Algunos me conocerán, algunos no, pero he de decirles que me llamo Diana. Les presento esta viñeta (algo más pequeño que un drabble), de la cual por el momento no tengo mucho que decir.
¡Espero que lo disfruten!
Disclaimer: los personajes acá mencionados pertenecen a J.K.Rowling. La trama, por el contrario, es de mi invención.
Género: Hurt/Confort.
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Una lágrima humedeció su pergamino emborronando las palabras que nacieron de aquella tristeza desgarradora. Levantó su mirada hacia el otro trozo de pergamino, el que había recibido de su mejor amigo como respuesta a una carta, y lo releyó:
“…No, no me molesta recibir cartas tuyas, me alegra mucho. Pero por favor, si no es algo importante o urgente, hablemos después…”
¿Tener un vacío en lugar de corazón no era importante?
Sí, lo era pero sólo para ella. Los motivos por los que Remus no podía escucharla no importaban, sabía que él no entendería aunque lo intentara.
Así es, el amor solo es comprensible para quien lo vive. El desamor también.
Los temblores volvían a recorrer su cuerpo, su mano apenas sujetaba la pluma pero necesitaba desahogarse. En un principio ese papel contendría el procedimiento para crear la Amortentia, tarea asignada por el profesor Slughorn para las últimas vacaciones.
¿Es que hasta la magia conspiraba contra ella?
Amortentia… la poción de amor más poderosa y peligrosa de todas. Para Lily, su aroma era una maldición: madera de pino, sol y menta. Era la misma fragancia que él había impregnado en su piel meses atrás, en una época donde creía que ese amor no tendría fin.
Con una exhalación agónica y abrazando ahora sus costillas, recordó la suavidad de su cuerpo, la deliciosa humedad de sus besos, esa profundidad de los ojos castaños que invadieron su alma mientras él se encontraba sobre ella, la tibia respiración recorriendo su cuello al besarla, el hermoso tono rosado en las mejillas de ambos, su lengua tan cálida recorriendo sus pechos, los reflejos en su cabello azabache enredado entre sus dedos; la ternura indescriptible con que la trató ante el suave gemido provocado por su primera vez. La maravilla de ése mundo descubierto y abandonado durante la cumbre del anhelo que fue su amor; único instante apasionado que compartieron como uno solo, tan distante ya.
¿Cuánto deseó vivir eternamente con él? ¿De qué modo ansió cargar en su vientre al hijo de James?
Sentía que respiraba en vano. Tanto vivido con él, tanto sufrir juntos, la verdadera felicidad absoluta que conocieron uno al lado del otro… Él se había ido.
"No eres lo mejor que ha pasado en mi vida. Eres mi vida."
Malditas palabras, grabadas en su memoria, ardientes como el fuego, insoportables como el veneno. Ahora no tenían sentido. Ella no tenía sentido.
Deseaba morir para dejar el sufrimiento. Deseaba vivir para esperar su retorno. Lo odiaba por dejarla. Lo amaba por hacerlo. Él le aseguró que esa separación era lo mejor para ambos, ¡qué noble y qué tonto era!
Meses, años, días, segundos. ¿Quién registraba el tiempo transcurrido?
Lily continuaba muerta en vida, haciendo sólo lo que querían o esperaban de ella, no pensaba en sí misma… porque su alma se había ido con él. Únicamente seguía escribiendo, siempre con tinta roja: su sangre. La afilada pluma negra que utilizaba, era perseverante en grabar miles de letras en el dorso de su mano; la blanca piel tenía infinidad de cicatrices. Pero no importaba, lo hacía por él desde que la dejó; por amor.
Si James podía marcharse, intentando una infiltración en las líneas de Voldemort, ella debía mantenerse fuerte de alguna manera, apoyándolo a la distancia. A veces, el peso de esta realidad era demasiado para ella.
Un sonido en el recibidor la asustó. Vivía sola, ¿quién podía ser? Dejando su escritura, caminó a la entrada de la casa. No tomó su varita, lo peor sería un seguidor del Señor Tenebroso; tampoco le importaba defenderse.
Sólo vale la pena vivir por lo que se está dispuesto a morir.
Pero aquel olor tan especial, madera de pino, sol y menta, la volvió a la vida. El recién llegado no dijo nada mientras la observaba. Lily apenas sonrió.
Sí, James Potter había vuelto por ella.
Nada dura por siempre. Ni siquiera el dolor.
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