Hola gente!
Acá vengo con un nuevo One. Sí, no pienso dejar de escribirlos, me encantan! Espero que no haya un límite de publicaciones porque me muero U.U
Bueno, este viene con dedicación. Y la dedicación es para una personita re importante para mí, mi sister ♥. My best friend. Para Denu, quién es la primera y fiel lectora de todo lo que escribo, y quién me apoya y aconseja en todo.
Gracias amiga!
Y también voy a dejar un mensajito para las lectoras hermosas de mi fic ♥ (perdón si hay algún hombre por ahí y no me enteré). Chicas, no no me olvidé ni me voy a olvidar nunca del fic, es sólo que me cuesta más que los One. Cuando ando corta de inspiración o no me gusta nada como voy escribiendo los capítulos, me permito tomarme descansos (ya sé, algo largos) del mismo. No quiero escribir cualquier cosa, me entendien?. Pero no se preocupen, el próximo capítulo está en proceso, tratando de terminarlo! Y
GRACIAS por todo, en serio.
Espero que todos disfruten del One. Está inspirado en una canción llamada "Amor mío", nacida de una serie argentina que quizás algunas vieron jaja "Frecuencia 04". No me pregunten como hice para convertirla en un One!
Y sin más, las dejo con el escrito en cuestión. Ojalá les guste =)
TÍTULO: Una más entre la gente
PAREJA: Draco y Hermione
Disclaimer: Nada me pertenece, sólo la idea de la histora. Everything es propiedad de la JK Rowling, aunque ya quisiera tener un Draquito para mí...
Una más entre la genteEra inútil. Ella lo sabía y lo supo siempre. Siempre desde que sintió algo distinto. En cuanto aquellas estúpidas fantasías en las clases, aquellos estúpidos sueños por las noches, aquellas estúpidas ilusiones aparecieron, lo supo. Inútil. Perfecta palabra.
¿Qué otro adjetivo se le podía dar a su situación? Ella, orgullosa y reservada como era; él, engreído, arrogante, petulante, imbécil, idiota, creído, egoísta, superficial, lindo, hermoso, perfecto… Ahí freno. El pensamiento se le fue de las manos.
Quizás imposible también fuera una buena palabra. Imposible por parte de los dos. Ella nunca hablaría y él nunca aceptaría. Ella nunca sería una Slytherin, y mucho menos una sangre pura. Él nunca sería un Gryffindor, y mucho menos que menos un hijo de muggles. Se rió con sólo pensarlo.
Pero ella no era sólo lo que el veía. Aquella muchacha pequeña, algo delgada y baja, de tobillos frágiles y caderas anchas. Aquella que tenía el pelo a medio peinar, no era la maraña de antes, pero tampoco destacaba por su prolijidad. Aquella que tenía unos grandes ojos marrones que resaltaban por la longitud de sus pestañas. La que usaba la pollera más larga que las demás chicas de su edad, y no osaba ponerse maquillaje. La que caminaba por los pasillos del colegio escondida detrás de una pila de libros. La que todos conocían dentro del castillo, mas ella sólo tenía un par de amigos que podía contar con los dedos de sus manos. Esa a la que llamaban rata de biblioteca, comelibros, sabelotodo, castor, impura, e inclusive… asquerosa sangre sucia. Esa, la amiga de Potter y Weasley, la del trío dorado. La amiga de su enemigo.
Pero ella no era sólo lo que él veía, porque sólo conocía el exterior. Él trataba con la parte que dejaba ver a la luz, con la cual tomaba el valor de devolverle los insultos, las burlas, hasta podía ser capaz de acudir a la violencia física, como lo había hecho una vez en su tercer año. El caparazón era duro, sí. Su chaleco antibalas no tenía fallas. Sin embargo, sin caparazón y sin chaleco, ella era otra cosa.
Era otra persona.
Una más débil le gustaba pensar. Más vulnerable también. Porque liberándose de su armadura dentro de su habitación desolada, no tenía más valor. Ese valor de mirarlo a los ojos directamente. Ese de arrastrarle las palabras mas hirientes, devolviéndole una mínima parte de lo que las de él le provocaban a ella. No podía ni siquiera nombrarlo cuando estaba sola. O pensarlo.
Y sin embargo lo hacía.
Pues… si no era en la soledad de su recamara, sin ninguno de sus amigos distrayéndola ¿Cuándo descargaría todos esos pensamientos y emociones que día a día se iban acumulando en el fichero que se había vuelto su corazón?
Nunca.
Llegaba la noche, se acostaba en su cama e iba sacando por alfabeto cada sentimiento nuevo florecido. Recordaba todo detalle de su dulce locura. Esa a la que también llaman amor.
Deshacía por partes el muro que había construido para los demás y para él, terminando agarrada a su almohada, mojándola con sus propias gotas saladas. Y al amanecer del otro día volvía a crear uno nuevo, sin ningún descuido.
Entonces, si no era en ese momento… ¿Cuándo iba a poder llenarse los ojos de realidad?
Ella estaba enamorada. Enamorada de una serpiente. Y eso estaba mal.
No pensaba decírselo a nadie. Menos a él. No se atrevía, no quería verlo reírsele en su cara, regocijarse con sus amigos porque una impura inferior a él andaba soñándolo cada maltita noche. Si no fuera porque se trataba de su persona, hasta ella misma se reiría de la situación. Que ironía.
Y a pesar de que estaba enamorada, no podía evitar odiarlo. Lo odiaba por ser tan perfecto. Por tener esos finos hilos dorados que resplandecían con el sol y que aireaba a cada par de minutos, echándoselos hacia atrás. Lo odiaba por poseer una boca tan letalmente besable, con las comisuras de los labios dibujadas con pincel y una sonrisa única, la mejor de todas las que había visto en su vida. Aunque claro, nunca le había regalado ninguna a ella. Lo odiaba por manejar esas manos sumamente masculinas, grandes y blancas, que a pesar de pertenecerle a semejante hombre cruel, se movían con increíble delicadeza y armonía. Sin embargo, lo que más odiaba eran sus ojos.
Aquellos ojos que osaban posarse en ella de vez en cuando, logrando ganarse su más profundo odio al regalarle un momento de confusión. Las pequeñas esferas plateadas eran las provocadoras de sus noches de insomnio, donde no hacía más que hundirse en la incertidumbre. No entendía. Cuando las miradas de ellos se conectaban, el no derrochaba aversión como solía hacerlo antes. O quizás sólo fuera su imaginación. No podía confirmar su teoría, pues eran demasiadas esporádicas las conexiones que se llevaban a cabo.
Despreciaba sus ojos grises porque no hacían más que confundirla, llenándola de un dolor más profundo del que ya tenía, ya que la inservible esperanza jugaba de compañía.
Pero ¿qué podía hacer con esa diminuta esperanza? La respuesta era fácil… nada.
Sus amigos, toda su vida, sus ideales. Era simplemente absurdo. Después de seis años de insultos, de repulsión, de indiferencia, no podía cambiar. Ella ya era así, fría y reservada, sin palabras que sobraran, sólo las justas y necesarias. Por más ilusiones que tuviera dentro de su corazón, durante todo este tiempo se estuvo apartando del arte de amar, cerrando con llave su interior. Ella era así, y así moriría antes de decirle una sola palabra a aquel hombre que tanto la despreciaba.
Sin embargo, se notaba desfallecer lentamente por el silencio de su alma. Era conciente de la fortaleza con la que la desesperación la desgarraba en dos. A cada minuto sus sentimientos pedían de salir a gritos, y empeoraba cuando él se cruzaba delante de sus ojos, haciéndolos deleitarse con su presencia, más allá de su voluntad. El amor prohibido que sentía por el rubio la estaba debilitando poco a poco. Cada mueca de asco nacida de la boca de este le dolía más y más. Cada insulto hacía que su espíritu se rasgara profundamente… pero cada cruce de miradas inocentes tenían el poder de sanarlo sin fallar.
Deseaba levantarse en medio de la cena en el Gran Comedor y gritar a los cuatro vientos que ese hombre que tanto rechazo sentía por ella, ese, era su amor imposible. Tenía ganas de enfrentarlo y decirle lo imbécil que era, pero lo mucho que lo amaba a pesar de eso. O quizás simplemente estamparle su boca en la suya y robarle un profundo beso ante la mirada atónita de todos. Sí, soñar no era difícil.
Sin embargo, no todos los sueños se convierten en realidad.
Las fantasías de una noche junto a él, de un encuentro en los pasillos terminado en un revuelto de sabanas, del contraste que sus pieles podían lograr juntas, la de él pálida y la de ella con un dorado color, de un choque finalizado en beso, de un insulto convertido en un gemido parecido a su nombre… las fantasías le eran inevitables. Mas ella sabía que eran sólo eso. Ilusiones, malas jugadas que le hacía su mente enamorada.
Es que… si tan sólo se pudieran cumplir. Si tan sólo el mundo sería diferente. Si ellos no fueran más que unos simples humanos sin poderes, si se encontraran en una secundaria común y corriente, si él no llevara siglos y siglos de sangre pura en sus venas, si ella fuera hija de un linaje puro como el agua. Si tan sólo él la pudiera amar tanto como ella lo hacía.
Debía dejar de engañarse. Nunca había creído en historias como las de Romeo y Julieta., ¿por qué ahora tenía que ser distinto?
Pero ella seguía a la espera de que la descubriera. Quizás algún día él pueda sacarse la gruesa venda que tapa sus ojos. Quizás así, notaría que está hecha sólo para él, que su corazón responde con sonoros latidos cada insulto, que su respiración a veces se agita, a veces le falta cuando él anda cerca, que sus manos tiemblan levemente cuando siente su presencia y que sus ojos lo persiguen siempre que pueden. Que ella daría su vida por estar entre sus brazos.
Ojalá él descubriera que sus perfectas facciones le hacen compañía todas las noches dentro de sus sueños, que le es inevitable suspirar de dolor cuando despierta y la realidad le cae de golpe hundiéndola en la cama, que a su “perfecto” mundo le falta mucho para ser perfecto, pues el protagonista de su historia no la acompaña.
Desearía que no fuera tan egoísta y que pudiera ver más allá de su propia y perfecta nariz. Desearía que una de sus sonrisas le sea dedicada a ella, iluminando su día. Desearía que él pudiera comprender. Comprender que para ella, él era diferente.
Diferente a los demás. A cada ser humano que se cruzaba en su camino todos los días. A sus amigos, a los hombres que la rodeaban. A cualquier cosa en el mundo.
Sin embargo, sabía que ella era una más entre la gente. Es más, quizás una menos la describía mejor. No era nadie. No significaba nada para él. Era la peor escoria que habitaba el planeta tierra. Alguien no digna de presenciar su esplendor.
¿Qué se hace cuando se es invisible?
Se trata de brillar, de salir, de hacerse notar. Mas ella no baraja esas posibilidades. Ella debía seguir en la oscuridad, robándole momentos de gloria a aquel Slytherin cada vez que lo mira y contentándose tan sólo con una mirada.
Tal vez algún día no lo aguante más y explote, golpeándole la pálida cara con la fuerza de sus emociones. Tal vez más adelante, cuando en algún momento sus vidas se vuelvan a cruzar. O dentro de las paredes del castillo que es testigo de su profundo amor no correspondido. Tal vez sus sentimientos ganaran y la dejen con el alma desnuda.
Y él podría ver lo que ella siente.
Como en este preciso momento, pero en mayor medida.
Ella lo mira directamente, sorprendida de que él le devuelva la mirada. Sus ojos le parecen tan helados que un escalofrío le recorre la espalda. Sin pensarlo, con los ojos le dice lo que siente, le dice que lo ama.
Esperaba poder algún día hacérselo saber sin necesidad de códigos, sin que él tenga que descifrar miradas. Mas ahora ella no sabe si eso será necesario, porque él se da media vuelta con una sonrisa escapada de sus labios, con un destello de sus perfectos bloques grisáceos y una cálida ojeada nunca antes regalada, dándole a entender a la castaña que comprendió el mensaje que declaraba el amor que sentía por él.
Él se da media vuelta llevándose una esperanza que secretamente guardaba en su casi frío corazón.
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