y a lisi14. Igual que una madre
Abrió los ojos repentinamente y pudo comprobar que no había sido un sueño. Estaba allí, sobre el pecho desnudo de Ron que se agitaba lentamente debido al trance en que se encontraba después de la ajetreada noche. La luna redonda que se proyectaba en el techo ya casi no se percibía, eclipsada por el sol débil pero luminoso que dejaba pasar sus rayos por entre los cortinajes de los ventanales del estudio de Luna. Se incorporó mientras notaba como el vestido de Astoria resbalaba por su cuerpo hasta quedar a la altura de su cintura. Casi no llevaba nada debajo de aquella prenda; sonrió, a pesar de que en su reloj estaba marcando las siete de la mañana y a esa hora comenzaba a llegar los más madrugadores de GAC, entre ellos Luna y su fiel ayudante Rolf. Hermione trató de colocarse bien el vestido mientras zarandeaba el hombro de Ron para que despertara, pero lo único que consiguió fue que éste le diese la espalda y comenzase a roncar con fuerza.
—¡Oh no…no! Ron, ¡Ron!... despierta, vamos, están a punto de llegar. Nos descubrirán —sacudió el hombro del joven con más vigor.
El pelirrojo después de proferir un fuerte resoplido se incorporó sobre sus codos y dijo con voz soñolienta.
—¿Dónde estamos?
—En el estudio de Luna, Ron, ¿no lo recuerdas? —preguntó Hermione empezando a dar muestras de inquietud, a la vez que se ponía en pie de un salto.
—¡Oh vaya! Es cierto… un momento, chsss… escucha, ¿qué es eso?
Ron se había llevado un dedo a los labios pidiéndole a Hermione silencio. Efectivamente algo hacia ruido en el pasillo. La joven pudo distinguir los pasos apresurados de alguna persona, tal vez dos. Palideció, debían ser Luna y Rolf.
—Vamos, no te quedes ahí quieto… ¿Qué hacemos ahora?
Hermione miraba de un lado a otro presa del histerismo buscando donde poder esconderse para que no los descubrieran, pero no era tarea fácil. Tal vez ella sí podría pasar inadvertida, pero Ron era demasiado alto y recio para ocultarse en cualquier lugar. Los pasos se oían cada vez más cercanos y ahora llegaban acompañados de voces, una femenina y una masculina, que la pareja reconoció al instante.
—¡Son ellos! —exclamó Hermione invadida por el pánico.
—Quítate ese vestido y dámelo. Recoge tu ropa y vístete mientras te escondes detrás de ese biombo, que nadie utiliza nunca. Queda muy cerca de la puerta de salida, y podrás irte en cuando tengas la ocasión… ¡Vamos! —apremió Ron poniéndose en pie y colocándose sus pantalones con una velocidad impresionante.
Hermione lo observó sorprendida y no pudo evitar preguntar.
—¿No es la primera vez que sales huyendo, verdad?
Ron torció el gesto y asintió levemente con la cabeza.
—A veces las mujeres no sois muy claras a la hora de confesar que tenéis pareja…
—Da igual, no quiero saberlo, no hay tiempo —admitió Hermione mientras recogía la ultima de sus prendas de vestir seca del suelo. De repente se giró hacia él y exclamó— ¿Y tú, Ron? ¿Dónde vas a esconderte?
—No voy a hacerlo… confía en mí. Vamos Hermione, no pierdas mas el tiempo… nos descubrirán.
La joven asintió nerviosa, y semidesnuda —con toda la ropa hecha una maraña entre sus manos—, se apresuró a esconderse en el lugar que le había indicado el pelirrojo.
—¡Hey, Hermione! —susurró Ron, logrando que la mujer se detuviese mirándolo con los ojos completamente desorbitados—, me gustas… mucho.
Hermione no pudo reprimir una sonrisa, y notando como sus mejillas tomaban color se esfumó detrás del biombo mientras Ron terminaba de colocar sobre su cuerpo la última de sus prendas, ya completamente seca.
Luna y Rolf irrumpieron en ese instante en el estudio, Ron camufló el vestido y el traje que habían utilizado la noche anterior entre la ropa que colgaba de las perchas, y se quedó de pie sin decir nada, tratando de pasar inadvertido. Luna entró caminando hacia atrás manteniendo lo que parecía una leve discusión con su compañero, que dejó entreabierta la puerta del estudio.
—Es inútil, Rolf, digas lo que digas no lograrás que encuentre correcto lo de Susan.
—Tiene mucho trabajo, ese es el motiv…
—Excusas, y tú no quieres verlas… ¿Cuándo hará ella algo para complacerte?
Pero Rolf no contestó a aquella provocación de Luna porque de repente, percibió como un pie con una zapatilla blanca trataba de abrir un poco mas la puerta que él mismo había dejado medio cerrada. Frunció el ceño extrañado mientras escuchaba de fondo los continuos reproches de Luna, sobre la falta de consideración de Susan por no acompañarlos al aeropuerto cuando el abuelo de Rolf llegase. Intrigado, se acercó lentamente hacia el biombo que estaba cerca de la puerta, cuando la voz de Luna lo hizo detenerse en seco a apenas unos milímetros de Hermione, que continuaba oculta.
—¡Cielo santo, Ron!... me has asustado… ¿Qué haces aquí? ¿Quién te dejo entrar en mi estudio? Y lo más importante ¿Por qué está mi Luna en el techo?
Luna había descubierto al pelirrojo entre los percheros de la ropa, y con los brazos en jarro esperaba impaciente una respuesta convincente. El pie de Hermione volvió a salir de detrás del biombo y Rolf mostró una sonrisa de oreja a oreja, entendiendo perfectamente que Ron había pasado la noche allí con una mujer.
—No podía dormir y le robé las llaves a Ginny. Vine muy temprano, cuando aun no había amanecido… lo del proyector, fue casualidad y curiosidad —mintió Ron deseando que la joven rubia lo creyese.
—No me gusta que toqueteen mis cosas —añadió Luna con contundencia mientras desconectaba el aparato haciendo desaparecer completamente el astro lunar del techo, luego girándose hacia el pelirrojo, añadió—. Ya que estás aquí, te aprovecharemos… ¡Rolf, prepara la cámara! Mejoraremos las fotos que tomó ayer ese idiota de Blaise.
El joven asintió pero antes de ponerse manos a la obra, y con mucha discreción, abrió de par en par la puerta del estudio a sabiendas que la joven desconocida que se ocultaba tras el biombo podría marcharse sin dificultad. Y así fue, cuando Hermione pudo apreciar que el fotógrafo se alejaba salió de la habitación sin que Luna se percatase de ello.
—La chica que escondías en el biombo, ya está libre —susurró Rolf cuando pasó cerca del pelirrojo, mientras le guiñaba cómplice un ojo.
—Gracias.
Caminó tan apresurada por el pasillo hacia su despacho que prácticamente parecía volar. Únicamente se detuvo frente a Parvati que ya se encontraba en su puesto de trabajo, y que casi no podía pestañear del asombro al ver el deplorable aspecto de su jefa.
—Llama a Ginny, dile que pase por la tintorería y que recoja de allí uno de mis trajes, y luego vaya a una zapatería y me compre un par de zapatos que hagan juego con el traje. Dile que no se demore, me urge. Y no quiero ver a nadie antes de que ella llegue.
Y sin pronunciar ni media palabra mas, Parvati pudo ver atónita como Hermione, y sus zapatillas blancas, desaparecían tras la puerta del despacho.
Casi una hora después Ginny Weasley asomó su pelirroja cabeza por la puerta de las oficinas. Sobre uno de sus brazos la joven llevaba aquello que Hermione le había pedido con tanto interés, y fue cuando estuvo frente a ella cuando comprendió la urgencia del asunto.
—¿Qué… diablos? ¿Qué te ha pasado? —inquirió Ginny observando pasmada la falda y las zapatillas de Hermione.
—Tuve una pequeña dificultad anoche —respondió Hermione mientras agarraba el traje de chaqueta y comenzaba a vestirse con él.
El rostro de Ginny se descompuso ante las palabras de su amiga.
—¿Te asaltaron? ¡Oh Dios mío!
Hermione torció el gesto y se apresuró a sacar a la pelirroja de su error.
—No, no Ginny, no te preocupes. Fui yo, creo que me volví algo loca anoche.
—¿Tú, hiciste eso? —señalo incrédula hacia la falda deshilachada. Hermione asintió y sus pies se calzaron sobre unos incómodos zapatos marrones de tacón —¿Por qué?
—Ya te dije, me volví loca. Ginny no hagas mas preguntas…, por favor.
Ambas mujeres guardaron silencio, pero solo fue un instante porque una vez que Hermione tomo asiento en su sillón de cuero, Ginny hizo lo propio sobre el sofá blanco y comentó.
—Parece ser que tú no eres la única que hizo cosas inapropiadas anoche. Mi hermano aun no ha vuelto a casa, y lo peor de todo es que se suponía que iba a cuidar a James mientras yo cenaba con Harry.
Hermione no contestó, solo emitió un pequeño carraspeo mientras notaba como se coloreaban algo sus mejillas, por suerte Ginny estaba algo habladora aquella mañana y no lo percibió.
—Estoy preocupada, y muy enfadada. En realidad no sé que haré cuando lo vea aparecer si abrazarlo, o liarme a puñetazos con él. Ron es desquiciante.
Desde su sillón Hermione asintió a las palabras de su amiga. En realidad Ron también lograba desquiciarla, pero de forma muy diferente a Ginny. Trató de cambiar de tema para no evidenciarse demasiado.
—¿Y tu cena? ¿Qué tal fue?
La mueca de consternación de Ginny desapareció, dejando lugar a una más relajada y feliz.
—Hacía mucho que no me sentía tan bien, Hermione. Fue como en los viejos tiempos, cuando Harry y yo teníamos nuestras primeras citas, e incluso mejor. Estoy completamente segura que quiero estar con él, pese a todo.
—Me alegro mucho por vosotros. Os merecéis esta nueva oportunid…
Pero Hermione no tuvo tiempo de terminar la frase porque alguien prorrumpió de pronto en el despacho, alguien que logró que a la joven se le pusiese el corazón en la garganta, sobre todo después de oír la frase que dijo mientras llegaba hasta su mesa.
—¡Por los pelos Hermione! Luna casi nos descubre. No imaginas lo que tuve que inventar para que no se diese cuenta que habíamos pasado la noche en su estudio.
—¡Ron!
El pelirrojo palideció, sintiendo como se le detenía de golpe el corazón, miró a Hermione con un gesto de dolor y luego preguntó.
—¿No estamos solos, verdad?
Hermione negó débilmente con la cabeza y señaló temblorosa hacia la persona que un instante antes había estado sentada sobre el sofá blanco, pero que ahora se encontraba de pie y con los brazos en jarro mirándolo de forma acusadora. Ron se giró lentamente, y su expresión de dolor se acrecentó al cerciorarse de quién era realmente la intrusa.
—Ho… hola, hermanita.
Hermione se llevó una mano al rostro, aquello era una catástrofe. Las mejillas de Ginny estaban tan encendidos que parecía que iban a incendiarse de un momento a otro.
—¿Puede alguien explicarme qué está pasando aquí? ¿Qué significa eso de que habéis pasado la noche juntos?
Hermione y Ron se miraron por un instante; no había forma posible de arreglar aquel desaguisado si no era contando la verdad. Hermione se puso en pie y caminó bordeando su mesa hasta situarse junto a Ron, tomó su mano ante la estupefacta mirada de Ginny, y luego habló tratando de hacer caso omiso a los golpes que producía los latidos de su corazón sobre su garganta.
—Voy a dejar a Cormac.
Ron cerró los ojos y apretó con más fuerza la mano fría de Hermione. Ginny pestañeó varias veces intentando asimilar lo que estaba sucediendo en aquel despacho.
—¿Ron y tú, habéis…? —Hermione asintió. Ginny cubrió enérgicamente con ambas mano su boca mostrando su sorpresa y su indignación— ¿Le has traicionado? ¿Has traicionado a Cormac con mi hermano?
—Dicho así suena espantoso, Ginny.
—Dicho así suena a lo que es, Ron… ¿Cómo habéis podido? ¿Cómo ha pasado eso?
La pareja se encogió de hombros consiguiendo que el desconcierto de la pelirroja aumentara cada vez más.
—Sucedió. La primera vez fue por…
—¿Primera vez, Hermione? ¿Tratas de decirme que ha pasado más veces? —Ginny no podía ocultar su indignación ante lo que estaba presenciando.
—Dos veces, ni una mas.
—¡Oh dios mío! ¿Y cuándo pensabas contárselo a Cormac? —se desplomó en el sofá completamente abatida.
—Ginny —Hermione soltó la mano de Ron y fue junto a su amiga— Te prometo que ninguna de las veces fueron premeditadas, surgió. Ni Ron, ni yo lo buscamos. La primera vez supe que había sido error, apenas nos conocíamos y yo me sentía muy sola aquella noche. Era mi cumpleaños, y no tenía nadie con quien celebrarlo, ni siquiera contigo o con Harry. Me quedé en este despacho dispuesta a hundirme en mi soledad cuando de pronto, Ron apareció, con sus palabras, con su muffin de chocolate y su vela, y mi deseo. Bebimos y perdimos en control. Amanecimos juntos en mi apartamento, ninguno de los dos recordábamos nada, al menos al principio…
—¿Fue ella la chica de aquella noche en la que llegaste a deshoras a casa? —le temblaba la voz.
Ron asintió, y en un prolongado suspiro vació todo el aire que acumulaba en sus pulmones debido a la tensión.
—Y si fue un error, ¿por qué ha vuelto a pasar?
Hermione miró al suelo, pero un instante después clavó sus castaños ojos en el joven pelirrojo que contemplaba la escena un paso más atrás de ellas. Contestar a Ginny con la verdad era admitir que se sentía atraída por Ron, que se había enamorado de él. Resopló con vigor, de todas formas ella no sabía mentir, no era muy hábil ocultando sus sentimientos, y tarde o temprano, él sabría exactamente que era lo que se escondía dentro de su corazón. Así que cerró los ojos, caminó hacia la ventana dándoles la espalda a las dos personas que se encontraban con ella en el despacho, y procurando no pensar mucho en lo que iba a hacer confesó:
—Creo que me he enamorado de Ron.
Ginny abrió los ojos como platos y completamente aturdida buscó a su hermano con la mirada. Pudo verlo detrás de Hermione con una mano apoyada sobre la mesa, respirando con dificultad, y con el rostro pálido y desencajado. Entendió entonces que la respuesta de la joven había sido tan inesperada para él como para ella. Lentamente se levanto del sofá, sintió de pronto que sobraba en aquel lugar, y que ya tendría tiempo mas tarde de pedir explicaciones.
—Es mejor que aclaréis entre vosotros todo esto antes de hacer daño a Cormac, o incluso a vosotros mismos.
El ruido sordo de la puerta al cerrarse fue el último sonido que Ginny emitió, dejando claro que ahora eran dos lo que se encontraban en el despacho, y no tres.
Hermione continuaba sin apartarse de la ventana, sentía un miedo atroz a enfrentarse a la mirada azul de Ron. No tenía conocimiento de hasta donde llegaban los sentimientos de él hacia ella, y supo que reconocer los suyos tal vez podría ser contraproducente para lo que comenzaba a surgir entre ellos. Se había arriesgado y ahora solo tenía dos opciones, ganar o perder, como en los negocios. El silencio era aterrador, y escuchar la respiración agitada de Ron aun más ¿Por qué no hablaba? ¿Por qué no se marchaba?
—¿Te… te has enamorado de mí? ¿Así, sin más?
Llegó el momento de enfrentar las consecuencias de sus sentimientos, sin apartar de su corazón el temor a ser rechazada, Hermione se giró hacia Ron, y por fin sus ojos se encontraron con los de él.
—Sin más.
—Vaya…
Hermione contuvo la respiración durante unos segundos que parecieron interminables. Ron mostraba un rostro de desconcierto que le hacía temblar de pies a cabeza, pero de repente la boca del joven se curvó en algo parecido a una sonrisa, la respiración de Hermione aun se encontraba paralizada, expectante… tragó saliva y aguzó la vista. Ron sonreía, sonreía cada vez más ampliamente. En una leve convulsión su respiración dejó de estar congelada, y salió con fuerza por su boca, él sonreía y eso debía ser buena señal.
Ron apartó la mirada de la joven, se rascó el cogote torpemente sin apartar de su semblante la mueca de felicidad, y añadió entrecortadamente.
—Es…, la primera… es la primera vez que alguien me dice que está enamorada de mí.
—Y eso es bueno… supongo —le dolía el pecho y estaba a punto de perder el conocimiento. Tanta tensión era demasiado para su joven corazón.
El pelirrojo volvió a mirarla mientras avanzaba unos pasos hacia ella logrando que el pecho de Hermione estuviese a punto de estallar.
—Muy bueno.
Ella sonrió aliviada, y el dolor se aminoró.
—¿Y eso significa que tal vez, no sé… tú y yo, podamos tener algo mas que simples encuentros… carnales?
—¿Encuentros carnales? Si con eso te refieres a tener sexo…
—Cielos, sí a eso precisamente me refería —la voz de Hermione sonó impaciente y eso hizo que la sonrisa de Ron creciera significativamente.
—Yo solo me he enamorado una vez, y después de ella no ha habido nadie mas que haya logrado extraer de mí mas que un deseo… carnal —Hermione rodó los ojos al notar como Ron se burlaba de ella—. Y de repente, cuando pensé que jamás volvería a pasarme, llegas tú con tu voz mandona, tu mirada acusadora y ese cabello que es lo único que no puedes controlar, y logras atraerme poco a poco. Consigues que cada minuto que paso cerca de ti sienta ganas de abrazarte. Te dije que me gustabas, y no sé si lo que siento es precisamente amor, pero puedo asegurarte que se parece mucho. Necesito conocerte un poco más Hermione, pero no lo haré si sé que aun hay alguien más. Yo soy libre, y para que estemos juntos, debes serlo tú también. No voy a pasar dos veces por lo mismo.
—De todas formas, mi decisión de dejar a Cormac es inamovible, pero después de lo que has dicho casi no puedo esperar a esta tarde para hablar con él.
Su rostro estaba surcado por una enorme sonrisa y un leve sombreado se había instalado en sus mejillas. Ron se acercó a ella aun mas, elevó una mano hacia aquella sonrisa, y delimitó con sus dedos el recorrido que ésta hacía.
—¿Soy yo el que provoco esto?
Hermione se encogió de hombros sonrojándose aun más.
—Supongo que sí.
—De todas formas, con o sin mí, no deberías olvidarte de sonreír, me alegra saber que sabes hacerlo.
Y esa sonrisa quedo completamente oculta por los labios de Ron que de pronto se había acercado completamente hacia ella. Si había alguna pequeña duda en alguna parte del subconsciente de Hermione, una ínfima posibilidad de que no corriese en aquel momento hacia su apartamento para hablar con Cormac sobre lo sucedido; si remotamente quedaba algo de indecisión dentro de su cabeza y su corazón, los labios de Ron sobre los suyos y las palabras que habían salido de ellos un instante antes, habían arrasado con los restos de su incertidumbre. El golpeteo de los nudillos de Parvati sobre la puerta del despacho consiguió que la boca del pelirrojo dejase libre la de Hermione, libre, pero sin aliento.
—Disculpad, no sabía que estaban ocupados.
La proximidad de ambos era tan evidente que la joven secretaria comenzó a hacer demasiadas cavilaciones dentro de su chismosa cabecita.
—Ya no lo estamos —replicó Hermione sin alejarse de Ron— ¿Qué ocurre?
—La señorita Lovegood me pidió que te localizase Ron, al parecer Astoria Greengrass y Draco Malfoy ya han llegado.
El pelirrojo pudo advertir como Hermione exhalaba un pequeño resoplido cuando Parvati pronunció el nombre de la joven modelo. Trato de disimular su satisfacción ante la muestra de celos de Hermione, y respondió con tono pausado.
—Iré enseguida, gracias.
Parvati les lanzó una mirada indiscreta a la pareja antes de desaparecer tras la puerta.
—Me necesitan.
—Supongo que debo dejarte marchar.
—Tengo trabajo —susurró Ron colocando sus grandes manos sobre la estrecha cintura de Hermione.
—Yo también, pero ahora sería incapaz de concentrarme. Me iré a casa, tengo algo que resolver.
—¿Estás segura de lo que vas a hacer? —inquirió él acercando su cuerpo hacia el de ella.
—Absolutamente. No es por ti, Ron; es por mí.
El muchacho le sonrió, luego la beso una vez más y apartando sus manos del cuerpo de la joven dijo:
—Nos vemos luego.
Y se marchó.
Hermione no tardó mucho más tiempo que Ron en abandonar las oficinas. Le era tarea más que imposible quedarse allí frente a la pantalla de su ordenador, cuando su concentración era prácticamente nula. La decisión de acabar su relación con Cormac golpeaba incesantemente su cabeza y le exasperaba los nervios, por ello decidió terminar con todo antes de lo previsto.
Aborrecía el tráfico de Londres, sobre todo si tenía prisa y llegar a su casa se convertía en aquel instante en una misión de vida o muerte. Su impaciencia la dominaba casi por completo, y cuando al fin dobló la esquina de Pitt street, en Kensington y Chelsea, Hermione sintió como el corazón parecía querer salírsele del pecho. El coche de Cormac estaba estacionado frente a la puerta, debía estar allí aun, los violentos latidos aumentaron. A medida que subía en el ascensor comenzó a dudar si era correcto lo que iba a hacer, si no se arrepentiría después de haberlo hecho. Pero cuando esas indecisiones surgían, Hermione cerraba los ojos y pensaba en Ron, y en lo que él le hacia sentir, entonces cualquier vacilación desaparecía de golpe. Y la decisión firme de terminar con todo lo que la unía a Cormac regresaba, más fuerte que nunca. Un clink hizo que Hermione diese un pequeño respingo y las puertas del ascensor se abrían mientras una voz indicaba el piso exacto donde se había detenido. Salió de él muy resuelta, y con la misma valentía abrió la puerta de su apartamento.
—Cormac —llamó enérgicamente a su novio— ¿Estás en casa?
No tardó mucho tiempo en darse cuenta de que el joven no se encontraba allí, y lo hizo mediante una nota que encontró sobre la encimera de mármol de la cocina, que decía:
“¿Dónde diablos te has metido?
Traté de localizarte y nada.
Me tenías preocupado, ni siquiera he podido despedirme de ti.
Tengo que salir esta misma noche de viaje, ya sabes, lo de siempre.
Espero que cuando vuelvas a casa te pongas en contacto conmigo, Hermione.
Regresaré pronto.
Cormac.”
Arrugó el papel entre sus manos convirtiéndolo en una bolita y luego lo lanzó con furia hasta que éste dio sobre la brillante superficie de la nevera. Incluso para acabar su relación con él debía esperar a que regresase de alguno de sus estúpidos viajes, y esta vez ni siquiera sabía adonde había ido.
Desde un rincón del estudio, Malfoy observaba la sesión de fotos de Astoria y Ron. La chica parecía estar muy a gusto cuando se trataba de aquel pelirrojo, y eso conseguía, inexplicablemente, enfurecerlo. Había visto a Astoria trabajar con innumerables modelos y jamás había observado tanta complicidad con nadie como con aquel chico. Apretaba la mandíbula con fuerza hasta que comenzó a notar que le dolía las articulaciones de la presión que había estado ejerciendo sobre ellas. Entonces Luna dio por finalizada la sesión, y Draco exhaló un suspiro de alivio. Inmediatamente, Astoria se despidió de Ron muy cariñosamente para dirigirse finalmente al lugar donde se encontraba el hombre rubio con cara de pocos amigos.
—Cada vez falta menos, Ron y yo ya casi hemos acabado nuestro trabajo en este proyecto —comentó al llegar junto a Malfoy.
—No veo la hora en que eso suceda.
Astoria miró ceñuda a Draco.
—Imagino que para ti debe ser una tortura trabajar junto a Granger y Lovegood.
Draco clavó sus grises y fríos ojos en el semblante dulce de la muchacha, y luego añadió con voz áspera.
—Completamente, al contrario de lo que te sucede a ti ¿no? Parece que ese tipo ridículo con su color de pelo ridículo te tiene hechizada.
No pudo evitar que su rostro mostrase una mueca de consternación y de indignación. Draco siempre encontraba las palabras exactas para aguarle el día.
—Ron no es ridículo, es maravilloso, y sí, me gusta estar con él. En serio Draco, no sé a qué viene todo esto cuando nunca te ha importado con quien me llevo bien, y con quien no.
—Eso no es cierto, me preocupo por ti.
La risa de Astoria fue tan exagerada que consiguió que muchos de los que aun se encontraban en el estudio se girasen para mírala.
—Eso es algo nuevo para mí, tú preocupado por alguien que no eres tú mismo ¿A qué debo ese honor, Draco Malfoy?
—No seas sarcástica Astoria, te conozco desde hace mucho, te tengo… estima.
—Oh vaya, soy una chica afortunada. El señor Malfoy me tiene estima… y me tengo que conformar ¿verdad?
El tono de voz de la muchacha había dejado de ser suave y se había vuelto abrupto. Draco arrugó el gesto confundido. Nunca se le había dado bien hablar con ella, por alguna razón siempre terminaba enfadada o echándole la culpa de algo que él desconocía. Y esa conversación llevaba el mismo rumbo.
—No sé de qué me hablas.
—Por supuesto que no Draco, ni aunque lo tengas delante de tus narices. No sabes lo que siento y te atreves a criticar mi amistad con Ron…
—¿Amistad? Por tu forma de actuar todos podrían pensar que estás enamorada de él —al fin llegaba a donde deseaba llegar. Entrecerró desafiante ambos ojos mientras decía aquellas palabras.
Astoria aguantó la mirada provocadora de Draco sin apartar sus ojos de los de él, y luego dijo con voz firme.
—Debería hacer eso, debería enamorarme de alguien como él, estoy segura que no me haría sufrir. Pero no es así, Draco, mi corazón lleva demasiado tiempo ocupado por otra persona. Alguien que solo piensa en sí mismo. Soy la chica mas idiota del mundo por haberme enamorado de ti, y tú el más imbécil por no darte cuenta de ello.
Se giró tan enérgicamente que su cabello se estampó contra el rostro petrificado de Draco, y él pudo ver como su cuerpo prácticamente perfecto se alejaba dejando, dando golpes en su mente, las últimas palabras que le había dicho.
Cuando llegaron al aeropuerto, el señor Lovegood ya se encontraba allí mirándolos de forma acusadora. La sesión de fotos en GAC se había dilatado más de lo esperado, y por ello Luna y Rolf aparecieron, justamente, en el preciso instante en que se anunciaba el aterrizaje del vuelo donde viajaba el señor Scamander. El padre de Luna se veía realmente impaciente, y emocionado. La visita del abuelo de Rolf había conseguido que el hombre estuviese de mejor humor que nunca, el hecho de que hubiese aceptado hospedarse en su hogar lo hacía verdaderamente feliz. Luna lo sabía, y observaba con ternura a su progenitor mientras éste caminaba de un lugar a otro para liberar la tensión de la espera. De pie, junto a ella, Rolf estiraba el cuello sin apartar la mirada de la puerta de desembarque.
—¿Tienes ganas de verlo?
—Mucha —contestó el joven con sinceridad.
—Susan debería estar aquí contigo —insistió Luna retomando la conversación que habían mantenido aquella mañana, y notando como el rostro de Rolf se agriaba al escuchar aquel reproche de nuevo.
—Ya te lo dije, no podía dejar su trabajo…
—Oh vamos Rolf, sabes que Susan puede tomarse tiempo libre que desea. Ella es la jefaza de esa estúpida revista. Inventa una tonta excusa, y tú te la crees.
—No, por supuesto que no me la creo… ¿Piensas que no me molesta que no esté aquí?
—¡Oh cielos, por fin! Te conozco desde hace más de tres años y es la primera vez que dices algo coherente sobre tu Susan.
—No puedo obligarla a estar aquí, no se lleva bien con mi abuelo. Él dijo cosas que a ella le molestaron cuando estuvimos en Dorset —explicó Rolf con voz apagada.
—Probablemente se merecía lo que le dijo.
—¿Qué tienes contra Susan? Ella no te ha hecho nada, Luna.
—No te mereces, tú eres mejor que ella —afirmó clavando sus azules ojos en los castaños de él.
—¿En qué te basas para decir eso? No la conoces Luna, nunca te has molestado en tratar de acercarte a ella. Estás llena de prejuicios —sentenció apartando su mirada de la de ella y estirando una vez más el cuello.
—La conozco mejor de lo que piensas…
Rolf giró bruscamente la cabeza hacia Luna mirándola aturdido por las palabras que había escuchado. Iba a tratar de salir de dudas, cuando la voz del señor Lovegood lo interrumpió.
—¡Ya se ven los pasajeros atravesando la puerta! Vamos chicos, acerquémonos.
Luna se puso en pie y caminó tras su entusiasmado padre. Rolf se quedó quieto en el mismo lugar donde había mantenido aquella conversación con la joven. Luna lo había dejado tremendamente intrigado. Ella siempre había hablado sin tapujos sobre su animadversión por Susan sin importarle lo que él pudiese pensar, incluso si con ello conseguía ofenderlo, pero ahora, con aquellas palabras llenas de rencor… ¿Luna había tratado de decirle que conocía a Susan mucho antes de que él se la presentara como su novia? Y si eso era así, ¿porque nunca le dijo nada al respecto?
—¡Rolf! ¡Mi querido nieto!
El abrazo cariñoso de su abuelo logró hacerlo regresar a la realidad, dejando en pausa aquellos pensamientos que tanto le intrigaban. Luna no pudo evitar dejar escapar una sonrisa ante aquella escena tan tierna. Newton Artemis Fido Scamander, era un prestigioso zoólogo que había escrito varios libros sobre la importancia de conservar las especies, e incluso había participado en el descubrimiento de animales desconocidos. Se trataba de un hombre delgado y alto, muy parecido a Rolf, a pesar de la evidente diferencia de edad. Su porte era distinguido y curtido por la experiencia, sin embargo, en su semblante había algo que inspiraba confianza y dejaba entrever a una persona amable. A pesar de su avanzada edad no usaba gafas, al menos de forma rutinaria, pero sí se apoyaba sobre un bastón con una cabeza de elefante de marfil a modo de empuñadura; Luna supo desde el mismo momento en que cruzó la puerta de desembarque, que conseguiría llevarse bien con él.
—¿Qué tal la abuela? —preguntó Rolf una vez que logró deshacerse de los brazos de su abuelo.
—Ya sabes, querido, con sus achaques. Le cuesta dejar Dorset, ya no somos los de antes Rolf, estamos viejos y cansados, y preferimos quedarnos en casa. Yo quise viajar una vez mas, a veces lo hecho de menos —confesó el hombre mirando a su nieto con los ojos chispeantes.
—Hola, señor Scamander, mi nombre es Xenophilius Lovegood —se presentó de forma atropellada extendiendo torpemente la mano hacia el anciano; preso de la impaciencia y la emoción del momento, consiguiendo que Luna rodase los ojos de impotencia.
—Ah, sí, mi nieto me ha hablado de vosotros los Lovegood, y desde ya quiero agradeceros vuestra hospitalidad, pero no me gustaría ser una molestia para nadie…
—En absoluto, señor Scamander, es un verdadero placer alojarlo en mi humilde hogar hasta su regreso a Dorset, créame, me hace usted el hombre mas feliz de Londres.
—Créalo señor Scamander, puedo asegurarle que es así —Luna levantó las cejas para certificar con aquel gesto que no había duda de sus palabras.
—En ese caso, no tengo ninguna objeción de aceptar su amable invitación —añadió el abuelo de Rolf con una leve reverencia y mostrando una dulce sonrisa—. Desde este momento llámenme simplemente Newt, y dejémonos de absurdas formalidades.
El señor Lovegood, loco de contento, corrió a buscar un carrito para trasladar el equipaje del recién llegado.
—Tu padre tiene mucha vitalidad muchacha —observó Newt sin dejar de mirar a Xenophilius.
—Discúlpelo, Señor Scamander…
—Newt, querida —le corrigió amablemente.
—Newt… es usted uno de sus ídolos, para él significa mucho este momento.
—Me alegra hacer feliz a alguien —le sonrió y giró sus ancianos ojos hacia su nieto que había estado mas callado de lo normal—. No te sientas culpable por nada Rolf, entiendo que quieras complacerla, el amor no atiende a razones, es ilógico, e injusto a veces…
—Abuelo…
—Estaré bien con los Lovegood, Xenophilius me cae bien y su hija parece una señorita encantadora e inteligente —comentó guiñándole un ojo a Luna. Luego volvió a mirar a Rolf y preguntó usando un tono mas serio— ¿Eres feliz, hijo?
Rolf torció el gesto mostrando sorpresa ante la pregunta que le había hecho su abuelo. Por supuesto que lo era, no había duda de ello…, o sí. Rolf miró de reojo a Luna, que de repente parecía algo incómoda con la situación que se había creado. Se aclaró la garganta un par de veces, y luego contestó lo mas sinceramente que pudo.
—Claro que sí, abuelo.
—Entonces, mi querido nieto, eres una persona que se conforma con muy poco.
Rolf frunció el ceño molesto con el comentario irónico de su abuelo, y su enfado se acrecentó después de comprobar como Luna luchaba a duras penas por sofocar una risa.
—Creo que ese comentario estaba fuera de lugar, abuelo —le reprendió mostrando dignidad, pero mirando de soslayo a Luna que estaba a punto de estallar de la risa.
—Oh, no te ofendas Rolf, no lo hice con ese propósito. Envidio a aquel que no espera mucho de la vida, sufre menos, y es más feliz, porque no anhela casi nada.
—¿Crees que ella es insuficiente para mí, y que me conformo simplemente? —Rolf parecía cada vez mas molesto con la actitud de su abuelo que no perdía la calma en ningún momento.
—Afirmo que no te merece, hijo. Tú eres mucho mejor que esa mujer, créeme.
Las palabras de su abuelo le hicieron recordar la conversación que había mantenido con Luna unos minutos antes. Era prácticamente la misma frase que ella le había dicho… ¿Acaso ellos veían, o sabían algo que él no alcanzaba a comprender? Decidió no continuar contestando a su abuelo para que así cesara en su empeño de desprestigiar a su novia. El rostro de satisfacción de Luna logró sacarlo de quicio por completo. Mostrando evidentes signos de mal humor, se alejó de ellos y fue junto al Xenophilius que esperaba pacientemente la recogida de las maletas de su famoso huésped. Newt observó pensativo a su nieto mientras se alejaba, dejó escapar un suave y resignado suspiro, y finalmente se giró hacia Luna que aun mantenía el rostro de complacencia que había desquiciado a Rolf.
—Sabes muchacha, mi intuición de viejo lobo me dice a gritos que tú y yo lograremos que mi nieto abra al fin, y de una vez por todas, los ojos con esa… mujer.
La sonrisa de deleite de Luna aumentó, y pasando su brazo por el del hombre, dijo jovialmente.
—Bienvenido a Londres, Newt.
Después de aquella noche lluviosa, el césped del campus estaba aun muy húmedo, e incluso las zonas que se encontraban bajo las sombras de los ilustres robles se hallaban inmersas en charcos de agua muy fría. Esa era la poderosa razón por la cual Victoire degustaba su emparedado matinal sentada en uno de los bancos, y no sobre el mullido y reconfortante césped de aquellos días soleados. A su lado, Iris se relajaba después de su estresante clase con el profesor Snape dando una capa de laca morada a sus uñas. En ese instante ambas se encontraban en silencio, cada una pensando en sus cosas y en la conversación que habían mantenido unos instantes antes, y que desde hacía bastantes días nunca era sobre Teddy. Ninguna de las dos hablaba del joven de cabello azul. Victoire aun seguía muy enfadada con él, e Iris conocía la existencia de aquel enojo así que evitaba nombrarlo para no incomodar a su amiga. En ocasiones se habían cruzado con Teddy por los pasillos, la joven Weasley pasaba olímpicamente del muchacho, pero Iris se acercaba a él, cruzaba un par de palabras y luego se despedían. Ella regresaba junto a Victoire, y él las seguía con la mirada hasta que se perdían en algún rincón de la universidad.
Siempre había sido un joven solitario. Tenía amigos, sí, pero no lo suficientemente buenos como para que su vida no trascurriese con normalidad si éstos algún día se marchasen de su lado. Ella era la única que se había ganado día tras días, y con el cariño y la paciencia suficientes, el título de Mejor amiga de Teddy Lupin. Iris sabía qué decir, y qué no decir en el momento justo; y ahora incluso ella, que siempre había estado junto a él, le daba —eso sí, de forma muy diplomática—, la espalda, mostrándole de esa forma su disconformidad en su forma de actuar con Victoire. La soledad nunca le había molestado, se acostumbró a ella siendo demasiado joven, pero de un tiempo acá sentía aquella soledad como un gran lastre. Su abuela cada vez era más anciana, más sorda y más quejumbrosa, y él se pasaba casi todo el día metido en su dormitorio, estudiando, y soñando con el momento en que acabaría la universidad y se marcharía de Londres, a recorrer el mundo. Vivir en una ciudad hoy, en otra mañana, disfrutar de cada uno de los rincones de este planeta, seguir el sonido de la tierra desde su palpitante corazón de lava. La geología era su pasión, y se veía dentro de unos años viviéndola y disfrutándola en todos los sentidos, y no metido entre las cuatro paredes de un aula impartiendo clases a jóvenes con la cabeza y los pies más cerca de las nubes que de la tierra. Pero para poder cumplir su sueño aun le faltaba mucho tiempo, y nunca dejaría a su abuela sola para hacerlos realidad. Ella lo había cuidado como a un hijo, y ahora era la anciana la que lo necesitaba. Así que por esa razón tenía muy claro que sus sueños tendrían que esperar al momento en que su querida abuela se decidiese a dejar este mundo, y reunirse así con su marido, su hija y su yerno, allá donde estos estén. Hasta ese triste instante, Teddy jamás se separaría de ella.
Dobló la esquina de la calle que conducía a su casa, la mañana había sido larga y muy pesada. Las clases a las que había asistido aquel día no le habían resultado muy interesantes y se aburrió sobremanera en ellas. Para colmo de males, se había tropezado demasiadas veces con Victoire por los pasillos, y le partía el corazón la forma rencorosa en la que ella lo miraba desde la accidentada conversación que tuvieron en el jardín de campus. Nunca había sido un chico sutil, siempre hablaba de forma franca con las personas que le importaban, y tal vez con ella fue demasiado directo. En aquel momento le pareció una buena idea desahogarse, que Victoire supiese lo que sentía y lo que pasaba por su mente. Pero la reacción de ella fue tan dramática que supo en aquel mismo instante lo enorme que había sido su metedura de pata. Aquella jovencita rubia se había metido en su cabeza más de lo que él mismo habría podido imaginar, y ahora no sabía de qué forma sacarla de allí. Cada día era más difícil verla pasear por el campus acompañada siempre de Iris, dejando que su larga y lisa cabellera dorada se agitase con la brisa otoñal, entrecerrando los ojos cuando sonreía, o simplemente mostrando un semblante taciturno. Teddy había aprendido a descifrar aquella expresión de su rostro a base de minutos observándola desde algún rincón de la facultad, él sabía que ese gesto apesadumbrado se debía a la añoranza que tal vez sentía por su lejana familia. Porque él, a pesar de no poder recordar la sensación de la calidez de los brazos de una madre o lo reconfortante de las palabras y consejos de un padre, también sentía esa añoranza. Su familia aun estaba más lejos que la de Victoire, y la soledad era más evidente hoy que nunca.
Durante un instante pensó que había perdido las llaves porque revolvió de forma nerviosa por los bolsillos de sus tejanos y no logró encontrarlas, hasta que recordó que las había metido en su mochila. Abrió lentamente, sin ganas de entrar en la casa y volver a encerrarse en su habitación, cuando de repente, un escalofrío recorrió su joven cuerpo. Teddy tragó saliva con dificultad, súbitamente tuvo un mal presentimiento, y exclamó:
—Abuela... ¿Estás ahí?
No hubo respuesta, pero aquello no debía ser motivo de alarma puesto que la anciana había perdido ya mucha de su capacidad auditiva. Teddy dejó la mochila en el suelo, y tras cerrar la puerta, insistió de nuevo, elevando la voz.
—¡Abuela!
Nada; Teddy obtuvo el mismo resultado que la vez primera. Comenzó a notar como su corazón latía con más intensidad mientras avanzaba hacia el pasillo acelerando el paso. Pronto se encontró en el salón, con la mirada clavada en el sillón donde su abuela solía pasar horas mirando el televisor, o enfrascada en alguno de sus libros viejos y antiguos. Teddy Lupin cerró los ojos al sentir una profunda punzada en el pecho de dolor. Un dolor que nunca había experimentado. Se acercó al cuerpo de la anciana, que se dejaba caer en toda su extensión en aquel sillón, con la cabeza flexionada hacia uno de sus hombros, aun sostenía abierto en las manos un libro que tenía las puntas amarilleadas por el paso del tiempo. El muchacho hincó sus rodillas en el suelo, y acomodó la cabeza sobre el pecho de su abuela. Ya no latía su viejo corazón, se había detenido para siempre. Sintió como sus ojos se inundaban en lágrimas, y el dolor en su interior se hacía insoportable mientras deslizaba la cabeza desde el pecho hasta el regazo de la anciana; y allí se quedó, sentado en el suelo, abrazando a la que fue mucho mas que una simple abuela durante toda su vida. Y supo entonces, que eran los brazos cálidos y las palabras sabias de aquella mujer, los únicos que habían regido su vida, los que habían logrado convertirlo en un hombre; igual que lo hubiese hecho un padre, igual que una madre.
Como siempre digo, deseo que os haya gustado. Yo puse todo mi empeño en que así fuese...
Besos
María