
Aclaro que yo soy de explayarme describiendo hasta el color del suelo, así que no me hago responsable de lo que salga de aquí.
¡Besitos!
- "Smarffs"
La Directora McGonagall inclinó la cabeza levemente, el moño tirante, mientras miraba con atención a la sonriente alumna que, ajena a todo lo que estaba causando, se removía en la silla con la mirada perdida en el infinito.
—Señorita Lovegood, ¿es consciente de lo que ha hecho?
La alegre Ravenclaw asintió con la cabeza, sin poder evitar que el tenedor que llevaba enredado en la maraña rubia que conformaba su cabello se balancera a su vez.
—Por supuesto, Directora. He salvado al colegio de una plaga de Smaffs. Pretendían quedarse a vivir en los roperos. Son muy peligrosos. Se pelean constantemente con los torsoplos arrugados y muerden las colas de los gatos y los tobillos de los bebés. –hizo una pausa, breve, mientras una mueca de genuina sorpresa, como quien de repente entiende algo muy difícil. —Aunque bien pensado aquí no hay bebés, una lástima, pues atraen a los tinkies, que son excelentes recolectores de Bebitrajo, que aumenta la concentración. Además, no es demasiado ilega. El Bebitrajo, claro. Nos estamos desviando, será influencia de los Pispis, adoran que los humanos divaguemos, les hace gracia. Pero el caso es que el armario del profesor estaba repleto de Smarffs.
—¿Smarffs?— la voz del profesor Slughorn, tan afectada como siempre, reverberó en la sala, desde detrás de la silla del Director. —¡Ha destruido completamente mis mejores túnicas de gala, cosidas en la más fina seda india! ¡Esas costaban más galeones de los que tu padre gana en un año y eran un regalo del Príncipe Ishamal, que controla la extracción de bezoares del mayor rebaño de cabras mágicas del mundo!
—¡Y un favor que le he hecho, profesor! –Luna contestó sin arrogancia ni presuntuosidad, simplemente exponiendo un hecho, aunque el aire de catedrática fallaba estrepitosamente cuando uno se fijaba en la túnica arrugada y el colgante de tapones de tinteros. –No hay nada más que atraiga a los Pelkins de las Esquinas, ¡la ropa de importación! Mi padre siempre lo dice, por eso rociamos los cajones con zumo de fresa. Los emborracha, ¿sabe? Los marea de tal manera que después de cantar el himno nacional de Francia (le encuentran un ritmo curioso a la Marsellesa, aunque para mi gusto es demasiado bélica. No me gusta la lucha. Mi padre dice que fue porque cuando nací había una concentración enorme de Palisandros, esas maripositas que viven en las orejas de la gente malvada). Cuando inhalan zumo de fresa se duermen inmediatamente y lentamente se hacen invisibles. Toda persona inteligente sabe, por tanto, que antes de ponerse una prenda de ropa hay que sacudirla bien. ¡Para que se desprendan!
—Ah… por supuesto, eso aclara muchas cosas. –la voz dulce del Jefe de Slytherin estaba tan cargada de sarcasmo que cualquiera con dos dedos de frente lo hubiera captado. Luna Lunática Lovegood se limitó a mirarlo con afecto, como si por fin lograra hacer entender algo sumamente simple a un niño razonablemente torpe. –Por eso no hay pruebas de la existencia de Pulkins, ¿no? Porque…
—Pelkins, profesor Slughorn.
Antes de que volvieran a discutir, Minerva McGonagall alzó una mano suavemente, imponiendo silencio e intentando por todos los medios esconder la media sonrisa que pugnaba por extenderse por su rostro.
—No nos desviemos del tema central. Ha destruido material del Colegio con premeditación y alevosía…
—¡Oh! Con mucha premeditación, no, Directora McGonagall. Apenas media hora. Estaba leyendo en la biblioteca sobre los snorkels de cuernos arrugados, y si no me llegara a interrumpir un Fatuo del Polvo, se me hubiera olvidado todo.
—Pero, ¿acaso existen los Smarffs? Y, por el amor de Dios, ¿qué lleva en el pelo?
Luna toqueteó con indiferencia el tenedor, recolocándoselo hacia atrás, enrollando en él mechones de cabello despeinado como quien enrosca macarrones.
—Es un tenedor, obviamente. Sirve para mantener a los Cangrirracas alejados. Son una especie de mezcla entre cangrejos rojos y urracas ladronas. Arrancan mechones de pelo para sus nidos, como las doxies. Todo el mundo sabe que existen, incluso los muggles. Sale en una especie de pergamino animado que tienen. Ariel se lo coloca como protección, pero no surge demasiado efecto. Al fin y al cabo, el Cangrirraca la tiene hechizada con tanto cantar. Y en cuanto a los Smarffs, ¡claro que existen! ¡Pregunte a mi padre! ¡O a Davson MedioLoco –esto en realidad es una invención de los Grimi por descubir su guarida al mundo exterior— Guyllner! Son peores que la carcoma, y después de atacar a los roperos, pasan a las varitas, hacen que las mesas se queden cojas, ¡y se comen los calcetines izquierdos!
Luna terminó su arrebato cruzando los brazos, mientras levantaba una pierna del suelo y la mantenía en horizontal, formando un plano paralelo al suelo.
—Entonces, ¿no cree haber hecho nada malo, Señorita Lovegood? –inquirió la Directora.
—¡Por supuesto que no! Y no es sólo que no lo crea, estoy convencida de ello. Es más, deberían concederme un galardón por servicios prestados a Howgarts o algo similar. ¡He impedido que los calcetines de todo el colegio se desparejen!
Finalmente McGonagall dejó escapar un suspiro y claudicó.
—Está bien. No serás castigada, pero la próxima vez que vaya a exterminar una amenaza, comuníquemelo a mí, o al Profesor Hagrid, ¿de acuerdo?
Luna asintió con la cabeza, y abandonó el Despacho rápidamente, mientras Horace protestaba vivamente. Cuando estaba a punto de desaparecer por el marco de la puerta, su cabeza, rodeada por un halo de pelos rubios y finos, apareció de nuevo.
—¡Directora! Cuidado con el abrecartas, ¡está infectado de Ábados de las Jungla! No deje que le muerdan y aplíquele merengue de limón para librarse de ellos. Pero no se preocupe, únicamente son peligrosos si atacan en manada.

































