Ahora sí, regresé.
Os dejo que leáis tranquilamente... gracias.15. La incauta enfermeraInvadida por la rabia y la frustración de no haber podido hablar con Cormac, Hermione subió nuevamente a su coche para dirigirse a GAC. Ahora tendría que decirle a Ron que todo continuaba igual, jamás había sentido tanto rencor por su novio como en ese momento.
Cuando sus dos pies volvieron a pisar el segundo piso del edificio, Hermione se sentía completamente abatida. Pasó por delante del despacho de Ginny como un fantasma, arrastrando los pies y con la cabeza gacha. La pelirroja no pudo evitar verla, y de inmediato supo que algo no había ido nada bien con Cormac. Resopló, y se puso en pie decidida a averiguar qué era lo que mantenía a su amiga en aquel estado.
—No estoy para nadie, Parv —musitó Hermione, mientras miraba a Lavender, que se encontraba junto a su secretaria y que portaba una bandeja con una humeante taza de café —Llévatelo, no me apetece beber café hoy.
Entró en el despacho y cerró la puerta con un golpe sordo. Parvati miró a Lavender, que estaba muy desconcertada, y susurró.
—Aquí está pasando algo grave, Lav. Si supieses lo que vi hace unas horas.
Lavender depositó la bandeja con premura sobre el escritorio de su amiga, y le sonrió con malicia animándola a continuar hablando. No tuvo que rogarle demasiado porque Parvati prosiguió de buen agrado con el chisme.
—Esta mañana sorprendí a la jefa con Ron en el despacho, a punto de besarse.
—¡¿Ron y Hermione?! ¡Eso es imposible! —exclamó la camarera llevándose una mano a la boca sorprendida.
—¡Chsss! Baja la voz, ¿quieres que todos se enteren? —le reprendió mirando convulsivamente de un lado a otro para asegurarse que nadie que pasase por allí, se hubiese percatado de lo que su indiscreta amiga, había expresado.
—Disculpa —dijo Lavender moderando considerablemente su tono de voz—, pero es muy poco creíble lo que me cuentas. Ron, el camarero y Hermione la jefaza, ¿estás segura?
—Bueno, segura, segura, no. Pero estaban demasiado cerca el uno del otro, y puedo afirmarte que yo no me acercaría así a un hombre si no es para besarlo.
—Tal vez a Ron se le metió una basurita en el ojo y Hermione trató de…
Lavender no continuó la frase porque ni ella misma creía que eso hubiese pasado, y la versión de Parvati cobró mas fuerza aun. Intercambiaron una mirada de complicidad y ambas estallaron en una molesta y aguda risita, que solo se vio interrumpida por la presencia de Ginny, que caminaba con paso decidido hacia ellas. Lavender se puso tiesa como un palo de escoba, recogió la bandeja de café, y tras guiñarle un ojo a Parvati, puso rumbo a la cafetería. Al pasar junto a Ginny, ambas mujeres se saludaron alegremente y luego se perdió tras las puertas metálicas del ascensor. La pelirroja llegó hasta la mesa de Parvati que aun mantenía una incontrolada sonrisa en el rostro, fruto de la reciente conversación con su amiga.
—¿Hermione está dentro? —inquirió Ginny señalando la puerta cerrada del despacho.
—En efecto, señorita Weasley, pero me pidió que no dejase entrar a nadie —respondió la joven secretaria con mucha solemnidad.
Ginny arqueó ambas cejas de forma burlona.
—Yo no soy, nadie.
Y pasando por alto lo que había dicho Parvati, abrió la puerta del despacho de su amiga y entró.
La encontró sentada, con los brazos cruzados sobre el pecho y mirando hacia ningún punto en concreto. Ginny carraspeó para hacer notar su presencia, pero no consiguió que la mirada ausente de su amiga se posase en ella. Sin embargo, Hermione masculló con voz grave:
—Parvati tiene los días contados en esta empresa.
Ginny sonrió y se apresuró a explicar.
—No la culpes, me impidió el paso pero tengo un grave defecto de familia; soy muy terca.
Con aquella frase, la pelirroja logró al fin captar la atención de Hermione. Ginny pudo comprobar que la joven estaba muy pálida y su rostro parecía no mostrar ninguna emoción.
—Es fácil deducir por tu cara, que la conversación con Cormac no ha sido muy agradable.
—No ha habido ninguna conversación —expuso Hermione con un gesto de dolor.
—¿Te has echado para atrás?
—No. Simplemente cuando llegue a casa había una nota sobre la mesa de la cocina en la que Cormac me informaba de uno de sus repentinos viajes… —volvió a mirar hacia ningún lado y murmuró—. Precisamente ahora.
Ginny parecía desconcertada, a pesar de lo que lo que Hermione había hecho a espaldas de Cormac no le parecía muy bien. Y a nadie más que a ella le molestaba las infidelidades, pero también debía reconocer que el novio de Hermione nunca fue santo de su devoción, y que el hecho de que su amiga terminase su relación con él —ya fuese por Ron, o no— era la decisión más sensata que jamás hubiese tomado. Sus pensamientos fueron interrumpidos por la voz apagada de Hermione.
—Tu hermano no querrá acercarse a mí hasta que Cormac desaparezca de mi vida…
—Los viajes de Cormac no son muy largos, Hermione, tendrás que esper…
—¡No puedo!, es mas, no quiero esperar a que Cormac se decida a regresar y me de la oportunidad de mandarlo al diablo —exclamó poniéndose en pie y dando un fuerte golpe en la mesa con ambas palmas de las manos.
Ginny abrió los ojos de par en par, sorprendida. Nunca había visto a Hermione tan fuera de sí. Trató de encontrar las palabras justas para hacer regresar a la Hermione juiciosa.
—Llamarlo por teléfono no es una opción muy valiente, tratándose del tema que nos ocupa pero, si tanto te urge…
—Ya lo hice —le interrumpió Hermione caminando sin control por la habitación gesticulando de forma exagerada con los brazos—, pero tenía el móvil desconectado. —De repente se quedó quieta, y tras permanecer en silencio un par de segundos, añadió en voz baja, como si únicamente ella estuviese en la habitación— Su enfermera debe saber adonde fue.
Y sin pedirle opinión a Ginny, Hermione agarró el teléfono y descolgándolo marcó un número.
Durante un buen rato, habló con la enfermera que trabajaba con su novio. Ésta, un poco extrañada de que Hermione no conociese el paradero de Doctor Maclaggen, le informó que el joven no se encontraba en ningún congreso médico —hacía mas de dos meses que no había acudido a ninguno— y que, al igual que tantas otra veces, había viajado a Liverpool, por motivos personales. Hermione trató de no mostrar sorpresa ante todo lo que le explicaba la enfermera y tras inventar una tonta excusa de cómo no estaba en posesión de la dirección y el teléfono del lugar donde se alojaba su novio, consiguió con astucia sacarle la información deseada a la incauta empleada. Se despidió amablemente y luego colgó.
Ginny pudo comprobar, con una simple mirada al rostro de su amiga y tras tratar de hilar un poco la conversación que había presenciado, que Hermione se encontraba completamente aturdida por todo lo que estaba comprobando.
—Cormac me ha estado mintiendo… ¡Dos meses, Ginny! Hace dos meses que no va a ningún estúpido congreso… ¿Dónde va entonces?
Ginny se encogió de hombros pero todo aquello le olía a pura chamusquina. Notó como el rostro de Hermione cambiaba de color, de un blanco casi impoluto a un rojo tan intenso como el cabello de su hermano.
—Tengo que llamar ahora mismo a esta dirección— exclamó Hermione sujetando el trozo de folio donde había apuntado todo la información que la enfermera de Cormac le había dado.
Con una mezcla de rabia y alivio al pensar que no solo ella era capaz de mentir en aquella relación, Hermione descolgó temblorosa el teléfono y marcó con rapidez aquel número desconocido. Sin embargo, no pudo averiguar quién contestaría al otro lado porque tuvo que colgar de inmediato, ya que nuevamente alguien muy inesperado irrumpió en su oficina.
—Buenos días, Granger —saludó Draco arrastrando la voz como siempre.
Justamente pisándole los talones entró Parvati con el rostro muy rojo y levemente perlado de sudor. Tragó saliva cuando Hermione le dedicó una mirada de resentimiento.
—No pude hacer nada para evitarlo… —se excusó bajando sus oscuros ojos al suelo.
—Está bien, Parv, retírate.
La secretaria hizo un leve movimiento con la cabeza asintiendo y luego se marchó cerrando la puerta suavemente.
Hermione se centró entonces en el joven rubio y de ojos grises que la miraba con desprecio desde el centro de la oficina. Draco conseguía que le entrasen náuseas cada vez que su presencia estaba cerca de ella, pero en esta ocasión esa sensación se había aumentado a mas del doble, porque ahora no tenía cabeza para otra cosa que no fuese arreglar su situación con Cormac, y las quejas o los ataques de Draco era lo que menos le apetecían en aquel instante.
—¿Qué te trae por aquí? —inquirió de malos humos.
—Tu pelirrojo.
Hermione dejó ver en su rostro una mueca de recelo, ¿acaso Draco era capaz de leer el pensamiento?
—¿Qué ocurre con Ron?
Hasta que Ginny no formuló aquella pregunta, Draco no se había percatado de que la pelirroja también compartía el mismo espacio que ellos. El rubio le dedicó una mirada de desdén y se giró hacia Hermione para contestarle a ella la pregunta que Ginny había hecho.
—Dile que mantenga las distancias con Astoria, esto es un trabajo no una discoteca donde ligar.
—¡Ron no trata de enamorar a Astoria! —vociferó Hermione considerando que la petición de Draco era lo que faltaba para que su vaso de la paciencia se llenase por completo.
—¿Ah no? Pues no es lo que yo percibo cada vez que voy a una de vuestras estúpidas sesiones de fotos.
—En el caso de que fuese cierto lo que dices Malfoy, ¿qué tendría de malo que mi hermano y Astoria se enamorasen?
Un par de ojos castaños y otro par grises se clavaron en la joven pelirroja como si se tratasen de cuchillos. Hermione abrió la boca para replicar a su amiga pero Draco fue más rápido que ella, confirmándole a Ginny sus sospechas.
—Ese idiota no es hombre para Astoria.
—Sabía que era por tu prejuicio absurdo hacia las personas que no son de tu clase, Malfoy. Mi hermano es hombre para Astoria y para cualquier mujer que se precie. Pero Hermione tiene razón, no creo que Ron esté interesado en tu protegida —miró a Hermione de soslayo y le sonrió para demostrarle que estaba de su parte.
—De todas formas quiero que se ciña a lo profesional, no me gustan esas risitas de complicidad, y mucho menos como Astoria lo defiende —comentó Draco con rabia.
—Entonces deberías pedirle explicaciones a tu chica…
—No es mi chica, Granger —atajó.
Hermione no hizo caso a la aclaración de su rubio enemigo y prosiguió.
—Yo tengo una percepción distinta de las cosas y creo que es ella la que busca un contacto mas, íntimo, digámoslo así, con Ron.
Draco entrecerró sus grises ojos mientras elevaba el labio superior con desaire, notando como el corazón le golpeaba con ira el pecho.
—Astoria no necesita ir detrás de ningún don nadie…
Ginny se puso en pie furiosa, no iba a consentir que siguiera menospreciando a su hermano.
—¿Cuál es tu razón verdadera en todo esto, Malfoy? ¿Acaso estás celoso? —le escupió, acercándose a él mas de lo permitido dedicándole una mirada desafiante.
Draco dio unos pasos hacia atrás, resopló despectivamente con la nariz y el labio elevado le tembló un poco. Hermione se unió al ataque de su amiga.
—Eso no lo había pensado, Malfoy, pero tu interés es demasiado sospechoso.
—Teníais que ser mujeres —dijo con una nota de desprecio en su arrastrada voz—. Siempre pensáis que el interés que un hombre puede mostrar por una mujer se debe a algo romántico. Son negocios Granger, tú lo sabes mejor que nadie. El amor y los negocios no deben mezclarse.
No obstante las palabras de Draco no pareció convencer a ninguna de las dos jóvenes con las que hablaba. Con todo, ambas no tuvieron su derecho a replica puesto que la puerta del despacho se abrió repentinamente y Rolf entró apresurado.
—Luna necesita que vayáis al estudio, ahora mismo.
—¿Quién se cree Lovegood para dar órdenes?— inquirió Draco ocultando lo agradecido que se encontraba por la espontanea llegada del fotógrafo.
—Ella también cumple ordenes, no imagináis quien está en el estudio —tomó aire mientras los demás lo miraban confundidos y aguantando la respiración por la intriga. Rolf, expulsó el aire y añadió—. Ludo Bagman.
—¡Bagman! —exclamaron Ginny y Draco al unísono.
—¡Mierda!
Todos se giraron para mirar atónitos a Hermione que era la que había lanzado aquella palabra mal sonante. La joven miró su reloj de pulsera que marcaban las doce ya pasadas del medio día, trató de recobrar la compostura, pero le resultaba tan inoportuna la visita de Ludo. Contempló con desesperación el teléfono que no había llegado a descolgar para localizar a Cormac, y entornó los ojos a la vez que soltaba un enorme y resignado resoplido, sabiendo que sus deseos tendrían que esperar una vez más.
—Muy bien, veamos que mosca le ha picado ahora.
Iris cruzó el campus a toda prisa, y localizó a Victoire cuando ésta salía de su última clase de aquel día. Llegó hasta ella haciéndose hueco sin delicadeza entre los estudiantes que abandonaban el edificio principal, la pequeña Weasley se asustó a ver a su amiga. Iris, había faltado a la última clase, respiraba con dificultad y tenía los ojos llorosos.
—¿Qué te ocurre? —inquirió pasándole un brazo por los hombros mientras alejaba a la chica del barullo de gente.
—No soy yo… es… es Teddy… ¡Es horrible!
Victoire abrió los ojos de par en par y decenas de horribles posibilidades de que algo espantoso le hubiese ocurrido al muchacho, cruzaron su mente como un relámpago. Pero nunca imaginó lo realmente sucedido.
—Mis padres me han llamado, por eso no acudí a esta materia. Están junto a Teddy, su abuela ha muerto, y yo me voy para su casa ahora mismo, solo quería avisarte de ello.
Fue tan fuerte la impresión que tuvo al escuchar lo que Iris le relataba, que sus notas resbalaron de sus manos y se cubrió la boca horrorizada.
—Debe estar desesperado, Andrómeda es lo único real que le quedaba. La anciana tiene dos hermanas, pero hace años que no mantienen relación, por lo visto el viejo señor Black la repudió, o algo así. Teddy está solo en el mundo —explicó Iris atropelladamente notando como la boca se le quedaba seca de la angustia.
Victoire advirtió como de repente todo aquel resentimiento que había sentido por Teddy durante las últimas semanas, se esfumaba de un plumazo ante la desagradable noticia, y le entraron unas ganas desesperadas de estar junto a él.
—Quiero ir contigo —afirmó con decisión.
Su amiga esbozó una leve sonrisa y sus verdes ojos chispearon agradecida.
—Estaba segura que me acompañarías. Vamos, no perdamos más tiempo.
Victoire asintió nerviosa y tras recoger sus notas desperdigadas por el suelo, siguió a Iris hasta la boca del metro.
Aquel viaje se hizo eterno para ambas, por ello se sintieron aliviadas cuando llegaron a la última parada de su destino, y salieron del subsuelo hacia el exterior. Una vez allí, Victoire llamó a tía Ginny para que no se preocupase por ella y le explicó torpemente lo sucedido, mientras se encaminaba hacia el hogar de Teddy siguiéndole los talones a Iris.
Solo tuvieron que caminar un par de calles desde el metro y pronto se encontraron frente a la casa, situada justo al lado de la de Iris. La muchacha golpeó suavemente la puerta con los nudillos y el rostro de la Señora Walkoswki, muy acongojado, se asomó por ella.
—Ya estoy aquí, mamá. Victoire quiso venir también para acompañar a Teddy.
—Muy bien, pasad —la madre de Iris se apartó un poco y las dos muchachas entraron en la casa—. Los médicos ya han estado aquí y han certificado su muerte, ahora Teddy está reunido en el salón con los de la funeraria, preparándolo todo para el duelo, será mejor que esperemos en la cocina mientras tanto.
Victoire comenzó a sentirse mal. La casa estaba en semipenumbras y se respiraba un ambiente de tristeza que empezó a oprimirle el corazón. De repente se acordó de la Madriguera y del día en que tío Fred murió, era la misma sensación de claustrofobia. Recordó como lloraba abuela Molly y tío Ron, y tía Ginny. Como su madre consolaba a su padre mientras que el tío George permanecía mudo en un rincón, a oscuras, con el rostro y los ojos secos, pero sin apartarlos del féretro de su hermano gemelo. Fueron momentos muy angustiosos y ella tuvo que salir corriendo al jardín para poder respirar. No era fácil para una niña de catorce años haber vivido algo tan horrible como la perdida de un ser tan querido.
—Siéntate, Vic —la voz susurrante de Iris la apartó de la terrible escena que estaba rememorando.
—Estoy mejor de pie, gracias —afirmó inquieta.
El Señor Walkoswki entró en la cocina con la cabeza gacha y cuando vio a su hija le sonrió levemente, y dijo con voz apenada.
—Está todo listo, en breve ya todo el mundo sabrá lo de…, en fin, creo que comenzaran a llegar los vecinos y tal vez algún familiar para dar el ultimo adiós a Andrómeda, y mostrar su apoyo y afecto a Ted.
—¿Podemos verlo ya? —preguntó Iris poniéndose en pie ansiosa.
—Claro que sí querida, le haréis mucho bien.
La joven agarró a Victoire de un brazo y juntas anduvieron presurosas hacia el salón donde debía hallarse el muchacho. Detrás de ellas, los Walkoswki caminaron un poco más lentos, hacia el mismo lugar adonde se dirigían las muchachas.
Nada mas entrar en aquella estancia desconocida para ella, Victoire sintió un repelús que le hizo temblar todo el cuerpo. En una silla, frente a un féretro de madera noble, se encontraba sentado Teddy, cabizbajo dejando que su cabello azul —ya casi desteñido— le cubriese el rostro, y con ambas manos descansando sobre el regazo. La pequeña Weasley pudo comprobar que el muchacho lloraba puesto que una lágrima resbaló hasta el dorso de su mano y él, en un acto reflejo, la secó con la otra. Victoire notó como el corazón le daba un vuelco al ver a aquel chico tan joven, alto y tenaz, completamente vulnerable ante una situación que de seguro le sobrepasaba.
Iris fue la primera en acercarse a él y tímidamente le tocó en el hombro. Victoire sintió un agudo dolor en el pecho cuando pudo ver al fin el rostro desconsolado de Teddy. Tenía los ojos y la nariz enrojecidos, la piel tan pálida como la leche, y unas horribles ojeras causadas por el sufrimiento que ensombrecían sus hermosos ojos castaños. Cuando Teddy vio a Iris se puso en pie precipitadamente y se abrazó con fuerza a ella. Ambos lloraron amargamente. Victoire sentía un nudo horrible en la garganta y sus ojos dejaron escapar también algunas lágrimas de emoción.
—Sabes que no estás solo ¿verdad? —susurró Iris a Teddy una vez que ambos rompieron el doloroso abrazo.
El joven asintió levemente con la cabeza y fue entonces en el momento en que volvió a dejarla erguida cuando, por encima del hombro de su amiga, pudo ver a la pequeña Weasley. La muchacha percibió como una sombra de desconcierto cruzaba el rostro de Teddy, y tuvo miedo de acercarse a él. No sabía cual podría ser su reacción y se mantuvo quieta, con el corazón golpeándole con fuerza en el pecho. Iris fue de nuevo providencial para romper el duro y denso hielo que había entre ellos.
—Victoire no dudó un instante en acompañarme nada mas se enteró de la triste noticia.
Y con un leve movimiento se apartó de él, pasó junto a su amiga dándole unos golpecitos de ánimo en el hombro, y luego caminó hasta donde se encontraban sus padres, que ya daban la bienvenida a uno de los vecinos que había escuchado lo sucedido y se personaba para dar el pésame al muchacho.
Victoire se aclaró la voz, carraspeando suavemente, y dio un paso hacia Teddy que parecía que iba a desmayarse en cualquier momento.
—En realidad —confesó tímidamente—, no sé que decir para que te sientas mejor.
Teddy exhaló un suspiro de pesar y se acercó a ella. De repente Victoire sintió como un par de brazos jóvenes y fuertes la rodeaban con firmeza, y las lágrimas del muchacho mojaban su mejilla. A pesar de lo desesperado y triste de la situación, la pequeña Weasley percibió un extraño regocijo dentro de su pecho y un divertido cosquilleo en su estómago. Dejándose llevar, cerró los ojos y puso las palmas de las manos sobre la espalda de Teddy, y así, sintiéndose ambos reconfortados por los brazos del otro, se mantuvieron unos segundos que parecieron eternos. Teddy fue el primero en separar su cuerpo del de ella y tomándola de una mano, dijo con voz muy débil y entrecortada.
—Estás aquí… para mí es suficiente.
Le sonrió levemente y ella le devolvió la sonrisa, sin soltarle la mano, Teddy volvió a sentarse porque notaba como perdía el equilibrio, y Victoire lo hizo junto a él. La muchacha pudo sentir que el joven temblaba y apretó con fuerza la mano de Teddy para hacerle saber que se quedaría a su lado todo el tiempo que fuese necesario.
Ginny se quedó un poco mas rezagada, la llamada de Victoire la había dejado muy preocupada. Draco, Hermione y Rolf ya debían estar en el estudio junto a Bagman. Anduvo pensativa por el pasillo, siempre se mostraba demasiado afectada cuando escuchaba que alguien cercano dejaba este mundo para siempre; la inesperada muerte de su hermano la había marcado irremediablemente.
Sumida en sus pensamientos se encontraba cuando notó como alguien la agarraba por un brazo y tiraba de ella hacia dentro de uno de los despachos.
—¡Maldita sea, Harry! Me asustaste —exclamó mientras su exmarido la aprisionaba contra la pared.
—¿En qué pensabas? —preguntó Harry dándole pequeños besos en el cuello que ella recibía muy gustosa.
—En Fred…
Harry dejó de besarla y la miró preocupado.
—¿Ha ocurrido algo?
—No, una llamada de Vic me ha hecho pensar en él… vamos, sigue con lo que estabas haciendo.
Harry sonrió mientras atrapaba con sus labios los de su exmujer y ambos se perdían en un apasionado beso.
El ruido sordo de la puerta al cerrarse fue lo único que logró que ambos se apartasen el uno del otro. Pudieron ver como Dean Thomas los miraba con el ceño fruncido y la mano aun en el picaporte.
—Os están esperando en el estudio —advirtió con voz seca.
Ginny notó como el calor se instalaba en sus mejillas. Era una situación muy embarazosa, Harry también estaba rojo pero no de vergüenza, sino de rabia.
—No es tu despacho, ni el de Ginny, es el mío y deberías haber llamado antes de entrar —le increpó.
Dean no respondió a la provocación de Harry, simplemente le dedicó una mirada desafiante y luego se fue, dejando entreabierta la puerta.
—¿Qué le pasa a ese tipo?
Ginny acarició el cabello desordenado de Harry consiguiendo templar los malos humos del joven, que añadió.
—Tendremos que dejar lo que estábamos haciendo para otro momento… ¿Qué tal esta noche, en mi casa?
—No sé, Harry. Ron… Ron es un desastre y no puedo contar con él para que cuide de James, y Vic está en casa de un amigo, su abuela murió y ella quiere acompañarlo.
—Pues trae a James —sugirió Harry frunciendo el ceño.
Ginny suspiró y volvió a unir sus labios a los de él durante un instante.
—¿Por qué no vienes tú a casa? Así, si James se duerme…
Harry sonrió entendiendo perfectamente a su exmujer y enarcando las cejas burlonamente asintió con energía.
—Estaré allí puntual, como un reloj suizo.
La pelirroja rió mientras le daba unos golpecitos en el pecho con burla y salía del despacho, notando como él la seguía hacia el estudio.
El lugar del trabajo de Luna estaba abarrotado de gente. Ludo Bagman se encontraba en el centro, flanqueado por Hermione, Draco y Luna. En un rincón, Rolf charlaba animadamente con Ron y Astoria. La joven parecía estar fuera de la conversación que mantenían los dos hombres, porque toda su atención se centraba en el rubio de ojos grises y rostro afilado que asentía de vez en cuando a lo que el señor Bagman argumentaba. Desde lo ocurrido aquella mañana, Astoria y Draco no habían vuelto a intercambiar ninguna palabra. Ella sentía que había metido la pata hasta el fondo, se había dejado llevar por un impulso incontrolado y ahora ya era tarde para lamentarse. Malfoy sabía la verdad sobre sus sentimientos, y parecía que todo le daba igual. Tal vez era mejor que lo supiese de una vez por todas, había pensado la muchacha en varias ocasiones, así ahora ella sabría realmente si seguir con aquel sentimiento era algo estúpido o merecía la pena. Pero Draco evitaba mirarla, trataba de no toparse con ella, y eso le estaba produciendo mucho daño. Una espontanea carcajada de Ron, la hizo regresar al estudio y a la conversación de sus compañeros. En realidad hablaban del abuelo de Rolf, y de lo feliz que se sintió el padre de Luna con su llegada esa misma mañana y el hecho de que se hospedase en su casa. El anciano una vez que se hubo instalado parecía también que se encontraba muy a gusto en aquel lugar.
Harry y Ginny irrumpieron en el estudio, aunque nadie se percató de ello porque todos andaban en sus cosas. Únicamente Dean, tomando notas desde uno de los escritorios enfrascado en unos informes junto a Cho y a Neville, los vio llegar, rodó los ojos y continuó con su quehacer.
Muy cerca de ellos, Blaise Zabini y Pansy Parkinson no le quitaban el ojo de encima al corrillo que se había formado en el centro de la habitación, y en el que Bagman, sin ninguna duda, era la pieza principal.
Hermione trataba de concentrarse todo lo posible en dar las explicaciones pertinentes de cómo iba el proyecto a Ludo, pero había dos cosas que lograban embarullarla: Una, la cercanía y la complicidad que Ron y Astoria mostraban en cada momento, por un momento pensó en las palabras de Draco, pero decidió no castigarse y las desechó. La segunda cosa que la mantenía completamente distraída era la conversación que había tenido minutos antes con la enfermera de Cormac. Le urgía saber que se traía su novio entre manos, e intuía que aquella llamada que no había realizado aun, la iba a sacar de dudas. Por ello, no veía el momento en que Ludo Bagman abandonase GAC, sin embargo el hombre no parecía tener demasiada prisa en hacerlo. Paseó por el estudio, revisó las últimas fotos tomadas por Rolf y por Zabini. Admiró el trabajo bien hecho de ambos hombres, y elogió a Luna con mucho énfasis. Saludó de forma reiterada a Astoria y a Ron, orgulloso de sí mismo por tan acertada elección de los protagonistas de su campaña, y terminó su visita felicitando y alabando su profesionalidad a Hermione y a Draco. Un par de horas mas tarde, Ludo Bagman se subía en su mercedes de lujo y se marchaba de Westminster.
Todos corrieron en tropel hacia la cantina de Madam Rosmerta, eran más de las dos y media de la tarde y estaban hambrientos. Cuando Lavender los vio llegar, resopló fastidiada, aquel era un día especial para ella y pensaba pedirle la tarde libre a Rosmerta. Miró de soslayo a su esposo y se encogió de hombros. Seamus, intuyendo que su velada romántica con Lavender para celebrar su aniversario tendría que esperar unas horas mas, se acercó a ella, le dio un suave beso en los labios, y dijo con voz aterciopelada.
—Me quedaré arriba, terminando unos asuntos. Llámame cuando hayas terminado.
Lavender asintió y observó como su marido se marchaba del lugar, mientras de fondo, oía a Madam Rosmerta llamándola a voces para que comenzara a tomar notas de los pedidos de las mesas.
La cantina se había dividido claramente en dos bandos. De un lado, Luna, Rolf, Dean, Neville y Cho se habían sentado juntos a almorzar. Cerca de ellos, en una mesa para dos, Harry y Ginny compartían algo más que una comida. En la barra, Ron observaba a Lavender correr de un lado a otro y se moría de ganas por echarle una mano, pero sabía que eso molestaría a Hermione, sobre todo si Malfoy estaba presente. En otro lado del local, Blaise, Pansy, Astoria y Draco compartían mesa. Los dos primeros charlaban con Malfoy sobre la visita de Bagman. La modelo por el contrario, permanecía callada y el guiso de Madam Rosmerta se enfriaba en su plato sin que se decidiese a probarlo. Tenía el estómago cerrado, Draco estaba demasiado cerca de ella, y sin embargo, jamás lo había sentido tan lejano. Resopló frustrada, ¿es que acaso ese hombre estaba hecho de hielo? Chasqueó la lengua, sintiendo unas ganas enormes de levantarse y marcharse de su lado. No podía más y se decidió a hacerlo, pero en ese instante la cuchara con la que había jugueteado todo el tiempo, se resbaló de entre sus dedos y se estampó contra el suelo. El ruido llamó la atención de Draco que se giró hacia la joven, siendo esa la primera vez que sus grises ojos se encontraban con los de ella desde aquella inesperada confesión. Astoria se quedó paralizada; Draco, por su parte, se agachó para recoger el utensilio del suelo.
—Será mejor que le pidas una limpia a Rosmerta —le recomendó extendiendo hacia ella la cuchara que había caído.
—Gracias —dijo la joven con apenas un hilo de voz.
Astoria alargó su mano para coger la cuchara, y en ese instante sus dedos tocaron levemente la fría piel de Draco. Una extraña sacudida golpeó los cuerpos de ambos. El joven carraspeó tratando nuevamente de hacer como si ella no estuviese. Astoria exhaló un agónico suspiro y se puso en pie, dejando caer bruscamente la cuchara sobre el plato del guiso, salpicando de salsa el mantel.
—Estaré en el estudio —espetó, y se marchó.
Tan contrariada iba que apenas levantaba la vista del suelo, y por eso no pudo evitar chocar de bruces contra Hermione, que recién entraba en la cantina después de haber despedido a Bagman. Se disculpó torpemente y continuó con su deseo de desaparecer cuanto antes de la presencia de Draco. El rubio, a pesar de saber que él era el motivo por el cual Astoria se sentía tan indispuesta, no hizo nada para mejorar las cosas. Al ver a Hermione pasar por su lado, intercambió con ella una mirada de profundo rencor y siguió como si nada, enfrascado en la conversación que mantenía con sus esbirros.
La joven llegó hasta la barra tomando asiento en un taburete alto junto a Ron. Se sonrieron con discreta complicidad, y ella pidió a Lavender que le sirviese lo mismo que tomaba el pelirrojo.
—Traté de hablar con Cormac, pero el muy… oportuno, se ha marchado de viaje —comentó cuando vio como la camarera se alejaba de ellos.
—¿Cuándo regresa?
—No lo sé, me dejó una nota, pero no decía donde estaba, ni cuando volvería —contestó con apatía—. Lo siento Ron.
El pelirrojo clavó su mirada azul en la joven que parecía muy abatida y cansada. Quiso pasar su brazo por los hombros de Hermione y dejar que su cabeza reposase contra su pecho, pero no era justo para ella, puesto que aun nadie sabía lo que había entre ellos y no deseaba dejarla en mal lugar. Así que simplemente le acarició el dorso de la mano suavemente con discreción y cautela, y dijo con voz conciliadora.
—¿Sabes que es lo único que lamentaría de todo esto? —Hermione negó débilmente con la cabeza mientras su rostro mostraba la sonrisa de complacencia que le producía el roce de la piel de Ron sobre la suya. El pelirrojo continuó hablando—: Que logre convencerte y te quedes a su lado.
—Eso no va a suceder…
—Ya oí eso una vez —sentenció Ron sin variar el tono de su voz.
—Lo sé, pero yo no soy ninguna estúpida para dejar escapar mi felicidad, ahora que la he encontrado.
Ninguno de los dos apartó los ojos del otro. Ron dejó de acariciar la mano de Hermione y la tomó entre la suya con fuerza. Ella suspiró, y él sonrió.
—Disculpe, su plato Señorita Granger.
La voz de Lavender sobresaltó a la pareja que rápidamente desunieron sus manos. Eso no pasó desapercibido para la camarera, que recordando lo que aquella misma mañana había conversado con su amiga Parvati, comenzó a creer que ciertamente algo extraño pasaba entre Ron y Hermione. El rostro sonrojado de la publicista y la sonrisa boba del pelirrojo se lo terminó por certificar. Tratando de ser lo más discreta posible, dijo con voz amable.
—Espero que lo disfrute.
Hermione frunció el ceño, ¿comenzaba a estar algo paranoica o aquella frase de Lavender parecía tener doble sentido? Decidió no darle mayor importancia porque todo era cuestión de tiempo y de localizar a Cormac, y entonces, ya no tendría que esconder nada a nadie.
Ya casi no quedaba nadie en la cantina, y Lavender, con el ánimo muy subido, recogía afanosamente los restos del almuerzo para poder marcharse lo más pronto posible. El único que quedaba en el bar era Rolf. El muchacho, que no tenía nada de importancia que hacer en ese momento porque su jefa estaba reunida con Hermione, Harry, Ginny y Draco en la sala de juntas, mataba el tiempo tomando en la barra de la cafetería un energético té. Miraba absorto el líquido verdoso y suspiraba de vez en cuando. Pensaba en su abuelo, y en porqué era tan difícil que se llevase bien con su novia. Susan no era exactamente la mas dulce de las mujeres, pero tampoco un ogro como para que la mayoría no soportasen su presencia. Además, Luna había dicho algo en el aeropuerto que lo había dejado muy intrigado: “La conozco mejor de lo que piensas…” Ella le estaba escondiendo algo, y él tenía que averiguar qué era, aunque tratándose de Luna, la cosa no iba a ser fácil.
Parvati Patil entró en la cafetería y se sentó en uno de los taburetes de la barra muy próxima a Rolf, al que saludó con un leve movimiento de cabeza. Nada mas ver a su amiga, Lavender que estaba ya casi lista para marcharse, se acercó a ella con una sonrisa sospechosa.
—¿Te vas? –preguntó Parvati al verla sin el uniforme de camarera.
—Así es, hoy es mi aniversario de boda, Seamus me está esperando.
—Ah, es cierto, felicidades. Entonces le pediré mi té a Madam Rosmerta. Tengo un poco de tiempo libre, los jefes están en una reunión.
—Te lo sirvo yo, y así te cuento algo que he visto hace un rato.
Dejándola con al intriga, Lavender se alejó de ella y comenzó a preparar el té que le había pedido. Apenas dos minutos después, Lavender regresó a su lado y le aproximó la bebida que emanaba mucho humo.
—¿Me vas a contar de una vez? ¿O piensas tenerme en ascuas mucho más tiempo? —el tono de impaciencia de Parvati logró llamar la atención de Rolf.
—Tenías razón con respecto a Ron y a Hermione, a la hora del almuerzo los pillé tomados de la mano.
Parvati dio un respingo, llevándose ambas manos a la boca y con los ojos tan abiertos como chispeantes. Rolf frunció el ceño, y aguzó aun más el oído.
—Lo sabía, ¿ves como había sido muy extraño verlos tan juntos en el despacho? Creo que hay algo entre ellos.
Lavender asintió mostrando su total conformidad con la creencia de su amiga.
—¿Y el novio? —inquirió bajando el tono de voz.
Parvati se encogió de hombros, y soltó una risita muy molesta. Lavender torció el gesto, añadiendo.
—Nunca me gustó, pienso que Hermione gana con el cambio.
Ambas mujeres se miraron de forma cómplice y volvieron a reír en voz baja. Rolf no podía creer lo que acababa de escuchar. Pensó en lo sucedido nada mas llegar a GAC esa mañana y en la joven que se ocultaba detrás del biombo en el estudio. Sonrió, si aquello era cierto, con ese par de indiscretas, el chisme pronto se extendería por toda la segunda planta. Pero un comentario de Parvati consiguió que olvidase los problemas sentimentales de Ron y Hermione, y pusiese toda su atención de nuevo a aquellas dos chicas charlatanas.
—Blaise Zabini me pone los pelos de punta, no soporto tener que encontrármelo a todas horas.
—Cuando lo vi llegar el primer día, pensé que a Luna tendrían que llevársela al hospital con un ataque. Demuestra no tener ninguna vergüenza al regresar aquí —terció Lavender apoyando a su amiga.
—Después de lo que le hizo…
Aquella frase fue la mecha que encendió la curiosidad de Rolf. Luna jamás le iba a contar lo que sucedió entre ella y ese tipo, ya se lo había dejado claro en más de una ocasión: Ella no habla de Blaise Zabini. Muy bien, ella no, pero parece ser que Lavender y Parvati si estaban muy habladoras aquella tarde. Por ello, y echando por tierra todos los buenos modales que siempre le habían inculcado, Rolf se intervino en la conversación de las chicas.
—Disculpad.
Parvati y Lavender —que ya tenía el bolso sobre el hombro dispuesta a marcharse—, se giraron para mirarlo, ambas con una sonrisa en los labios.
—¿Ocurre algo Rolf? —preguntaron al unísono.
—No he podido evitar oír parte de vuestra conversación —las chicas se pusieron rojas.
—¿Qué parte? —inquirió Parvati.
—Cuando habéis nombrado a Zabini.
Las dos amigas se miraron y lanzaron un suspiro de alivio. Rolf no quiso que supieran, que en realidad, también había oído lo del chisme sobre la posible relación de la jefa de la segunda planta con el inexperto modelo pelirrojo. Era mejor así, que pensaran que habían hecho las cosas correctamente y que únicamente ellas eran las poseedoras de aquel jugoso secreto.
—¡Ah Zabini! —exclamó Lavender—. Ese imbécil.
—Veo que no cae demasiado bien. A Luna tampoco le agrada… —Rolf tanteaba a las jóvenes para que fuesen ellas quienes le desvelasen la verdad sin necesidad de exponer abiertamente su curiosidad.
—Con toda la razón —confirmó Parvati—. Ese tipo se comportó con ella como un hijo de…
—¡Parv! —le reprendió la camarera, y luego girándose hacia el joven preguntó—: ¿Luna no te ha contado nada sobre él?
—No, aunque supongo que lo haría si tuviésemos tiempo para ello —mintió, seguía probando suerte.
—Entonces creo que no le importara si nosotras te ponemos al corriente, ¿verdad?
—Creo que incluso os lo agradecería, porque tal vez a ella no le apetezca mucho hablar sobre ese tipo —estaban a punto de caer.
Lavender y Parvati se miraron durante unos segundos como si trataran de darse el beneplácito una a la otra, finalmente la secretaria fue la que se decidió a dar el primer paso.
—Cuando Hermione fundó GAC, éramos aquí cuatro gatos —rió nostálgica—. Ella, Ginny… Harry aun no pertenecía a la empresa aunque por aquel tiempo ambos ya eran novios; también estaban Dean Thomas, Luna, yo misma y ese Blaise. Luna y Blaise eran pareja, compartían vida y profesión. Eran jóvenes, prácticamente acababan de terminar sus estudios pero ella era brillante y Hermione no tardó en contratarla. Luna puso como condición que su novio también formase parte de la empresa…
—¿Eran novios? —la interrumpió Rolf desconcertado.
—Exacto. Pero Hermione solo necesitaba a una persona para hacerse cargo de la dirección artística y por ello, aun poseyendo los mismos estudios que Luna, Blaise fue contratado como un simple fotógrafo. Accedió, y él y su novia formaron un buen equipo, al menos durante el primer año.
—¿Qué pasó entonces?
—Vaya, eres muy impaciente Rolf. ¿Quieres oír la historia o no? —le advirtió Parvati. Rolf asintió levemente sonrojado—. Entonces no me interrumpas mas… ¿por dónde iba?... ¡Ah, sí! La empresa iba funcionando bien, éramos como una pequeña familia. Nuestros clientes eran modestos pero fieles, y eso nos hacía tirar hacia delante. Cuando GAC llevaba trabajando poco más de un año, nos llegó nuestro primer cliente importante. Se trataba de una marca muy conocida de un perfume francés. El dueño había oído hablar de Luna y quería que nosotros llevásemos aquella campaña publicitaria. Todos estábamos muy emocionados, y Luna trabajó duro, muy duro en aquel proyecto. Todo lo compartía con Blaise, él sabía cada paso que ella daba y el porqué. Parecía apoyarla en todo, y Luna se sentía dichosa. Creía tenerlo todo en la vida, su profesión a la que amaba mucho y su novio al que amaba más.
Apenas quedaban un par días para presentar la campaña al cliente y ya estaba prácticamente lista cuando de repente, reciben la visita del dueño del perfume y de un par de asistentes para comunicarles que han cambiado de idea, y que otra empresa publicitaria llevará a cabo el proyecto. A Hermione se le vino el mundo encima y Luna…, ella lo pasó muy mal. Era todo tan extraño. Para colmo, poco tiempo después, descubrió que Blaise le estaba siendo infiel con una periodista. Aquellas dos malas experiencias, la cambiaron por completo. Siempre fue una chica desinhibida, divertida y no tenía complejos. Segura de sí misma. Pero ya no es ni siquiera un leve reflejo de lo que fue —Parvati, apesadumbrada, hizo una leve pausa y observó el rostro desencajado de Rolf. La joven tragó saliva y prosiguió su relato—. Ahí no terminó todo. Unas semanas después de que Blaise y Luna rompiesen, salió a la luz la campaña publicitaria del perfume… ¿Puedes adivinar quien la lanzó?
—Malfoy —respondió Rolf sin dudarlo.
—Exacto, Draco Malfoy. Fue la primera vez que ese tipo se metió en nuestro camino, pero lo mas sorprendente de todo era que la campaña era exacta a la que había realizado Luna. Era como si hubiese caído sobre nuestras cabezas un jarro de agua fría, y la gota que colmó el vaso fue cuando supimos quién era el nuevo director creativo, que supuestamente había llevado a cabo el proyecto…
—Zabini —afirmó Lavender, que ya llevaba demasiado tiempo en silencio.
—¿Zabini le robó a Luna la idea? —inquirió Rolf escandalizado.
—No, Rolf, fue más allá. Le robó el proyecto, completo y terminado —sentenció Parvati—. Entiendes ahora por qué no lo soporta. La traicionó, doblemente y eso no es fácil de olvidar.
—Desde entonces, Luna no ha vuelto a enamorarse y creo que no lo hará jamás. Sus conquistas, no le duran más de dos días. Supongo que no quiere exponerse a que vuelvan a romperle el corazón —comentó Lavender mientras veía como su esposo aparecía por la puerta de la cafetería—. Seamus está aquí, chicos. Nos vemos mañana.
Les sonrió, y caminó hacia el joven abogado. Éste, tras saludar a los dos que estaban sentados a la barra del local, pasó una mano por la cintura de su esposa y se marcharon juntos.
Parvati se quedó en silencio mientras bebía un sorbo de té, tampoco su compañero de tertulias estaba muy hablador, mas bien pensativo. Terminó el té, y se puso en pie para regresar a su puesto de trabajo.
—La reunión debe estar a punto de finalizar —observó mientras miraba la hora que marcaban las manecillas doradas de su reloj de pulsera—. Hasta luego, Rolf.
Pero antes de que la joven se perdiese de vista, Rolf se giró hacia ella y le preguntó en voz alta.
—¿Sabes quién era ella? ¿La periodista?
Parvati se detuvo en seco y se volvió hacia él. Su rostro dejó ver una mueca reflexiva, y tras unos interminables segundos de cavilación, contestó con voz suave.
—No lo sé. Nunca la he visto en persona, pero sí oí su nombre un par de veces… Creo recordar que se llamaba, Susan.
Rolf sintió un vuelco en el corazón. Su Susan era periodista, pero debía haber cientos de Susan periodistas en Londres…
“La conozco mejor de lo que piensas…”
Las palabras de Luna volvieron a resonar en su mente.
—No, es imposible… no puede ser ella. No puede ser mi Susan.
Cuando Hermione entró en su despacho seguida de Ginny, no podía creer que fuesen casi las ocho de la tarde. Se le había ido la jornada prácticamente, y no había logrado localizar a Cormac.
—Ha sido un infierno este día —dijo Ginny derrumbándose en el sofá blanco de Hermione.
—Interminable —secundó la jefa de GAC.
Hermione se sentó sobre su sillón giratorio de cuero, buscó entre sus papeles la dirección y el número de teléfono que la enfermera de Cormac le había facilitado aquella mañana, y anunció decidida.
—Voy a llamar ahora mismo.
Ginny dejó de estar despatarrada en el sofá y se irguió como un palo. Hermione levantó el auricular del teléfono y marcó con impaciencia el número.
Se oyó un tono, luego dos, y tres… y entonces alguien descolgó; era una voz infantil.
—Hola, ¿vive ahí Cormac Maclaggen? —preguntó Hermione aparentado calma.
—Sí —afirmó la voz de niño al otro lado.
—Me gustaría hablar con él ¿Está en casa?
—No, no está, mi padre salió hace ya un buen rato, ¿quiere que llame a mi madre?...
No pudo oír nada más, porque el auricular del teléfono resbaló de sus manos y se estampó contra la mesa de madera haciéndole saltar una lasquita. Ginny se puso en pie y corrió hacia Hermione. Colgó el teléfono, y acercándose a ella, inquirió.
—¿Qué ha ocurrido? ¿Qué te han dicho? Hermione, ¿estás bien?
Hermione giró sus vidriosos ojos hacia su amiga. Se había vuelto pálida y le tembló la voz al decir:
—Era su hijo, Ginny… acabo de hablar con el hijo de Cormac.
Ya sabéis jeje eso es todo por ahora...
Gracias por continuar leyendo esta historia...
Mil besos.
María.