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Astoria (Assie) Greengrass:

Melanie Newman:

Romina Flesher:

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Disclaimer: Los Slytherins, incluyendo a Daphne y Astoria Greengrass, son personajes de JK. Mel y Romi son personas reales y por lo tanto tampoco me pertenecen xD. Yo inventé el resto ^^
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Do you ever need me?
I know that you left before goodbye
And it’s okay, there’s always another day
(Paramore – Another Day)
—¡No quiero escucharte!—replicó ésta.
—¡Ni siquiera dejas que te explique…!
—¡Fuera de aquí!—gritó—¡No volveré a repetirlo!
Un ruidoso portazo bastó para derrumbar los débiles cimientos que hasta entonces habían logrado sostener a la familia Greengrass.
La mujer dejó escapar un gimoteo apenas audible en comparación al llanto histérico que le había precedido, como si le estuvieran fallando las fuerzas para poder seguir expresando su dolor.
—¡Lárgate y no vuelvas!—gritó, aunque Richard Greengrass ya no podía oírla.
Se había marchado definitivamente.
En la planta superior de la casa, dentro de su habitación, se encontraba Daphne, la hija mayor. Con tan sólo seis años, logró comprender lo que sucedía incluso antes de que su madre comenzara todo aquél escándalo. Las miradas acusadoras, los reproches, el ambiente tenso… todo aquello era indicio de que la familia estaba cayéndose lentamente a pedazos.
Su hermana, apenas dos años menor que ella, estaba sentada a su lado en la cama con sus grandes ojos color miel desorbitados. Era demasiado pequeña para comprender la situación, por lo que Daphne la escondió en su cuarto cuando vio que su madre comenzó a organizar las valijas de Richard, antes de que éste volviese.
En cuanto comenzaron los gritos, la hizo sentarse a su lado para taparle los oídos con las manos, aunque era inevitable que se enterara de lo que estaba sucediendo. Si no lo hacía entonces, tarde o temprano lo haría.
—¿Qué pasa?—preguntó la pequeña Astoria tratando de escuchar a pesar de que Daphne se lo impedía.
—Shh, Assie, no hagas ni digas nada.—Y apretujó a su hermana contra sí.
Cuando se hizo el silencio -interrumpido sólo por el tenue sollozo de su madre-, finalmente soltó a Astoria para acercarse a la ventana.
Vio cómo su padre se montaba a la vieja escoba de la familia y tomaba el vuelo sin mirar hacia atrás.
—¡Papá! ¡Papá!—chilló Astoria.
Daphne se sobresaltó. Por unos segundos se había olvidado de su hermana, que se había parado junto a ella y tenía un aire desconcertado. Unas lágrimas amenazaron con escapar de sus ojos, pero parpadeó y sacudió levemente su cabeza tratando de serenarse.
—Papá no va a volver.—dijo Daphne tajante.
Astoria negó con la cabeza.
—No es cierto—susurró—. Ellos siempre pelean.
—Esta vez es distinto—repuso Daphne—. Se fue con sus maletas. Nos dejó. No nos quiere más.
Se miraron fijamente, casi inexpresivas, aún sin caer en la cuenta de lo que ello significaba.
Sin decir palabra, volvieron a sentarse en la orilla de la cama. Astoria suspiró tristemente y apoyó su cabeza en el hombro de su hermana mayor.
—Tú nunca me dejarás, ¿verdad?
Daphne contestó con seguridad en su voz:
—Claro que no. Las hermanas no se abandonan.
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Era como si el tiempo no hubiera pasado en la residencia Greengrass. El mismo vestíbulo elegante, el piso reluciente, un pequeño elfo doméstico sacudiendo el polvo que amenazaba con acumularse en los ornamentos que decoraban el living. La dueña de la casa tenía una inexplicable obsesión por mantener todo ordenado - una obsesión que la dominaba desde el día en que su esposo se marchó de la casa. Además, en su debido momento, se había encargado de hacer desaparecer todas sus fotografías para negarse a sí misma que alguna vez hubiera existido.
Por todas estas razones, el ambiente en el hogar era aparentemente tranquilo y, por sobre todas las cosas, silencioso.
El único sonido que podía escucharse eran las pisadas de una joven rubia, ya que sus tacos resonaban sobre el suelo de mármol a cada paso que daba mientras se aproximaba a la sala de estar. Atravesó la entrada y finalmente se detuvo ante dos muchachas que estaban sentadas en un sofá del fondo, conversando entre susurros. Ambas callaron inmediatamente al advertir su presencia y alzaron la mirada al mismo tiempo.
—Ya era hora de que llegaras.—comentó Daphne, observándola con sus penetrantes ojos azules.
Melanie Newman se encogió de hombros con una sonrisa.
—Lo siento, pero sinceramente no estoy muy ansiosa por ir a la mansión del idiota de Zabini.
—Es sólo una vez al mes, Mel. Es una vieja costumbre de los Slytherins reunirse para…
—…fanfarronear, lo sé.—finalizó Mel por ella.
Astoria rió por lo bajo al ver que Daphne chasqueaba la lengua en señal de desaprobación, y luego se paró de un salto del sofá para darle un rápido abrazo a su prima.
—Es la primera vez que asistiré a una de esas reuniones, así que espero que me ayudes a que no me muera de puro aburrimiento…—dijo con un mohín.
Daphne puso los ojos en blanco ante este comentario. Acto seguido, se paró y sacudió su inmaculado vestido verde oliva con las manos y echó un último vistazo a su imagen en el espejo de cuerpo entero que estaba en el rincón antes de regresar con ellas.
—Estoy lista.—dijo.
Astoria arqueó las cejas. No entendía por qué su hermana mayor insistía en vestir de una manera tan elegante para ir a una reunión que no era del todo informal. Pero no dijo nada al respecto, simplemente para no ofenderla.
Daphne nunca le decía nada sobre como iba vestida. Tampoco se quejaba de todas las locuras que hacía. Ella decía que Astoria nunca se estaba quieta, siempre tenía que tener algo en las manos; preferiblemente algo peligroso. Había veces que su forma de ser realmente lograba ponerla de los nervios.
El trío se encaminó hacia la salida. Se detuvieron en el umbral de la casa e intercambiaron miradas pensativas. El cielo estaba encapotado y gris y era evidente que en cualquier momento se desataría una feroz tormenta.
—¿Iremos en Traslador?—preguntó Mel. Daphne asintió.
—Yo viajaré en mi escoba.—dijo Astoria decidida.
—¡No!—se quejó su hermana
—¡Sí! De todas formas, siempre acabas cediendo, así que ¿para qué discutir?
Tanto su hermana como su prima fruncieron el ceño. No obstante, sabían que Astoria no cambiaba de opinión fácilmente y apenas les quedaba tiempo para considerar las alternativas.
—Muy bien—dijo Daphne a regañadientes—, pero no pienses que esto se quedará así—Luego relajó su expresión y murmuró:—. Nos vemos allá.
La mansión de Blaise Zabini era imponente y lujosa, tal cual lo había sido en sus mejores tiempos. Él había tenido la suerte de heredarlo todo cuando su madre se cansó de la fama y se dedicó a viajar por el mundo, por lo cual, en consecuencia, él era uno de los partidos más codiciados.
Una alta verja negra rodeaba los grandes terrenos de la mansión, y cuando llegaron Daphne y Mel se detuvieron ante ella. Ésta primera dijo su nombre completo con voz fuerte y clara.
Las puertas se abrieron para ella. Entró con rapidez y las verjas volvieron a cerrarse.
Melanie hizo el mismo procedimiento pero, ante su irritación, nada sucedió.
—¡Soy yo, imbécil!—gritó.
Las puertas se abrieron nuevamente. Melanie maldijo en su fuero interno. Blaise siempre le hacía la misma broma cada vez que lo visitaba, a pesar de que nadie más que él mismo se reía de ello. Pero se dijo a sí misma que un día se vengaría.
Como era habitual, fueron recibidas en el living, donde ya estaban reunidos todos los demás con aspecto aburrido. Romi Flesher pareció aliviada al verlas y las saludó con la mano. A su lado estaba Theodore Nott, tan callado como siempre, junto a Draco Malfoy.
Daphne carraspeó nerviosamente y desvió la mirada hacia la pareja que estaba del otro lado, Pansy Parkinson y Millicent Bulstrode.
En definitiva, ninguno de los presentes parecía muy complacido.
—Yo ya tenía el presentimiento de que esto sería incómodo.—susurró Melanie.
Se quedaron paradas junto a la puerta, un poco indecisas sobre qué hacer.
Romi -cariñosamente apodada Miz- se acercó a ellas para hacerles compañía y le ofreció a ambas una copa de vino.
—Aún no entiendo por qué seguimos viniendo aquí—continuó Melanie, quien por su forma de mirar a Blaise parecía que quería degollarlo—. Por alguna razón, Pansy y Millicent nos odian. Theodore y Draco apenas hablan con nadie y Blaise… En fin, Blaise lo único que hace es presumir su magnífica mansión.
Romi se inclinó hacia ellas y bajó la voz, esbozando una sonrisa maliciosa:
—Bueno—cuchicheó—, ya saben lo que dicen. A los hombres les gusta tener una casa grande para compensar alguna otra cosa que tengan pequeña…
Daphne, que justo estaba tomando vino, soltó una carcajada y estuvo a punto de ahogarse. Se apresuró a taparse la boca.
—¡Pervertida!—rió Melanie, cuyo esfuerzo por no reírse era tan grande que los ojos le lagrimeaban.
Las miradas del resto de los invitados recayeron sobre ellas, por lo que trataron de recuperar la seriedad y tener una conversación normal.
Romi paseó la mirada por el living y preguntó, cambiando de tema:
—¿Dónde está Assie?
—Viene en escoba.—respondió Daphne.
Casi inconscientemente, las tres se giraron a mirar por la ventana que tenían a sus espaldas.
Se había desatado una lluvia torrencial que seguramente obstaculizaría la visión nocturna de Astoria mientras volara. Daphne se sintió un poco culpable por no haber insistido en que viniera con ellas, aunque conocía el carácter de su hermana y sabía que cuando quería era muy testaruda. Luego un deje de miedo cruzó su rostro: ¿Y si le había ocurrido algo?
Entonces, como si la hubiera llamado con el pensamiento, se oyó la voz de Astoria, proveniente de ninguna parte, diciendo su nombre.
Al fin había llegado.
Blaise frunció los labios con desdeño y fue a recibirla al vestíbulo.
A Daphne se le esfumó el miedo de un plumazo cuando vio a su hermana menor, escandalizándose por su aspecto: Astoria estaba tan empapada que su ropa por poco chorreaba agua. Su espeso pelo castaño se había rizado con la humedad y su jersey y pantalones se habían arrugado un poco. Atravesó el umbral de la puerta torpemente.
—¿Llego tarde?—bromeó.
Haciendo caso omiso de su broma, Daphne, todavía ligeramente aturdida y sin despegar la vista de ella, se apresuró a presentarla:
—Ella es… es mi hermana Astoria.
—Assie.—le corrigió ella de mala gana.
Daphne sonrió forzadamente al resto de los presentes como pidiendo disculpas y luego se los nombró rápidamente, empezando por la pareja de muchachas:
—Ellas son Millicent Bulstrode y Pansy Parkinson.
—¡Claro que te recuerdo!—exclamó Astoria dirigiéndose a Pansy, quien la fulminaba con la mirada sin ningún disimulo— Cuando estaba en cuarto año prendí fuego a tu cabello por accidente y…
“Por favor, cierra la boca”, rogó Daphne a su hermana mentalmente. Astoria, captando su mirada de advertencia, calló de inmediato. Pansy y Millicent inclinaron la cabeza hacia ella con frialdad y retomaron su diálogo, ignorándolas por completo.
Daphne resopló y se volvió hacia los dos que estaban sentados en el sofá de enfrente. Theodore Nott estaba impávido, observando su copa de vino como si fuera lo más interesante que pudiera ver. Cuando oyó que lo nombraban, dijo “Buenas noches” con voz aburrida, sin apartar la vista.
Tratando de tomar coraje, Daphne miró fijamente a Draco Malfoy y rezó porque no se notara todas las emociones que la embargaron cuando sus miradas por fin se encontraron.
Ése era el único secreto que nunca había compartido con Astoria ni con nadie más: amaba a Draco Malfoy y él era el único motivo por el que asistía a la reunión Slytherin.
Todo empezó cuando estudiaban juntos en Hogwarts. Daphne pertenecía al grupo de Pansy Parkinson, quien fue la primera en fijarse en el rubio, y lo hostigó durante mucho tiempo hasta que al fin lo consiguió en quinto año. Pero Daphne no se mostró interesada en él sino hasta que terminaron el colegio, tiempo después de que hubiera terminado la Guerra y la paz retornara al mundo mágico. Lo que le atraía era su semblante taciturno y tan distinto al que conoció en primer año, pero no entendía por qué.
Por otra parte, la familia Greengrass nunca fue partidaria de Lord Voldemort aunque pertenecía a una línea de sangre pura, sino que se mantuvo astutamente al margen; sin embargo, Daphne sospechaba que no verían con buenos ojos que se relacionara con un ex mortífago. Aquello era una razón suficiente para no contarle a nadie sobre sus sentimientos.
Todo esto cruzó la cabeza de Daphne en un segundo. Volviendo al presente, siguió con la presentación:
—Él es Draco Malfoy.—dijo con un tono que esperaba que sonara impasible.
A diferencia de Theodore, Draco se paró frente a Astoria y la saludó con su habitual cortesía, tomándole de la mano.
—Buenas noches, señor.—dijo Astoria con cierta burla maliciosa en su tono de voz, tal como Daphne se imaginó que haría. Draco lo advirtió, pero en lugar de molestarse la miró con un brillo divertido en sus ojos grises.
—Señorita.—respondió con una media sonrisa irónica, y volvió a tomar asiento.
Astoria puso los ojos en blanco y Daphne le dio un codazo.
—¿Qué?
—Estás siendo mal educada.—le reprendió Daphne.
—Oh, lo siento—Astoria hizo una reverencia a Blaise Zabini, que estaba justo tras ella, y musitó:—. Si me permites, me retiro al cuarto de baño, Sábana. Perdón, quise decir Zabini.
Daphne abrió los ojos con horror. Eran muchas las bromas que circulaban entre ellas apodándolo Sábana debido a su conocida fama de mujeriego, pero ¡atreverse a llamarlo así a la cara!
Para su sorpresa, Draco simuló una tos para ahogar la risa y el mismo Nott pareció perder la compostura. Pansy y Millicent estaban tan horrorizadas como ella misma, pero Mel y Romi lloraban de la risa en silencio.
Blaise, sin apenas reparar en la reacción de los demás, se mantuvo impertérrito cuando habló:
—Queda arriba a la derecha.—le indicó a Astoria, con la mirada como el hielo.
La muchacha le dio las gracias, sonriente, y desapareció por las escaleras.
—Me has hecho quedar en ridículo, Assie.—dijo Daphne enfadada.
Astoria le restó importancia al asunto:
—Fui lo más educada que pude. Y lo de decirle “Sábana” a Zabini fue un accidente. Mel siempre le llama así y me confundí.
Daphne bufó y se sentó en la cama indignada. En aquél momento estaban en el cuarto de Astoria, quien se encontraba muy entretenida alisando su cabello rubio ceniza frente al espejo del tocador, casi sin escuchar las recriminaciones de Daphne.
—Además—continuó como si tal cosa—, lo que dije es absolutamente cierto. Zabini se acuesta con todas las mujeres que tiene al alcance. Es guapo y tiene dinero, razón suficiente para…
—Eso no justifica que le hayas dicho eso.
—¿Desde cuándo te importa tanto lo que piensen los demás?—Antes de darle tiempo a responder, Astoria añadió:— En realidad, lo que piense alguien en especial.
—¿De qué hablas?—murmuró Daphne, sintiendo que un estremecimiento de horror le recorría la espina dorsal.
—De Draco Malfoy. Estás enamorada de él.—sentenció Astoria, sin interrumpir su cepillado. Su rostro expresaba algo parecido a la diversión.
Daphne estaba atónita. En la reunión apenas intercambió algunas frases con él y se había cuidado de no permitir que las emociones la dominaran. Era una experta en eso. ¿Acaso había sido tan obvia?
Como si le hubiera leído la mente, Astoria se explicó:
—No te preocupes, nadie sospecha nada. Yo me di cuenta porque te conozco como la palma de mi mano.
—Vaya—Daphne suspiró de alivio—. Lamento no habértelo contado, es que… simplemente, no tengo esperanzas de que algo suceda entre nosotros.
Astoria bufó con enojo.
—No me gusta que digas eso—Dejó su cepillo a un lado y apartó la vista del espejo para mirarla a los ojos—. Papá siempre me decía que era una estupidez darse por vencido antes de luchar.
El impacto de la palabra “papá” fue como el de un proyectil. Desde que se marchó, hacía ya quince años, ninguna de las dos hermanas se refería a él. Como su madre, optaron por fingir que no existía, o al menos así lo hizo Daphne, creyendo que Astoria la imitaría. Por todo esto, se quedó pasmada cuando lo mencionó con tanta naturalidad.
—Él no luchó por nosotras, ¿cierto?—dijo bruscamente— Además, ¿cómo lo recuerdas? Tenías cuatro años cuando se fue.
—Tengo buena memoria—Astoria volvió la mirada al espejo, extrañamente seria—. Y también soy su viva imagen. Tú tienes los ojos azules de mamá, pero los míos tienen el mismo color que los de papá. Tal vez por eso no lo he olvidado. Mis ojos son los suyos.
Daphne se sobresaltó al escucharla hablar de esa manera, tan distinta de la Astoria impetuosa que ella conocía. Sin pensarlo mucho, se acercó y la rodeó con los brazos, apoyando su mentón sobre su cabeza. Al contemplar su reflejo se dio cuenta de la tan patente diferencia física entre ambas, como Astoria había mencionado. Ella misma tenía el cabello castaño y los ojos claros, mientras que el pelo de su hermana menor era rubio ceniza y sus ojos color miel. Siempre había pensado que si quisiera hacer una pintura de Astoria, usaría distintas tonalidades de color marrón y dorado.
—No pienses cosas tristes—susurró Daphne distraídamente—. Falta poco para que cumplas diecinueve años y debes estar feliz.
Astoria le devolvió una amplia sonrisa.
—Lo estoy. Ha sido un día pésimo, pero ya acabó—Inspiró profundamente y cerró los ojos, sin dejar de sonreír—: siempre habrá otro día mejor, ¿cierto?
Daphne musitó en respuesta:
—Sí. Siempre habrá otro día.
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