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El reencuentro
Habían pasado casi dos años desde la última vez que se habían visto, todo había seguido como lo acostumbrado, lo habitual, sin cambios, sin novedades relevantes. Aquella noche no había cambiado nada; las reglas continuaban siendo las mismas.
Ella continuaba siendo la misma mujer que años atrás, decidida, arriesgada y hasta inquieta. No se había detenido ante lo que esa noche había dejado. No había cambiado nada de lo que tenía, no era su estilo deshacerse de las cosas que de pronto dejaban de importarle. Fuerte como siempre continúo su vida sin muchos cambios; su trabajo permaneció igual, su oficina seguía pulcra como en los viejos tiempos.
Ella no cambiaba, no se postraba ante los reveses que a veces la vida puede dar; mantenía siempre la frente en alto, pero había algo en sus ojos que ni el éxito profesional ni los logros que éste puede ofrecer pueden ocultar.
El ventanal de su oficina seguía como antes, fastuoso, enorme; mostrando a su dueña la panorámica de la ciudad que la había visto crecer. La dueña del ventanal seguía de pie frente a él admirando el paisaje que se le ofrecía. El tiempo tenía ritmo, el ritmo del otoño cuando el invierno le sigue los pasos.
Él; él era imposible, un sueño, un pensamiento, una idea, un deseo; sólo eso. Un niño curioso e inquieto en cuerpo de hombre, y ella una mujer centrada, pero sin rumbo. Ni polos opuestos, ni almas gemelas; sólo dos personas solas, que se encontraron por casualidad, por coincidencia o por destino.
La tarde lentamente se disolvía con la noche, y ella se perdía en la oscuridad de su oficina, sola como siempre, sumergida en su trabajo; sin embargo el crepúsculo que invadió a la ciudad fue más fuerte que la obsesión laboral de ella. La inminente noche la invitaba a seguirla; y ella no podía negarse.
Él, el eterno aventurero, el ausente, el despreocupado; había regresado de su exilio voluntario. Las calles de la ciudad lo embargaban, lo llenaban de recuerdos; y la añoranza de sus cercanas mocedades lo cegó, le abrió camino a su destartalado y nostálgico corazón y sus pasos recorrieron las huellas que un día había dejado.
Los rayos de la luna bañaban por completo la ciudad; la noche había caído inundando todo a su paso, con nostalgia de un pasado no muy lejano y un futuro sin expectativas. La alameda con sus farolas antiguas enmarcaban el paso del hombre nostálgico, las cafeterías y restaurantes que en ella se encontraban le llenaban de recuerdos, le invadían por completo.
No muy lejos de ahí estaba el parque central, el lugar de los reencuentros de los viejos amigos, el lugar que guardaba recuerdos de una memoria colectiva de no hacía mucho tiempo. A unas cuantas cuadras, un edificio se veía casi apagado; sólo unas luces destacaban a través de las ventanas y el ventanal del piso superior se había quedado solo. La mujer que le acompañaba ya no estaba; invadida por la embriaguez de esa noche; sus pies la habían llevado cerca de sus recuerdos, su reciente melancolía había guiado sus pasos y un aroma a café la conducía a sus años vividos.
El parque central nunca había estado como esa noche, plagado de recuerdos, de nostalgia, de una luz que proyectaba la luna y que pocas noches se había visto. Ella estaba ahí, colmada de memorias, llena de sentimientos que ya había olvidado; sentada en una banca que un día estuvo llena de risas adolescentes y chistes sin sentido y que ahora sólo enmarcaba su soledad.
Él con un vaso de café en la mano recorría despacio y sin prisa ese parque como un fantasma buscando su vida terrenal. Los rayos de luna y las luces de las farolas del parque parecían no poder vencer a la oscuridad de esa noche y mucho menos opacar la luz que la luna había ofrecido. Él buscaba un lugar para sentarse y lo encontró en esa banca. Él y ella sentados ahí, los polos que no son opuestos, pero que tampoco son almas gemelas; cerca como antes y lejos como los últimos años.
Dos viejos amigos, dos viejos amantes, dos solitarios más solos que nunca. Los minutos pasaban sin prisa, parecía que se detenían, que daban tiempo a que la luz apareciera y confrontara a los esquivos personajes de esa escena. Ella se mantuvo inmóvil, con la mirada perdida. Él al reincorporarse de su letargo se arriesgó a socializar con su desconocida compañera de asiento.
Él sólo dijo –hola– y sonrió como si nada, como si se conocieran. Ella despertó para dirigir su mirada a su lado derecho, respondiendo el saludo como dos desconocidos. Unos segundos pasaron, las miradas se cruzaron intentando reconocerse y lo hicieron, los dos desconocidos nostálgicos se advirtieron descubiertos. Siempre fueron ellos, ella y él; los desconocidos del parque, los amigos de hace años, los amantes de hace poco. El exiliado y la mujer del ventanal.
Amor, soledad, deseo, pasión, nostalgia o quizás una mezcla de todos esos sentimientos cayó sobre la noche, sobre el jardín, sobre la banca, sobre el par de desconocidos que se reconocían. Nunca la noche había sido bañada por esa luz que en esos momentos iluminaba los rostros de él y ella. Nunca todo se había fusionado como en esa noche, en que sentimientos, recuerdos, anhelos y cuerpos conspiraron para un reencuentro.
Ambos se perdieron en los ojos del otro, el marrón y el verde se fusionaron en una quimera que podía sentirse en el ambiente; los minutos pasaban, la noche se hacía más fría y aún no había palabras; palabras que se hacen vanas, sin sentido cuando los ojos y los cuerpos hablan por si mismos. Las manos de ese hombre y de esa mujer se encontraron sin buscarse, ya se conocían, se extrañaban.
Él parecía igual, como si el tiempo no hubiera pasado; pero había algo nuevo en el rostro de aquella mujer, algo que en otros años no habría necesitado llevar; unas gafas transparentes enmarcaban su mirada marrón y había algo más, algo que por la tarde mientras miraba desde su enorme ventanal a la ciudad no tenía: algo en sus ojos, algo diferente; tal vez una luz aún oculta detrás de sus anteojos.
Sus ojos dejaron de verse, pero sus manos seguían entrelazadas como si soltarse significará el fin de todo, el fin del reencuentro. No había explicaciones, no había nada, sólo ellos dos bajo la noche, cobijados por los recuerdos y por la mezcla de sentimientos; aún se deseaban, de eso no había duda; pero ¿sería amor lo que de nuevo los unía o sólo deseo y necesidad del uno por el otro?
Eso no importaba, importaba que estuvieran juntos, que por esa noche fueran el uno del otro, no interesaba lo que el amanecer guiado por el alba trajera consigo en un futuro desconocido, lejano o cercano. Él se puso de pie tomando la iniciativa, ella le siguió para fundirse en un abrazo, en la unión que sus cuerpos tanto ansiaban. Ambos sabían lo que querían esa noche, lo que deseaban desde muchos meses atrás; su abrazo se deshizo sin que intervinieran las palabras y sus manos volvieron a entrelazarse tibias en una noche fría.
Caminaron por el parque, reconociendo y recordando momentos que hasta esa tarde les parecían distantes y ajenos, casi como si nunca los hubieran vivido. El silencio seguía invadiendo todo y embriagados en él siguieron un camino nuevo, pero al mismo tiempo un camino conocido; regresaban a su espacio, al lugar donde la tibieza los fundía; la alcoba de él o de ella; su hogar, su refugio, su hoguera perpetua.









Clienta no. 32 
