Wolas! Me costó alrededor de un año poder llenarme de valor (y de capítulos de calidad) para poder publicar este fic. Mi idea es que los merodeadores estén en un AU (sin magia) y, para más remate, en la época actual (incluso en un par de años más.)
Contendrá escenas para mayores de 18, asi que lean bajo su propio riesgo xD
Disfruten y comenten!!!
Todos los personajes y alguno de los lugares son pertenecientes a JK Rowling, a excepción, por supuesto, de los que yo he inventado.
Vidas paralelas
James
No tengo la menor idea cómo Sirius se las ingenió para meterse en tantos problemas y siempre en los peores escenarios. Lo había dejado por solo unos segundos en un lugar seguro para asegurarme que no nos seguían y cuando volví, el muy estúpido estaba tirado en el piso sangrando... ¿Qué le había dado últimamente por querer ponerse enfrente de balas cada vez que había alguna cerca, volando a metros por segundo? ¿Renovar toda la sangre de su cuerpo gracias a transfusiones hechas una vez al mes? ¿Acumular cicatrices de guerra? A mi entender, los tiempos donde las medallas que tenías colgadas en tu pecho eran proporcionales a las cicatrices que tenías en el cuerpo ya habían quedado en el pasado y, por estos tiempos, para ser sincero, tener una cicatriz de bala indicaba a tus compañeras de cama temporales que eras una persona peligrosa... y las compañías se hacían aún más cortas. No es que me estoy quejando de esa situación, pero de todas maneras, como que me hacía ilusión de vez en cuando imaginarme teniendo una pareja más o menos estable.
Cuando terminé con los trámites de poner a Sirius con la ayuda médica, no tenía fuerzas suficientes para enfrentarme a la cantidad de personas a las que tenía que rendirle cuentas, sólo quería saber si es que mi compañero y amigo de toda la vida iba a poder salir de ésta. Contra todas las reglas, me escapé del edificio central de la RSI, Royal Service of Intelligence, agencia antiterrorista secreta en la cual trabajábamos y me fui lo más rápido posible a mi casa. Necesitaba estar en un lugar tranquilo, donde me pudiera sentir seguro, donde no existiera la posibilidad de que iba a sonar un teléfono y tuviera que ir al último país del mundo a desactivar una bomba de plutonio que ya comenzaba su cuenta regresiva. Necesitaba volver a ser una persona normal y el hecho de que mi amigo estuviera en el hospital con altas posibilidades de morir, hacía esa necesidad de seguridad y normalidad imperiosa.
Lo que yo venía haciendo desde que Sirius entró internado como paciente grave en el Charing Cross de Londres, no se llamaba dormir. Cierro los ojos y la imagen de él en el piso ensangrentado se planta en mi retina. Se me cierran las vías respiratorias, la adrenalina me llena el cuerpo y vuelvo a abrir los ojos tan alterado que las ganas de dormir no vuelven a mi cuerpo hasta después de dos horas. No he tenido noticias de él desde que lo internaron en el hospital hace ya más de un mes. La agencia no me ha dado noticias, el hospital tiene las visitas restringidas a los pacientes que tienen las puertas custodiadas 24 horas al día, y tampoco es como si yo tuviera las ganas de escuchar que mi amigo ya no iba a estar más acompañándome en todas las locuras que hacíamos para ganarnos la vida.
El Charing Cross es un hospital que está afiliado con el RSI, todos los que terminan heridos después de una misión o un ataque, van a ese hospital y nadie pregunta nada. Lo atienden sin preguntar dónde y cómo, si no que solo se limitan a decir: ¿Algún otro dolor importante que necesite ser tratado? Los doctores que atienden a los agentes siempre son gente de edad, pues nunca pondrían a un aprendiz a encubrir heridos sin nombre. Sería mucho pedirle a un veinteañero que se salte todo el protocolo que le vienen enseñando durante su carrera de medicina y que se limite a tratar lo que ve y a preguntar si es que algo más es relevante para el tratamiento. Todo se mantiene bajo un estricto hermetismo. La RSI tiene un ala especial en el hospital, con seguridad digna de un bunker de guerra y los que ingresan son seres identificados con un número y que nunca aparecerán en los registros del hospital ni del Servicio Nacional de Salud Británico.
Nunca me han gustado los hospitales, pero a los que he ido, a los hospitales normales a los que he ido, mejor dicho, te tratan como si fueras una persona, irónico, ¿No? Sonríen, preguntan por tu vida, te escuchan y te sanan, pero en el ala oeste del Charing, no sonríen aunque uno les pague.
Sonó el teléfono. Se me apretó el estomago como de costumbre. Siempre me asustaba cuando escuchaba el ringtone personalizado que le había dado a los números usados por la agencia. El RSI nunca llamaba de dos números iguales más de una vez al mes, así que hasta ahora, contaba 50 números de teléfono que le pertenecían a la agencia, pero si se llamaba a ese numero, contestaba una persona que no tenía nada que ver en el asunto. Me entere de eso cuando, a principio de mi carrera como agente en el RSI, celebrando junto a Sirius, Peter y Remus nuestro primer mes sin heridas, nos pusimos a tomar y la valentía se nos subió a la cabeza –junto con el alcohol- y llamamos para preguntar si es que tenían pizza napolitana. Volviendo al tema del ringtone personalizado, si, algo poco maduro haber puesto Eye of the Tiger, pero tengo que asegurarme de estar solo para recibir instrucciones y así me ahorro el interrogatorio: "¿Qué pasó? Quedaste pálido después de esa llamada. ¿Estás bien? ¿Quién era?"
- James Potter, Sirius Black ha pedido hablar con usted. Se espera su presencia en la entrada subterránea del lado Oeste. - Se me convirtieron las piernas en gelatina en cuanto escuché ese mensaje. Habían cortado la llamada en cuanto la mujer termino de hablar y yo seguía con el celular pegado en la oreja después de experimentar serios mareos debido al alivio de saber a mi amigo vivo. Estaba vivo… Después de no saber absolutamente nada de él por 10 días, estaba vivo
-.-.-.- Sirius
Me desperté con ganas de vomitar o con mucha hambre, nunca he podido reconocer la diferencia, probablemente era hambre, como siempre. No iba a arriesgarme a echar a perder mi hermosa sonrisa por andar vomitando por ahí. Mi brazo me dolía espantosamente y mi cuerpo en general se sentía como si una aplanadora hubiera pasado ida y vuelta, tres veces sobre mío. La cabeza parecía que me daba vueltas, casi tan mal como esa noche de graduación, donde lo único que recuerdo fue que desperté todavía con la sensación de estar ebrio y cuando me paré para comprobar, me di cuenta de que todavía estaba ebrio. Pensándolo bien, la idea de vomitar no es tan mala si es que eso me iba a ofrecer unos minutos donde dejara de estar mareado.
Cuando salía de ese extraño trance en que la morfina que tenía conectado al dorso de mi mano me colocaba, sentía que el cuerpo se había separado de mi cuello y, si es que nunca has estado en una sala post-operaciones, te informo: No es algo por lo que quieras pasar. Según yo, había pasado una hora desde que hubiera despertado, cuando el doctor que me iba a tratar por mi balazo en el hombro entró a la pieza. Asumí desde un principio que el Dr. Hannssen iba a supervisar mi recuperación, pues él era el único al que había visto todos los años que tenía de agente y él sonreía de vez en cuando a las bromas que llegaban a mi mente los días que me daban de alta, únicos días que no estaba bajos los efectos de mi amiga Morfina, lo que fue lo que más pude sacar de cualquiera de los que veía en este lugar. Pero ésta vez, en vez de la tremenda estructura fisiológica germánica del doctor, entró otra persona que me dejó sin ningún rastro de morfina en mi consciencia en tiempo récord. Era una mujer joven, de pelo rojo y unos ojos verdes y grandes que lograron que mi corazón se saltara un par de latidos (cosa de la que me enteré porque estaba conectado a una maquinita que piteaba acorde a mis latidos). Mientras se acercaba, lanzó una vista rápida a lo que pasaba con mi corazón y estoy seguro de que ví una pequeña sonrisa que no duró más de un segundo.
Mientras revisaba mi expediente, me permití recorrer con mi vista todo lo que podía de ella. No porque tenía huesos quebrados por todo el cuerpo, tenía que dejar de deleitar mi vista. Alta, cuello largo, tez blanca, pecas y una cara con facciones tiernas y delicadas, pero que el agotador trabajo del hospital y seguramente la regla de sacar las expresiones faciales de tu repertorio de movimientos musculares impuesto por sección del Charing Cross, habían endurecido y congelado. El delantal que usaba no me dejaba mucho con lo que trabajar respecto a su cuerpo, pero era estilizado y bien formado y sentí la urgencia de sacarle tanto atavío y descubrirlo cuanto antes. Mi corazón comenzó a latir con más rapidez contra todas mis fuerzas, por lo que me concentré en mi respiración y en mi entrenamiento para ralentizar la actividad de mi corazón, logrando un pulso normal después de un par de inhalaciones profundas. La doctora dejó mi expediente en una mesa fuera del alcance de mi vista y se alejó a comprobar mis signos vitales en una de las tantas máquinas ubicadas en la cabecera de mi cama; había estado tantas veces en estas habitaciones y sabía el uso de la mitad de las máquinas a las que estaba conectado. Cuando ya no estaba seguro si es que me iba a hablar en absoluto y había comenzado a sentir el aire alrededor mío tan denso que se podía mascar, ella lanzó la pregunta de rutina con rapidez y sin emocionalidad. Le contesté amablemente, siendo gracioso y tratando de sacarle una sonrisa a pesar de todo el dolor que su examen médico me producía, pero aprendí de inmediato que no porque ella era más joven, iba a poder ser más fácil sacarle una sonrisa.
- Eres tan joven – solté, cuando me miró a los ojos durante un instante, cuando volvió a las anotaciones en mi expediente médico. Una extraña familiaridad me envolvía cuando miraba fijamente a sus ojos y no podía estar seguro de si era un buen sentimiento o no, pues ella eludía eficazmente todo contacto ocular. Al parecer la conocía de alguna parte, pero una mujer como ella era difícil de olvidar y casi imposible de pasar desapercibida. – Por aquí nunca hay gente joven
- Tú eres joven – dijo, cortando rápidamente mis opciones para entablar una conversación. Sé que está prohibido entablar relaciones con los doctores, sé que ellos también tienen prohibido hablar más de la cuenta con nosotros, pero es que ella era tan linda... En un arranque de desesperación por volver a escuchar su voz, le pedí que llamara a James. Debía hablar con él de esta mujer, quizás él se acordaba… Ups, quizás yo había tenido algo con ella y no me acordaba… Si es que el mareo pasaba, iba a poner todas mis fuerzas en recordar quién era, si es que en verdad la conocía… No, no puede ser…
Volvió 30 minutos después a decirme que se había llamado a mi amigo, que estaba todo preparado para su llegada y que tenía que tomarme unos exámenes de sangre para comprobar por enésima vez que no existieran infecciones de ningún tipo en mi sistema.
- ¿Te conozco de alguna parte?
- No – dijo ella, mirándome rápidamente y volviendo a enfocar su vista en la jeringa que usaba con seguridad contra mi brazo.
- ¿Segura? Porque creo conocerte de alguna parte – dije, tratando de parecer normal y guardando la creciente curiosidad que se construía en mí. Quería, de todo corazón saber quién era ella…
- Dudo que me conozcas.
- Quiero conocerte – Por eso, me miró fijamente durante unos segundos, con una ceja alzada y sin mirar la jeringa que se llenaba a una velocidad vertiginosa de sangre. Me comencé a inquietar un poco de que la jeringa se llenara y ella siguiera mirándome, pero la sacó en el momento justo, arregló el frasquito con mi sangre, se quitó los guantes y se deshizo de la jeringa utilizada, con un solo movimiento y sin apartar sus ojos de los míos. – Digo, quiero conocer a una de las más bellas doctoras de por acá. - Uhhh, cursi. Mal, Sirius, ¿Cuándo vas a aprender que tratar de conseguir una cita con alguien bajo los efectos de drogas nunca funciona? Y de paso, siempre, pero siempre quedas en vergüenza por algo estúpido que no te pudiste contener en decir.
- Siendo que soy la más joven de acá por más de 2 décadas, que digas que soy la más bella, difícilmente se puede tomar como un cumplido - comentó, sonriendo y alejándose rápidamente de mi cama, sin dejar explicarme. Antes de salir de la pieza, pensé que me iba a volver a mirar, pero ni siquiera disminuyó su velocidad y cerró la puerta casi con agresividad después de pasar por el marco.
- Wow, tiene su genio la doctorcita - comenté mirando la puerta, antes de comenzar el largo y doloroso proceso que significaba envolverme en las mantas, tratando de flexionar músculos con numerosas lesiones y huesos quebrados.
-.-.-.-.-.-.-.-.-. Lily
El día había empezado bien, había podido dormir más de 5 horas, lo que en estas últimas semanas debido a los exámenes para obtener mi título en Medicina General, era algo imposible. Al fin había terminado mi carrera y en la próxima semana la nómina con los resultados iban a salir publicados. Estas últimas pruebas no me habían parecido tan atroces como las finales del año pasado y me sentí orgullosa conmigo misma por haber sobrevivido otro año más. Ahora, solo me quedaba terminar esta semana en el hospital y podía salir de vacaciones y tirarme en un sillón a comer y mirar televisión, o por lo menos, esperaba poder salir de vacaciones y tirarme en el sillón.
Cuando llegué al hospital, me dirigí directo a la estación de doctores, me puse mi delantal con una sonrisa en los labios y salí a hacer mi ronda matutina. Uno de los pacientes que había recibido tiempo atrás, había permanecido en coma durante dos semanas y se había despertado la noche anterior. Lo primero que hice fue ir a verlo
El paciente 4005663 llegó de urgencias, mi mente entró en modo automático y me puse a trabajar en parar sus hemorragias y ayudar al cirujano en jefe a sacar la bala de su hombro y a reconstruir cartílagos y arterias que el plomo había dejado que no me fijé en su apariencia física hasta unos días después, cuando tuve un tiempo libre y fui a cambiar sus vendajes y a ver si es que su herida cerraba correctamente. No era la primera vez que veía cuerpos esculturales, hechos para rendir al máximo sin cansancio durante días enteros, pero esta era la primera vez que me tocaba tratar con un comatoso y en este caso, las manos me temblaban cuando deslizaba mis manos por sus piernas para comprobar reflejos o por su espalda para escuchar si se había acumulado flema en sus pulmones o por su abdomen plano y duro para escuchar si todavía había aire encapsulado por la cirugía menor que tuvimos que hacer en su abdomen superior para reparar el orificio que una costilla rota había creado en su diafragma.
- Buenos días – saludó, y una parte de mi cerebro, la cual comúnmente trataba de olvidar que existía mientras trabajaba para la RSI, celebró como una quinceañera el aumento en la rapidez de su corazón cuando entré en la habitación. Sus ojos grises se agrandaron, su boca quedó un poco abierta y la mueca de dolor que tenía se suavizó hasta que trató de moverse y ahí toda la emoción que su reacción me había causado se esfumó. Yo aquí venía a hacer mi trabajo, no a coquetear, por muy apuestos que los pacientes fueran.
- Buenos días – me acerqué a su cama y miré su expediente. Niveles de glóbulos blancos y hematocritos normales, regeneración de huesos a velocidad más rápida de la normal, pero eso no me extrañaba de la gente que venía a parar al ala Oeste del Charing Cross. Había escuchado que estaba haciendo experimentos en voluntarios para crear al espía perfecto y que sanaran más rápido no me parecía tan atroz como otras ideas que andaban dando vueltas. Me acerqué a las máquinas puestas en la cabecera de la cama a revisar el historial de diástole y sístole y verifiqué que las sondas drenando su vejiga y su sangre (dos sondas totalmente separadas, si no, sería asqueroso) estuvieran en buen funcionamiento.
- Eres tan joven – dijo, mirándome con sus ojazos grises que me dejaron un poco atontada durante unos segundos – Por aquí nunca hay gente joven.
- Tu eres joven – dije, alejándome un poco. – ¿Todo bien con el brazo? ¿Algo fuera de lo normal?
- Todo bien, creo – dijo él, mirándome fijamente. – ¿Puedo tener visitas?
- Si estás aquí es porque conoces las reglas y, mirando el tamaño de tu expediente, se puede decir que has estado varias veces acá – dije, revisando las últimas anotaciones en su informe– No se permiten civiles en esta área.
- No es civil, es mi compañero
- Veré lo que puedo hacer – dije, anotando el número que él me daba. Se lo pasé al guardia que estaba afuera de la pieza, le dije lo que el paciente quería y me dirigí hacia la parte normal del hospital, donde habían nombres en vez de números y donde se podían hacer preguntas e interactuar con los pacientes.
Me enteré de la afiliación del hospital y la RSI hace 3 años atrás, cuando mi padre se internó en el área oeste y a mí no me dejaron entrar a verlo aunque hubiera estado como médico interno durante años en el mismo hospital.
Sabía que mi padre trabajaba para el gobierno desde pequeña, pues cambiábamos de casa seguido y cuando era pequeña, jugaba a encontrar la mayor cantidad de cámaras en el menor tiempo posible dentro de la nueva casa. De adolescente tuve que ingeniar increíbles formas de burlar la seguridad para poder salir con mi novio o poder salir a festejar cuando mis padres no me querían dejar salir. Me tomó un año aprender a burlar la seguridad y castigos que, si es que se hubieran aplicado al pie de la letra, todavía me tendrían encerrada en mi casa sin postre.
Hace tres años atrás, salimos con mis padres a cenar y volvimos a la casa un par de horas después, pero antes de que alguno de nosotros entráramos a la casa, a mí se me ocurrió ir a comer helado a un pequeño lugar al que íbamos cuando era pequeña. Mi padre cerró la puerta de la casa que había abierto por unos segundos y cuando yo recién me había acomodado en el auto, la casa en la cual habíamos vivido por un tiempo récord, sucumbió ante una explosión que volcó el auto y nos dejo a todos internados en el hospital. Mi padre fue el que peor herido quedo, pues había cerrado mi puerta y se dirigía al lugar del piloto, sin la protección que el vidrio antibalas nos dio a mi madre y a mí.
Pedí explicaciones en cuanto pude ver a mi padre y quise ser parte del equipo que atiende a los agentes malheridos desde ese momento. Toneladas de páginas que me forzaban a mantener el más hermético silencio pasaron frente a mis ojos durante los meses siguientes. Al final, si venían con un pliegue en una esquina (marca que me ayudaba a decidir qué hacer), ni siquiera los leía, firmaba con un lápiz especial que no dejaba tinta, si no que era como un sello láser.
Es corto, si, pero volveré pronto... Así me hago un numero de lectores más asiduo...
Besiitos
Nos vemos








