Es la primera vez que escribo algo en este foro, y me alegro que sea para el club, así que va dedicado a todas las que formamos parte de él, especialmente a Nay y Lu por beteármelo y ayudarme con él, a Lu también porque hoy tiene un día muy importante, a María por nuestras charlas de cine y a Pofi y Agos por leerlo y opinar antes de la publicación.
Al final, como me recomendó Nay aclararé el significado de las palabras francesas y un tecnicismo
Espero que os guste.
Un beso
disclaimer:la idea es mía pero los personajes le pertenecen a la señora Rowling
El orgullo de ser padre
El suave trinar de los pájaros era en ese momento el único sonido que perturbaba la silenciosa mañana en el hogar de los Weasley. Sobre la fría hierba húmeda se encontraba tirado un hombre pelirrojo disfrutando del único momento de paz que iba a vivir en esa triste mañana. Abrió sus grandes ojos azules observando como el cielo se tornaba gris y sin saber cómo, supo que su tranquila mañana había llegado a su fin.
―¡Ronald Weasley! ¡Ya casi es mediodía! ¿Quieres hacer el favor de entrar en casa, quitarte ese sucio pijama y ayudarnos a mí y a tu hijo a hacerle una fiesta decente a Rosie?
―No cambiarás nunca ―musitó Ron y lentamente se adentró en la casa para observar como el, ya no tan pequeño, Hugo se peleaba con un gran cartel blanco y su mujer se acercaba a él con su cara enfurruñada.
―He estado hablando con tu madre, y me ha dicho que esa ridícula excusa tuya de que en la casa de los Weasley los domingo el pijama se lleva todo el día es una estupidez. Así que, ¿quieres hacer el favor de vestirte? Rosie llegará de casa de Lily en unos minutos.
―Esa costumbre no es una estupidez, cariño. Yo siempre lo he hecho con los gemelos y cabreaba mucho a mamá. ¿Es necesario hacer todo esto para despedir a Rosie? Yo creo que esto sólo hace que el momento sea más difícil, Hermione. ―Hugo lo mandó callar.
―No te quejes, papá, es el momento perfecto para usar algunos aparatos muggles que me prestó el abuelo ―dijo con una sonrisa de oreja a oreja. Entonces comenzó a sacar objetos de una gran bolsa que le había regalado Arthur las pasadas navidades. Emocionado, Hugo comenzó a investigar si le hacían falta en la difícil tarea de colgar el cartel que Hermione había hecho horas antes.
―¿No sería más fácil hacerlo con magia, Hugo?
―Fácil pero no divertido ―comentó mientras sacaba un rollo de celofán―. Creo que con esto servirá.
―Hugo, cielo, no estoy muy segura de que el celo pueda sostener el cartel. Hazle caso a tu padre y déjanos usar la magia para colgarlo.
―Pero… ¡mamá!, ¿desde cuándo le haces tú caso a papá?
―Venga, hijo, inténtalo. Si total, no tienes nada que perder. Me voy a vestir.
Antes de subir por las escaleras de su acogedora casa, Ron revolvió cariñosamente el cabello rojizo de su hijo. Se parecía tanto a él y era a la vez tan diferente…
Se adentró en la cálida habitación. Sabía que no iba a comenzar a vestirse porque aquella mañana no era como las demás, era un día muy duro; un día que él había estado esperando desde el momento en que Rosie abrió sus pequeños ojos castaños al mundo. Pero aun así, después de dieciocho años de preparación, se dio cuenta de que no estaba preparado para decirle adiós a su pequeña.
Se dirigió a la chimenea de su habitación y contempló cada una de las fotos que se encontraban sobre ésta. Siempre le había parecido que hacerse fotos era una pérdida de tiempo, algo inútil, hasta que aparecieron sus dos pequeños retoños y entonces supo apreciar el arte de la fotografía, captar cada uno de los recuerdos que no estás dispuesto a perder. El pensadero de los pobres, solía llamarlo él.
Su mirada azul se paseó lentamente por cada uno de los marcos que encerraban historias, contemplando cómo cambiaba la vida en tan pocos años… ¡Quién le iba a decir al niño pecoso y despeinado que se encontraba engullendo uno de los pasteles de su madre que iba a acabar casado con la niña de espesa melena castaña que tenía un libro sobre sus rodillas! Miró con cariño la foto de Hermione y sólo pudo pensar en el hermoso viaje que había comenzado con ella. En la siguiente foto ambos se encontraban juntos saludando a la cámara con un pequeño bebé del que sólo se podía distinguir un mechón pelirrojo en su blanca cabecita. Luego, a través de las diferentes fotos, ese pequeño bebé fue transformándose en una hermosa niña ―la más hermosa de todas para él―, con un rebelde cabello rojo y unos enormes ojos castaños, y ahora ese bebé, esa niña, su niña, se había convertido en una mujer y en otro hueco de esa poblada chimenea tendrían que hacerle espacio a la foto del día en que ella partiría a cumplir con su destino.
Sus ojos se empañaron y es que, en efecto, no estaba preparado para despedir a su pequeña. Y se iba tan lejos… ¿Por qué se le tuvo que meter en la cabeza la idea de empezar la carrera en Francia? ¿Acaso no era lo bastante bueno San Mungo para tener que irse a París?
Unos brazos fuertes lo estrecharon y pudo sentir el olor de su hijo. Se giró y lo contempló unos minutos; miró una foto suya de niño, montado sobre su escoba de juguete y sonriendo, enseñándole a la cámara los cuatro pequeños dientecitos que le habían salido ya. Volvió a mirarlo y se dio cuenta de que Hugo había cambiado mucho. Sus ojos seguían siendo los mismos: claros y redondos, pero algo había cambiado en su mirada y Ron se dio cuenta de que, efectivamente, su pequeño Hugo también había crecido.
―Papá, no te pongas a llorar, por favor... A Rosie no le gustará verte así.
―Lo sé, Hugo, es sólo un mal momento.
―Todos estamos pasando por ese momento. Yo, si me prometes que no se lo cuentas a nadie, y mucho menos a Albus o a Lily, te diré que lloré un poco ayer por la noche pensando en que no iba a poder volver a hacerla de rabiar, ni iba a volver a hacerla sonreír con mis payasadas hasta navidad. Es una pena que se vaya justo ahora, porque el abuelo y yo hemos estado trabajando con un nuevo proyecto muggle-mago que es una pasada, y me apetecía que ella lo pudiese ver y criticar, y ahora hasta dentro de muchos meses no podrá decirme que deje de hacer estupideces con el abuelo y que lo único que vamos a conseguir es acabar electrocutados o algo así. Pero Rosie ya es mayor, papá, ella sabrá cuidarse y nosotros deberíamos saber seguir adelante sin ella.
―¿Mi hijo pequeño me está consolando? Cómo se nota que ambos sois igual de listos que vuestra madre.
―A mí se me da bien el ajedrez mágico... Algo heredé de ti, no te sientas mal. ¿Sabes, papá? Que estéis así de tristes por Rosie me hace pensar lo sumamente deprimidos que estaréis cuando me vaya yo. Porque, admítelo ―dijo Hugo con una sonrisa ladeada―, soy vuestro favorito.
―Claro que nos lo vamos a pasar mal, Hugo. Porque tú, cuando eras más pequeño, me prometiste por los Chudley Cannons que no crecerías, que tendríamos a un niño de como mucho dieciséis años. Así que, Hugo, lo siento mucho pero tú te vas a tener que quedar así como estás.
―¿Sabes, papá? No has negado que yo sea vuestro favorito. ―Y Hugo se fue corriendo gritándole a su madre― ¡Mamá! He pensado que si echamos esa cosa pegajosa, el súper glue en el cartel, no se caerá, o al menos eso es lo que pasa con las cosas que hago yo con el abuelo.
―¡Hugo Weasley! ¿Pretendes que ensucie la pared de mi casa con pegamento? ¿Acaso no recuerdas que tengo sangre muggle y que sé para qué sirve? De verdad que pienso que deberíamos haberos enseñado las cosas simples del mundo muggle como que los carteles grandes no se pegan ni con celo ni con pegamento. Vas a estropear la pared.
Ron escuchó la puerta de la entrada principal y bajó rápidamente y sin cambiarse a la sala de estar donde se encontraba su pequeña Rosie.
El salón estaba magnífico, un gran cartel se encontraba pegado a la pared. En él, con la pulcra caligrafía de Hermione, ponía: “Bonne Chance, sanadora Weasley”. Ron no pudo evitar sonreír ante el detalle de su mujer en escribir el cartel en francés. Sobre el sofá reposaba un paquete de regalo y por el resto de la casa pululaban globos que el propio Hugo se dedicó a inflar.
―¡Papá! ―gritó Rose y se abalanzó sobre su padre dándole un enorme abrazo―. A mamá no le gustará nada que sigas en pijama pero a mí me encanta... Es tan Weasley ―le susurró.
Ron alejó a su hija con una sonrisa melancólica en su rostro. La observó como minutos antes había observado a Hugo y notó cómo sus ojos empezaban a empañarse.
―Salut, ma fille.
Rose sonrió ante el penoso acento francés de su padre y se acercó a abrazar al resto de la familia. Sin embargo, el pelirrojo prefirió quedarse apartado observando ese tierno momento. Definitivamente no estaba preparado para esto.
Se decidió a bajar las escaleras y allí observó a su familia de nuevo, la última vez que los Weasley-Granger se encontraban unidos hasta las navidades. Hermione no paraba de llorar de emoción al ver como su hija por fin iba a empezar una carrera y Hugo sonreía porque, como le había confesado a él minutos antes, ya había llorado la noche anterior.
Se acercó a ellos y juntos se sentaron en el sofá. Allí Hermione le tendió el paquete que estaba reposando sobre el sofá, envuelto en un precioso papel decorado con finas mariposas lilas. Rose lo abrió con delicadeza, sin dejar de sonreír y con numerosas lágrimas esparcidas por su pecoso rostro.
―¡Es un fonendoscopio! ―gritó Hermione cuando su hija lo abrió y se quedó mirándolo estupefacta.
―O estetoscopio ―susurró claramente emocionada Rose y fue en ese momento cuando Ron dejó caer por primera vez una lágrima delante de ellos. Ver a las dos mujeres metidas en una pequeña discusión sobre quién sabía más sobre el dichoso aparatito, mientras Hugo lo cogía y lo miraba con asombro intentando tomarse sus propias pulsaciones, pudo con Ron. Hugo soltó una exclamación exaltada.
―Me vas a tener que dejar uno de estos, Rose.
―Hugo, eso es lo que usan los médicos, no los sanadores. Es una especie de guiño cómplice de mamá.
―Ya sé que no lo vas a usar y que es un ñiñiñiñi de mamá... Siempre igual, Rose, te repito que no soy estúpido y que cuando quieras te lo demuestro ganándote al ajedrez mágico.
―Eso no vale, Hugo, ¡juegas con ventaja! ¿Por qué no hacemos un concurso de ver quién sabe más hechizos?
―Eso no vale, Rose, ¡tú has acabado Hogwarts y a mí me quedan dos años para terminar! ―gritó Hugo.
Ron empezaba a asustarse, ¡era lo que le faltaba! Tener que detener una pelea de sus hijos el último día que Rose estaba en Londres. Pero cuando él y Hermione iban a entrometerse, quedaron sorprendidos porque en lugar de comenzar a gritarse e incluso a meterse algún que otro puñetazo, ambos se sonrieron y se abrazaron. Entonces, ambos comprendieron que también tenían que despedirse de sus broncas aquel día.
―Me ha encantado, mamá, pero ¿sabes? Creo que Hugo sabrá sacarle más partido que yo a eso. Al fin y al cabo, él es el manitas de la casa.
―Entonces espera, Rose. Tendré que darte algo también.
Hugo correteó escaleras arriba en busca de algo que regalarle a su hermana; Hermione puso sus ojos en blanco imaginándose el extraño objeto que Hugo traería entre sus manos, Ron, en cambio, se rio y miró como Rosie esperaba impaciente una de las extravagancias de su hermano.
―Toma, Rose, pensaba regalárselo a Lily porque ella, ya sabes, se pinta mucho... pero mejor te lo doy a ti. Lo hicimos el abuelo y yo hace unas semanas. Es genial para las chicas, pruébalo.
Rose cogió el extraño bote que Hugo le cedía y observó que era un bote de esmalte de uñas, como los que tantas veces usaba su madre, así que sin miedo extendió una capa de pintura rosa sobre su uña del índice. Ésta poco a poco comenzó a moverse, a tomar diferentes colores y formas hasta que la pequeña y cuidada uña de Rose quedó cubierta por un dibujo de un jardín en el que saltaban numerosos gnomos, los más ancianos ocupas de la Madriguera.
―¿Sabes, Hugo?¡Me encanta! ―Rose comenzó a llorar como la niña que seguiría siendo siempre para sus padres y como la niña, a veces repelente, que siempre sería para su hermano.
En ese momento nadie pudo más, todos se abrazaron y comenzaron a llorar juntos, y al mismo tiempo que sus ánimos se desmoronaban, el cartel de Hugo también lo hizo, cayendo con él algún que otro cuadro.
―Te dije que no era una buena idea pegarlo con celofán, cariño ―comentó Hermione con un tono alegre e incluso calmado―. Vamos a por el coche... Todos te están esperando en la Madriguera, y no te detengas mucho abrazando a tu abuela o no te dejará marcharte, no hace más que decir: “No sé qué quiere la niña encontrar en Francia, San Mungo es un gran centro para estudiar, allí sólo encontrará quesos y vinos”. Pero no se lo tengas en cuenta, está muy sensible con eso de que te vas, ya le pasó con Victoire cuando se fue ella, que por cierto te estará esperando…
―En la estación... Mamá, me lo has repetido más de cincuenta veces. Vete a por el coche, anda, y Hugo, ¿serías tan amable de llevarme las maletas?
―Pidiéndolo así, cualquiera se niega, Rose.
En menos de cinco minutos la casa estaba prácticamente vacía. En su interior sólo quedaban padre e hija, buscando las mejores palabras para despedirse el uno del otro.
―¿Seguro que no quieres intentarlo en Londres, Rosie?
―Papá, ya te he dicho que no puedo desperdiciar la oportunidad de irme a otro país... Aprender otro idioma, conocer otra ciudad… Entiéndelo.
―Sí, lo entiendo, de verdad que lo entiendo, pero... ―Ron se vio obligado a detenerse porque los menudos brazos de su hija lo rodearon. Él respondió al abrazo con efusividad, sabiendo que era el gran último abrazo que le daba a su pequeña. Las lágrimas comenzaron a brotar de los ojos de ambos, al mismo ritmo que la intensa lluvia inglesa, que había comenzado hacía unos minutos.
Ron abrió la boca varias veces intentando decirle algo a su niña, pero no sabía que decir. Comprendió pues, que a veces las palabras no son necesarias y siguió abrazando a su hija.
En la puerta, Hermione y Hugo esperaban impacientes.
―Vámonos, si no nos apuramos acabarás por perder el tren, o peor aún, llegaremos tarde a la comida de la abuela.
―Está bien, es hora de irse.
Ron subió a cambiarse y en menos de cinco minutos se encontraba de nuevo junto a Rosie. Estrechó la mano de su hija entre las suyas y juntos atravesaron la puerta del hogar en el que la joven pelirroja había crecido, el hogar en donde había sido feliz, en donde se almacenaban miles de recuerdos, ya sea en forma de foto o juguete, en donde había discutido con su hermano, estudiado con su madre o reído con su padre. Rose por fin dio un paso hacia su nueva vida de la mano de la primera persona que la miró con los ojos llorosos dándole la bienvenida al mundo.
―Bienvenida a tu nueva vida, Rose Weasley ―susurró Ron con una sonrisa y los mismos ojos acuosos que la primera vez que recitó esas palabras.
Y, desde luego, Rosie pensó que nadie mejor que él podía quitarle todos los temores acerca de su futuro con una de sus grandes y sinceras sonrisas.
Espero que os haya gustado y comentéis que os parece
Aclaraciones:
* "Bonne chance" significa "buena suerte".
* "Salut ma fille" es "hola hija mía"
*Fonendoscopio o estetoscopio: es el aparatito que usan los médicos para oír los latidos del corazón o respiratorios, lo he añadido porque me parecía muy cómico que Hermione le regalase algo muggle.
Espero que os hayan ayudado las aclaraciones si no entendíais algo
Un beso.
Sara
Os dejo los demás retos de LPR:
"Una Bendición" por Tami Weasley
"El oficio de ser...papá" por Natty Weasley
"Los magos también tienen sexo"por Locurita
"Un buen ejemplo"por Nay R/Hr
"El mejor padre del mundo"por Icecreammanrupert
"Todavía siento"por Pofi198














