Mi pequeña diablesa particular
Un año más había vuelto a Hogwarts, la dichosa escuela de magia donde sangre sucia, sangre mestiza y demás abominaciones estudiaban magia junto con sangre limpia, osea yo. Había estado a punto de entrar en la escuela de Durmstrang, donde la selección de estudiantes y la educación era muchísimo mejor, pero mi madre no lo había permitido, dichosa mujer.
Caminaba por los pasillos del castillo, no sabía lo que hacer, así que daba vueltas observando y comparando a cada mujer, de cualquier edad, de 15 a 17. Todas ellas no podían evitar mirarme, puesto que yo era el hombre más sexy y deseado de toda la escuela. No pude evitar sonreír divertido. Algunas simplemente bufaban o susurraban algo, pero otras se quedaban mirándome, devorándome con la mirada, mi sonrisa se ensancho más sin cabía.
Llegué al final del pasillo y allí vi a la panda del cararrajada, la comadreja y la come-libros. Pero había una cuarta persona que no supe identificar. Eran una niña menuda y pequeña, tal vez unos 15 años de edad. Su rostro me recordaba al mármol, y su cabello, rojo como el fuego, bailaba al son de sus movimientos. Sus ojos eran azules oscuros, tan densos como el mar.
-Otro maldito año nos volvemos a encontrar.-dijo arrastrando las palabras.
-Un fastidio para nosotros, Malfoy.-dijo el cararajada.
De repente mis labios se convirtieron en una mueca divertida, la niña me miraba con completa curiosidad, cosa que no me disgustó demasiado.
-Este año pueden pasar cosas muy...divertidas.-dije remarcando la palabra ''divertidas'' y clavándole la mirada a la niña, que me aguanto la mirada por unos segundos, luego desvió la mirada.
-Lárgate de aquí.-dijo la comadreja mientras me fulminaba con la mirada.
-Muy divertidas.-susurre cuando pase por el lado de la niña y pude captar su aroma. Era un aroma difícil de descifrar, pero muy atrayente, sobre todo para mi.
Salí de allí y me dirigí a las mazmorras del castillo, entre en la sala común y encontré a Blaisse Zabinni enrollándose con una rubia.
-Quién es la niña que va con el cararajada y los otros?-pregunté, interrumpiendo la situación. La rubia me fulminó con la mirada y Blaisse me miró con una sonrisa divertida.
-Ginevra Weasley, la hermana pequeña de la comadreja.-informó.-Por?-preguntó.
Sonreí con picardía y contesté.-Asuntos privados.-dije.-Ya podéis continuar.-dije con indiferencia y me dirigí a mi torre. Dije la contraseña y las dos estatuas guardianas se apartaron, dejándome paso. Subí a mi habitación.
-Así que eres la hermana de la comadreja.-pensé.-Ginevra.-dije su nombre en voz alta.
El resto de la tarde pasó mientras yo trataba de buscar estrategias de como engatusarla para meterla en mi cama. El tiempo se me echó encima y bajé al Gran Comedor. Me senté en la mesa de syltherin, con mis amigos.
-Ahora que eres prefecto te has olvidado de nosotros.-dijo Pansy Parkinson.-Y de mí.-dijo la morena.
-Ya te invitaré una noche a MI torre.-dije fanfarreando. La morena sonrió contenta y siguió comiendo.
Terminé de cenar y salí del Gran Comedor, alegando a mis amigos que tenía tareas que cumplir. Estuve dando vueltas por los pasillos cercanos al Gran Comedor. Me apoyé la pared y espere con paciencia. Al fin ella apareció. Iba sola y no iba a desaprovechar esa oportunidad de oro. Me acerqué a ella en silencio, y la abordé por detrás. La cogí de la cintura y la besé como solo yo sabía hacerlo. Ella no opuso resistencia alguna, aquello iba a ser más fácil de lo que pensaba.
-Ven conmigo.-le susurre al oido.
La llevé directamente a mi habitación. La seguí besando hasta quedar a pocos metros de la cama. Ella se separó un poco de mí y lentamente se quitó la túnica, yo me quede mirándola como un completo idiota. Llevaba la falda a solo un palmo, dejando ver sus largas y preciosas piernas. Su camisa era ajustada, remarcando sus pequeño pero perfectos pechos. Los tres primeros botones los llevaba desabrochados, dejando a la vista un precioso escote, con el último botón también desabrochado.
Ella caminó seductoramente hacía la cama, tumbándose sobre la cama. Mi cerebro y mis neuronas trabajaban al cien por ciento. Debatiendo entre saltar encima de ella o ser un poco más ''caballeroso''. El movimiento que realizó a continuación me dejó clarísimo lo que yo deseaba, y también ella. Con inocencia, abrió levemente sus piernas, dejando a la vista un trozo de su braguitas rojas de encaje.
Yo mismo me quité la camisa y la arrojé al suelo, caminé hasta el borde de la cama y volví a besarla. Ella empezó a acariciar mi torso musculoso y bien formado, gracias al entrenamiento de Quidditch. Primero le acaricie su pecho por encima de su ajustada camisa, para trasmitirle seguridad. Luego, mientras la besaba, desabroche los botones que le quedaban abrochados y le abrí la camisa, sin llegar a quitársela.
Su sujetador también era rojo y de encaje, había que admitir que tenía muy buen gusto para seleccionar su ropa interior. Ahora me concentré en su fino cuello, lo besaba mientras que ella dibujaba círculos en mi espalda. Gradualmente fui bajando hasta encontrarme con el nacimiento de sus pechos, los acaricie con suavidad, deleitándome al máximo. No podía parar de acariciar aquel pequeño cuerpo. A continuación seguí bajando, le acaricie su barriga, luego llevé mis manos a sus piernas. La pelirroja no pudo evitar un escalofrío cuando noto mis manos en su muslo.
Mientras la besaba, lentamente le desabroche la pequeña falda, que acabo al lado de mi camisa, en el suelo.
-Preciosa.-susurre
Con un simple ''clik'' me deshice del sujetador, y volví a concentrarme en su pecho. Besaba, acariciaba, lamia y succionaba sus pezones, que se habían vuelto duros, apetecibles a mi gusto. Ginny tenía los ojos fuertemente cerrados, no sé muy bien porque, la verdad no me importaba mucho. Cuando acaricie su parte más íntima, Ginny entreabrió su boca con la intención de gemir, pero no salió sonido alguno de su garganta. A los pocos momentos también me deshice de las diminutas braguitas. Y así, Ginevra Weasley quedó completamente desnuda ante mí. La volví a observar.
-Preciosa.-repetí.
Volví a sus labios, recorriendo cada rincón de su boca, acariciando y jugando continuamente con su lengua dulce. Notaba como ella jadeaba, Ginevra estaba muy excitada y aproveche ese momento. Introduje mis dedos dentro de ella. Esta vez la niña no pudo evitar gemir de placer. Fui masajeando su interior, mientras que ella se retorcía de placer y más placer. Susurraba mi nombre entre jadeos y gemidos. Estaba llevando a esa niña al propio paraíso. Note como poco a poco abría más sus piernas, y su interior se estaba dilatando.
Había llegado el momento que tanto había estado esperando. Por fin podría penetrarla y no me iba hacer de rogar. Al principio la penetre de forma lenta y suave, porque era su primera vez, de eso estaba segurísimo. Pero poco a poco ella me pedía más, y más y yo no iba a defraudar a aquella inocente niña, que ya no era tan inocente.
Ella estaba llegando ya a su límite, y yo también. Para mi fastidio. Aceleré un poco más el ritmo de mis caderas sobre ella. Ginevra me clavaba las uñas en la espalda, y eso significaba que verdaderamente estaba llegando al orgasmo. De mi garganta se escapó un gemido. Luego caí rendido al lado de la niña, y profundamente nos quedamos dormidos.
De eso ya ha pasado bastante tiempo y ahora lo recuerdo como si fuera en ese preciso momento. Abrí los ojos y me encontré con Ginevra, durmiendo profundamente encima de mi, y no pude evitar que Ginevre se habiera convertido en mi pequeña diablesa particular...
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