Hola otra vez, ahora sí puedo colgar el capitulo al fin.Olga: Felices fiestas wapa. Siento lo de tu antigua cuenta. Gracias por tu fidelidad a mis fics, ya sabes que es un placer tenerte como lectora. Espero que este tambien te guste. Galicia... yo vivo en Cádiz y ya estoy agobiada con la lluvia, necesito el sol para vivir, soy del sur jajaj!!!! besos...
Este capitulo va dedicado a Roo y a Miss Black porque cumplieron años dentro de este mes que llevo sin publicar... besos a las dos.
Ahora sí dejando capitulo dos:2. Las pastas intactas sobre el plato
Ginny conducía lenta y somnolienta. Faltaban poco menos de media hora para que todos los relojes de Londres marcasen las siete de la mañana. Ron miró el suyo. No estaba impaciente, ni nervioso. Aquel no iba a ser su primer trabajo, pero algo, en el fondo de su corazón le decía que aquel puesto le repararía muchas sorpresas. Eso, o que tal vez estaba dejándose influenciar demasiado por la magia de aquella hermosa ciudad. Las noticias matinales se escuchaban dentro del coche de Ginny como un murmullo. Ni él, ni su hermana, parecían prestarle atención a lo que sucedía en el mundo mientras ellos iban en dirección a sus respectivos trabajos. Cada uno tenía algo que lo distraía dentro de su cabeza. Para Ginny volver cada día a Granger Advertising Company (G.A.C) suponía encontrarse una vez mas con el hombre que mas daño le había causado en la vida, y al que a pesar de lo sucedido, seguía amando. Para Ron, sin embargo, todo era nuevo, cada minuto que vivía en Londres era asombroso. Y deseaba que cada cosa siguiese sorprendiéndole de la misma forma a lo largo del día. Ginny dobló una esquina, y se vislumbró al fin el edificio de cuatro plantas donde estaban ubicadas las oficinas de publicidad. Estacionó su vehículo en un aparcamiento de coches reservado solo para los trabajadores de aquel edificio.
—Creo que hemos llegado muy temprano. Madam Rosmerta aun no estará en al cafetería Ron, ella llega siempre puntual—Decía Ginny mientras bajaba del coche con pereza.
—No importa, esperaré—Añadió el pelirrojo sonriendo a su hermana, que arqueó las cejas incrédula, consciente de que a Ron no le gustaba esperar.
—Cómo quieras, vamos.
Y de esa forma ambos entraron juntos en el edificio. Saludaron al guarda de seguridad que estaba en la puerta como cada día, y luego se despidieron el uno del otro. Ginny se subió al ascensor que la conduciría a su oficina en la segunda planta, y Ron se quedó con la espalda apoyada sobre la puerta de la cafetería.
El edificio constaba de tres pisos y la planta baja. en cada uno de los pisos estaba ubicada una empresa diferente. En la planta baja se podía encontrar la recepción, y la cafetería. En la segunda estaba situada GAC la empresa de publicidad donde trabajaba Ginny. La tercera planta correspondía únicamente a un bufete de abogados, y la más alta de todas, la cuarta, albergaba un estudio de decoradores de interiores. Así que en poco rato, Ron comenzó a ver desfilar ante sus azules ojos a todos aquellos que daban vida, día a día, a cada uno de los pisos del edificio. Era divertido verlos llegar, y podía identificar a lo que se dedicaba cada grupo de ellos con tan solo echarles una ojeada. Si estos iban encorbatados, con caras largas y serias, adornando sus manos con maletines de piel, se intuía que se dirigían a la tercera planta. Si sus ropas eran coloreadas, llevaban bufandas y pañuelos con dibujos extravagantes, y peinados y tintes fuera de lo común y muy actuales, no cabía duda de que aquellos se encaminaban a la planta más alta de todas. El resto de los recién llegados probablemente ocuparían el mismo piso que Ginny. Se encontraba inmerso en descifrar a que planta iba cada uno de los individuos que comenzaban a colonizar el edificio, cuando una voz muy conocida lo apartó de su pasatiempo. Ron giró la cabeza hacia la persona que había hablado y sonrió con efusividad.
—¡Cielos Harry! ¡Maldita sea, cuanto tiempo!
Caminó hacia el hombre de pelo negro desaliñado, y estrechó su mano con energía.
—Debí imaginar que serías tú a quien Ginny fue a buscar ayer—Confirmó Harry dándole sendos golpes amigables en la espalda al pelirrojo.
—Así es, decidí cambiar de aire. En Ottery comenzaba a asfixiarme.
Hubo un silencio, Harry suspiró pesadamente, y Ron dejó de sonreír. Ambos separaron sus manos. Harry agarró con ella una gruesa carpeta de piel negra, y Ron introdujo la suya en el bolsillo derecho de su gastado pantalón tejano. El silencio se prolongaba, nunca había pasado eso entre ellos. Eran amigos desde los once años y siempre habían sabido que decirse en cada momento. Pero ahora, después de estar más de un año sin intercambiar impresiones, las palabras se resistían a salir de sus gargantas. Harry fue el primero en romper el hielo.
—¿Qué haces aquí? ¿Has venido acompañar a Ginny?
—No exactamente, Madam Rosmerta me ofreció ayer un trabajo como camarero. Estoy esperándola—Contestó Ron aliviado al fin de que Harry hubiese iniciado un tema de conversación.
—¿Trabajarás aquí, en este edificio?—El pelirrojo asintió—¡Vaya! Me alegro mucho, Ron.
—Gracias.
Volvió el silencio y eso resultaba muy violento por ello Ron pensó que ahora le tocaba a él romperlo. Así que ni corto ni perezoso hizo la pregunta que deseaba hacer desde hacia largo rato.
—¿Cómo te encuentras Harry?
Su amigo volvió a suspirar pesadamente y sus ojos se mostraron abatidos durante unos segundos antes de contestar con sinceridad.
—Mal, pero tristemente comienzo a acostumbrarme a estar así.
Sonrió, débilmente, pero su sonrisa no convenció a Ron.
—Me gustaría hablar de ello contigo un día de estos. Nunca lo hemos hecho, yo solo sé la versión de Ginny y para ser justo necesito saber la tuya Harry. Te conozco, y me resisto a creer que lo hicieses. Pero si tu versión no me convence, si tengo una mínima duda de que tal vez fuese verdad lo que pasó, juro que te partiré la cara en ese instante por hacer infeliz a mi hermana.
Harry no dijo nada, solo se limitó a bajar la vista al suelo. Ron colocó una mano sobre su hombro y su amigo dijo en voz alta.
—¿Cómo puedo convencerte de algo de lo que yo mismo no estoy convencido? Deberías partirme la cara ahora, aquí mismo, por idiota, por estropear lo mas hermoso que me ha pasado en la vida.
—Prefiero hablarlo antes.
Harry levantó la vista hacia su amigo, que era más corpulento y alto que él, y sonrió una vez más con la misma melancolía que antes. Luego asintió débilmente, volvió a estrechar la mano de Ron y se alejó de él con pasos lentos para ir a reunirse con dos mujeres que parecían discutir por algo. Una de ellas era rubia de ojos azules grandes y expresivos, parecía alterada porque hacía movimientos exagerados con las manos mientras hablaba. La otra tenía el cabello ondulado, rebelde y castaño, y miraba a la primera con el ceño fruncido y los labios apretados. Una vez que se reunió con ellas, los tres desaparecieron tras la puerta del ascensor. Ron resopló, no podía creer que encontrarse con Harry lo hubiese afectado tanto. Se miró las manos, temblaba. Todo era extraño ahora entre ellos.
—¡Hola!
Se giró de repente hacia la persona que lo había saludado. Era Lavender, la camarera que había conocido el día anterior.
—Hola.
—¿Tienes ganas de trabajar, eh?—Ron se encogió de hombros. Lavender dejó ver una mueca en el rostro de sonrisa socarrona—Lo digo por lo temprano que has llegado, incluso antes que Madam Rosmerta. Ella es un maldito reloj suizo.
Aquella observación que la joven de cara redondeada y cabello rubio había hecho con toda la seriedad del mundo, logró arrancar una leve risa al pelirrojo, consiguiendo que olvidase el tenso momento que había vivido unos segundos antes. La muchacha alzó una ceja y luego añadió.
—Sí, ríete ahora. Pero cuando descubras lo exigente que es con todo, no te parecerá tan divertido.
Ron volvió a reír, y Lavender rodó los ojos resignada. Miró su reloj aun faltaba cinco minutos para que su jefa apareciese. Por esa razón, y para pasar mas rápido el tiempo decidió seguir dándole conversación al pelirrojo.
—Así que eres de un pueblo… ¿De donde dijiste?
—Ottery.
—Nunca he estado allí. Yo tampoco soy de Londres. Nací en Stevenage. Así que tenemos algo en común, venimos de pequeñas ciudades para vivir en una gran ciudad—Sonrió abiertamente—¿Qué te trajo aquí?
—Muchas cosas. Tengo veintinueve años, supongo que era hora de dejar el hogar familiar—Contestó con desdén.
—Sí, desde luego ya iba siendo hora.
—¿Y a ti? ¿Qué te atrajo de Londres?—Ron pensó que ahora le tocaba a él hacer preguntas.
—Un hombre. Un idiota del que me enamoré cuando tenía veinticuatro años. Vino a mi pueblo a pasar las vacaciones de verano, y cuando regresó a Londres yo me vine con él. Soy demasiado impulsiva, tengo que pensar mas las cosas—Observó con aire taciturno y mirando al suelo.
—¿No salió bien?—Curioseó el pelirrojo.
—No. Todo era ideal para mí, pero parece ser que él se dio cuenta que no deseaba ataduras, y una mujer a la que apenas conocía viviendo en su casa era un lastre. Un día vi mis maletas en la puerta…
—¡¿Te echó?!
—Sí, sin más. Me dijo que buscase otro lugar para vivir porque lo asfixiaba. La culpa es mía por dejarme llevar siempre por mis impulsos. Pero decidí no regresar a mi pueblo y hacerme un hueco en esta ciudad. Alquilé un apartamento con un par de chicas, encontré este trabajo y aquí me quedé—Lavender volvía a sonreír mientras decía esto—Londres es una ciudad dura, pero es demasiado hermosa. Me enamoré de ella y de alguien más.
—¿Otro hombre?
—Seamus es el mejor, tanto que finalmente terminé casándome con él. Así que tal vez no fuese mala idea seguir a ese idiota aquella vez.
Las últimas palabras lograron arrancar una sonrisa de los labios de Ron que durante la conversación había estado muy serio escuchando a la joven.
—Me alegro…
—Gracias, ni siquiera sé porqué te he contado esto. Hablo demasiado, supongo que me has caído bien—Miró su reloj una vez mas y ya pasaban cinco minutos de las siete de la mañana—¡No lo puedo creer! Madam Rosmerta llega tarde.
—Un poco querida, solo un poco y te aseguro que no servirá de precedente—Era la voz de la madura mujer que llegaba a paso acelerado, con el cabello rubio mas alborotado que nunca—Buenos días muchachos. ¿Sabes una cosa, pelirrojo? Cuando lleves algún tiempo en Londres te darás cuenta que aquí todo va tan exacto como el enorme Big Ben, todo menos el maldito trasporte público—Gruñó, mientras buscaba en su bolso las llaves con las que abriría la puerta de la cafetería.
—¿Qué le ocurrió a tu coche?—Inquirió Lavender torciendo el gesto.
—Algún desalmado le ha pinchado las cuatro ruedas esta noche… ¡Niñatos de mierd…!—Tomó aire e intentó serenarse, no le gustaba ser mal hablada y cuando se enfadaba su lengua no atinaba a razones—En fin, a última hora tuve que agarrar el primer taxi que pude, y también el mas lento.
Siguió gruñendo y balbuceando palabras ininteligibles por lo bajo. Palabras que Lavender no dudaba que fuesen insultos para aquellos que habían fastidiado su coche y para el conductor del taxi.
—Muy bien muchachos pongámonos manos a la obra… Ron, ven aquí, voy a explicarte cual será tu cometido en esta cafetería, espero no tener que echar de menos a Cindy.
—No lo hará—Dijo el pelirrojo con voz firme.
Rosmerta le dedicó una sonrisa de confianza y luego entró en la pequeña cocina de la cafetería seguida de cerca por el joven.
Caminaba de un lugar a otro del despacho. Estaba nerviosa, y hablar con Luna nada más entrar en el edificio la había puesto aun mas tensa. Harry la observaba pacientemente esperando el momento oportuno para decir alguna palabra que no sonase improcedente y pudiese exasperar todavía más a Hermione. Aguardaban a alguien. Una persona que estaba realizando una llamada para confirmar el rumor que Luna había hecho llegar a los oídos de Hermione aquella mañana. La persona en cuestión no se hizo esperar, y tras dar un par de golpecitos en la puerta, dejó ver su ondulada cabellera rojiza a través de ella. Harry, que estaba sentado en sofá de piel blanca de la habitación, se puso en pie de golpe.
—Dime que lo que Luna oyó no es cierto—Rogó Hermione con los ojos desorbitados.
—Temo decirte que Luna escuchó bien— Ginny acababa de confirmar sus peores temores.
—¡Maldita sea! ¿Cuantas semanas estará fuera? Tendría que haber dejado el contrato firmado antes de irse.
—Cierto… ¿Pero habrá una explicación para todo esto, no Ginny?—La voz de Harry se escuchó débil y dubitativa al dirigirse a su ex esposa.
—Así es, o al menos esto es lo que me ha explicado su agente—Contestó la pelirroja sin mirar al hombre que le había hablado—Por lo visto fue un viaje de última hora. Una revista de moda llamó ayer por la tarde al agente de Diggory ofreciéndole unas fotos para un amplio reportaje en páginas del interior. El diseñador de los trajes que se lucirían en esas páginas impuso su deseo expreso que fuese Cedric quien los luciera, y éste al saber de quien eran los diseños no lo dudó y tomaron el primer avión que se dirigia hacia Estados Unidos. Su agente de todas formas nos asegura que Cedric sigue interesado en colaborar con nosotros, y estará aquí en tres semanas, justo a tiempo para la fiesta de Bagman. Así que podremos presentarlo como la imagen de su nuevo producto. Ese mismo día le haremos firmar el contrato, para que no vuelva a escapársenos.
Hermione suspiró un poco mas aliviada pero sin dejar de parecer tensa.
—No me gusta. Es todo tan precipitado, si él no llega y Malfoy presenta a Astoria Greengrass en la fiesta. Bagman le dará el proyecto a él, y el mismo Malfoy se encargará de convencerlo para que use a otro modelo masculino aprovechando la debilidad que el viejo Ludo tiene por esa chica. No me gusta—Insistió Hermione caminando una vez mas descontroladamente por el despacho—No me gusta en absoluto.
—Pues es lo único que nos queda… esperar que nada se tuerza—Añadió Harry sin moverse del mismo lugar que ocupaba desde la entrada de Ginny.
Hermione dejó de caminar y se sentó de repente en su silla, colocando los codos sobre la mesa y hundiendo la cabeza entre sus manos.
—Confía Hermione, saldrá todo bien. Siempre sale bien—La animó Ginny que ya se había girado con intención de abandonar el despacho de su jefa.
—Necesito ese maldito café ¿Dónde está Cindy?
Fueron las últimas palabras que oyó de boca de Hermione antes de salir de la oficina, pero no se detuvo a aclararle que aquella mañana no sería la joven camarera quien le trajese su esperadísimo café. Pensó que con todo lo que rondaba la cabeza de Hermione quien dejase el café sobre su mesa era el más mínimo de sus problemas, y no le importaría en absoluto, siempre que el líquido estuviese caliente y muy cargado.
Cerró la puerta despacio y resopló tan fuerte que logró captar la atención de Parvati, que tenía su larga nariz hindú metida entre un montón de papeles.
—La jefa no tiene un buen día—Comentó la joven mirando la cara de desesperación de Ginny.
—No querida, ándate con pies de plomo.
Parvati hizo una mueca con el rostro mientras volvía a meter su nariz en el mismo montón de folios. Ginny caminó despacio hacia su despacho. Ahora su misión principal era no dejar que las cosas entre ellos y Diggory se enfriasen. Tres semanas era demasiado tiempo, y Malfoy seguía al acecho. Estaba segura que Pansy, su fiel ayudante, ya sabría algo sobre todo lo que había ocurrido y rezaba para que no se enterasen aun de que Cedric se había ido a Estados Unidos sin firmar nada con GAC. Porque de otra forma Malfoy lanzaría toda su artillería pesada sobre el cotizado modelo fugitivo. Estaba a punto de entrar en su oficina cuando oyó la voz de Harry llamarla justo detrás de su espalda. Dudó si girarse. Pero si Harry se decidía a dirigirle la palabra a solas, tal vez era por algo importante, tal vez referente a James. Y por esa razón lentamente se dio la vuelta y sus castaños ojos se clavaron en los verdes del hombre que la miraba fijamente.
—Llevaré a James a tu casa sobre las ocho… ¿Te parece bien?
—¿Por qué tan tarde?—Su tono de voz era tan frío como el hielo. Harry sintió que se le helaba el corazón.
—Le prometí llevarlo a un teatro de títeres y la representación comienza a las seis—Contestó el hombre intentando que su voz sonase tan fría como la de ella, pero muy lejos de conseguirlo.
—Está bien, pero no más tarde de las ocho. Mañana madruga para ir a la guardería.
Sin decir nada más que esas escuetas y frías palabras, Ginny se giró dándole la espalda. Pero justo antes de entrar en su oficina volvió a mirar de nuevo a su ex marido y añadió.
—Procura traer al niño ya cenado.
—Lo haré.
Y no se dijeron nada más, porque de pronto vio como la melena rojiza de Ginny se perdía tras la puerta del despacho. Harry tragó saliva y se dio la vuelta para dirigirse pensativo hacia su oficina, con intención de no salir de allí en toda la mañana.
Aprendía rápido, y eso entusiasmaba a Madam Rosmerta que lo admiraba orgullosa la disposición de su nueva adquisición. Ron preparaba con entusiasmos los cafés que debía llevar a cada uno de los ejecutivos de la segunda y la tercera planta. Madam Rosmerta le aleccionaba sobre como le gustaba que le sirvieran el preciado líquido a cada pez gordo de ambas plantas. Ron tomó nota de todo, y cuando estaba a punto de salir para ejecutar su tarea, el teléfono de la cafetería sonó y Madam Rosmerta se apresuró a descolgarlo. El pelirrojo le echó una ojeada y al ver que no tenia nada que ver con él, empujó el carrito con los cafés dispuesto a salir de allí.
—Por supuesto que sí Parvati, enseguida lo subimos… un momento… ¡Ron, detente!—vociferó la mujer al ver como el joven casi cruzaba ya la puerta de la cafetería. Ron se frenó tan bruscamente que estuvo a punto de derramar el contenido de un par de tazas y se giró mirando confuso a su jefa que seguía hablando por el auricular del teléfono—En un par de minutos estará allí. Sí despreocúpate linda, no hay problema.
Y diciendo esas palabras colgó. Lavender se aproximó hacia ella, mientras Ron continuaba de pie en el mismo lugar donde se había frenado en seco.
—Acércate muchacho—Lo reclamó Rosmerta.
—¿Qué ocurre?—Inquirió Lavender mientras recogía unos vasos usados de la barra.
—La Señorita Granger quiere su café ahora.
Lavender miró extrañada su reloj. Ron ya había vuelto junto a las dos mujeres.
—¡Tan pronto!—Exclamó Lavender—Vaya, las cosas deben estar muy mal por allí arriba.
El pelirrojo paseaba sus azules y confusos ojos de una mujer a otra. Algo pasaba que él ignoraba, así que preso más del nerviosismo al pensar que había hecho algo mal que de la curiosidad, preguntó...
—¿Hice algo no debido?
Lavender y Madam Rosmerta se giraron para mirar al joven y ambas se sonrieron.
—No querido, tú no tienes la culpa. La jefaza de la segunda planta quiere su café ahora. Es extraño porque siempre lo toma a media mañana. Intuimos que debe tener algún problema grave. Hay que añadir una taza más a tu carrito y un plato de pastas.
Ron resopló aliviado. Lavender pasó por su lado y le dio unos golpecitos de confianza en el hombro. Unos instantes después, Ron abandonaba definitivamente la cafetería cargado con el pedido de los ejecutivos.
Subió primero a la tercera planta. El ambiente en aquel lugar era casi irrespirable. Todos parecían estresados, y el sitio era austero y oscuro. Los abogados se movían de un lugar a otro de las oficinas. Ron se sintió extraño paseando con una bandeja de cafés por aquellos pasillos sin que ninguno de aquellos hombres y mujeres reparasen en él. Presto dejó las bebidas en las oficinas que Rosmerta le había indicado y bajó entonces a la segunda planta. Nada mas abrirse la puerta del ascensor pudo notar que el escenario era completamente diferente. Había más luminosidad, la gente sonreía caminando por los pasillos, y lo más insólito lo saludaban y sonreían a él. Ron recuperó los ánimos que habían quedado a nivel del suelo cuando abandonaba la tercera planta. Decidió visitar en primer lugar el despacho de Ginny. Tocó suavemente, agarrando el café de su hermana y dejando el carrito en la puerta.
—¡Cielos Ron! Que extraño se me hacer verte traer los cafés ¿Qué tal todo?
—Bien… Vaya, menudo despacho Ginny—Observó mientras paseaba por la habitación con los ojos muy abiertos.
—¿Te gusta?
—¿Bromeas? Es increíble… ¿Y es solo tuyo?—Ginny asintió sonriendo ante el entusiasmo de su hermano mayor—Mamá debería ver esto.
Ginny suspiró con melancolía.
—Es difícil convencerla para que salga de la Madriguera y venga algún día a Londres.
—Necesita mas tiempo—Reconoció Ron—Debo irme, tengo que seguir repartiendo los cafés, además creo que uno de tus jefes esta de mala uva hoy y lo necesita ya.
Ginny torció el gesto al intuir a quien se refería Ron y luego observó orgullosa a su hermano mientras éste abandonaba su despacho con rapidez.
El pelirrojo leyó su papel una vez más, y luego se aproximó a la siguiente puerta que le indicaba la nota de Rosmerta. Tocó con suavidad y oyó que una voz de hombre le daba paso desde dentro. Aquello no era precisamente un despacho. Más bien parecía un estudio. Ron recorrió con la mirada el lugar. Estaba lleno de focos, telas que colgaban del techo, divanes, sofisticadas cámaras de fotos sobre rígidos trípodes, y un par de mesas con ordenadores encendidos y mostrando fotos de la chica más hermosa que Ron jamás había visto. Agarró de su carrito un café bien caliente y un té templado, y se quedó quieto observando a la joven que figuraba en el monitor.
—¿Guapa, verdad?
Ron se sobresaltó al oír aquella voz y se volteó hacia la persona que le hablaba. Era un hombre alto, con el cabello rubio y semblante amable. El individuo se acercó a él y sonriendo añadió.
—El café es para mí, el té para ella—Señaló hacia Luna que se encontraba lejos de ellos hablando con un joven al que daba acaloradas instrucciones sobre algo que Ron desconocía—¿Dónde está Cindy?
—Dejó el trabajo, yo ocupo su puesto ahora—Le aclaró Ron mientras colocaba el té sobre la mesa.
—No lo sabía… mi nombre es Rolf ¿y tú eres?
—Ron.
—Un placer Ron—El hombre estrechó la mano del pelirrojo.
—¿Quién es ella?—Inquirió Ron mirando una vez mas a la modelo de la pantalla.
—Es Astoria Greengras, un sueño inalcanzable para tipos como tú y como yo.
Ron rió, consciente de ello, luego apartó los ojos de la joven y se despidió de Rolf dispuesto a continuar con su repartición de cafés. Sacó de nuevo la nota de Rosmerta y se situó frente a la puerta de otro despacho. Tocó suavemente con los nudillos y la voz que le invito a pasar era muy familiar.
—Hola Harry.
El ex marido de Ginny alzó la vista al oír la voz del que solo un año antes había sido su cuñado. Pero Harry no estaba solo, junto a él se encontraba una joven con rasgos orientales que tecleaba en un ordenador y era muy bonita.
—Hola Ron, pasa.
—Vaya, sólo traigo un café—Se lamentó mirando a la joven.
La muchacha rió al notar el desconcierto y el sonrojo del camarero. Luego continuó con su trabajo sin mediar palabra.
—No te apures Ron el café es para mí. Cho no ha pedido nada.
Un poco mas aliviado el pelirrojo acercó la bebida hasta Harry y tras despedirse de ambos salió del despacho. Ya solo quedaba por entregar un café. El último que colocaron en su carrito, aquel que iba acompañado de un pequeño platito de pastas. Caminó decidido hacia el lugar indicado para dejarlo y una vez que llegó una chica, probablemente de origen hindú, lo detuvo a escasos centímetros de la puerta.
—Disculpe… ¿Tiene permiso para entrar?
—Traigo el café de la Señorita…
—Granger—Le aclaró Parvati al notar como él dudaba—¿Dónde está Cindy?
—Ella dejó el trabajo, yo la sustituyo—Expuso con voz fatigada, comenzaba a estar un poco cansado de explicar siempre lo mismo.
—¡Oh! En ese caso pasa. Lleva un rato esperando ese café y está un bastante irritable—Comentó casi en un susurro, como si la persona de la que hablaba pudiese oír a través de las paredes.
Ron le sonrió un poco inquieto, y empujando la puerta lentamente desapareció tras ella.
Era el despacho más grande que había visto. Tenía inmensos ventanales que le daban al lugar una luminosidad abrumadora. Todo estaba minuciosamente ordenado y limpio, tanto que comenzó a sentirse algo discordante allí dentro. Y silencioso, sólo se escuchaba el sonido inquietante de las teclas del ordenador, pero fuese quien fuese el que hacia aquel monótono ruido quedaba oculto tras el monitor. Ron carraspeó débilmente para hacerse notar. El sonido de las teclas dejó de oírse, y un ojo castaño de mujer se asomó por detrás de la pantalla. A ese ojo le siguió una nariz y luego otro ojo más. Pronto el rostro ceñudo de una joven quedó al descubierto.
—¿Quién eres tú?—Inquirió con voz seca.
—Ron.
La mujer de cabello castaño frunció el ceño con más intensidad. Ron dio un paso hacia atrás, fue un impulso, ni siquiera supo bien porque lo hizo. Los ojos de la joven se desviaron hacia lo que el pelirrojo llevaba en las manos, y entonces relajó el rostro y añadió.
—Déjalo sobre mi mesa—Ron obedeció, y depositó el café y las pastas sobre la pulcro escritorio de Hermione—Gracias.
—No hay de qué, pasaré luego a recogerlo.
Y tras formular esa frase, Ron salió precipitadamente del despacho. Cuando estuvo fuera resoplo con fuerza. Parvati se levantó de su silla y se acercó a él sonriendo.
—Da miedo verdad.
—Estoy sudando—Se sinceró Ron mientras se pasaba la mano por la frente.
—Es solo fachada, pero hay que saber llevarla. Cuando la conoces deja de darte miedo, Bueno, un poco menos.
—¡Cielos! ¿Quién es?
—Hermione Granger, la dueña de esta empresa. Yo soy Parvati, su sufrida secretaria—Rió mientras decía aquello, pero Ron aun seguía un poco impactado con la frialdad de aquella mujer como para verle la gracia al asunto.
—Será mejor que regrese a la cafetería—Dijo agarrando el carrito de los cafés y largándose a toda prisa del lugar.
Hermione se frotó el cuello y estiró los brazos para aliviar el dolor de espalda. Tenía que ir a que le dieran un buen masaje porque comenzaba a dolerle demasiado. Se puso en pie y cogió el café que había sobre la mesa ignorando por completo el platito de pastas. Luego bebió un sorbo y se acercó a la ventana. Comenzaba a llover. Las gotas frías se pegaban al cristal y luego resbalaban por él como si fuesen lágrimas. Se sentía muy mal para observar a través del cristal como Londres se empapaba. Hubiese deseado que luciera el sol, pero eso en otoño era pedir demasiado. Se apartó desalentada de la ventana y caminó un poco por la habitación. Ludo Bagman, Cedric Diggory y Draco Malfoy no se apartaban de su mente. Todo se complicaba, la situación se le iba de las manos y eso era algo que ella no podía soportar. Siempre lo tenía todo bajo control, pero últimamente su vida era un caos. Bebió otro sorbo de café y aspiró el aroma que el humo de éste dejaba en el ambiente. Pero las preocupaciones continuaban torturando su mente. Desistió de su inútil caminata para sentarse nuevamente delante de la pantalla de su ordenador. De un sorbo terminó con lo que quedaba de café y depositó la taza vacía junto al plato de pastas que no había probado, volviendo a sumirse en aquellas interminables estadísticas.
En apenas una hora, cuatro personas habían interrumpido su trabajo. Primero fue Cho, para llevarle las cuentas que Harry y ella habían ultimado esa misma mañana. Unos minutos después llegó Luna para expresarle sus quejas sobre el modelo que habían contratado para la campaña sobre un producto lácteo, y al que había estado reprendiendo toda la mañana porque había acudido ebrio a la sesión de fotos. Después de soportar el histerismo de Luna, tuvo que firmar innumerables informes que Parvati le llevó y que al parecer no podían esperar. La última interrupción fue una llamada, de Cormac anunciándole que pasaría por su oficina para almorzar con ella. En esa hora había avanzado con su trabajo muy poco, por esa razón su nivel de humor había ido empeorando a medida que pasaron los minutos, y terminó por estropearse del todo cuando una quinta persona tocó a su puerta para volver a interrupirla.
—¡Maldita sea! ¿Quién es?
—Ron.
Hermione abrió los ojos como platos cuando vio aparecer ante ella al joven pelirrojo que una hora antes había dejado sobre su mesa el café.
—¿Qué diablos quieres?— Vociferó con la paciencia completamente perdida.
—Vengo a llevarme el vaso vacío de café y el plato de…
Ron se quedó mirando el círculo de porcelana blanca con las pastas aun intactas. Hermione no había tocado ni una, ni una sola. El pelirrojo frunció el ceño contrariado.
—¿Qué ocurre? ¿Qué haces ahí parado? Tengo mucho trabajo, así que recoge esto y desaparece.
Ron gruñó. Esa mujer no le gustaba. No le gustaba cómo le hablaba, ni cómo le miraba. Pero lo que no podía soportar era que las pastas siguiesen indemnes en el plato.
—No se las ha comido—Murmuro él en voz baja.
—¿Cómo dices?—El tono de voz de Hermione era cada vez mas irascible porque veía como avanzaba la mañana, pero no su trabajo en la oficina.
—Las pastas ¿Por qué no te las comiste?
Hermione abrió los ojos con mas intensidad. Aquello era el colmo ¿A que venía esa pregunta absurda?
—Nunca me las como.
—¿Y por qué las pides entonces?—Ron comenzaba a adquirir el mismo tono frío y austero que ella.
El desconcierto y el enfado de Hermione aumentaron considerablemente hasta perder cualquier ápice de educación y decoro.
—¿Y a ti qué diablos te importa?
—Por supuesto que me importa. Vengo de una familia grande con pocos recursos, si hay algo que no soporto en esta vida es que se tire la comida y estas pastas irán derechitas a la basura en cuanto llegue a la cafetería… Eso es horrible, si no las comes nunca, no las pidas.
Hermione estaba asombrada. Un individuo desconocido, pelirrojo, y lleno de pecas, estaba echándole un rapapolvo el peor día de su vida por no haberse comido unas míseras pastas… definitivamente aquello era el colmo.
—¿Quién… quién demonios eres tú?—Preguntó una vez mas.
—Ron…
—¡Ah! ¡Maldita sea! Ya me aprendí tu nombre. Me refiero a ¿qué estás haciendo aquí?
—Por milésima vez, soy el nuevo camarero, y desde hoy tengo la desagradable misión de traerte el café todas las malditas mañanas
Y diciendo eso agarró el vaso vacío y el plato lleno, y salió musitando palabras ininteligibles por lo bajo. Hermione pestañeó varias veces sin creer todavía lo que había ocurrido. Contempló con resentimiento el lugar por donde Ron había abandonado la oficina y la zona de su mesa donde habían estado durante una hora las dichosas pastas. Luego apretó los labios, se sentó bruscamente en el sillón giratorio de su despacho y cruzó los brazos sobre el pecho. Miró de soslayo el pequeño calendario que tenía a un lado de su escritorio y grabó en su memoria el día siete de septiembre de aquel año como el peor de su vida.
Para ser su primer día de trabajo no había estado nada mal, salvo por el pequeño inconveniente de las pastas y la exasperante jefa de su hermana. Ron entró en el apartamento de Ginny completamente exhausto, pidiendo a gritos una buena ducha, y un pijama cómodo y que siempre le quedaba por encima de los tobillos, enrollarse en una manta calentita y no levantarse del sofá excepto para ir a la cama. Y así lo hizo, dejó que su cuerpo y su mente se relajasen bajo las tibias gotas de la ducha y pronto estuvo acurrucado en el sofá, con el mando del televisor para él solo. Algo inimaginable si hubiese seguido en su vieja casa familiar. Sin embargo su apetecible soledad duró muy poco y cuando ya estaba comenzando a acostumbrarse y a disfrutar de ella, dos personas tocaron al llamador de la puerta del apartamento. Llegaron a las ocho en punto, ni un minuto más ni un minuto menos. Ron les abrió la puerta y el niño nada mas verlo se abalanzó sobre él. Harry se quedó en la puerta del apartamento de Ginny sin atreverse a traspasar el umbral. El niño continuaba colgado del cuello de su tío ante la mirada satisfecha de su padre.
—Te he traído un regalo—Mencionó Ron al pequeño James.
—¿De veras? ¿Dónde está?
—Mira debajo de tu almohada.
No terminó de decir esas palabras cuando James había desaparecido rumbo a su dormitorio. Harry observó divertido como su hijo daba aquella carrera en pos de su regalo. Ron sonreía satisfecho con la reacción de su sobrino, luego se giró hacia su amigo y le invitó a pasar con un gesto de la cabeza.
—No creo que sea buena idea Ron, a Ginny no le va a gustar.
—Mi hermana no está y tardará en llegar. Vamos Harry, pasa.
Dudó un poco, pero finalmente hizo caso a su amigo y entró tímidamente en el apartamento de su ex mujer. Harry sintió como le daba un vuelco el corazón. Podía reconocer en aquellas cuatro paredes el aroma de Ginny, su presencia en esa casa era evidente. En la forma de ordenarlo todo, en la decoración sencilla y confortable. Era un hogar, el sitio en el que vivían las dos personas a las que más amaba. Un hermoso lugar donde él no tenía precisamente eso, su lugar.
—¿Quieres una cerveza?
—No, Ron déjalo. No debería estar aquí.
El pelirrojo frunció el ceño molesto. Aun con la negativa de Harry, Ron caminó hacia el refrigerador sacando de allí dos botellines de cerveza bien frescas, ofreciéndole uno de ellos a su amigo. Harry lo miró resignado y negó con la cabeza.
—Prometí no tomar una gota de alcohol en mi vida, Ron.
—Muy bien, cómo quieras—Dejó el botellín abierto de Harry sobre la mesa de la cocina y señalando al sofá del salón añadió—¿No vas a sentarte?
Harry negó suavemente con la cabeza una vez mas. Ron comenzó a perder la paciencia. En la habitación de James se escuchaba como rugía el motor del nuevo coche teledirigido que su recién llegado tío le había regalado. Ron sonrió.
—Creo que le ha gustado.
—Le ha encantado. Ahora será su juguete favorito, al menos mientras no le regalen otra cosa—Bromeó Harry y entonces, un poco mas animado, se sentó en el sofá junto a Ron—¿Qué quieres saber?
—Tu versión Harry sólo eso.
—No creo que sea el momento ni el lugar apropiado para hacerlo—Afirmó Harry mirando hacia la habitación de su hijo.
Ron estuvo a punto de replicarle, pero en ese instante un repiqueteo de llaves hizo que Harry de un salto se pusiese en pie y rígido como un palo. Era ella. Ginny llegaba a casa sonriente pero cansada tras un agotador día de trabajo y después de tener que pasar por el supermercado para hacer algunas compras imprescindibles para la cena. Sin percatarse de la presencia de su ex marido, la pelirroja entró en el salón y dejó las bolsas de la compra sobre la barra americana de la cocina. Soltó su bolso en una de las sillas para así despojarse de su pesado abrigo de piel marrón. Luego se dio la vuelta y fue entonces cuando sus ojos color chocolate se abrieron desmesuradamente, y la sonrisa que mostró desde su llegada a la casa desapareció por completo.
—¿Qué haces aquí?
Harry tragó saliva. Él no debía estar allí, se lo prometió. Le aseguró que jamás pondría un pie en aquel apartamento. Sintió como la mirada acusadora de Ginny le quemaba y casi no podía ni hablar.
—Yo lo invité a pasar Ginny… es mi amigo, únicamente quería tomar unas cervezas con él—Lo justificó Ron, que también se había levantado del sofá al ver llegar a su hermana.
—¿Bebiste Harry?
—No, no lo ha hecho… yo le ofrecí pero él…
—¡Ron! Puedo defenderme yo solo—Exclamó Harry mirándolo con los ojos desorbitados—Juré no volver a tomar ni una sola gota de alcohol y lo he cumplido Ginny. Con respecto a eso no tienes nada que reprocharme. James está en su habitación, a las ocho en punto como acordamos y ha cenado, como me ordenaste. Creo que ya cumplí con tus deseos, así que no me queda mas que marcharme—Diciendo eso pasó por delante de Ron y luego de Ginny para dirigirse a la puerta de salida, pero antes de marcharse se giró una última vez y añadió clavando sus verdes ojos en la pelirroja mujer—Siento haber puesto un pie en tu casa, no volveré a hacerlo.
Y de un sonoro portazo, Harry abandonó el apartamento de Ginny. Ron la escuchaba respirar rápido, profundo y entrecortadamente. Era una situación tensa e incómoda, así que pensó que tal vez era mejor desaparecer del salón y ver que tal le iba a James con su nuevo juguete. Lentamente dejó su cerveza templada sobre la mesa y comenzó a andar sin prisa hacia la habitación del pequeño.
—No vuelvas a hacerlo Ron—Ginny le hablaba sin girase hacia él—Harry no es bien recibido en esta casa. Él lo sabe, y lo ha respetado hasta hoy. Espero que tú también acates mi decisión.
—Cómo quieras, pero…
—Pero nada. No lo quiero cerca de mí. Soportarlo día a día en la oficina es suficiente… No me mires así—Le reprochó al darse la vuelta y notar la mirada de desconcierto de su hermano—No lo entenderás jamás Ron. No puedo volver a confiar en él ¡No lo quiero cerca de mí!
La vio pasar por delante suya rápido, como una exhalación, para encerrase luego en su dormitorio. Ron entendió que había metido la pata, hasta el fondo. Solía sucederle a menudo. Hacía las cosas sin pensar en las consecuencias. Y en este caso las consecuencias habían sido desastrosas. Ahora Harry se había marchado humillado y Ginny enfadada estaba enclaustrada en su habitación. Para colmo de males volvió a recordar la desfachatez de aquella mujer altiva y malhumorada que se había atrevido a dejar las pastas intactas sobre el plato. Hizo balance del día y llegó a la conclusión que el siete de septiembre de aquel año, pasaría a ser recordado cómo uno de los días más nefastos de su aburrida vida.
Eso es todo por ahora, avisaré cuando haya capi nuevo, espero que no sea muy tarde...
Besos y mil gracias por seguir ahí.
MaríaCAPITULO 3 Pulsa aquí