He vuelto, quizás con más tardanza de la q esperaba pero hoy, les digo, es mi penúltimo día de trabajo y después tendré libertad de escribir y publicar un poco más seguido
Ya vimos q Hermione decayó luego del ataque de Icarus y el desaliento la hizo su presa, pero siempre está su terquedad, su deseo por saberlo todo. Teddy jugará un papel importante, no será sencillo para Icarus tenerlo secuestrado. Por otro lado, Harry estará en medio de una guerra de emociones entre su miedo por su ahijado y su preocupación por Hermione. No puede vivir sin ellos y eso lo vuelve vulnerable.
Bueno, no quiero darles una latera intro, los dejo con la lectura.
Un abrazo y buen viaje!!
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La fuerza del mestizo
Un trueno estalló luego de las palabras de Luna. Harry pensó que aquel sonido sólo había sucedido en su cabeza pero todos se estremecieron. La lluvia reanudó con mayor fuerza en las afueras de La Madriguera golpeando sin piedad los tejados. El moreno no dudó en salir de la casa seguido de cerca por sus amigos. Experimentó una rabia mezclada con miedo que consiguió elevar su presión. ¿Cómo podía Hermione ser tan arrebatada? ¿Es que acaso no escuchó lo que le dijo en el cuarto de hospital? La amaba, sin ella no sabría qué hacer. No podía largarse de aquella manera sin dar aviso. Estaba débil, convaleciente de un ataque desconocido. Con la esperanza de que hubiera regresado a su apartamento, se dirigieron hasta allá sin éxito. Harry, como brújula perdida, volvió a Grimmauld Place esperando hallarla allí, sentada en uno de sus mullidos sofás pero sólo se enfrentó con un vacío que se asemejaba al que tenía en su pecho. Invadió la mansión como un toro salvaje. Recorrió todas las habitaciones llamándola a voz en cuello. Regresó a la sala para apoyarse en la chimenea bajo la atenta vista de todos.
- ¿Habrá ido a Hogwarts?- preguntó Ron, más para romper la silencio que por real convicción.
- Tal vez fue a la casa de sus padres- sugirió Ginny.
- Debió dejar el hospital por un motivo mucho mayor.- dijo Luna tomando lugar a un lado de Harry.- Ella no es así de imprudente por nada. Quizás descubrió algo sobre el manuscrito.
- No, Hermione me dijo que ya no quería seguir en esto, que deseaba abandonar- comentó el moreno retomando su paseo de un lugar a otro. Su preocupación le tenía alborotada la sangre y no podía mantenerse quieto por mucho tiempo.
- Sabes que eso para Hermione es imposible- señaló la rubia. Harry la miró con ojos nublados y labios tensos.
- Me lo dijo en St. Mungo.
- No fue en serio.-el desprendimiento en las palabras de Luna lograron contrariar al ojiverde. Había veces que deseaba que aquella muchacha no viera las cosas tan sencillas. Quería que por una vez se hundiera en el pesimismo con él, que lo acompañara en esa sensación.
Harry tenía los labios en carne viva. Luego de besar a Hermione en el hospital, todo había cambiado ante sus ojos. No le importó que ella no le respondiera a su confesión de amarla, sólo con recordar el contacto de su boca, la forma de besarlo, sabía que ella también sentía lo mismo pero ante las circunstancias era difícil aceptarlo. Había abandonado St. Mungo, había huido sin dejar ninguna señal que pudiera calmar su desaforado corazón. Con Teddy en manos de Icarus y Hermione ausente, el moreno no podía estar más derrotado que en ese momento. De pronto, de la chimenea aparecieron llamaradas fulgurantes que revelaron el rostro de Kingsley Shacklebolt. Estaba ceñudo, como si recién se hubiera enterado de malas noticias. Harry se arrodilló frente al fuego para escuchar lo que tenía que decirle.
- Estamos tras la pista de Icarus, Harry. No te preocupes por eso. Toda una escuadrilla ha salido hacia diferentes rumbos para atraparlo- le dijo sin conseguir la tranquilidad del muchacho. Continuó- Hemos cubierto un radio considerable por todo Londres, nos hemos apostado en lugares estratégicos para advertir su presencia. De seguro deberá estar ansioso por obtener mayor información ahora que tiene a Teddy, por lo tanto, vigilaremos todo lo que tenga relación con los Black, hasta protección en La Madriguera en donde se encuentra Molly y Andrómeda- Harry apretó los dientes y meneó la cabeza.
- Esa protección llegó un poco tarde, ¿no lo crees, Kingsley?- le dijo con tanta ironía que Ron carraspeó incómodo. Después de todo, se trataba del ministro de magia.
- Lo sabemos, Harry, pero no fue negligencia. Icarus orquestó muy bien el secuestro.- replicó el mago- ¿Cómo está Hermione?
- Abandonó el hospital hace una hora- informó Luna. Kingsley volvió la mirada hacia el ojiverde.
- ¿Adónde pudo haber ido?
- No lo sabemos… fue muy precipitado de su parte irse así sin decírnoslo- la voz del joven se quebró un segundo sin lograr sonar enfadado. Tomó aire profundamente para despejar su garganta.
- Esa chica cuando se le mete algo entre ceja y ceja se parece mucho a ti- comentó el hombre tratando de suavizar el ambiente- Parecen el reflejo del otro.
Kingsley se despidió de los muchachos advirtiéndoles que cualquier novedad no tardaría en informarles. Su imagen se desvaneció y Harry se dejó caer en su sofá con todo el peso de su alma. Luna fue a la cocina junto con Ginny para preparar café. Ron, por su parte, se sentó a un lado de su amigo compartiendo el silencio. Sin embargo, la mente de Harry retuvo una frase en su mente de la reciente conversación: Parecen el reflejo del otro, aquello llamó mucho su atención. Pensó unos momentos y se levantó del sofá como catapultado por sus pensamientos. Se dirigió hacia su abrigo colgado en el perchero y rebuscó entre sus bolsillos. Había algo que siempre llevaba consigo además de su varita, algo que tenía un valor muy especial, no sólo por quien se lo había regalado sino que gracias a él habían salido con vida de una difícil situación. El trozo del espejo de Sirius. Lo miró atentamente siendo observado por sus amigos hasta que después de unos eternos segundos, sonrió.
Icarus estaba perturbado ante aquel despliegue de magia inconsciente de un mocoso de cuatro años. Sí, todo mago mostraba facultades mágicas a corta edad, facultades involuntarias, eso lo sabía; pero ese niño de cabello azulino y ojos plateados era un asunto muy diferente. Se sintió rebajado, como si sus propias aptitudes no fueran más que pirotecnia barata. Contactó al pelmazo de Callahan vía chimenea para que vigilaran al infante en la habitación sellada mientras él salía a tomar aire fresco. Icarus necesitaba respirar, necesitaba recuperar el control de las cosas y enfriar la cabeza. No le gustaba nada esa inseguridad suya cerca del niño. Era sólo un mozalbete al que mataría luego y no podría defenderse. Esperaba ese momento con tanta ansiedad que caminaba más rápido por las avenidas clavando sus zancadas en el asfalto. Se detuvo en uno de los tantos parques colindantes recibiendo la brisa fresca que se colaba por entre las hojas de los árboles. Extrajo el habano que había comenzado a fumar encendiéndolo de nuevo y exhalando una gran cantidad de humo.
Pensó en su abuela Melania como si por reflejo buscara apoyarse en ella. Había sido esa anciana quien le había dado información del manuscrito y la profecía que dormía en la familia por siglos. Se preguntó si tendría mayores antecedentes aunque lo dudaba de cierta manera. Se lo hubiera dicho en aquel entonces. No perdía nada con visitarla y averiguar. Saber si es posible que un poder fuera más avasallante que el otro. Se concentró en su casa y se Apareció en las cercanías causando una interrupción del silencio con el chasquido. De inmediato tuvo que esconderse tras un muro en la esquina de la avenida. En las afueras del inmueble, cuatro magos custodiaban la casa con varitas en mano. No tuvo que preguntarse qué mierda hacían allí, era obvio. Después del secuestro de Teddy Lupin era lógico que el Cuartel General se pusiera en alerta, invadiendo cualquier terreno que tuviera que ver con él en aras de encontrarlo. Masculló para sus adentros torciendo su bigote negro. De repente, el humo de su habano llamó la atención de uno de los Aurores, tan sagaz como un gato. El mago apuntó en aquella dirección e Icarus se delató debido a la rabia de verlos allí. Los atacó dibujando un círculo sobre su cabeza. Una ola inmensa de agua fue contra ellos y el más veloz, la detuvo con un escudo que sirvió para que reventara en ella como si fuera las costas de un océano. No dudaron en responder ágilmente hacia Icarus, pero éste aplicó en sí mismo el hechizo Desilusionador. Se mimetizó nuevamente con el entorno siendo esa su defensa predilecta. Los Aurores se mostraron confundidos, tratando de agudizar la vista para reconocerlo en el cambio de los colores y texturas cuando se desplazara de un punto a otro.
- Pierdes tu tiempo, Prewett. La casa de tu abuela estará bajo vigilancia día y noche - dijo uno de los magos con cierta sorna- Entréganos al niño y terminemos con esto.
- ¿Quién eres tú para darme órdenes? ¡Esto recién empieza, imbécil!- gritó, Icarus, apestado y lanzando un rayo con tanta fuerza que logró retumbar la tierra. Los Aurores perdieron el equilibrio, el asfalto de las calles se partió y las luces en los faros estallaron provocando una lluvia de chispas. Icarus se sintió mucho mejor, poderoso. Ver que podía causar ese tipo de estrepito le tranquilizó el corazón después de sentirse menoscabado por el niño que había secuestrado. El nieto de su prima Andrómeda. Aquella violencia fue como una inyección de heroína directo a sus venas.
Uno de los Aurores estaba en el suelo a su alcance. Mimetizado como estaba, Icarus lo observó unos momentos dándose cuenta de que quizás aquel mago tenía veintiún años de edad, se veía lo suficientemente joven como para ser su hijo. Eso no le importó. Sólo tenía claro que era su enemigo, uno de los tantos obstáculos que le impedían obtener lo que por herencia le pertenecía. Blandió su varita hacia él y lanzó un Avada Kedavra que dio de lleno en su pecho como un escarmiento para los demás. El joven quedó tendido sin movimiento y con los ojos mortalmente abiertos. Sus compañeros gritaron corriendo hacia él y lanzando hechizos en defensa sin clara dirección. Icarus aplaudió con toda su furia contenida y desapareció tras un resplandor que hizo que los magos retrocedieran, atemorizados. La avanzada tarde volvió a la calma escuchando el sonido de los grillos como arañazos en una pizarra.
Icarus Apareció cerca de su escondite. Resoplaba su fastidio, resoplaba su rechazo ante esos Aurores inútiles que sólo eran una plaga de la cual tenía que deshacerse. De pronto, un pensamiento llenó su cabeza de forma inesperada. Sólo un Auror valía realmente la pena, esa chica llamada Hermione, la hija de muggles quien sorprendentemente tenía un talento increíble. Ella merecía su respeto y aquello lo inquietó. Jamás había sentido respeto por un sangre sucia. Recordó el momento justo en que la había tocado en su vientre, la sensación de hielo que bajó de su brazo hasta depositarse en ella. Su mirada ambarina se había posado en la suya de manera tan radical que lo llevó a sentir una punzada en el pecho. Lamentó que tuviera que pagar las consecuencias de una batalla que él no inició. Alzó el mentón con terquedad. Los daños colaterales jamás le importaron.
Al llegar a la esquina de la avenida, rumbo a la casona escondida, Icarus frunció el ceño. Humo salía del inmueble y reparó que la vía estaba abierta en dos, como una zanja provocada por un terremoto terrible. Corrió hasta el lugar dándose cuenta que la casa estaba muy maltratada, la puerta principal colgaba de sus bisagras tristemente, las ventanas estabas destrozadas y el techo parecía un sombrero mal puesto. Ingresó a largas zancadas hasta estar en la sala, cubierta por escombros. Inmediatamente se dirigió hacia el cuarto en donde había dejado a Teddy notando con espanto que la puerta estaba tirada en el suelo y en el interior no había nadie. Gruñendo, los ojos de Icarus destellaron una luz azul tan potente que resaltó en la penumbra. Como un enajenado buscó a Callahan hasta encontrarlo entre piedras y trozos de madera. Lo tomó por las solapas de su capa violentamente.
- ¿Qué sucedió? ¿Dónde está el niño?
- Intentamos retenerlo, pero su llanto… su llanto y gritos causaron todo esto…- el moreno no podía creer lo que escuchaba. Lo zarandeó con fuerza.
- ¿Ha escapado por su cuenta? ¿Hace cuánto?
- Hace unos minutos- respondió Callahan- Arrancó la puerta… no entiendo cómo lo hizo… su magia… su magia inconsciente es absolutamente incontrolable- Icarus lo soltó azotándole la cabeza en el piso.
- ¡Malditos incompetentes!- bramó el mago saliendo de la casa. Observó los alrededores oliendo el viento. Apretaba sus manos con tanta fuerza que se clavaba las uñas en las palmas. Trató tomar las riendas de sus emociones desbocabas. Respiró cerrando los ojos un momento. Es un niño de cuatro años, huyendo solo… no puede estar tan lejos. Ante esa idea, se consoló unos segundos, seguro que Teddy Lupin, un asqueroso mestizo, no podría contra él. Abandonó la avenida tan enfurecido, que en cada paso suyo el cemento se trizaba. Cuando lo encuentre le enseñaré que nadie se burla de Icarus Prewett Black, dijo en voz alta.
Tras abandonar St. Mungo, Hermione dedicó toda su concentración a Aparecerse en Hogsmeade. Fue difícil olvidar por unos segundos el hielo en su vientre pero consiguió transportarse hasta ese lugar viendo frente a ella la tienda de caramelos Honeydukes. Algo mareada por el esfuerzo, la castaña caminó con cuidado hasta Cabeza de Puerco esquivando a la gente que paseaba despreocupada por los alrededores. Hermione quiso ser una de esas personas, sin más asuntos que la vida misma, sin más exabruptos que la cotidianidad. Deseó tener una vida normal, vivir su juventud, disfrutar de una mañana soleada, ir de compras, enamorarse y casarse… esa última idea la hizo ponerse nerviosa. Haberse enterado que su mejor amigo la amaba había remecido todas sus convicciones. Lo extrañaba y sabía de antemano que cuando supiera que no estaba en la habitación del hospital, se molestaría mucho con ella.
Una vez frente al antro, bajo ese feo letrero con una cabeza de puerco dibujada, se acercó a la puerta y abrió con timidez. La oscuridad espantada sólo por unas escasas velas la llevaron a agudizar la vista. Sólo en un par de mesas algunos clientes consumían tragos y hablaban en voz baja. El aroma rancio la hizo arrugar su nariz. Los comensales guardaron silencio al verla cruzar el umbral. Una muchacha joven y bonita no frecuentaba lugares lúgubres como ése. Hermione se sintió observada y se abrazó a sí misma como un acto reflejo. Se acercó a la barra, se sentó en uno de los taburetes y esperó. Segundos después, Aberforth Dumbledore apareció desde el fondo de la taberna. Al ver a la chica, no tardó en reconocerla como la amiga de Harry Potter. La notó pálida y ojerosa, como si se recuperara de una fuerte gripe.
- Señor Dumbledore, no sé si me recuerde… mi nombre es Hermione Granger…
- Por supuesto que te recuerdo, cómo olvidar las circunstancias en que nos conocimos.- dijo el anciano.
- Necesito hablar con usted, ¿es posible…?
- Por supuesto, adelante- la invitó a pasar al otro lado de la barra hacia la puerta que separaba su negocio de la habitación en donde vivía. El tabernero le ofreció un trago pero Hermione optó por una taza de té caliente. Desde que la maldición la había invadido que deseaba comer y tomar cosas cálidas. Tenía frío todo el tiempo. Aberforth le sirvió el té y la miró sin ocultar su sorpresa de verla allí. Hermione bebió del contenido permitiendo que la pausa prevaleciera unos segundos.- Te ves muy débil, muchacha, ¿te encuentras bien?- la castaña negó con la cabeza.
Invitándolo a tomar asiento en las sillas de madera, Hermione le relató todo lo que había pasado hasta el ataque en La Madriguera y el secuestro de Ted Lupin. La misma benevolencia que conoció en los ojos del fallecido director de Hogwarts residía en los de Aberforth y eso la reconfortó. No se detuvo en ningún momento de su relato, le contó de la misteriosa Profecía que dormía en la familia Black, de la conexión entre Icarus y Teddy, en lo visto en la Sala de los Recuerdos, el viaje a Azkaban por el pergamino, los enfrentamientos con ese mago desalmado, del miedo de Andrómeda y del hielo que le había atravesado el vientre impidiéndole tener hijos. El anciano no quiso interrumpirla. Cada detalle que le relataba lo hacía alzar más sus cejas blancas. Cuando Hermione guardó silencio, Aberforth se puso de pie y paseó por el interior de la habitación.
- Así que Icarus ha vuelto…- dijo finalmente, sonando cansado- Me sorprende que el Ministerio no hubiera hecho nada cuando estuvo ocupado entreteniendo a los muggles con trucos de magia.
- ¿Pudo conocerlo antes de que desterrara a sí mismo de la comunidad mágica?
- Por supuesto, si hay algo más pequeño que la punzada de un alfiler es el vínculo entre los sangre pura. La familia Black, tan antigua como despreciable, contaba con miembros casi tan peligrosos como Bellatrix. En todos sus siglos de existencia, esta familia ocultó muchos secretos que se perdieron con el tiempo. Esta profecía debió sobrevivir al olvido gracias a la perseverancia de algunos.- Hermione no se había equivocado. Aquel hombre tenía fama de poseer una memoria privilegiada. Lo que podría saber le sería de mucha utilidad. Aberforth continuó- Icarus creció con resentimiento. Desde que era pequeño que era diferente del resto, como lo fue Voldemort en su infancia. Tenía unos ojos inquietantemente azules, lograban doblegar a cualquiera. Eran fríos y siempre parecía estar insatisfecho con la vida.- Hermione saboreaba cada palabra dicha por el tabernero. No quiso interrumpirlo en ningún momento- Conocí a sus abuelos Arcturus y Melania. Ellos tenían esa misma insatisfacción, como si esperaran que algo más sucediese con ellos. Si bien fueron seguidores de Voldemort imagino que secretamente deseaban tener más poder que él y mandarlo al demonio.
- Superarlo de alguna forma pero no sabían el cómo- interpretó la castaña y Aberforth asintió.- Ahora, con la aparición de esta profecía y la maldición que reside en Icarus… parece que lo lograrán.- ese comentario consiguió que el anciano no supiera qué decir. Hermione agregó: -Necesito traducir el manuscrito, señor Dumbledore- dicho esto, extrajo de su bolso el trozo de papel para mostrárselo sobre la mesa. Él estiró el pergamino repasando las runas con sus ojos veloces, de izquierda a derecha. Luego, Hermione le enseñó su libreta en donde tenía el primer párrafo interpretado y la primera línea del segundo. Aberforth lo leyó y sonrió, admirado.
- ¿Has hecho esto tú sola?- la joven asintió y el anciano la miró con un orgullo que sólo podía verse en quien ha tenido emociones paternales.- Me impresionas, muchacha. Harry Potter tiene un excelente apoyo en ti.- Hermione se sonrojó levemente. Él reparó en la palabra tachada “apagará” para ser remplazada por “extinguirá”. Lamentó que aquella niña, porque sí, a sus ojos era una niña aún, hubiera sido truncada de su derecho de ser madre. Llevó su mirada hacia la región lumbar de Hermione y ella por instinto, se cubrió con sus manos como si sintiera vergüenza. – Toda maldición tiene un revés. Si el pergamino habla de una profecía y una maldición, nos revelará también de cómo revertir lo que has sufrido.
- ¿Cree que sea posible?
- Por supuesto- aseguró Aberforth sonriéndole por primera vez desde que puso un pie en la taberna.
- ¿Nos ayudará entonces?- la voz de Hermione denotaba anhelo, una esperanza tal que iluminó el color miel de su mirada. El anciano miró el retrato de su hermana, como siempre lo hacía en momentos de decisiones, y suspiró.
- Hace mucho tiempo que no leo Runas Antiguas, pero juntos daremos con la respuesta.- la castaña se mostró aliviada y contenta. Se dio cuenta al instante del notorio cambio en el señor Dumbledore. La última vez que había estado allí, en ese lugar, él no mostró otra cosa más que desaliento y pesimismo ante los sucesos en la comunidad mágica. Le dio gusto verlo mucho más optimista a pesar de enterarse del regreso de un indeseable.
Al cabo de unos minutos de plática, un golpeteo seco en la puerta de la habitación los llevó a fruncir el ceño. Aberforth dejó su silla, caminó hacia la entrada y abrió despacio para ver de quién se trataba. Al apartarse, Hermione se puso de pie al ver que eran sus amigos, encabezados por un Harry serio y austero. Se quedaron mirando el uno al otro por segundos infinitos. Ninguno dijo una sola palabra. El primer impulso de la joven fue disculparse por haber desaparecido así pero no pudo hacerlo. La mirada de Harry la detuvo en el acto, al igual que un muro de concreto. El tabernero, sin comprender la razón de esa tensa pausa, los saludó uno por uno ofreciéndoles una ronda de cervezas de manteca. Ginny le agradeció a nombre de todos.
- ¿Cómo me encontraron?- preguntó la castaña una vez que Aberforth saliera del cuarto dejándolos solos.
- Te vimos por el espejo de Sirius- contestó Ron señalando el objeto detrás de él con el pulgar.
- ¿Qué haces aquí? Deberías guardar reposo- indicó Luna tocándole la frente en busca de fiebre. Hermione se apartó de ella algo molesta al sentirse como una niña.
- ¿Han tenido noticias de Icarus?- quiso saber pero Harry no le respondió aún sabiendo que la pregunta iba dirigida a él. La pelirroja, al percibir la espesura en el ambiente, prefirió intervenir.
- Kingsley nos dijo que repartieron escuadrillas de Aurores por toda la ciudad y sus alrededores. La Madriguera está siendo custodiada como también otros lugares que Icarus puede considerar importantes.- Hermione asintió al escuchar la información proporcionada por Ginny pero le dolía el silencio obstinado del moreno. Aberforth volvió con una bandeja llena de jarras de cervezas de manteca y estrechó la mano de Harry.
- Lamento lo de tu ahijado.
- Lo recuperaré, señor Dumbledore. Esta será una batalla que también ganaré- dijo el ojiverde acentuando el verbo en singular. Hermione sabía que aquel comentario había sido un reproche para ella.
Teddy caminaba sin dirección alguna. Temeroso de la oscuridad que poco a poco comenzaba a apoderarse de las calles, se rodeó con sus cortos brazos deseando ver a su tío Harry y cobijarse en uno de sus fuertes abrazos. Sus lágrimas caían a borbotones por sus mejillas sonrosadas sin tener idea en dónde estaba. Se detuvo un momento en una esquina y se agazapó a un costado de un frondoso arbusto. Sintió frío y la soledad le picaba todo el cuerpo. Tenía tanto miedo que no pudo avanzar más. No veía casas en lo inmediato, sólo árboles, un claro escampado y un camino por delante largo y angosto. No entendía qué había sucedido, por qué tembló la tierra ni por qué sintió su corazón acelerado cuando gimió de la pena. Vio con horror cómo la puerta se desprendió del marco y una nube de polvo se alzó confundiéndolo todo. Lo único que por instinto atinó a hacer fue correr lejos de esa casa. Sentía sus manitas ardiendo y un cosquilleo por sus extremidades como si millones de hormigas lo recorrieran desordenadamente. Abrazó sus piernas, volviendo a llorar.
- Tío Harry, ¿dónde estás?… - susurró, nervioso de que apareciera ese hombre malo del bigote negro.
De repente, entre la escasa penumbra del anochecer, un par de focos iluminaron los matorrales y se detuvieron en la calle angosta, cercada de árboles. Sin imaginarlo nunca, un enorme autobús de color morado se había estacionado frente a él. Teddy se manoteó las lágrimas sin poder creer lo que estaba viendo. Trató de esconderse cuando las puertas se abrieron y un joven salió del interior mirando los alrededores con los brazos en jarra. ¿Estás seguro que hay un mago abandonado aquí, Ernie?, le escuchó preguntar. Sí, el autobús jamás se equivoca, contestó el aludido desde la cabina. ¿Hola? ¿Hay alguien?, preguntó el primero en voz más alta. Teddy salió de su escondite tímidamente removiendo las hojas de los matorrales. El joven uniformado al verlo abrió los ojos como platos.
- Hola, pequeño… ¿Dónde está tu mamá?- el peliazulino no respondió mostrándose algo desconfiado. El joven se agachó despacio para estar a su altura.- ¿Estás bien? ¿Cómo te llamas?
- ¿Ese es el mago abandonado? Es un niño, ni siquiera tiene una varita…- opinó Ernie, el conductor desde el volante. Teddy los miró con sus hermosos ojos plateados. Ambos recién llegados quedaron hipnotizados, como si una sensación de bienestar los llenara por completo. Lo invitaron a abordar sin saber muy bien qué hacer con él. Pensaron que en el camino, una vez que ganara confianza, les diría algún dato que pudieran dilucidar hacia dónde llevarlo. No era buena idea tener a un niño en el autobús sin saber de quién se trataba
El conductor se dispuso a marchar cuando el motor se detuvo de golpe. Trató de insistir, una y otra vez pero nada. La máquina estaba muerta, lanzó un último suspiro de animal herido y quedó allí, tirado en medio de la vía. No entendían qué demonios pasaba. Jamás algo así había sucedido con aquel autobús mágico. Al cabo de unos segundos, el viento se alzó y algo parecido a un temblor hizo rebotar el transporte sobre sus ruedas. El conductor, sujeto firmemente de su manubrio, miró hacia delante reparando que un hombre de capa color vino tinto y respingado bigote los miraba bajo el ala de su sombrero. Por instinto supieron que significaba problemas. El joven revisor apuró a Ernie para que encendiera la máquina pero por más que insistía nada pasaba. Teddy se escudaba tras uno de los camarotes viendo por el parabrisas al hombre malo que lo había encerrado.
Icarus sonrió. Supo inmediatamente que ese autobús estaba allí por magos abandonados a su suerte y con un movimiento de su varita abrió las puertas. El joven salió para enfrentarlo pero el moreno lo cogió por las solapas de su uniforme para azotarlo contra la pared del vehículo y lanzarlo lejos con toda la fuerza de su frustración. Ernie, el conductor, era un anciano que apenas podía ver por sus anteojos de excesivo aumento. Trató de defenderse pero Icarus le encerró el cuello con una mano obligándolo a ponerse de pie. Sin ningún cuidado, lo empujó por la puerta hacia las afueras, cayendo estrepitosamente de espaldas en la tierra. Se volvió hacia su objetivo, quien no supo hacia donde correr. El mago se acercó jugueteando con su varita entre los dedos.
- Eres muy escurridizo, mocoso. Tendré que tomar otras medidas contigo.
- ¡Aléjese de mí! ¡No quiero estar con usted!- gritó Teddy. El autobús se sacudió. Icarus se sujeto de una de las literas a su costado.
- Todo terminará muy pronto y volverás con tu padrino- le mintió tratando de utilizar la sicología. Teddy no le creyó ni por un segundo.
- No es cierto, lo noto en tus ojos. Mientes.- las seguras palabras del niño lograron descolocarlo. Cambió la expresión en su rostro a una mucho más grave.
- ¡Ya estoy perdiendo la paciencia contigo!- bramó y tras su aseveración, la lámpara sobre sus cabezas se estremeció soltando algunos cristales. Se acercó a Teddy en tres largas zancadas cogiéndolo del brazo para levantarlo. El peliazulino forcejeó un segundo pero Icarus lo aturdió con un hechizo. Él sabía que el efecto no duraría mucho por lo tanto tenía que apresurarse. Al voltear para salir del autobús, el joven revisor lo estaba apuntando con su varita. Temblaba de pies a cabeza. El moreno supo al instante que no estaba acostumbrado a los enfrentamientos.
- Suelte al pequeño… por favor.- le pidió retraídamente. Icarus soltó una risa burlona y malévola. Ver a ese enclenque frente a él le hizo mucha gracia. Tomó a Teddy de la cintura y lo apuntó con su varita.
- Lo siento, pero no lo haré- dijo simplemente y con ello, le envió una llamarada de fuego que hizo estallar los cristales. El joven salió disparado por el parabrisas hacia el exterior. Icarus miró al niño desmayada en sus brazos y suspiró, agotado.- Este mocoso me dará muchos dolores de cabeza...
Luego de agradecerle la hospitalidad a Aberforth Dumbledore, los jóvenes regresaron a la mansión de Grimmauld Place en silencio. La lluvia volvió a azotar las calles de Londres y del cielo se proyectaban ciertos relámpagos sucedidos por truenos belicosos. Harry encendió la chimenea con un movimiento de su varita. El fuego se elevó consumiendo los leños y el calor poco a poco invadió la sala principal. Tanto los hermanos Weasley como Luna Lovegood se miraron entre sí. Sabían que el ambiente entre Harry y Hermione podía cortarse con un cuchillo. Harry estaba demasiado afectado por la pérdida de Teddy como para seguir pasando preocupaciones, y Hermione era demasiado testaruda como para evitarle ese tipo de situaciones. La rubia le insistió a la joven que volvieran a St. Mungo pero ella no quiso moverse de allí. Quería hablar con el ojiverde y les pidió cortésmente a los demás que los dejaran solos. Ellos, sin querer intervenir, asintieron abandonando el campo de batalla mediante Polvos Flú a sus respectivos destinos.
El moreno giró sobre sus talones y se digirió a la cocina para comer algo. En las últimas horas ni siquiera se había acordado de alimentarse y su estómago le gruñía con rabia. Hermione lo siguió. No sabía siquiera por dónde comenzar. Había tanto qué decir y tan pocas palabras para expresarlo. Tomó asiento en una de las sillas de la larga mesa mientras que Harry encendía el fogón para preparar café. Sin embargo, cuando tomó entre sus manos la negruzca tetera, la dejó bruscamente donde estaba y se volvió hacia la muchacha.
- ¿Acaso no me escuchaste cuando te dije que te amo?- le preguntó de repente. Hermione, tomada por sorpresa, abrió la boca pero él le impidió hablar- ¿Te parece que desaparecer así es gracioso?
- Harry…
- Escúchame- interrumpió nuevamente apoyando una mano en la mesa- ¿No entiendes lo que sería de mí si te perdiera? ¿No te importa eso?
- Sé que no debí…
- ¡Por supuesto que no! ¡Mucho menos sola!- explotó Harry creyendo que sus entrañas estaban envueltas en llamas.
- Tuve la idea de que Aberforth podría darnos una mano.- trató de explicar la muchacha- Fui con él porque no quiero perder más tiempo. Necesitamos refuerzos. Icarus tiene a Teddy… y por culpa mía.
- No te culpes, nadie te culpa por eso, Hermione- dictaminó el ojiverde sin dejar de sonar duro. La castaña, temblando levemente debido al frío que la ocupaba por dentro, lo miró con sus ojos ambarinos anegados de lágrimas y asintió, sin decir nada. Harry sintió que el corazón se le saldría por la boca. Hermione se puso de pie y salió de la cocina camino a la puerta de salida. Ya no quería hablar nada más. El hecho de que el moreno la mirara así, que se preocupara tanto por ella y que le confesara su amor de manera abierta, sólo conseguía hacerla pensar en su maldita condición. ¿Qué clase de futuro tendrían juntos? Harry caminó rápido hasta alcanzarla tomándola del antebrazo. El contacto de la piel los estremeció a ambos. – Espera… no te vayas así, por favor.
- Sólo buscaba una forma de ayudarnos en esto, perdóname.
- Me dijiste que ya no querías involucrarte más después de…- miró instintivamente su vientre – lo sucedido.
- Jamás te abandonaría, Harry.
El moreno no pudo resistir más y la atrapó por las mejillas para besarla con intensidad. El primer beso en St. Mungo había sido tierno, delicado; éste, en cambio, tenía fuerza y anhelo, como si las horas sin saber de cada uno hubieran sido prácticamente semanas, meses, tal vez años. Hermione se asombró de sí misma al sentirse tan perfecta en su boca. Nadie nunca la había besado de esa manera. Su mente dio vueltas hasta volver a la realidad cuando Harry llevó sus manos hacia su cintura cerca de su zona afectada. Inmediatamente cortó el beso y lo tomó por las muñecas. El joven se quedó mirándola, reparando que en su ceño se reflejaba una profunda tristeza y vergüenza. ¿Por qué? Ella no buscó esta maldición, pensó. Hermione caminó hacia la chimenea buscando calor. Tenía la piel fría por todo su estómago y eso la volvía de un aspecto demacrado. El ojiverde se aproximó a ella recordando lo que le había dicho en la habitación del hospital antes de salir: “La fuerza oscura poseerá una maldición que apagará al hijo de muggle…”, finalmente se refería a “extinguir” y eso no podía dejar de repetírselo como una plegaria terrible. Se preguntó si su madre habría corrido el mismo riesgo frente a Icarus, si lo habría enfrentado en algún momento. Sus cavilaciones fueron interrumpidas por la voz temblorosa de Hermione.
- “En el pie de lince” es un lugar, estoy por completo segura de ello.- comentó sin previo contexto.- Cuando averigüe dónde es, Icarus estará allá con Teddy y será el momento en que pagará por todo lo que ha hecho.
- Eso puedes apostarlo- dijo Harry, seguro de sus palabras.
- Tendremos que tener mucho cuidado, si pudo hacerme esto a mí… no quiero ni pensar en lo que podría hacer…
- Oye, tranquila- le pidió el muchacho tomándola por los hombros con suavidad. Hermione se tornó más seria mirándolo profundamente.
- Harry… deberías invertir tus energías y emociones hacia otra dirección. De mí ya no queda nada.- el moreno frunció el ceño automáticamente. Dio un paso atrás para mirarla, ofendido.
- ¿De qué hablas? No puedo tomar mi corazón como un balón para llevarlo a otro campo así como así. Me enamoré de ti y nada cambiará eso.
- ¿No comprendes que soy una sombra de lo que fui?- espetó ella- Mírame. Vive dentro de mí un hielo oscuro, un cáncer gélido que me carcome por dentro. Es permanente, Harry, lo percibo. Esta maldición consiguió derrumbarme. – Harry la observó unos segundos notando las ojeras bajo sus ojos y sus labios blancos. Se veía tan debilitada que tuvo que tuvo que luchar contra todos sus impulsos para no salir corriendo y buscar por todo rincón al responsable. Negó con la cabeza.
- Estaré contigo siempre. La maldición se revertirá de alguna forma, ya lo verás.
- ¿Y si no? ¿Qué sucederá entonces? ¿Entiendes que no tienes futuro conmigo? ¡No puedo tener hijos!- decirlo de manera tan desgarradora llenó el aire de angustia. Hermione sintió que su vientre se endurecía y el dolor agudo volvió rimbombante. Harry la sostuvo con cuidado llevándola paso a paso hasta la segunda planta. Allí, la ayudó a recostarse. Temblaba de frío, tanto que sus dientes castañeaban. El moreno buscó entre las ropas de su armario un grueso cobertor para cubrirla. Cuando se dispuso a salir, ella lo tomó de la mano para impedírselo.- Quédate conmigo… tengo mucho frío. – Harry asintió tomando lugar detrás de su espalda. Se acomodaron tal cual lo habían hecho en St. Mungo quedándose quietos, respirando al unísono. El moreno, con su mano cálida buscó a ciegas el vientre de Hermione. La joven volvió a detenerlo en su intención de tocarla.
- Confía en mí- le susurró. La castaña lo liberó sintiendo cómo Harry apartaba su ropa para reposar su palma abierta sobre la piel de su estómago. Estaba helada de una forma antinatural. Ella se relajó. El calor que proyectaba su contacto la hacía sentir mucho mejor. Se apegó más a él quedándose dormida.
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