Cuando Nunemort amenaza con las antorchas, quiere decir que es hora de publicar. Espero que agrade el primer capítulo D:
Gracias especiales a mi fabulosísima beta, Nune Luciana Locurita. No sólo me corrije los errores que encuentra, sino que me explica, me aconseja y me guía. Es tan buena y responsable, miren ustedes, que incluso estuvo con la computadora durante el partido de River -uno de sus grandes amores-, intentando leer este capítulo (aunque conste que le repetí quinientas veces "mirá el partido, ctm", pero no hay caso. Terca como una mula es). Y Nunecín, que nadie te cambie. Acá somos genta top y tenemos que spammear. Lamentablemente, mi momento de spam terminó, ¡acá va el capítulo!
CAPÍTULO 1: El dandi
En sus tiempos en Hogwarts era conocido por profesores y alumnos por varias razones, entre las que destacaban su extrema elegancia, sus modales amables, su porte refinado, su lenguaje a veces rebuscado y burlón, sus facciones finas y delicadas, y su sonrisa de galán, que permitía vislumbrar sus blancos dientes. Esos atributos le confirieron el apodo de “el dandi”, pronunciado con respeto por aquellos que lo admiraban, con deseo por aquellas que lo adoraban, y con rencor por los que lo despreciaban. Sin embargo, sus amigos siempre lo llamaron cariñosamente Pirita, nombre del elemento también conocido como oro falso u oro de los tontos, que indicaba, para las personas ajenas al grupo de amigos, que debajo de sus relucientes guantes blancos, sus manos estaban hechas del mismo material que las del resto.
El verdadero nombre de Pirita era tan complicado y profundo como él mismo ―eso afirmaban sus fans, que contribuían mucho a realzar el halo de misterio que envolvía al muchacho―, y era normal que las alumnas de primero y segundo que aseguraban estar perdidamente enamoradas de él al unir su apellido con el de ellas, lo escribiesen mal. Sus amigos se burlaban pues no veían nada complicado, ni mucho menos profundo, en el apellido Eckhart. Al joven todo el asunto lo divertía enormemente, razón por la que no tenía inconvenientes en permitir que sus amigos se riesen a su costa. Se limitaba a sonreír como el caballero que siempre demostraba ser.
Todo Hogwarts en general le divertía y le permitía disfrutar de la vida. Ocultaba incluso a sus mejores amigos el hecho de que en su casa lo obligaran a vivir bajo el yugo de su padre, un dominante y vulgar hombre que no tenía reparos en golpear a nadie para hacer valer su autoridad. Pirita había tenido la desgracia de crecer sin prejuicios hacia los demás, lo que en opinión de su padre lo había hecho merecedor de innumerables palizas. Tuvieron que pasar varios años hasta que el muchacho aprendiera a mantener sus ideas y convicciones para sí mismo.
Irónicamente, uno de sus distintivos había nacido a sus catorce años gracias a una de las golpizas propinadas por su progenitor. El hombre rara vez lo golpeaba en partes visibles para evitar que gente ajena a la familia se enterara de cómo acostumbraba manejar las cosas, pero en esa navidad el alcohol lo había cegado de tal forma que le impedía ver dónde aterrizaban sus puños en el cuerpo de su hijo. A punto de desmayarse, Pirita había levantado su brazo y cubierto su cara con las manos. Su rostro salió ileso, pero moretones y cortes arruinaron momentáneamente sus aristocráticas manos. Para ahorrarse la vergüenza de que sus amigos le hicieran preguntas incómodas que no podría responder con sinceridad, las cubrió con unos elegantes guantes blancos de seda.
Al llegar al colegio, todos admiraron la finura del detalle hasta la saciedad. Todos, menos dos personas: sus amigos James Potter y Sirius Black, quienes no pararon de reír asegurando que el dandismo se le había subido a la cabeza y que si no se detenía pronto sería imposible que una escoba lo elevara debido a lo alto y pesado que tenía el ego. Resultaba gracioso que ellos lo dijesen.
Eso llevaba a otra razón por la que el dandi Pirita era conocido por profesores y alumnos en Hogwarts: a pesar de ser un Slytherin no tenía problemas en trabar amistad con miembros de otras casas. Entre sus favoritos, aunque nunca lo dijese abiertamente para evitar las rabietas sin sentido de su padre, estaban los cuatro inseparables amigos James Potter, Sirius Black, Remus Lupin y Peter Pettigrew. Su personalidad y apariencia física combinaban a la perfección con las del presumido James y el altivo Sirius, y no eran pocas las señoritas que suspiraban al ver pasar al trío. Sin embargo, como le sucedía a James con Lily, una joven pelirroja hija de muggles de ojos de un precioso color verde esmeralda, Pirita también estaba enamorado de una muchacha en quien su elegancia sin par no parecía surtir efecto. La diferencia radicaba en que su amor no era conocido públicamente: Pirita se había asegurado de mantener el secreto, tomando todas las precauciones posibles, para evitar efectos contrarios. O para evitar destrozar el corazón de gran parte de las damiselas de Hogwarts.
Isabella Magnani era hija de un famoso y adinerado mago italiano, aunque sólo había heredado del caballero el apellido. Tenía los ojos azules, el largo cabello negro, la piel pálida y los labios rojos de su madre, una talentosa bruja francesa que había asistido a la Academia de Magia Beauxbatons y de la que se sabía poco. Acostumbraba pasear por los pasillos del colegio con el cabello atado en una cola de caballo hecha a toda prisa, lo que indicaba que prestaba a su apariencia sólo la atención necesaria, y con la varita en la mano, murmurando hechizos y practicando movimientos. No sólo no parecía ser consciente de su belleza, sino que tampoco consideraba a la hermosura en general como una virtud importante. Su ideología práctica contrastaba con los magníficos vestidos con los que solía aparecer en el andén 9¾ al terminar las vacaciones.
El día que Pirita la vio por primera vez, antes de su primer viaje en el Expreso de Hogwarts, estaba enfundada en un conjunto color beige claro con detalles de un azul exactamente igual al de sus ojos. A pesar de tener sólo once años, supo que se había enamorado. Durante los años siguientes, el joven intentó acercarse discretamente para hablar con ella, pero Isabella siempre andaba demasiado ocupada haciendo levitar manzanas o practicando hechizos de desarme con sus amigos como para notar que el dandi pretendía algo con ella. Abatido y sabiendo que a la muchacha los asuntos del corazón le resbalaban por completo, ponía todos sus esfuerzos en James y Lily, seguro de que si esos dos iniciaban una relación tendría más posibilidades de acercarse a Isabella quien, a pesar de pertenecer a Ravenclaw, era amiga íntima de Lily. Al parecer, habían coincidido en el compartimento del tren cuando viajaron por primera vez y desde entonces eran inseparables.
Las predicciones del dandi se cumplieron en séptimo año cuando, contra todo pronóstico, Lily Evans aceptó salir con James. Nadie supo nunca a ciencia cierta qué fue lo que terminó convenciendo a la muchacha pelirroja: algunos afirmaban que se había sorprendido mucho por la madurez que ahora mostraba James, otros aseguraban que él había usado poción para el amor y un tercer grupo menos numeroso estaba convencido de que a Lily le había gustado James desde que lo conoció, pero que su orgullo y la soberbia del joven la había disuadido de aceptar sus atenciones.
Deseando hacer las cosas lo mejor posible y demostrarle a su reciente novia el joven maduro en el que se había convertido, James propuso reunir a sus amigos con las amigas de Lily en Las Tres Escobas en la salida de finales de noviembre para que “puedan conocerse y ser amigos todos”. A pesar de que Pirita no pertenecía de forma oficial al exclusivo grupo de los cuatro Gryffindor, se las arregló para que James lo incluyera en la salida sin levantar demasiadas sospechas. El slytherin siempre había tratado a Lily y a Mary con amabilidad, por lo que ninguna de las dos se alarmó cuando les comunicaron que los acompañaría. Isabella tampoco encontró inconvenientes, por lo que se decidió que serían ocho los integrantes del grupo.
Ese sábado de noviembre amaneció completamente nublado, aunque el color blanco de las nubes despistó a varios. Incluso hubo una minoría que esperaba que el sol encontrase un hueco por el que filtrar sus rayos. Habían acordado encontrarse los ocho al pie de la gran escalera de mármol y James había hecho especial hincapié en la puntualidad, pues sabía que a Lily no le gustaba esperar. Las presentaciones ―aunque innecesarias― fueron hechas a toda prisa mientras se ponían todos en la cola, esperando que les tocase el turno de soportar la mirada de odio de Filch, quien era el encargado de buscar el nombre de cada alumno en el pergamino que sostenía con sus huesudas manos para asegurarse de que tenían el permiso para salir del castillo. Fue imposible todo intento de charla durante la espera, pues los gritos del celador cuando encontraba algún objeto de uso dudoso eran tan ensordecedores que fácilmente podrían haber pasado por el lamento de una banshee.
Todos suspiraron con alivio cuando cruzaron las verjas de piedra coronadas por pequeñas estatuas de cerdos alados.
Tuvieron que apresurarse para llegar antes a Las Tres Escobas y asegurarse de encontrar una mesa lo bastante grande como para que entraran todos sin problemas. Recorrieron a paso ligero la calle principal de Hogsmeade, apenas prestando atención a los alegres negocios y a los productos tentadores que se exhibían en las vidrieras. Intentando alardear de una caballerosidad de la que carecían, los hombres se hicieron a un lado cuando Remus abrió la puerta de las Tres Escobas para que ingresaran primero las muchachas. Sirius fue el encargado de ir a hacerle ojitos a Madame Rosmerta para que los ubicase en una mesa espaciosa y los atendiera con rapidez. Funcionó bien, como siempre, aunque tardaron en acomodarse. Haciendo gala de la astucia que distinguía a su casa, Pirita se las ingenió para quedar sentado a la derecha de Isabella.
Muy pronto quedó claro que la razón por la que nunca podrían congeniar los ocho era porque cada uno estaba en lo suyo: Lily y James habían empezado a murmurar en el oído del otro y sonreír tontamente; Sirius lanzaba chorritos de agua con su varita a las personas que entraban al local mientras Peter intentaba imitarlo, sin éxito; Remus Lupin había trabado conversación con Mary sobre unos deberes de encantamientos; e Isabella, con aire distraído, observaba por la ventana a las personas que pasaban cargadas de bolsas. Pirita vio allí su oportunidad. Se aclaró la garganta sin hacer ruido y preparó su sonrisa.
―Disculpe, lady Magnani.
Isabella giró la cabeza lentamente y clavó sus azules ojos en él.
―¿Lady Magnani? ―repitió perpleja.
Pirita asintió.
―¿No es ese su nombre? ―inquirió, galante.
―En realidad es Isabella.
―Lady Isabella.
Una sonrisa algo desquiciada apareció en el rostro de la muchacha.
―Te estás burlando de mí, ¿verdad?
―¿Por qué iba a hacerlo? ―preguntó con el mismo tono de extrema educación y luego soltó una risita―. De hecho sí, un poco.
Isabella negó con la cabeza varias veces, reemplazando la sonrisa forzada por una más genuina.
―Lily tenía razón en lo que decía de ti.
―Me halaga enormemente saber que dos bellas damas han estado hablando de mí. Me gustaría saber qué fue lo que dijeron exactamente.
―Me comentó que tienes la manía de llamar lady o señorita a toda muchacha con la que hablas, que te tomas todo el asunto del dandismo muy en serio. Debo admitir que no le creí. Incluso hemos apostado: no pensé que te animarías a llamarme lady Magnani ―aseguró la muchacha, contrariada.
Divertido, Pirita resolvió seguir con su actuación un poco más.
―Si ha perdido por mi culpa, seré yo quien salde su deuda, mi lady.
Isabella sonrió dulcemente y se acercó un poco más a él.
―Si vuelves a decirme mi lady o lady algo, te lanzaré un hechizo que te dolerá ―amenazó con suavidad.
―¿Serías capaz?
La chica sólo lo miró con fijeza, arqueando levemente sus finas cejas oscuras y él captó el mensaje de inmediato.
―De acuerdo, no lo volveré a hacer ―prometió― pero entonces, ¿cómo debo llamarte?
―Isabella, como todos los demás. Y soy yo quien debe preguntar cómo debo llamarte: ¿Pirita, el dandi, Joshua o lord Eckhart?
―Como prefieras, lo dejo a tu elección.
Ella lo pensó unos segundos.
―Joshua me gusta ―sentenció. Pirita hizo una mueca.
―La verdad, esperaba que eligieses cualquiera de los otros.
―¿No te gusta tu nombre?
Pirita meneó la cabeza.
―Tengo la impresión de que no es lo suficientemente elegante como para combinar a la perfección con mi persona ―dijo, e Isabella resopló en respuesta.
―Hablando de elegancia, me sorprende que no hayas traído los guantes esos. Aunque nunca hayamos hablado directamente, te conocía de nombre y vista. Al parecer, las manos blancas hacen que uno se convierta en una especie de famoso. Hasta tienes tu propio club de fans.
―¿Quién dijo que no los traje? ―Pirita introdujo una de sus manos en el bolsillo de su túnica y extrajo los tan nombrados guantes de seda blancos. Se los entregó con ceremonia―. Puedes quedártelos, aunque la tradición dicta que debe ser la dama quien le entregue guantes al caballero tras conocerse.
Antes de que Isabella pudiese responder, un chorro de agua cayó sobre la cabeza de Pirita, mojando su cabello castaño claro. Algunas gotas alcanzaron el rostro de la muchacha, quien se las secó rápidamente con la manga de su túnica. Ambos giraron la cabeza y vieron a Sirius y Peter, aún con las varitas levantadas, y a James con agua cayendo por los cristales de sus anteojos.
―No entraba nadie más y me aburría ―se excusó Sirius. Ni su tono ni su rostro mostraban arrepentimiento alguno.
―La última vez… esta es la última vez… que te traigo a una cita ―James farfullaba mientras se secaba la cara torpemente a lo muggle. Lily se hizo cargo de la situación: con delicadeza, apuntó con su varita al rostro de James y murmuró un hechizo, haciendo que aire caliente saliera del extremo.
James aún seguía molesto cuando salieron del local después de que Madame Rosmerta los echara sin miramientos por mojar el piso y perturbar a los demás clientes. Ni siquiera los guiños de Sirius les permitieron permanecer más tiempo en el local. Salieron entre abatidos y divertidos y notaron que había comenzado a llover. Las esponjosas nubes blancas se habían transformado durante el transcurso del día en un manto gris que cubría el cielo en su totalidad y que iluminaba a intervalos regulares el pueblo de Hogsmeade con relámpagos suaves.
Aunque había muchos más lugares a los que podrían ir a refugiarse de la lluvia, James se mostró firme: si llevaban a Sirius, los volverían a echar y de nada valía ganarse el rencor de los propietarios de las tiendas. Entre todos resolvieron regresar al colegio lo antes posible, aunque correr no impidió que sus ropas se empapasen.
―Ustedes sí que tienen suerte ―comentó Sirius cuando ingresaron al castillo chorreando agua de las ropas, al tiempo que miraba alternativamente a James y Pirita―, ya estaban mojados. Le ganaron a la lluvia.
Ambos lo fulminaron con la mirada mientras los demás reían. Pirita observó reír a Isabella disimuladamente, ya conocía sus gestos: solía llevarse una mano a los labios mientras que con la otra se acomodaba el cabello, que caía sobre su cara con los movimientos de su cabeza. En ese momento le parecía extraño no haberle hablado antes. Había sido tonto esperar hasta el séptimo año.
Le echó un último y rápido vistazo cuando llegaron a las escaleras de mármol, lugar donde se separarían y cada uno iría por su lado hasta que volviesen a cruzarse en los pasillos entre las clases. Los ocho se despidieron con amabilidad, acordando volver a juntarse pronto. Isabella fue la primera en marcharse, subiendo las majestuosas escaleras con cuidado, procurando no resbalar. Pirita vio cómo ella se agarraba a la baranda con la mano derecha mientras sostenía en la izquierda los guantes blancos que le había entregado minutos atrás. Sonrió, satisfecho, y tras saludar a sus amigos con una seña tomó el camino que llevaba a las mazmorras donde se encontraba su Sala Común. Caminó con tranquilidad, sin preocuparse por el rastro de agua que iba dejando a medida que avanzaba, y se alegró de ser siempre tan precavido. Metió la mano en el bolsillo de su mojada capa y extrajo algo blanco, que sacudió ligeramente.
Definitivamente, llevar consigo dos pares de guantes tenía sus ventajas.